Atada a mi Enemigo - Capítulo 49
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49: CAPÍTULO 49.
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Lo fulmino con la mirada.
—Fuera.
No lo hace.
En lugar de eso, da un paso más, agachándose frente a mí sin preguntar.
Demasiado cerca…
Malditamente cerca.
—Dame el zapato —dice.
—No.
Me mira, alzando ligeramente una ceja.
—Pequeña fierecilla.
—No necesito tu ayuda, y ya te dije que dejes de llamarme así.
—Es que físicamente no te alcanzas el pie —dijo, ignorando lo otro que le había dicho.
—Parece que lo estás disfrutando.
Resopla con una risa silenciosa y luego extiende la mano.
—Yo tampoco estoy disfrutando de esto, así que dámelo de una vez.
Titubeo.
Cada instinto en mí grita que no se lo permita.
Que no le conceda este momento, esta cercanía.
Pero ya me está dando un calambre en el tobillo.
Le planto el tacón en la mano.
—Un zapato.
Y ya está.
—Qué generosa.
Me lo desliza en el pie con una facilidad exasperante, sus dedos firmes y eficientes.
No se entretiene.
No hace que sea un momento raro, simplemente aprieta la correa y comprueba el cierre.
—Listo —dice.
Odio la delicadeza con la que lo hace.
—No te acostumbres —mascullo.
Me lanza una mirada.
—Créeme.
No lo haré.
Estira la mano hacia el segundo tacón.
Retiro el pie.
—He dicho que uno.
—Dijiste que no necesitabas ayuda —replica—.
Pero está claro que sí la necesitas, cariño.
Frunzo el ceño, pero dejo que lo coja.
Esta vez, cuando me abrocha la correa, su pulgar me roza el tobillo, como por accidente.
Una descarga me recorre la pierna antes de que pueda evitarlo.
Retiro el pie de un tirón.
—Ya está.
Se incorpora, con los ojos oscuros y la expresión de nuevo indescifrable.
—Estás… rara.
—Ah, que te jodan.
El silencio se alarga entre nosotros.
Entonces, se gira hacia la puerta.
—Baja en cinco minutos.
Se va antes de que pueda responder.
Me pongo de pie sobre piernas temblorosas.
Si esta noche es otra actuación, pues muy bien.
Haré mi papel, pero bajo mis condiciones.
Punto de vista de Zane
La oigo antes de verla.
El sonido de los tacones sobre el mármol resuena de forma distinta cuando lo estás esperando, como si ella se anunciara a sí misma sin querer.
A mi pesar, levanto la vista, ya irritado porque me importe lo bastante como para hacerlo.
Entonces entra en mi campo de visión.
Y cualquier comentario que tuviera preparado se me muere en la garganta.
El vestido se le ciñe como si lo hubieran diseñado pensando en su cuerpo y en el de nadie más: ajustado en los lugares precisos, liso sobre sus caderas, atrayendo mi atención directamente a la curva de su cintura y luego más abajo, a un culo que no tiene ningún derecho a verse tan bien en una mujer que supuestamente me desprecia.
Aparto la mirada hacia su rostro antes de que se detenga demasiado en su culo.
Esta noche lleva el pelo suelto, cayéndole sobre los hombros.
Apenas va maquillada, lo que de algún modo lo empeora todo.
Se ve… hermosa sin esfuerzo.
Se detiene a mitad de la escalera cuando se da cuenta de que la estoy mirando fijamente.
—¿Qué?
—dice con sequedad.
Me doy cuenta demasiado tarde de que mi expresión debe de haberme delatado.
Como no respondo, sigue bajando las escaleras.
La observo pasar a mi lado, con la atención irremediablemente atraída por el vaivén de sus caderas.
El vestido se le ciñe al culo como un pecado que no se me permite tocar, y mi cuerpo reacciona antes de que mi cerebro pueda impedirlo.
Molesto, inoportuno y muy difícil de ignorar.
Me aclaro la garganta y me giro hacia la puerta.
—El coche espera.
El trayecto hasta el lugar del evento es silencioso.
Ella mira por la ventanilla, con las piernas cruzadas y la postura rígida.
Yo me siento a su lado, consciente de cada centímetro de espacio que nos separa e igualmente consciente de lo poco que costaría acortarlo, agarrarla y hacer que sentara ese culo en mi cara.
Llegamos y nos reciben luces, ruido, movimiento.
Este es mi mundo…
Poder disfrazado de formalidades.
Le ofrezco el brazo.
Ella duda, pero lo acepta.
Sus dedos se aferran a mi manga, con suavidad pero de forma deliberada.
Avanzamos juntos por la entrada, con los hombros erguidos y la expresión serena.
Un frente unido.
Exactamente lo que todo el mundo espera ver.
Estrechamos la mano a docenas de personas, intercambiamos cumplidos.
Las felicitaciones están teñidas de curiosidad, la gente la estudia abiertamente, evaluándola.
Lo siento de inmediato, la forma en que sus miradas se posan en ella.
Lo maneja bien.
Sonríe cuando es necesario.
Ríe suavemente en los momentos adecuados, interpreta el papel a la perfección, como si hubiera nacido para ello.
Entonces llegamos hasta sus hermanos.
Lucas es el primero en adelantarse, recorriéndola con la mirada de la cabeza a los pies antes de clavarla bruscamente en mí.
Noah y Caleb lo flanquean, más callados pero no por ello menos alerta.
—¿Estás bien?
—le pregunta Lucas, ignorándome de forma deliberada.
—Estoy bien —dice—.
Todavía no me ha asesinado.
Caleb resopla mientras a Noah le tiembla una comisura de la boca.
Le sostengo la mirada a Lucas sin inmutarme.
—Está intacta.
Relájate.
Aprieta la mandíbula, pero asiente, satisfecho por el momento.
Elaine me aprieta el brazo una vez, un gesto sutil, como si les recordara que todavía se sostiene sobre sus propios pies.
Cuando nos alejamos, suelto un aliento que no sabía que estaba conteniendo.
Ya he pasado a saludar al siguiente invitado cuando me doy cuenta de que ya no está cogida de mi brazo.
Exploro la sala rápidamente con la mirada y la localizo cerca del bufé, con el plato ya a rebosar, charlando animadamente con David Knight.
La mano de David descansa con ligereza en la parte baja de su espalda…
cerca de su culo, de MI culo.
Algo feo se retuerce en mi pecho.
Ah, no.
De eso nada.
Me da igual que este matrimonio sea un acuerdo.
Me da igual haberle dejado claro que no me interesa el afecto.
Soy un cabrón posesivo por naturaleza, y David Knight es un problema envuelto en encanto y dinero.
Le sonríe como siempre les sonríe a las mujeres que pretende llevarse a la cama, y no me gusta nada.
En absoluto.
La veo reírse de algo que él dice, con la cabeza ligeramente ladeada y los ojos brillantes.
Parece relajada y cómoda.
Siento como si hormigas de fuego me reptaran bajo la piel; es la única forma de describir la sensación.
Le ha faltado tiempo para alejarse de mí, pero con él es todo calidez y naturalidad.
Sé que me estoy portando como un capullo.
He sido frío y displicente con ella.
Es lógico que se sienta atraída por alguien más amable.
Por desgracia para ella, no puedo permitirlo.
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