Átomos de Eternidad - Capítulo 2
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2: The Chipped Reflection 2: The Chipped Reflection En el momento en que su piel tocó la de su madre, la esfera de carne y hierro estalló, transformándose instantáneamente en una arena fina que cayó al suelo con un crujido seco, borrando el horror.
La exposición se sintió liberadora; aquella masa gritona de gemidos y llantos se había aquietado en un instante, trayendo un segundo de paz y silencio.
Pero bajo los dedos de Etan, su madre se había transformado en una estatua de mármol blanco, una figura eterna y pulsante que irradiaba un calor sobrehumano.
Etan miró sus ojos de piedra antes de que la transformación se completara: allí no encontró ira por lo que él había causado, ni miedo por su destino.
Encontró solo un orgullo inmenso y un amor que ninguna transmutación podría extinguir jamás.
Etan se quedó solo en el silencio de la estancia destruida, con las manos aún extendidas hacia ese calor mineral.
Se mantuvo inmóvil, con la respiración entrecortada como si sus pulmones estuvieran llenos de cristales rotos.
El asombro lo golpeó con la fuerza de un martillo: a su alrededor, la monstruosidad de carne y metal había desaparecido, reducida a un montón de arena negra y silenciosa que cubría el suelo como nieve sucia.
Pero en el centro de ese vacío, ella permanecía erguida.
No podía creer lo que veían sus ojos.
El terror que lo había paralizado un momento antes se transformó en una reverencia asustada.
Esta no era la muerte que él conocía, este no era el cuerpo desmembrado de su padre.
Esto era algo sacrílego y divino al mismo tiempo.
Con las piernas temblorosas, Etan se arrastró hacia la figura de mármol.
Cada articulación le dolía, cada coyuntura de su cuerpo crujía, pero ya no le importaba.
Se arrojó a los pies de la estatua y, en un gesto que desafiaba todos sus temores, rodeó con sus brazos la cintura de piedra de su madre.
Hundió el rostro contra el mármol blanco, esperando la gélida indiferencia de la roca.
En cambio, lo golpeó una verdad que le robó el aliento.
—Mamá…
—sollozó, presionando el oído contra el costado de la estatua.
Bajo la superficie lisa, Etan sintió un calor vibrante, un calor que no pertenecía a la piedra, sino a la vida.
No era solo roca tibia, entonces lo sintió: un pulso.
Lento, profundo, como el tañido de una campana sumergida en el océano, pero inconfundible.
Tun-tún.
Tun-tún.
La estatua era un capullo de mármol.
Elara estaba dentro, atrapada en un sueño pétreo, viva.
La piedra pulsaba bajo sus dedos, respondiendo a su toque con calor.
Se podían ver vasos sanguíneos bajo los pliegues de lo que una vez fue piel, y una sola lágrima cayó sobre el rostro impasible de mármol de su madre.
El mundo no terminó con una explosión, sino con el susurro de la arena negra asentándose sobre el mármol.
Etan seguía allí, con las rodillas hundidas en los restos polvorientos de lo que, momentos antes, había sido una multitud de nobles y sirvientes.
El banquete de la ruina se había convertido en un osario silencioso.
El olor acre del ozono y del hierro quemado llenaba el aire, mezclándose con el aroma dulce de las flores cortadas que se pudrían instantáneamente bajo la influencia residual del cubo.
Ya no había más gritos.
No había más susurros.
Solo el sordo latido del corazón de su madre bajo la superficie fría de la estatua.
Tun-tún.
Tun-tún.
Etan no se atrevía a separar el oído del costado de mármol de Elara.
Temía que, al cortar ese contacto, ese latido pudiera morir para siempre, dejándolo solo eternamente en un universo que ya no tenía centro.
Su padre, Lord Valerius, yacía a pocos metros: una cáscara de púrpura y carne, despojado de su mente, un monumento a la ineficacia del Equilibrio frente al caos puro.
—Mira lo que has hecho —murmuró la Voz.
Su tono era diferente ahora.
Había desaparecido el sarcasmo venenoso y el rugido de batalla.
Era una voz cansada, temblorosa, llena de una comprensión que Etan nunca había escuchado antes.
Era la voz de alguien que había mirado al abismo y descubierto que el abismo era del mismo color que sus propios ojos.
—Querías salvarla, Etan.
Y mira…
la hiciste eterna.
La encerraste en una prisión más segura que la que ella construyó para ti.
Pero respira.
Sufre en la blancura.
Etan se apartó lentamente, con sus miembros sacudiéndose violentamente.
Se miró las manos: estaban desnudas, manchadas de ceniza y polvo de mármol.
Ya no sentía el calor azul de antes, solo un vacío frío que le subía por los brazos.
El poder se había retirado, dejándolo desnudo y vulnerable entre los escombros de su vida.
Se giró hacia donde había estado Marcus.
El cubo se había ido.
El hombre de cabellos blancos se había desvanecido junto con su horror tetradimensional, dejando atrás solo preguntas que ardían como heridas abiertas.
Marcus lo sabía.
Marcus había visto de lo que Etan era capaz y, incluso en su terror, sus ojos habían brillado con un hambre que Etan nunca olvidaría.
El chico se puso en pie con dificultad, tambaleándose.
Su cabello blanco, señal de su poder sobrecargado, caía sobre sus ojos como una mortaja.
A su alrededor, las sombras de la sala parecían alargarse, garras negras que buscaban la única luz restante: el calor que emanaba del cuerpo de mármol de su madre.
Tenía que llevársela.
Tenía que esconderla.
Porque si Marcus seguía vivo —y Etan sentía en sus huesos que lo estaba—, regresaría para terminar lo que había empezado.
O peor, para poseer el secreto de esa transmutación imposible.
Etan se inclinó para recoger sus guantes, ahora reducidos a jirones de cuero inútil entre el polvo, pero se detuvo.
Por primera vez en su vida, no sintió el impulso de cubrirse.
El monstruo ya estaba fuera.
El mundo lo sabía.
Y el latido de Elara, en su interior, era la única brújula que le quedaba en una tierra de fantasmas.
El silencio que siguió a la explosión fue más violento que cualquier grito.
Era un vacío que presionaba los tímpanos de Etan, roto solo por el siseo del polvo que caía lentamente sobre los escombros.
Se apartó del pecho de mármol de su madre.
El olor lo golpeó como una bofetada: ya no era el aroma a incienso, vinos caros y asados especiados que había llenado la sala momentos antes.
El aire ahora olía a ozono, ese rastro metálico y punzante que queda tras la caída de un rayo, mezclado con el olor visceral de la sangre fresca y el hedor agrio de la carne quemada.
Pero había algo más, un olor a tierra antigua, a tumba abierta, que provenía de la arena negra en la que se había convertido la esfera de carne.
Etan intentó dar un paso, pero su pie resbaló en algo viscoso.
Bajó la mirada.
A centímetros de sus botas yacía lo que quedaba de su padre.
Lord Valerius ya no era el hombre poderoso y sereno que lo había guiado a la mesa.
Era una masa de ropajes lujosos empapados en un rojo demasiado brillante, que terminaba abruptamente donde debería haber estado su cuello.
El cubo no había cortado la carne; la había eliminado de la realidad, dejando un borde afilado, aséptico, casi artificial.
Etan sintió que la garganta se le cerraba.
Un sabor amargo y caliente subió desde su estómago.
Se dobló, con las manos arañando el suelo cubierto de ceniza y escombros, y vomitó violentamente.
El sabor agrio de la bilis se sumó al hedor de la estancia, un miserable reflejo humano en medio de un desastre divino.
Siguió estremeciéndose, con los pulmones raspando por aire y las lágrimas empañando su visión.
—Míralo —graznó la Voz, pero no era una orden, era un gemido estrangulado—.
Mira tu «Equilibrio».
Se ha ido, Etan.
Ya no queda nadie para decirte dónde pararte.
Solo somos nosotros y el silencio.
Etan se limpió la boca con el dorso de su mano desnuda, temblando.
Por un momento, el dolor de perder a su padre fue ahogado por un pensamiento repentino y frío que atravesó su mente como una descarga eléctrica.
Marcus.
El hombre de cabellos blancos.
El alquimista que no lo había mirado como a un niño, sino como a un tesoro que desollar.
Etan se puso en pie de un salto, ignorando el dolor en sus articulaciones que se sentían como cristal.
Giró frenéticamente, con su cabello blanco azotando su rostro sucio.
¿Dónde estaba?
Marcus no podía estar muerto.
Él no.
No después de mirarlo así…
Etan aún sentía esa hambre, un deseo enfermo que iba más allá de la curiosidad.
Marcus no quería entender su poder, quería poseerlo, quería devorarlo con los ojos.
Etan comenzó a buscarlo con la mirada entre las ruinas de mesas volcadas y cuerpos mutilados.
El miedo, el verdadero miedo, volvió a corroerle el estómago.
Si Marcus seguía allí, en las sombras, Etan era una presa herida.
Buscó entre los escombros, detrás de las columnas rotas, con sus sentidos en tensión, esperando ver esa sonrisa loca en cualquier momento o escuchar de nuevo el silbido del cubo negro.
—¡Marcus!
—intentó gritar, pero el nombre salió como un jadeo estrangulado, perdido en el vacío de la sala.
La estancia parecía vacía de toda presencia, pero cargada de una amenaza invisible.
Marcus parecía haberse desvanecido en el aire, como si la sombra se lo hubiera tragado, dejando a Etan solo con una madre de piedra y un padre reducido a polvo y sangre.
—No se ha ido lejos —susurró la Voz, volviéndose viscosa de nuevo—.
¿Hueles el aire?
Su hedor permanece.
Nos observa desde algún lugar.
Solo espera a que nos durmamos…
está hambriento de ti, Etan.
¿Sientes cómo te ansía?
Etan se rodeó a sí mismo con los brazos, sintiendo su piel desnuda expuesta al frío de la……habitación.
Estaba aterrorizado.
Más que cuando se encontraba en su cuarto estéril.
Porque ahora sabía que había alguien ahí fuera que no le temía al monstruo, sino que deseaba volverse uno con él.
Etan retrocedió, pero sus hombros chocaron con el frío mármol.
Ya no había espacio para escapar.
Levantó la vista y el corazón se le detuvo.
Marcus estaba allí, cerniéndose sobre él con un frenesí inhumano.
No lo estaba atacando físicamente; lo estaba analizando con una mirada depredadora.
Sus pupilas estaban tan dilatadas que casi se habían tragado todo el iris, reducidas a dos agujeros negros llenos de una obsesión enferma.
De su boca, abierta en una mueca temblorosa, goteaba la señal de su desvarío.
Marcus ni siquiera parecía notarlo; toda su existencia estaba enfocada en Etan, en su vulnerabilidad, en el secreto que latía en sus venas.
Lo observaba con un hambre tan intensa que parecía física, un hambre que no buscaba alimento, sino la esencia misma de la materia que Etan acababa de doblegar.
El terror de Etan se volvió absoluto.
Marcus no había huido.
Estaba allí, a un aliento de distancia, disfrutando de cada escalofrío y cada muestra de debilidad.
Esperaba el momento en que Etan estuviera más indefenso para poder estudiarlo de cerca.
—Más…
—exhaló Marcus, con voz ronca y teñida de una alegría sádica—.
Muéstrame otra vez cómo tiembla el mundo cuando lo tocas.
Muéstrame el sabor de ese vacío…
El hombre extendió la mano, con los dedos temblando por la agitación, acercándolos al rostro de Etan.
No quería golpearlo.
Quería tocar la fuente del milagro.
Etan percibió la cercanía de Marcus y comprendió con horror que no estaba ante un simple asesino, sino ante un fanático que quería desmantelarlo pieza por pieza para entender su naturaleza.
—¡Mátalo ahora!
—gritó la Voz, en un clamor de pánico—.
¡Haz algo!
¡Nos está consumiendo con la mirada!
Etan estaba paralizado.
Marcus se alzaba sobre él como una montaña de obsesión, saboreando el pavor que emanaba del chico.
Era un juego cruel donde la víctima se siente atrapada sin salida.
Marcus se inclinó aún más, asfixiando el espacio de Etan contra el mármol.
Siguió mirando al chico con esa fijeza eléctrica, como si leyera su composición misma.
—Mira este hermoso desastre, Etan —susurró Marcus—.
¿Crees que esta farsa estaba planeada para esta noche?
No, pequeño monstruo.
Lo de hoy debía ser solo un preludio.
Una exhibición para necios.
Se rió, un sonido seco y sibilante.
—El conocimiento requiere años de soledad y experimentos fallidos.
Pero el verdadero poder, el que desgarra el universo, proviene del sufrimiento.
Solo en el límite del dolor se revela la verdadera arquitectura de las cosas.
Yo pasé décadas intentando lograr esto.
Pero tú…
Se acercó tanto que Etan sintió el calor febril de su piel.
Los ojos de Marcus estaban inyectados en sangre.
—Tú eres lo inesperado.
Tu presencia ha sacudido la realidad más de lo que mis fórmulas lo han hecho en diez años.
Desataste el hambre de la materia pura.
Marcus extendió un dedo, rozando el aire a un milímetro de la mejilla de Etan, paladeando el terror del chico.
—Así que no busques misericordia.
La culpa de esta masacre es tuya, Etan.
Fuiste tú quien llamó al abismo.
Tu existencia misma provocó la tragedia.
Yo solo quería estudiar la luz…
fuiste tú quien permitió que fuera devorada.
—Mátalo…
—La Voz en la cabeza de Etan era un jadeo estrangulado—.
Te está culpando por el asesinato de tu padre…
dice que tú eres el Cubo…
¡tócalo, Etan!
¡Siléncialo!
Pero Etan no podía moverse.
Estaba aplastado por la verdad distorsionada de Marcus, por el peso de la sangre que sentía correr por sus propias manos desnudas.
El silencio de la sala se rompió por un sonido que Marcus no esperaba.
No fue un grito, ni un gemido.
Etan levantó la cabeza, pero la expresión de su rostro había cambiado.
Sus ojos marrones se habían estrechado hasta volverse de un azul gélido y, cuando abrió la boca, la voz que surgió no era la suya.
Era una voz femenina, seca, afilada como una hoja de hielo golpeando una lámina de metal.
Una voz que no admitía réplica, cargada de un cansancio milenario.
—¿Qué es esa cosa, Marcus?
—preguntó la Voz a través de los labios de Etan—.
¿Qué era ese Cubo?
Marcus se quedó gélido, sorprendido por un momento por el cambio, pero luego su mueca se ensanchó, deleitado por la novedad.
—Vaya…
así que hay alguien ahí dentro —exhaló, con la saliva aún manchando su barbilla.
Se enderezó ligeramente, como si hablara con un igual—.
Eso, querida, es algo que recuperé de muy, muy lejos.
No más allá de los mares que surcan los mercaderes, ni más allá de las montañas que desafían al cielo.
Sino más allá del tiempo.
Más allá del espacio mismo.
Con un gesto dramático y tembloroso, Marcus rebuscó en su sucia túnica y sacó un segundo objeto.
Era otro cubo negro, idéntico al primero, pero mientras la luz de las velas agonizantes lo iluminaba, lo tocó y la materia empezó a vibrar con un sonido chirriante.
Ante los ojos desorbitados de Etan y de la presencia que lo habitaba, el cubo se desmoronó, convirtiéndose en un polvo gris que se deslizó entre los dedos del alquimista.
—¿Ves?
—Marcus se rió, un sonido ronco que le rascaba la garganta—.
Esto es solo un prototipo.
Una carcasa inestable.
Me costó años de experimentación, sacrificios que ni siquiera te atreverías a imaginar, lograr esos diez segundos de locura y destrucción que viste antes.
Se inclinó de nuevo hacia el rostro de Etan; el olor de su lujuria era ya insoportable.
—Imagina, pequeño monstruo…
imagina lo que podría hacer con diez segundos de ti.
Si una carcasa vacía e inestable aniquiló a un Ministro y transformó un salón en un osario, ¿qué podría hacer el poder que corre por tus venas si fuera canalizado en una estructura perfecta?
Los dedos de Marcus arañaron el aire frente a la garganta de Etan, como si intentara arrancarle las palabras o el alma.
—Esta noche la culpa fue tuya porque aceleraste el proceso, pero el resultado…
el resultado es la obra maestra con la que siempre he soñado.
No eres un chico.
Eres la llave de una puerta que el tiempo ha intentado mantener cerrada por milenios.
—Está loco —siseó la voz femenina en la cabeza de Etan, pero esta vez su frialdad temblaba ligeramente—.
No busca magia.
Intenta deshacer la creación.
Etan…
tenemos que irnos.
Ahora.
Marcus no esperó más.
El hambre de sus ojos se transformó en una acción despiadada y quirúrgica.
Con un movimiento tan veloz que resultó casi invisible, sacó un escalpelo alquímico de su manga y lo descargó sobre la mano desnuda de Etan.
El chico no tuvo tiempo de gritar.
Su dedo meñique se desprendió con un chasquido limpio.
Marcus, con las manos temblando de éxtasis enfermo, tomó el trozo de carne y lo cortó por la mitad otra vez.
Una mitad la colocó con cuidado obsesivo en un pañuelo blanco inmaculado, como se fuera la reliquia de un dios; la otra mitad, aún caliente, la sostuvo ante sus ojos desorbitados.
—Quiero saber —exhaló Marcus, con la voz reducida a un estertor húmedo—.
Quiero probar a qué sabe el origen de todo.
Abrió la boca, listo para tragarse el trozo de carne entero, pero en ese milisegundo, ocurrió algo imposible.
Etan no sintió dolor.
El vacío en su pecho se había vuelto tan absoluto que entumeció sus nervios.
La frialdad lo devolvió abruptamente a sí mismo: la voz femenina se desvaneció y él……recuperó la consciencia, con sus ojos marrones claros y aterrorizados de nuevo.
El fragmento de dedo que Marcus se había guardado en el bolsillo reaccionó a la proximidad del Cubo, o quizás al miedo de Etan.
La materia enloqueció.
En un instante, la fina tela oscura del abrigo de Marcus comenzó a mutar, convirtiéndose en hierro puro.
Marcus apenas tuvo tiempo de ahogar un jadeo de sorpresa antes de que el peso del metal lo aplastara.
El abrigo pesaba ahora cientos de kilos; una armadura rígida que lo arrastró al suelo con un rugido sordo, inmovilizándolo contra el mármol astillado.
—¡Maldito…
pequeño monstruo!
—gritó Marcus, agitándose inútilmente bajo el peso de su propio traje transformado.
Su rostro estaba presionado contra el suelo, pero sus ojos seguían buscando a Etan con una ferocidad incansable—.
¡Corre!
¡Corre, cobarde!
¿Crees que esto te salvará?
¡Nunca podrás llegar lo suficientemente lejos!
Etan, con la punta del dedo sangrando en silencio, comenzó a retroceder hacia la salida, tropezando con los restos del banquete.
—¡La caza acaba de empezar, Etan!
—gritó Marcus a sus espaldas, con la voz distorsionada por la rabia y el peso del metal—.
¡Cuanto más rápido corras, más querré atraparte!
¡Te encontraré!
¡Te desmantelaré hasta saber cómo lo hiciste!
Etan se giró y corrió.
Pasó junto al cuerpo sin cabeza de su padre, junto a la estatua pulsante de su madre, dejando atrás la carnicería de su vida anterior.
Al alcanzar el inmenso umbral del salón, su visión comenzó a oscurecerse.
El trauma, la pérdida de sangre y el esfuerzo sobrehumano embotaron sus sentidos.
Cayó hacia adelante, hacia la oscuridad del pasillo.
Cuando volvió a abrir los ojos, el silencio del salón se había desvanecido.
Etan sintió la hierba fresca y húmeda contra su espalda.
Una ráfaga de viento gélido le acarició el rostro, trayendo consigo el aroma del agua fresca y el pino.
Abrió los párpados con dificultad, esperando ver el techo destruido del palacio, pero sobre él se extendía un tapiz de estrellas tan denso que parecía polvo luminoso.
Estaba a la orilla de un lago inmóvil, negro como la obsidiana.
En el cielo, las tres lunas brillaban con una intensidad casi sobrenatural, bañándolo en un resplandor que parecía entibiar su piel, como si quisiera sanar las heridas que llevaba por dentro.
Estaba vivo.
Estaba lejos.
Pero el tañido del corazón de mármol de su madre aún resonaba en su mente, una señal que nunca lo dejaría en paz.
Etan levantó la mano izquierda con un esfuerzo que pareció sobrehumano.
El dedo meñique estaba allí.
La piel era rosada, nueva, sin cicatrices, como si la materia hubiera decidido repararse a sí misma por puro instinto.
Pero no sintió alivio.
Miró aquel dedo con un desapego gélido; su carne ya no le pertenecía, era solo material de construcción que Marcus quería masticar.
Intentó incorporarse, pero sus fuerzas lo abandonaron a mitad de camino.
Cayó de nuevo sobre la hierba con un gemido ahogado.
Su cuerpo era un peso muerto, vaciado de toda energía, drenado del calor azul que había desatado en el palacio.
Solo podía quedarse allí, mirando las lunas bailar sobre la superficie del lago.
—¿Estás ahí?
—susurró hacia el silencio, con la voz apenas audible.
—Siempre —respondió la Voz.
Pero no era el siseo ácido de siempre.
Estaba cansada, con sus vibraciones atenuadas, como si hubiera corrido junto a él durante kilómetros a través de un laberinto de espejos.
—¿Qué haremos ahora?
—preguntó Etan.
Por primera vez en diecisiete años, la pregunta no estaba llena de odio.
Sintió un extraño calor expandirse en su pecho, un sentimiento frágil que se parecía terriblemente al afecto.
Esa presencia, a la que había maldecido y temido, era el único fragmento de su mundo que no se había desmoronado.
Ella era la única que conocía el sabor de su terror.
Era la única que quedaba.
—No lo sé, Etan —respondió ella, y el sonido de ese nombre pronunciado con tanta suavidad lo hizo temblar—.
Pero el tiempo de esconderse en habitaciones de piedra ha terminado.
Marcus no se detendrá.
El mundo te ha olido.
Debemos actuar.
Debemos movernos.
—No puedo…
—murmuró él, cerrando los ojos—.
No queda nada dentro de mí.
—Entonces dame el lugar —susurró ella—.
Cierra los ojos, Etan.
Descansa en la oscuridad.
Por una vez, deja que sea yo quien mire hacia afuera.
Etan obedeció.
Se abandonó a ese vacío acogedor, sintiendo cómo su consciencia se deslizaba en un sueño sin sueños.
El aire alrededor del cuerpo del chico comenzó a vibrar.
Se escuchó un sonido agudo, como huesos reacomodándose y músculos estirándose con la fluidez del oro fundido.
El cuerpo de Etan cambió: sus hombros se volvieron más pequeños, sus rasgos faciales se suavizaron, perdiendo la rigidez del mármol.
Su cabello blanco se alargó, convirtiéndose en una cascada de seda pálida que brillaba bajo la luz de las tres lunas.
La chica abrió los ojos.
No eran los ojos de Etan; eran de un azul tan profundo que parecía eléctrico.
Se puso en pie con una gracia que Etan nunca había poseído.
Sintió la hierba húmeda bajo sus pies descalzos, una sensación fresca y punzante que le erizaba la piel.
Respiró hondo: el aire olía a resina de pino, a agua clara y a ese aroma silvestre de tierra mojada que nunca había podido percibir a través de los embotados sentidos de él.
El sonido del lago, un chapoteo rítmico y suave contra las piedras de la orilla, le pareció la música más bella del universo.
Ya no estaba el zumbido de la materia retorcida ni el silbido del Cubo.
Solo el mundo, desnudo y real.
Se llevó las manos a la cara, tocando su piel, y luego levantó la mirada al cielo.
Las tres lunas la bañaban con su resplandor de plata, oro y opalo.
Se quedó inmóvil, dejando que esa luz cálida la bañara, con una leve sonrisa iluminando sus labios.
Por primera vez, no era una inquilina en la oscuridad.
Por primera vez, la Voz tenía un cuerpo, y el mundo era finalmente un lugar que podía tocar sin miedo a destruirlo.
—Así que es esto…
—susurró la chica, y su voz era a la vez melodía e hielo—.
Así es como se ve la luz cuando no quieres devorarla.
Mientras la chica permanecía allí, arrullada por el reflejo de la luna, Etan se encontró hundido en un abismo que desconocía.
No era sueño.
Era una ausencia total.
Se sentía como si lo hubieran envuelto en capas de lana espesa y húmeda; cada sentido se había vuelto amortiguado, distante.
Intentó gritar, pero no tenía garganta; intentó mirar a su alrededor, pero no tenía ojos.
Estaba sordo, mudo y ciego, un punto de consciencia perdido en una habitación sin paredes ni luz.
Lo único que le llegaba eran los ecos de los sentidos de ella: el aroma del pino era un recuerdo desvanecido, el sonido del lago un murmullo lejano.
Etan lo comprendió.
Comprendió que esto no era solo cansancio.
Era una prisión.
—Es terrible…
—susurró Etan en el vacío de su mente compartida—.
Es como estar encerrado en una jaula sin puertas.
No siento nada…
es como estar muerto, pero seguir pensando.
La chica se giró hacia el agua, contemplando su reflejo: una criatura de belleza sobrenatural con cabellos de plata.
Respondió con una frialdad que sacudió lo poco que quedaba de la consciencia de Etan.
Su voz mental estaba imbuida de una amarga y casi cruel condescendencia.
—¿Ah, de verdad, Etan?
¿Estás incómodo?
—La chica levantó una mano desnuda, observando cómo la luz de luna opalina hacía brillar su piel—.
Ahora sabes lo que yo sentí.
Durante diecisiete años.
Viví en tu armario, comiendo solo tus migajas de dolor, mirando el mundo por el ojo de una cerradura que tú mantenías cerrada con tus mordiscos y tus guantes.
Etan permaneció en silencio en la oscuridad.
La culpa, la verdadera, lo aplastó más que el agarre de Marcus.
Nunca había pensado que la Voz fuera un alma comprimida en un rincón muerto de su cuerpo.
—Lo siento —murmuró, y por primera vez esa palabra no iba dirigida a su madre, ni al mundo por su poder, sino solo a ella—.
No lo sabía…
no podía haber sabido que tu silencio era tan pesado.
La chica se tensó.
La ira que vibraba en sus huesos pareció desinflarse de repente, golpeada por esa sinceridad desarmante.
El viento nocturno sopló a través de su cabello blanco, trayendo consigo el grito de un ave nocturna lejana.
No respondió con palabras.
Pero en el rostro perfecto de la chica, bajo su ojo derecho que brillaba con la luz de las lunas, apareció una sola y gran lágrima.
No era una lágrima de mármol, ni de metal.
Era cálida, humana, y se deslizó lentamente por su mejilla hasta caer en la hierba, como la última barrera……que se derrumbaba entre dos extraños que habían compartido la misma sangre durante toda su vida.
Entonces, el vacío se llenó de preguntas.
Etan quería saberlo todo.
¿De dónde venía?
¿Quién era?
¿Por qué estaba ella allí?
—No hay respuestas —respondió ella, mirando las lunas—.
No sé quién soy.
Nací de tu dolor.
Ni siquiera he tenido nunca un nombre.
Etan miró a través de los ojos de ella hacia la luna más grande, la más brillante, la que guiaba a las demás a través de la oscuridad.
Recordó una palabra de una lengua antigua, un sonido que sabía a luz.
—Yo te daré un nombre —dijo Etan—.
Tu nombre será Tsuki.
Significa Luna.
Porque eres lo único que brilla en este desastre.
La chica repitió el nombre, paladeándolo.
—Tsuki…
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