Atada a mi Enemigo - Capítulo 73
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73: CAPÍTULO 73.
73: CAPÍTULO 73.
Para cuando volvemos a la casa, el sol ya se está poniendo.
Le doy las gracias a Aaron y entro sin esperar a que me responda nada.
Siento el cuerpo muy pesado y agotado.
Lo único que quiero es mi habitación y estar en mi cama.
Subo las escaleras despacio, con una mano en la barandilla.
A mitad de camino, ya empiezo a pensar en quitarme los zapatos y tumbarme completamente vestida.
Ni siquiera me importa, solo necesito descansar.
Cuando llego a mi puerta, de inmediato siento que algo no cuadra.
Está abierta.
Me detengo, frunzo el ceño y la empujo para abrirla más.
La habitación está vacía.
No es que esté ordenada, ni reorganizada ni nada por el estilo, es que la han vaciado.
Mi cama está sin la ropa de cama, los cajones están abiertos y vacíos.
La silla junto a la ventana ha desaparecido.
Las pequeñas cosas que dejo esparcidas sin pensar, mis libros, mi cargador, el jersey que siempre tiro sobre la lámpara, todo ha desaparecido.
Por un segundo, mi cerebro se niega a procesarlo.
Me quedo ahí de pie, mirando fijamente, como si quizá, si espero lo suficiente, todo cobrara sentido por sí solo.
Entro en el cuarto de baño.
Lo mismo.
Ni cepillo de dientes, ni mis productos para la piel, ni la toalla colgada torcida del gancho como la dejo siempre.
Hasta la maldita alfombrilla del baño ha desaparecido.
Siento una opresión en el pecho y la rabia me invade, rápida y ardiente.
Atraviesa mi agotamiento en un instante.
Me doy la vuelta y salgo furiosa de la habitación, bajo por el pasillo y desciendo las escaleras, sin molestarme en ir más despacio esta vez.
Veo a Zane a medio camino de las escaleras, subiendo desde la planta baja.
—¿Dónde demonios están mis cosas?
—espeto antes siquiera de llegar al rellano.
Parece sorprendido y pillado con la guardia baja, como si no esperara que volviera tan pronto.
—Has vuelto pronto —dice.
—¿Dónde están mis cosas?
—repito, esta vez más alto.
Exhala por la nariz, como si lo estuviera molestando.
—Las he movido.
—¿Que las has movido?
—Las he movido a mi habitación.
Suelto una carcajada, pero es corta y sin una pizca de humor.
—¿Perdona?
—Ahora compartimos habitación —dice, como si hablara del tiempo.
Lo miro fijamente.
—¿Quién demonios te crees que eres para tomar esa decisión?
Aprieta ligeramente la mandíbula, pero su voz se mantiene firme.
—Tu marido.
—Eso no te da derecho a tocar mis jodidas cosas, Zane —digo—.
Eso no te da derecho a adueñarte de mi espacio.
—Ya no necesitas tu propia habitación.
—Claro que la necesito, necesito espacio lejos de ti.
Baja un escalón para que estemos a la misma altura.
—No tienes elección.
Aprieto los puños.
—No voy a dormir en la misma habitación que tú.
—Sí, lo harás.
—No, no lo haré.
Ladea la cabeza.
—Ya he cambiado las cerraduras, las de tu habitación.
—¿Qué?
—Tu antigua habitación estará cerrada con llave —dice—.
No vas a usarla.
Algo desagradable se retuerce en mi pecho.
—Tú no vas a decirme lo que tengo que hacer.
—No te estoy diciendo lo que tienes que hacer —dice—.
Solo te mantengo donde pueda verte.
Exploto.
—Eso es de ser un controlador, Zane.
—Lo siento, pequeña impetuosa, tendrás que aguantarte.
Me mira, luego se da la vuelta y se larga.
¡El cabrón!
¡¡¡¡El puto cabrón!!!!
¡Que se joda!
Marcho airadamente hacia su habitación y, cuando llego, me quedo parada un buen rato, simplemente aspirando su esencia.
La habitación huele a él, a ese aroma amaderado que tiene.
Su colonia se aferra al aire, a las sábanas, a todo, y me da repelús.
Voy hasta la cama y presiono el colchón con la palma de la mano.
Es más blando que el mío.
Abro el armario y ahí está mi ropa, colocada ordenadamente.
Mis zapatos, alineados debajo de los suyos, más pequeños y fuera de lugar.
No solo ha movido mis cosas.
Las ha organizado.
Cierro la puerta del armario de un portazo y voy al baño.
La misma historia.
Mis productos para la piel, alineados en la encimera; mi cepillo de dientes, junto al suyo.
Dos toallas colgadas una al lado de la otra, como si fuera lo más normal del mundo.
Me agarro al borde del lavabo hasta que me duelen los nudillos.
Estoy demasiado cansada para gritar y demasiado cansada para llorar.
La rabia sigue ahí, oprimiéndome el pecho, pero no tiene adónde ir.
Me quito la ropa y me meto en la ducha, con el agua demasiado caliente.
Dejo que caiga sobre mí hasta que la piel me arde un poco.
Me froto más fuerte de lo necesario, como si así pudiera quitarme de encima este día.
Cuando termino, me envuelvo en una toalla y salgo al dormitorio.
Él está allí.
Apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.
Me quedo helada.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí parado?
—pregunto.
—El tiempo suficiente —dice.
—Lárgate.
—No.
Como no se mueve, agarro lo primero que veo, una camiseta ancha de mi montón de ropa doblada, y me la pongo.
Me llega a medio muslo.
Sin sujetador ni bragas.
—No voy a compartir la cama contigo —digo.
—Sí, lo harás.
—Dormiré en el suelo.
—No, no lo harás.
Me río.
Es una risa hueca.
—¿De verdad estás disfrutando de esto, no?
Sus ojos recorren mi cara rápidamente.
—No.
—Mentiroso.
Se despega del marco de la puerta y entra.
—Aquí estás más segura —dice.
—No te he pedido que me protejas.
—Eso no lo decides tú.
Me subo a la cama y me envuelvo en la manta como si fuera un escudo.
—Eres un controlador.
—Llámalo como quieras.
Le doy la espalda y me giro hacia la ventana.
—Te odio.
Se queda en silencio un segundo.
Luego: —No importa.
El colchón se hunde a mi espalda cuando se sienta.
—No voy a tocarte, al menos no ahora.
No lo haré hasta que te retuerzas y me supliques que lo haga.
Por ahora, duerme.
Es todo.
Se me hace un nudo en la garganta.
—Yo no he aceptado esto.
—No tienes por qué hacerlo.
No me duermo enseguida.
Permanezco tumbada, rígida, contando mis respiraciones.
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