Atada a mi Enemigo - Capítulo 74
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74: CAPÍTULO 74.
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No digo nada cuando por fin se acomoda del todo en la cama.
Espero a que su respiración se regularice, a que la habitación se sumerja en esa quietud que solo llega cuando la casa duerme.
Entonces me muevo.
De todas formas, hay demasiadas almohadas en esta cama, de esas elegantes y pesadas.
Aun así, las apilo, una por una, arrastrándolas entre nosotros hasta que hay un muro que va desde el colchón hasta nuestros pechos.
Un muro estúpido.
Pero es algo.
Empujo la última almohada en su sitio y me vuelvo a acostar, con la mirada fija en el techo.
—Quédate —mascullo en voz baja, presionando la palma de mi mano contra la almohada más cercana a mi cara como si pudiera oírme—.
Solo quédate ahí.
Me giro de lado, dándole la espalda, con las rodillas ligeramente flexionadas.
Me duele la cabeza y la siento pesada.
Así que cierro los ojos…, pero el sueño no llega de inmediato.
Finalmente, el agotamiento gana la batalla y me sumerjo en un sueño sin ensueños.
——————
Un peso inquietantemente familiar presiona mi espalda.
No lo bastante pesado como para aplastarme.
Gimo incluso antes de abrir los ojos.
—Hijo de puta.
El pecho bajo mi cara se mueve.
Lo siento antes de oírlo.
Una risa grave.
—No te enfades conmigo —dice Zane, con la voz grave y ronca por el sueño—.
No fui yo quien derribó tu bien construida división.
Parpadeo y luego vuelvo a gemir cuando la realidad se asienta.
Mi mejilla está presionada contra piel desnuda.
Se siente sólida y cálida.
El vello de su pecho me roza los labios cada vez que respiro, y aparto un poco la cara, frunciéndole el ceño.
—Fantástico —mascullo—.
Simplemente perfecto.
Miro hacia abajo.
Tengo un brazo echado sobre su cintura y una de mis piernas sobre su muslo.
No es así como me quedé dormida.
Me aparto unos centímetros, y luego otros cuantos cuando veo que no aprieta su agarre ni hace por atraerme más hacia él.
—Lo digo en serio —digo—.
Como me hayas tocado mientras dormías…
—No lo hice, pequeña impetuosa —me interrumpe—.
Tú te acercaste a mí.
Frunzo el ceño.
—Yo no me acurruco.
—Sí lo haces cuando estás profundamente dormida.
Mascullé una sarta de maldiciones en voz baja, moviéndome de nuevo.
Su piel es cálida de una forma que hace que sea más difícil de lo que debería apartarse.
Consigo crear unos centímetros de espacio, y entonces me detengo.
Las almohadas han desaparecido…
Aplastadas y apartadas a un lado como si nunca hubieran tenido la más mínima oportunidad.
Suelto un resoplido.
—Esta noche construiré un muro de ladrillos.
—Yo invertiré en mortero —dice él.
Inclino la cabeza lo justo para mirarlo.
Sus ojos están abiertos ahora y me miran fijamente.
—Me encantaría quedarme aquí —añade—.
Créeme.
—Emocionante —digo—.
Pero yo no.
Un instante de silencio.
Entonces se mueve, con cuidado esta vez, girándose sobre su espalda y liberándome por completo.
Me incorporo de inmediato, arrastrando la sábana conmigo como si fuera un escudo.
—Buenos días a ti también —dice él.
Paso las piernas por el lado de la cama.
—La próxima vez que construya una barrera, no la derribes.
—Estaba dormido y tú te acercaste a mí, bebé, no al revés.
—Eso es mentira, esfuérzate más.
Él resopla y se incorpora.
La sábana se desliza por su torso mientras se sienta, y aparto la vista antes de poder pensar demasiado en lo definidos y marcados que están los músculos de su abdomen, y en que estoy tratando de resistir el impulso de pasar mis manos sobre él solo para sentirlo bajo mis dedos.
Qué puedo decir, mi marido está en muy buena forma física.
Entra en la ducha antes que yo, claramente con prisa.
Cuando sale del baño para vestirse, opto por entrar yo también en lugar de quedarme mirándolo de forma rara mientras se viste.
Me dirijo al baño y me echo un poco de agua en la cara.
Cuando salgo, todavía se está vistiendo.
Me siento en el borde de la cama, con los brazos cruzados, observándolo a mi pesar.
—No deberías esperarme despierta hoy —dice, encogiéndose de hombros mientras se pone la chaqueta—.
Acuéstate cuando quieras.
Resoplo con desdén.
—¿Por qué iba a esperarte despierta?
Me lanza una mirada.
—Algunas esposas lo hacen, para asegurarse de que sus maridos están sanos y salvos, y vivos.
Resoplo.
—Si quieres morirte, es asunto tuyo.
Una comisura de su boca se contrae.
Se acerca, deteniéndose justo delante de mí.
Lo bastante cerca como para que pueda ver la tenue línea entre sus cejas, lo bastante cerca como para que se me revuelva el estómago antes de poder evitarlo.
Se inclina y presiona un beso en mi frente.
Es rápido y apenas perceptible.
Aun así, me quedo helada.
Para cuando levanto la vista, ya se está dando la vuelta.
—Llegaré tarde —dice, cogiendo su reloj de la cómoda—.
Cierra la puerta con llave si te hace sentir mejor.
Y entonces, se va.
La puerta se cierra suavemente tras él.
Me quedo sentada un largo rato, con los dedos aferrados a las sábanas, mientras mi corazón hace alguna estupidez en mi pecho.
—Odio jodidamente esto —susurro a la habitación vacía.
Cuando bajo, ya es más de mediodía.
Lo sé por la luz que se cuela por los altos ventanales.
Siento un nudo en el estómago, vacío y agrio, pero lo ignoro.
El hambre parece más fácil que comer y tener que vomitarlo todo a los pocos minutos, como me ha estado pasando los últimos días.
Salgo fuera; el camino hacia las dependencias del personal ya me resulta familiar, con la grava crujiendo bajo mis zapatos.
A mitad de camino, una oleada de mareo me recorre.
Me detengo y apoyo las manos en la pared, con los ojos cerrados hasta que se me pasa.
Me digo a mí misma que no es nada.
Últimamente lo he estado haciendo mucho.
Cuando llego a casa de Margaret, la puerta ya está abierta.
Las risas se escapan antes de que ponga un pie dentro.
—Elaine —dice Tessa primero, al verme desde donde está tirada en el suelo con una baraja de cartas—.
Has vuelto.
—Creíamos que ya te habías aburrido de nosotras —añade June desde el sofá, con los pies encogidos debajo de ella.
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