Átomos de Eternidad - Capítulo 1
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Capítulo 1: Two Souls, One Breath
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El silencio de su habitación no era una elección; era una necesidad. Etan contemplaba la pared desnuda, donde no colgaba ni un solo cuadro, esperando a que el zumbido en sus sienes remitiera. Tenía diecisiete años, pero seguía viviendo en ese caparazón de piedra aséptica, como un prisionero que teme a su propia sombra.
Se puso sus guantes de cuero negro. Las costuras le oprimían las muñecas mientras tiraba del material hasta que este se ajustó perfectamente a su piel.
—¿Sigues temiendo un simple roce? —siseó la Voz, extendiéndose en la oscuridad de su mente—. ¿De verdad crees que un trozo de piel muerta puede detenerme? ¿Sientes cómo te pica la palma? Quiere tocar algo. Quiere… cambiar el mundo.
Todo había empezado cuando Etan tenía solo cinco años. Jugaba en el jardín privado del palacio, a la sombra de un viejo sauce, bajo la distraída supervisión de una joven criada que le sonreía mientras remendaba una tela. Fue entonces cuando la escuchó por primera vez: una vibración ácida en su cráneo, una Voz que no venía del exterior, sino de lo más profundo de su propia sangre.
Mira cómo te observa con esa falsa dulzura, siseó la presencia, regurgitando un odio visceral y un resentimiento que no pertenecían a un niño. Es una sierva de la materia, un parásito. Toma tu venganza, Etan. ¿Sientes cómo late su corazón? Haz que se detenga. Hazlo… perfecto.
Etan, confundido y asustado, alargó una mano hacia la mujer buscando consuelo. Pero en cuanto sus dedos rozaron el brazo de la criada, la Voz rugió de placer. Bajo el toque del niño, el cuerpo de la mujer sufrió una metamorfosis espantosa: la sangre de sus venas se convirtió en plomo fundido, sus tejidos se endurecieron en una fracción de segundo y su piel se transformó en una aleación metálica grisácea. La mujer ni siquiera pudo gritar; quedó congelada en una postura de absoluto terror: una pesada estatua de metal que cayó sobre la hierba con un golpe seco, aplastando las flores bajo su peso antinatural.
Etan se quedó mirando aquel cadáver de metal, gritando hasta que la garganta le sangró. Desde aquel día, el jardín se convirtió en su cementerio personal y la Voz nunca volvió a dejarlo, alimentándose de su culpa. Comprendió que su tacto no traía vida, sino una distorsión de la realidad impulsada por la sed de venganza de algo que vivía en su interior. Fue entonces cuando pidió su primer par de guantes, jurando que nunca más permitiría que ese odio tocara a nadie a quien amara.
Etan ignoró el escalofrío y se giró cuando la puerta se abrió. Lady Elara entró con el crujido de la seda verde, pero sus ojos mantenían ese habitual e imperceptible retroceso. No lo miraba a él; buscaba a alguien más en su reflejo.
—Estás listo —dijo ella, y fue una sentencia, no una pregunta. Se mantenía a una distancia prudente—. Tu padre nos está esperando. Recuerda, Etan: nada de escenas. Por una vez, intenta ser normal.
—Dilo, madre —se burló la Voz—. Di que preferirías tener a cualquier otro aquí en su lugar. Cualquier cosa sería mejor que este desecho, ¿no es así?
—Seré invisible —respondió Etan con voz plana.
Mientras seguía a su madre por los pasillos, la fricción del cuero contra sus dedos le trajo el recuerdo de la primera lágrima real de su vida.
Las puertas del salón se abrieron de par en par. El banquete era una explosión de luces. Etan se instaló en un rincón, pero dos jóvenes con vestidos costosos se detuvieron cerca de él. Reconoció esas miradas de inmediato: eran las mismas de la gala de años atrás.
—¿Otra vez con guantes, Etan? —susurró la del vestido azul—. Tus padres se ven tan cansados… debe ser una carga enorme cuidar de una cosa como tú.
Etan apretó los puños. El recuerdo de cuando tenía doce años aún le escocía.
[…] Unos años antes, Etan había sido llevado a otra gala. Tenía unos doce años y vestía una chaqueta de terciopelo que le oprimía los pulmones. Aquel silencio era lo único que hacía soportable el estruendo del banquete que resonaba en el salón principal. Se había refugiado tras una columna maciza, apoyando la frente contra la piedra fría.
Su madre, Elara, lo había dejado allí apenas un momento antes, con una caricia que se sentía más como una advertencia que como un gesto de afecto. «Intenta ser amable, Etan. Sonríe. Demuéstrales que puedes hacerlo», le había susurrado. No le había pedido que se divirtiera; le había pedido que no fracasara.
—¿Oyes cómo le tiembla la voz? —siseó la Voz. Ya no era el rugido bestial de cuando tenía cinco años; ahora era un susurro viscoso y sofisticado que se deslizaba por sus pensamientos como humo negro—. A ella no le importa si sufres. Solo le importa que no hagas una escena frente a sus importantes amigos.
Etan se encogió de hombros, intentando silenciarla, pero el murmullo del mundo exterior estaba a punto de ser reemplazado por algo peor.
Dos niñas doblaron la esquina, nubes de tul y encaje en tonos pastel que parecían flotar sobre el suelo pulido. Se detuvieron a pocos pasos de él, observándolo con esa curiosidad cruel que solo poseen los niños.
—Aquí está —dijo la del vestido azul, agitando un abanico con aire de superioridad—. El hijo secreto de los Valerius. Mi madre dice que estás mal de la cabeza, pero a mí solo me pareces… extraño. ¿Por qué llevas siempre esos guantes negros? ¿Tienes las manos llenas de lodo o es que eres un monstruo?
La otra, con un lazo color durazno en el cabello, soltó una risita, cubriéndose la boca con sus dedos enguantados en seda. —Apuesto a que ni siquiera tiene dedos. Bajo los guantes oculta garras, como las bestias que mi padre caza en el bosque.
Etan sintió que el calor le subía por el cuello. Sus palmas empezaron a sudar contra el cuero de sus guantes; la barrera que evitaba que el mundo se convirtiera en plomo o carne muerta.
—No te quedes ahí dejando que estas gansas te humillen —le instó la Voz, riendo con un sonido metálico—. Mira a la rubia… parece un pastel mal horneado. Dile que es fea. Dile que es asquerosa. Hazlo ahora, Etan. Muérdelas con palabras, ya que no puedes usar las manos.
Etan levantó la vista, con los ojos cargados de una acidez que no pertenecía a un niño.
—Váyanse —siseó con voz temblorosa.
—¡Oh, miren, resulta que habla! —exclamó la niña de azul, acercándose un paso, casi desafiándolo a que la tocara—. Muéstranos las manos, Etan. ¿Eres un monstruo o solo un cobarde que les tiene miedo a dos niñas?
Etan sintió que algo se quebraba. La rabia sugerida por la Voz se volvió propia.
—Tu vestido es espantoso —escupió con una malicia repentina y afilada—. Pareces un pastel estropeado. Y tú… ese lazo te queda fatal. Mi madre dice que la gente fea como ustedes no debería venir a las fiestas a molestar a los demás. No son más que dos gansas estúpidas y feas. ¡Lárguense!
Los ojos de las niñas se agrandaron, enmudecidas por el insulto directo. La de azul infló el pecho, con lágrimas ya a punto de brotar, pero antes de que pudieran responder, una sombra alta y severa se cernió tras ellas.
—¡Etan!
Lady Elara estaba allí. Su rostro era una máscara de hielo y decepción. Las dos niñas se escabulleron en un instante, dejándolo a solas con su madre. Elara no lo tomó en sus brazos; lo sujetó del brazo con un agarre de hierro e implacable, y lo arrastró brutalmente hacia el nicho de un pasillo.
—¿Cómo te atreves? —gruñó en voz baja, con el rostro desencajado por el desengaño—. Hicimos un esfuerzo enorme para traerte aquí, arriesgándolo todo para darte una oportunidad, ¿y te comportas como un matón grosero? Hemos pasado años ocultando lo que eres, ¿y le escupes veneno a dos niñas por un capricho?
—Pero mamá… dijeron que yo era un monstruo…
—¡Silencio! —Elara lo sacudió con una firmeza que le cortó el aliento—. ¡No me importa lo que hayan dicho! Tú no eres como los demás, Etan. No tienes derecho a cometer errores. Si actúas así, la gente no verá a un niño ofendido; verán al monstruo en el que tememos que te estés convirtiendo. ¿Quieres terminar encerrado en una celda para siempre? ¿Es eso lo que quieres? ¿Que te alejen de mí porque no puedes controlarte?
Etan bajó la cabeza, sintiendo que las lágrimas le ardían como ácido. Su madre no lo estaba defendiendo. Lo estaba reprendiendo porque no podía ser el hijo perfecto que ella pudiera exhibir con orgullo.
—Escúchala bien, Etan —susurró la Voz, y esta vez su tono era casi dulce, con una lástima aterradora—. ¿Ves? Yo tenía razón. Ella no te quiere por quien eres realmente. No le importa tu dolor ni esas gansas. Solo quiere un hijo normal, un maniquí bonito para mostrar. Le importas un bledo tú y lo que sientes. Quiere cambiarte porque se avergüenza de tu existencia.
Etan temblaba, incapaz de responder a su madre, que seguía mirándolo con ojos llenos de exigencia y terror.
—Las niñas tenían razón, ¿no lo sientes? —continuó la Voz, cavando un abismo en su pecho—. Eres un monstruo. Tu madre lo sabe; por eso te regaña. Por eso te esconde en habitaciones vacías. No eres un niño; eres un error que ella intenta corregir desesperadamente. Estás solo, Etan. Ella ama la idea de ti, no a ti. Yo soy la única que te acepta.
—Lo siento —susurró Etan. Pero al decirlo, no miró a su madre. Miró su sombra en el suelo, aceptando, por primera vez, que era exactamente lo que todos temían.
—Tu vestido es espantoso —había escupido Etan aquel día, defendiéndose de sus insultos—. Pareces un pastel estropeado.
Pero Elara se lo había llevado a rastras, furiosa. —¡Tú no eres como los demás, Etan! ¡La gente no verá a un niño ofendido; verán al monstruo en el que tememos que te estés convirtiendo!
Etan comprendió entonces que el amor de su madre no era más que un intento de corregir un error. Pero la confirmación final llegó un año después, cuando sus desesperados padres lo llevaron ante el Gran Sabio de las Tierras Altas.
Etan recordaba la sala circular, el aroma a incienso y al anciano sentado en un trono de raíces. El Sabio había puesto una mano sobre la frente de Etan, cerrando los ojos para escudriñar su alma. El silencio duró una eternidad; sus padres saludaron al sabio con cortesía, y él se volvió hacia Etan con palabras de consuelo vacías. Pero en sus ojos había algo extraño, como si estuviera buscando algo que acechaba detrás del chico.
Meses después de su nacimiento, sus padres habían llevado al pequeño Etan ante el Gran Sabio de la Capital para el ritual del Nivel de Magia. Valerius y Elara esperaron con el aliento contenido, pero el veredicto fue una fría sentencia: el sabio negó con la cabeza, declarando que el niño no tenía ni un ápice de Maná en su cuerpo y que, con toda probabilidad……nunca sería capaz de usar la magia. Sin embargo, al salir del salón, el anciano sabio se quedó gélido: por una fracción de segundo, había visto en la sombra del bebé una segunda silueta inquietante, una figura oscura que permanecía inmóvil junto al pequeño. Se frotó los ojos, convenciéndose de que solo era un juego de luces de las velas, pero la duda le dejó un escalofrío en la columna.
Elara estalló en llanto ante la pérdida definitiva de ese «hijo perfecto» que el Sabio acababa de declarar inexistente.
El mundo, para Etan, nunca había estado hecho de objetos materiales, sino de un zumbido incesante. Sentado a la inmensa mesa de roble, miraba sus zapatos lustrados, intentando ignorar la vibración de los átomos que martilleaban su cráneo. Llevaba guantes de cuero oscuro, su única defensa contra el caos de la materia.
Para el mundo, el hijo del ministro Valerius no era más que un chico frágil que nunca había ido a la escuela; en realidad, Etan era un prisionero de sí mismo. Para silenciar la voz, Etan se veía obligado a morderse la lengua hasta sangrar o a clavarse tenedores… cualquier cosa que tuviera a mano.
A los siete años, una noche, abrumado por el peso de una existencia que no había pedido, decidió que la única forma de liberar a sus padres y silenciar aquel tormento era terminar con todo. Deslizó un cordón de cuero de su chaqueta y, en la oscuridad de su habitación aséptica, intentó estrangularse. Pero cuando el aire le faltó y su visión se nubló, ocurrió algo inesperado: por primera vez, la Voz gritó de puro terror. Ya no era el rugido odioso de un depredador, sino el clamor desesperado de quien ve el abismo abrirse de par en par.
En ese instante de agonía, Etan descubrió la verdad: el vínculo era una vía de doble sentido. Si él sentía dolor, la Voz sufría con él; si él moría, ella se desvanecía en la nada. Sintió las emociones de la entidad fundirse con las suyas: una vibración de miedo primario que los convertía en uno solo. Desde aquella noche, Etan comenzó un entrenamiento brutal y secreto. Cada día se infligía pequeños dolores físicos —morderse la lengua, clavarse las uñas en la carne, quemaduras— para obligar a la Voz a someterse a través del sufrimiento compartido.
Paradójicamente, este macabro ritual trajo una tregua. La Voz, al comprender que su propia supervivencia dependía de la estabilidad de Etan, comenzó a calmarse. No se quedó en silencio, pero su grito se transformó en un susurro constante, leve y presente como un aliento en su nuca. Ya no era una entidad que anulaba sus pensamientos, sino un inquilino consciente de que ambos estaban atados al mismo destino. Nació una simbiosis de sangre y silencio: Etan aceptó su presencia y la Voz aceptó ser, al menos en parte, contenida.
—Mira cómo fingen —siseó la Voz en su cabeza, empapada en una rabia sorda—. Tu madre sonríe, pero no es más que polvo esperando volver a la tierra.
Lady Elara, sentada a su derecha, percibió la tensión de su hijo. El crujido de su vestido de seda verde esmeralda acompañó su movimiento mientras se inclinaba hacia él. Como antigua líder del Gremio de Magos, Elara era la única, junto con su esposo, que conocía el peso que Etan cargaba en el pecho. Colocó una mano en su nuca, murmurando una fórmula antigua. Un calor azulado fluyó de sus dedos: un hechizo de alivio que hizo que la Voz retrocediera, pero solo por un instante.
Etan se levantó mecánicamente, siguiendo el paso solemne de sus padres hacia la cabecera de la mesa. Lord Valerius mantenía una mano sobre su hombro, guiándolo entre mesas cubiertas de brocado. Fue en ese trayecto donde las vio: las dos niñas crueles de antes, envueltas en vestidos de colores pastel, riendo con una vanidad que parecía casi irradiar calor.
En sus cuellos brillaban imponentes colgantes que las jóvenes tocaban constantemente para llamar la atención. Pero para Etan no había belleza. A través de su extraña percepción, sentía que la materia de esos objetos estaba «torcida». No era la esencia densa y pura del oro, sino una mezcla pobre, alterada solo para engañar al ojo. Una farsa que chirriaba contra su sensibilidad como uñas sobre piedra.
Finalmente llegaron ante Marcus. El hombre de largos cabellos blancos se levantó lentamente. Miró a Lord Valerius y, en sus ojos, Etan vio un destello de envidia fría: el resentimiento de quien desea el prestigio ajeno. Luego, su mirada se deslizó hacia su madre, Elara: allí, la envidia se mezclaba con una dulzura ambigua, un deseo enfermo de poseer su luz.
Cuando Marcus bajó la vista hacia Etan, el chico respondió con una leve inclinación y un saludo tan gélido que provocó un escalofrío entre ambos.
—¿Qué escondes bajo ese cuero, muchacho?
La voz del hombre peliblanco lo arrancó de sus pensamientos. El hombre estaba allí, inclinándose hacia él. Etan sintió que la Voz en su cabeza se acurrucaba como un depredador que se encuentra con uno más grande.
—Nada que le incumba —respondió Etan.
El hombre se rió. —Mientes. Siento la sombra que llevas detrás. Es densa, hambrienta… igual que la mía. Tu padre cree que puede mantener el mundo en equilibrio, pero no sabe que su mayor error camina justo a su lado.
El hombre extendió una mano hacia el hombro de Etan, pero se detuvo a un centímetro de su oreja. —Soy Marcus. Y esta noche, pequeño monstruo, finalmente veremos qué sucede cuando el vacío decide devorar la luz; esa misma que tus padres tanto desean proteger, pero que te han negado.
Lord Valerius y Lady Elara no nacieron para estar juntos; eran dos fuerzas de la naturaleza destinadas a colisionar. Se habían conocido de niños entre los bancos de la Academia Real, un lugar de polvo y tomos antiguos donde su amor floreció como un secreto en las sombras de la biblioteca. Él era el prodigio de la geología mágica; ella, la rebelde que ya le susurraba a la Urdimbre. Se amaron con una ferocidad que se convirtió en leyenda en el reino.
Cuando Elara quedó embarazada, su alegría estaba teñida de una certeza absoluta nacida de su sensibilidad como Líder del Gremio: sentía dos corazones latiendo en su vientre, dos chispas de vida, distintas y vibrantes. «Son gemelos», le repetía a Valerius, acariciando su vientre con una veneración casi mística. Sin embargo, la noche del parto, el mundo pareció contener el aliento. Entre gritos y sombras, solo nació un niño: Etan. Elara buscó al otro con la mirada, confundida, rastreando el latido que había protegido durante meses, pero no había nadie más. Los sanadores y Valerius la consolaron con una explicación fría y racional: simplemente se había equivocado, un delirio causado por el exceso de poder y el anhelo materno. Elara dejó de hablar de ello, pero la duda permaneció grabada en sus ojos cada vez que miraba a Etan y la extraña naturaleza dual de su tormento.
La verdad se manifestó poco después, en una noche que los padres jamás olvidarían. Mientras Etan descansaba, Elara entró en la habitación y se quedó paralizada de horror: la cuna de madera ya no era un objeto inerte, sino que se había transmutado en un ser vivo malévolo; una criatura hecha de vetas de madera como músculos y astillas como dientes, vibrante, lista para devorar al infante. Elara reaccionó por instinto, usando su magia para desintegrar la abominación antes de que fuera demasiado tarde. En ese momento, los padres lo comprendieron: Etan no carecía de poder; poseía algo oscuro, primigenio y fuera de control. Para protegerlo —y para proteger al mundo de él— tomaron una decisión drástica: Etan crecería en el silencio, lejos de miradas indiscretas, sin escuela ni amigos, prisionero entre los muros dorados del palacio.
La vida de Etan se convirtió en la de un fantasma. Su habitación era un caparazón aséptico, sin muebles, cuadros ni alfombras: cada objeto era un enemigo potencial que podía cobrar vida o mutar bajo su poder incontrolado. Vivía protegido por barreras mágicas que filtraban cualquier ruido o rastro de maná externo, una celda de silencio absoluto para evitar que su mente se hiciera añicos. Esta segregación forzada lo transformó en un……alma rota; la ansiedad social se convirtió en un muro infranqueable. Para Etan, cada ser humano era un frágil contenedor de vida que corría el riesgo de destruir, y cada mirada ajena era una hoja que intentaba perforar su secreto.
Marcus se desplazó hacia el centro del espacio abierto, captando la atención de la sala con un gesto teatral de sus manos. El parloteo se extinguió al instante.
—Damas y caballeros —comenzó Marcus, y su voz pareció vibrar en los huesos de Etan como metal oxidado—. La magia que conocemos es una jaula… un diamante en bruto. Nos limitamos a dar forma a lo que vemos, ignorando la verdadera arquitectura del universo.
Sacó de entre sus ropajes un objeto perfectamente cúbico, hecho de un mineral negro tan opaco que parecía un agujero en la realidad. Con un chasquido de dedos, el cubo se elevó, flotando en el aire. Comenzó a oscilar, primero lentamente y luego con un frenesí que desafiaba la gravedad, emitiendo un silbido agudo que hizo vibrar los cristales de las lámparas.
Ante los ojos atónitos de los presentes, la geometría del cubo colapsó sobre sí misma y luego se expandió en direcciones que el ojo humano no podía seguir. Ya no era una figura tridimensional; los bordes se doblaban hacia adentro y hacia afuera simultáneamente, revelando ángulos y volúmenes imposibles que trascendían la física. Era un objeto tetradimensional, una reliquia física arrancada del reino de la divinidad y forzada a entrar en el mundo mortal.
Ese horror no debería existir, siseó la Voz, esta vez con una nota de miedo genuino. Siento que la materia grita de dolor. Etan, mira… mira cómo se rompe la realidad.
Etan se quedó petrificado. Por primera vez en su vida, el zumbido constante de la materia se había detenido, reemplazado por un silencio antinatural y absoluto que emanaba de aquel cubo. Intentó penetrar la estructura del objeto con sus sentidos, sentir su densidad o su veta, pero no sintió nada. Para él, ese objeto era un vacío total, una ausencia de vibración que lo aterraba más que cualquier ruido. Veía lo que los demás veían: una forma retorciéndose en direcciones imposibles, pero no podía percibir su esencia. Estaba ciego ante una deidad geométrica.
Dentro de su cabeza, la Voz cambió drásticamente. La ira y la envidia se desvanecieron, reemplazadas por un terror puro y visceral. No había rastro de burla en su tono, solo una súplica desesperada que le heló la sangre.
Etan… por favor… —susurró la presencia, con la voz temblorosa como la de un niño aterrorizado—. Aléjate. Te lo ruego, sácanos de aquí. Ya no puedo sentir los muros del mundo… ese objeto nos está devorando. ¡Corre, Etan! ¡Corre!
Marcus chasqueó los dedos de nuevo. Con un movimiento fluido y antinatural, el cubo se calmó al instante, volviendo a ser un sólido negro inmóvil suspendido en el aire. El silbido cesó, dejando en la sala un silencio tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
Etan, con la respiración entrecortada y el corazón acelerado, aprovechó la distracción general para retroceder. Se refugió en un rincón sombrío, sentándose en una silla aislada. Se miró las manos, aferrándose a sus guantes de cuero como si fueran lo único que lo mantenía anclado a la realidad.
—Siempre el mismo chico antisocial, ¿verdad, Etan?
Las dos niñas de antes lo habían alcanzado. La del vestido color durazno se pavoneaba, balanceando su colgante con dedos cargados de anillos.
—¿Por qué te quedas mirando tus zapatos? Deberías estar admirando la obra maestra de Marcus en lugar de estar aquí sentado en las sombras —dijo la segunda, la de azul, con una risita despreciativa—. O tal vez…
—¿…o tal vez estás demasiado ocupado envidiando la belleza de nuestras joyas? Son piezas únicas, ¿sabes? No hay otras iguales en todo el reino.
Etan levantó la mirada lentamente. La Voz en su cabeza, aún sacudida por el terror de antes, comenzó a punzar de nuevo con una envidia defensiva. Observó las piedras y el metal en sus pechos; ahora que el cubo estaba quieto, su capacidad para «sentir» la materia había regresado, más afilada que nunca.
—¿De dónde dijeron que las sacaron? —preguntó Etan, con voz débil pero firme.
—Costaron una fortuna, pequeño ministro —replicó la niña del vestido durazno, inflando el pecho con fastidio—. Solo el oro más puro de la Capital brilla así.
Etan ladeó la cabeza, observando ese metal sin alma. —Las estafaron —dijo con una frialdad que las hizo estremecer—. Esto no es oro. Es una farsa alquímica, magnética y vacía. Es…
Mientras hablaba, la Voz en su cabeza rugió de nuevo, pero ya no era la súplica de antes. Era una rabia ciega, un deseo de destrucción alimentado por la humillación del terror que acababa de sentir.
Mira esas muecas de superioridad, siseó la Voz, arañando las paredes de su mente. ¿Por qué limitarte a tocar el metal? Agarra esos mechones dorados y arranca…
Marcus se inclinó aún más, su aliento tan frío como el mármol golpeó el rostro de Etan. Su voz cambió, convirtiéndose en una vibración esquelética, pesada, cargada de una envidia tan densa que se sentía tangible. Comenzó a acosarlo, las palabras salían rápidas como martillazos, sin dejarle espacio para respirar. En ese momento, el brazo de Etan se movió por sí solo; desgarró un trozo de sus guantes para exponer un dedo que rozó uno de los colgantes. Las niñas saltaron hacia atrás, pensando que quería arrebatarles los collares, y huyeron, ajenas al hecho de que él había cambiado la composición molecular del colgante, transformándolo en el oro más puro. Era la primera vez que Etan usaba su poder, aunque no lo había hecho de forma consciente.
Una sombra se manifestó tras él, pesada y fría. Era Marcus.
—¿Cómo lo hiciste? ¡Responde! —exhaló Marcus, con las pupilas rotando frenéticamente en sus cuencas—. No sentí vibrar el Maná a tu alrededor. No trazaste sellos, no pronunciaste sílabas de poder. ¡Nada! Ningún encantamiento… ninguna Urdimbre evocada…
Se detuvo a un milímetro de la nariz de Etan, con el rostro desencajado por una rabia que le hacía temblar los labios. Entonces, con un tono que destilaba un odio profundo por las leyes de la naturaleza que Etan se atrevía a romper:
—¿Cómo es posible, Etan? ¿Cómo puedes crear oro a partir de simple hierro sin pasar por el proceso alquímico? ¿Cómo puedes… reescribir la sustancia misma con un simple roce? ¿Son los guantes?
Marcus lo agarró por los hombros, sus dedos tan firmes y duros como barras de hierro, sujetándolo como garras. —¡Dime el secreto! ¿Por qué puedes hacerlo tú y yo no? Con toda mi sabiduría, ¿acaso debo seguir recurriendo a estos trucos de mago de feria?
Gesticuló locamente hacia el cubo suspendido en el centro del salón. En ese momento, la Voz en la cabeza de Etan despertó de nuevo. Ya no era una súplica; era un grito de guerra que resonó como un toque de difuntos.
Justo cuando la presión en la cabeza de Etan estaba a punto de volverse insoportable, una mano firme y gélida intervino entre él y el depredador. Lady Elara se había acercado con la velocidad de un halcón, con la mirada como el hielo.
—Marcus, creo que mi hijo ha tenido suficientes emociones por una noche —dijo con una voz que no admitía réplica, irradiando un aura de poder que hizo retroceder la inmundicia invisible en el rostro del hombre.
Marcus no se movió de inmediato. Su mano derecha permanecía anclada al hombro de Etan, con los dedos convertidos en una morsa de acero. No era un agarre protector; era posesivo, tan brutal que Etan sintió crujir su clavícula.
Marcus sonrió, un gesto realizado con ojos inyectados en sangre por el odio. —No escaparás, Etan. No ahora que he visto de lo que eres capaz.
¡Mátalo! —gritó la Voz, ya no sutil, sino con un rugido de pura ira—. ¡Rómpele esos dedos asquerosos antes de que nos rompa a nosotros! ¿Sientes cómo disfruta con tu dolor? ¡Haz que sangre!
La tensión entre Elara y Marcus se volvió palpable, una electricidad estática que erizó los vellos de los brazos de Etan. Se enfrentaban como dos depredadores feroces sobre una presa indefensa: Elara era la leona protegiendo a su cachorro con los colmillos fuera, mientras Marcus era el buitre listo para arrancar jirones de carne para poseer su secreto. El agarre de Marcus en el hombro de Etan no daba señales de ceder; sus nudillos estaban blancos, la presión tan ciega que hacía gemir las articulaciones del chico.
Fue entonces cuando la Voz, en lugar de gritar, cambió de tono. Se volvió cercana, un susurro viscoso y ardiente directamente contra su tímpano.
Basta de sufrir, Etan. ¿Sientes cómo te aprieta? Te ve como un objeto, un juguete que desarmar. —La Voz se rió, un sonido de pura malicia y rabia—. ¡TÓCALO! Déjame salir y te prometo que no volverá a sujetar nada en su vida.
Etan, cegado por el dolor en el hombro y la presión psicológica, obedeció. Con un movimiento frenético del dedo que había liberado antes, lo tocó.
En cuanto su piel desnuda hizo contacto con la mano de Marcus, el aire pareció congelarse y luego explotar. Un calor gélido —una temperatura imposible que no quemaba, sino que aniquilaba la materia— brotó de la palma de Etan. Marcus soltó un grito inhumano y soltó el agarre al instante; su piel, en el punto de contacto, se había vuelto gris ceniza, como si la vida le hubiera sido succionada en un segundo.
—¡Pero si es hermoso… maravilloso! ¡Más! ¡Más! ¡¡Muéstrame más!! —gruñó Marcus, con el rostro ahora completamente transformado por una alegría sádica.
No retrocedió. En su lugar, levantó la mano derecha y chasqueó los dedos dos veces, un sonido seco que resonó como un disparo.
El cubo negro, hasta entonces inmóvil, se desbocó. Empezó a rebotar furiosamente por toda la sala, golpeando las paredes y el techo a una velocidad que el ojo humano no podía seguir. No era un impacto físico: dondequiera que el cubo tocaba algo, esa parte de la materia se desvanecía en la nada. Un camarero que intentaba huir fue rozado en el hombro; no hubo sangre, ni dolor, solo un agujero perfecto donde habían estado el hueso y la carne. Su existencia misma estaba siendo absorbida por aquel horror tetradimensional.
El banquete se convirtió en un matadero silencioso.
¡Mira! —rugió la Voz, excitada por el caos—. ¡El mundo se desmorona! ¡Es hermoso, Etan! ¡Es hora de mostrarle a este gusano de lo que es capaz el verdadero oro!
Etan se desplomó en el suelo, sus rodillas golpearon el mármol con un golpe seco. Ya no podía mantenerse en pie; el terror le había vaciado los miembros, volviéndolos pesados como el plomo. Una mancha cálida se extendió rápidamente por sus elegantes pantalones, una señal de humillación infantil de la que ni siquiera se percató, paralizado como estaba por aquella visión de pesadilla. No podía gritar; no salía ni un solo aliento, solo un temblor convulsivo que sacudía sus hombros.
El cubo segó el aire por encima de él. Su padre, Lord Valerius, dio un paso al frente para protegerlo, pero el objeto lo rozó. Sin un grito, sin una gota de sangre, la cabeza de Valerius simplemente dejó de existir, borrada de la realidad. El cuerpo del ministro se desplomó hacia adelante; un maniquí de carne y toga púrpura que colapsó en un silencio absoluto ante los ojos desorbitados de su hijo.
—¡NO!
El grito de Marcus atravesó el caos. No era un lamento de piedad por el ministro, sino puro terror a perder su tesoro. —¡Etan! ¡Detente! ¡Él no! ¡NO!
Marcus vio cómo el cubo rebotaba en una columna y se dirigía directo hacia el chico y su madre. Elara, con el rostro surcado de lágrimas pero con los ojos encendidos por una determinación final y desesperada, agarró a Etan de la chaqueta, intentando arrastrarlo. Pero el cubo era demasiado rápido. Era un borrón negro que traía el olvido.
En ese instante, la mente de Etan se hizo añicos. Ya no había lugar para el miedo, solo para el instinto de proteger lo único que le quedaba.
—¡Hazlo ahora! —rugió la Voz, ya no malvada, sino cargada de un poder primigenio—. ¡Tómalo todo! ¡Ciérralo todo! ¡Atrápalos en un agarre!
Con la boca, se arrancó apresuradamente los guantes. En sus ojos brilló una luz azul en marcado contraste con sus ojos marrones; su cabello se volvió blanco y su piel adquirió un tono más rosado.
Etan extendió sus manos desnudas hacia su madre. Todo el hierro presente en el salón —los candelabros, las decoraciones de las paredes, incluso las hojas en las vainas de los guardias— se desprendió con un estruendo atronador. El metal fluyó como líquido negro por el aire, convergiendo hacia ellos a una velocidad de locura. Antes de que el cubo pudiera tocarlos, una esfera perfecta de metal azabache, opaca e impenetrable, se selló alrededor de Etan y su madre, aislándolos del resto del universo.
Etan gritó —un sonido estrangulado que ni siquiera reconoció como propio— y extendió sus manos desnudas hacia el caos. —¡Protégela! ¡Protégela! —clamó, dirigiéndose a la materia misma. Convocó hacia sí cada gramo de hierro, cada fragmento de mármol, cada átomo disponible para erigir un escudo.
Exhausto, como si hubiera corrido kilómetros, con el corazón latiendo mil veces por minuto, se sintió completamente drenado, como si toda su energía hubiera sido succionada en un solo instante. Estaba cubierto de sudor y su rostro había vuelto a la normalidad; ya no podía mover ni un músculo.
Pero su poder, corrompido por el pánico, no generó una barrera limpia.
En el silencio y la oscuridad que lo rodeaban a él y a su madre, surgió un sonido, viscoso y metálico a la vez. El escudo que se alzaba a su alrededor era una aberración: una esfera pulsante de hierro, mármol y carne viva soldada en una única estructura sentiente. Las decoraciones del techo se habían entrelazado con los miembros de los invitados; el mármol de las columnas se había convertido en músculo. Etan se encontró prisionero de una pesadilla arquitectónica.
Todo dentro de esa esfera sufría. Las paredes de carne y metal supuraban sangre y aceite, y mil manos brotaban de la estructura, agitando dedos mutilados y garras de hierro. Por puro odio y el pánico del sufrimiento, esas manos comenzaron a sujetar a Elara como si buscaran a alguien que las ayudara, pero inevitablemente la arrastraron hacia abajo.
—¡Madre!
Etan observó con horror cómo las manos de la esfera agarraban a su madre, retorciendo sus brazos y piernas con fuerza bruta, buscando una ayuda demente en ese enredo de agonía. Entre los pliegues de carne pulsante que no tenían principio ni fin, Etan reconoció un reflejo dorado: el collar. La niña de antes estaba allí, reducida a una masa de labios que suplicaban la muerte y dedos que arañaban la espalda de Elara para no ahogarse sola.
Dentro de su cabeza, la Voz no se rió. Por primera vez, su tono estaba roto, desprovisto de cualquier rastro de cinismo.
Es culpa nuestra, Etan… —susurró la presencia, temblando junto a él—. Por favor… sálvala. Salva a mamá. ¡Hazlo ahora o la despedazarán!
Etan sintió que el vínculo entre él y la Voz se fundía en un único y desesperado deseo. Extendió su mano desnuda hacia el rostro de Elara mientras ella era arrastrada por los miembros del monstruo. Su toque no fue una caricia; fue una orden absoluta a la realidad.
—¡Basta!
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