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Átomos de Eternidad - Capítulo 21

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21: Two Cripples, One Soul 21: Two Cripples, One Soul Nuestros protagonistas se abrieron paso en la cueva, un hueco de roca húmeda que apestaba a lodo y marcas de quemaduras.

El silencio solo era interrumpido por la respiración fatigada de los heridos y el goteo constante de agua ácida que se filtraba del techo.

No había más luz que el tenue reflejo azulado que aún emanaba de las muñecas de Zeryth mientras yacía en el suelo como un pedazo de metal gastado.El Sobrestante estaba cerca de la entrada, aferrando el bastón dorado del Rey caído.

Su barba estaba manchada de ceniza, sus ojos inyectados en sangre por el humo.

A su alrededor, los refugiados enanos se amontonaban contra las paredes de piedra; mujeres intentando calentar a sus hijos con los restos de sus túnicas y hombres con la mirada perdida en el vacío, con las manos todavía ennegrecidas por el polvo del Mall.Tsuki se sentó junto a Llyr-Vahn.

Sus dedos temblaban por el esfuerzo de unos momentos antes; sentía a Etan como un peso frío tras el esternón, un latido irregular que le recordaba lo cerca que estaban del colapso.

Llyr-Vahn no se movía.

Su espalda estaba apoyada contra la roca, su mandíbula apretada y los músculos de sus brazos aún tensos por haber levantado aquellas toneladas de escombros durante la huida.Moko, que hasta entonces había permanecido acurrucada en un rincón, se puso en pie de un salto.

Sus ocho ojos dejaron de girar y se fijaron en un único punto de la bóveda de la caverna.

La criatura soltó un silbido corto, casi un siseo, y comenzó a golpear rítmicamente su cola contra el suelo helado.El Sobrestante se giró bruscamente.

—¿Qué oyes, pequeña?Moko no respondió, pero se aplastó contra el suelo, con el vientre pegado a la roca para captar mejor las vibraciones.

Desde arriba, mucho más allá del estruendo de los cañones de Secundus, llegaba algo nuevo.

No era el estallido seco de la artillería, sino un zumbido bajo y constante; una vibración mecánica que hacía estremecer el mismo aire de la cueva.—Algo está descendiendo —dijo Tsuki, mirando hacia la oscuridad del techo—.

Y no está cayendo.

Viene directo hacia nosotros.De repente, el sonido de piedra desplazándose rompió la parálisis.

Venía de un nicho natural, una grieta estrecha a unos tres metros de altura en la pared este.

Los soldados enanos supervivientes se pusieron en pie de un salto, empuñando sus hachas con manos que temblaban de puro agotamiento.De la oscuridad del nicho emergió una cabeza alargada, cubierta de escamas color arena que captaron la tenue luz de las muñecas de Zeryth.

Dos ojos amarillos con pupilas verticales escanearon la sala.Los enanos prepararon sus armas, pero el Sobrestante dio un paso al frente, levantando su bastón dorado, no para golpear, sino para ordenar el alto el fuego.—¡Quietos!

—ladró, con voz ronca pero llena de alivio—.

¿Ashnuith?

¿Eres tú, viejo peñasco?El hombre-lagarto soltó un siseo bajo, una especie de risotada gutural, y saltó desde el nicho con una agilidad que ningún humano o enano podría igualar jamás.

Aterrizó en el lodo sin hacer ruido, ajustándose un tosco morral de cuero sobre el hombro.—El Rey ha caído, pero los ojos del Sobrestante siguen abiertos —respondió Ashnuith en una lengua áspera.No estaba solo.

Tras él, como si la propia piedra se estuviera derritiendo, las paredes de la caverna empezaron a temblar.

Mediante una magia ancestral de manipulación mineral, otros hombres y mujeres lagarto surgieron directamente del granito, fundiéndose con el entorno hasta salir completamente de la roca.

Eran una docena, cargados con pesadas mantas de lana, odres de agua limpia y fardos de hierbas curativas que desprendían un aroma penetrante y balsámico.Una vez que todos hubieron comido y sido atendidos, un par de hombres-lagarto comenzaron a trazar círculos concéntricos en las paredes, abriendo un pasaje.La marcha fue un borrón de susurros y piedras moviéndose al toque de los hombres-lagarto.

El grupo de refugiados, aún temblando de frío y por el shock, fue guiado a través de túneles que se sentían como venas vivas en la tierra.

Ashnuith abría el camino, moviendo sus manos en gestos circulares que hacían que la roca retrocediera como el agua, solo para sellarla inmediatamente después de que pasara el último enano.Tras dos horas de caminata en absoluta oscuridad, el aire cambió.

Ya no olía a ozono ni al polvo del Mall, sino a una fragancia húmeda de tierra fértil y crecimiento subterráneo.Emergieron a un vasto balcón natural que asomaba a una caverna tan inmensa que desafiaba toda proporción.

No hacían falta antorchas: el techo y las paredes estaban tapizados con mantos de musgo bioluminiscente y racimos de hongos gigantes que arrojaban una suave luz azul y verde, delicada como un atardecer perpetuo.Bajo ellos se extendía una verdadera ciudad.

Las viviendas estaban talladas directamente en las estalactitas o construidas con madera y piedra en la base de los muros.

Era una colmena cosmopolita: enanos cargando cestos de mineral, humanos afanados en el cultivo de algas en cubas circulares y pequeños gnomos escabulléndose entre las piernas de enormes hombres-hongo, criaturas lentas y silenciosas que parecían hechas de esporas y corteza.El Sobrestante se detuvo, contemplando el santuario que su pueblo solo conocía como una leyenda de mercaderes.Para alcanzar el corazón de la aldea, sin embargo, había que cruzar el único puente de piedra que salvaba un abismo profundo.

En la entrada, inmóviles como montañas, se alzaban los dos guardianes.Eran golems de más de cuatro metros de altura, revestidos con placas de armadura macizas, oxidadas pero tan gruesas como el casco de una nave estelar.

Sus cuerpos eran humanoides, con brazos pesados y dedos romos capaces de triturar el granito, pero eran las cabezas lo que helaba la sangre.

No tenían rostro.

En lugar de cráneo, lucían una estructura plana, un yelmo en forma de disco, liso y sin rendijas para ojos o boca.

Eran ciegos y sordos; y aun así, mientras Tsuki pasaba a su lado arrastrando apenas los pies, sintió cómo la cabeza plana del coloso a su izquierda rotaba lentamente.

La armadura chirrió mientras el disco se inclinaba hacia ella, siguiéndola con una precisión inquietante, como si la estuviera «viendo» a través del latido de su corazón o el calor de su sangre.—No temáis —dijo Ashnuith sin mirar atrás—.

No miran vuestra carne.

Miran vuestra intención.

Si traéis la guerra, el puente será vuestra tumba antes de que podáis dar otro paso.Tras dejar atrás a los golems, el grupo fue recibido por una delegación de hombres-hongo que portaban literas hechas de fibras vegetales trenzadas.

Con movimientos delicados, se hicieron cargo de Zeryth y Llyr-Vahn, cuyos cuerpos estaban al límite de su resistencia.La ciudad se llamaba Asha.

En el instante en que cruzaron a los grandes golems, el aire cambió; el túnel se convirtió en una explosión sensorial que aturdió a los recién llegados.

No era solo el alivio de estar vivos; era la pura vitalidad del lugar lo que los abrumaba.El olor fue lo primero en golpear: una mezcla dulzona de tierra mojada, polen de flores gigantes que solo florecían en la oscuridad y el aroma de especias hirviendo en grandes calderos comunales.

No había rastro del hedor a humo o metal quemado típico de Kaelos; aquí, todo olía a crecimiento y vida.

Los colores de los musgos bioluminiscentes no eran solo azules, sino que variaban desde el púrpura eléctrico de las raíces colgantes hasta el naranja cálido de los hongos que servían de faroles por las calles.Las casas no tenían pernos ni soldaduras.

Parecían moldeadas de la propia roca o tejidas con las ramas de árboles subterráneos que crecían en geometrías armoniosas.El grupo tuvo que separarse inmediatamente al entrar en la plaza central:Zeryth y Llyr-Vahn fueron llevados por los hombres-hongo.

Sus cuerpos fueron depositados sobre lechos de musgo suave que parecía pulsar con una luz dorada.

No había jeringuillas ni monitores; los sanadores usaban esencias destiladas y cánticos guturales que hacían vibrar el aire, induciendo un sueño profundo necesario para reparar los daños causados por la sobrecarga de energía.Tsuki y Moko, por el contrario, fueron conducidas hacia un ala distinta de la ciudad, reservada para huéspedes que cargaban con «fardos» espirituales o mentales.En esta parte de Asha, la ausencia total de maquinaria resultaba casi chocante para quienes venían de la Ciudadela.

No existía ni un solo engranaje, ninguna válvula de escape, ningún cable de cobre.

Todo estaba regulado por una magia pura y ancestral, una fuerza que parecía fluir directamente de las paredes de la caverna.

Las puertas se abrían porque la piedra reconocía el calor de una mano; el agua fluía hacia arriba siguiendo caminos naturales de atracción y la luz se ajustaba simplemente por el tono de voz de cada uno.Tsuki miró a su alrededor, sintiendo a Etan agitarse en su interior.Por primera vez, su presencia no se sentía como una anomalía tecnológica, sino como un compás discordante en una orquesta perfecta.El silencio de la caverna de Asha envolvió el cuerpo de Tsuki mientras los magos médicos y Moko hacían guardia.

En el vacío blanco del sueño, ambos se encontraron frente a frente.Etan estaba sentado con compostura, la espalda recta y las manos entrelazadas, con la mirada perdida en el infinito del sueño.—Un lugar curioso, este —comenzó Etan.

Su voz era firme, impregnada de esa cultura que parecía casi una armadura contra su propia fragilidad—.

Sin metal, sin electricidad.

Solo una resonancia que no logro mapear.

Es…

reconfortante, de una forma que casi me asusta.Tsuki permanecía de pie, a unos pocos pasos.

Su figura plateada parecía desvanecerse en el blanco del sueño.

Sus ojos azules estaban fijos en Etan, con una mirada sin filtros, directa y gélida.—Siento tu miedo, Etan —dijo ella.

Su tono era distante, casi clínico—.

Siento cómo te martilleaba el corazón cuando los lagartos nos tocaron.

¿Por qué siempre tiemblas cuando alguien intenta ayudarnos?Etan bajó la mirada, con un ligero tic nervioso en la comisura del ojo.

—La ayuda es una transacción no declarada, Tsuki.

Siempre hay una deuda que se acumula.

Y nosotros ya estamos muy en deuda con el destino.

A menudo me pregunto…

si no hubiera ocupado tu lugar en aquel vientre, si no hubiera «llegado» de donde sea que vine, tú estarías aquí.

Habrías tenido una vida sólida, de carne y hueso, no ecos en mi cabeza.Tsuki ladeó la cabeza, observándolo como si fuera un objeto misterioso.

—Yo era oscuridad.

Solo era un latido rápido antes de que me comieras.

No sabía lo que era el frío de la nieve hasta que lo sentí a través de tu piel.

Me robaste la vida, Etan.

Te comiste mis piernas, mis manos, mi voz.Etan se estremeció, como si le hubieran golpeado.

—Lo sé.

Cargo con ese peso cada vez que transmutamos la materia.

Cada vez que el mármol de nuestra madre aparece en mis sueños.Tsuki dio un paso adelante.

A pesar de la frialdad de sus palabras, no había odio, solo una extraña curiosidad infantil.

—Y sin embargo, sin ti, me habría quedado en las tinieblas para siempre.

Eres mi ojo al mundo.

Pero eres débil, Etan.

Te rompes como el cristal.

Me pregunto por qué debo proteger un caparazón tan frágil.—Porque ahora somos la misma cosa —respondió Etan, tratando de recuperar la compostura—.

Un error biológico y un alma errante.

En esta aldea de magia, tal vez podamos dejar de ser armas por un tiempo.Tsuki no respondió.

Se limitó a observarlo con esos ojos que parecían ver a través de él, sumida en ese silencio frío que era su única defensa contra un mundo que aún no lograba comprender.El diálogo en el vacío blanco del sueño se volvió tenso, como una cuerda a punto de romperse.

Etan permanecía sentado, rígido, mientras Tsuki lo rodeaba con la lentitud de un depredador o de una niña curiosa.—Esto es lo que te asusta, ¿verdad?

—dijo Tsuki.

Su voz era un susurro frío que parecía venir de todas direcciones—.

Este silencio.

Te recuerda que estás solo.

¿Recuerdas cuando eras pequeño, Etan?

¿Cuando llorabas en la oscuridad porque sentías que tus padres te miraban como si fueras una enfermedad?

Yo estaba allí.

Te dije: No te quieren.

Te tienen miedo.Etan se aferró a los brazos de la silla, con los nudillos blancos.

—Lo hiciste por despecho.

Envenenaste cada uno de mi pensamientos porque no soportabas que fuera yo quien recibiera esas pocas caricias, aunque estuvieran cargadas de terror.—No, Etan.

Lo hice por envidia —replicó ella, deteniéndose frente a él.

Sus ojos azules eran dos pozos helados—.

Envidiaba incluso sus miradas de odio, porque al menos se dirigían a algo sólido.

Yo estaba confinada en una habitación sin ventanas, mirando el mundo a través de tus ojos castaños.

Quería que estuvieras solo, porque así éramos iguales.

Quería que solo fuéramos nosotros dos, a oscuras.Etan sacudió la cabeza, atormentado.

—Hablas como si lo tuviera todo.

Pero no tengo nada, Tsuki.

Solo tengo estas…

sensaciones.

Fragmentos de un «otro lugar» que no puedo visualizar.

Siento que las cosas deberían ser diferentes, que las máquinas deberían responder a lógicas que aquí no existen, pero solo son sombras.

Es como intentar leer un libro en un idioma que he olvidado.

Cargo con el peso de un mundo entero sin los recuerdos de este, y encima, debo soportar tu resentimiento.—Lo mío no es resentimiento, Etan.

Es hambre —dijo Tsuki, acercando su rostro pálido al de él—.

Envidio cómo saboreas la comida, cómo el frío hace que te castañeen los dientes.

Eres una cáscara llena de secretos que no sabes usar, un rey sin memoria habitando un cuerpo que yo habría sabido usar mejor.

Me absorbiste, me redujiste a una voz, y aun así tiemblas ante un ministro o un soldado.—Tú también temblarías si cargaras con el peso de una conciencia —respondió Etan, con un tono culto pero quebrado—.

Solo ves la superficie.

Yo siento el vacío de lo que he perdido y no puedo nombrar.

Somos dos lisiados, Tsuki.

Yo no tengo fuerza y tú no tienes cuerpo.

Pero deja de decirme que nadie me quiere.

Ya lo sé.

No necesito que me lo recuerdes para sentir que soy parte de ti.Tsuki guardó silencio durante un largo momento, luego extendió una mano plateada hacia el pecho de Etan, sin llegar a tocarlo.

—Estamos solos, Etan.

En este lugar de luz y magia, somos los únicos hechos de oscuridad y culpa.

Quizá por eso te odio tanto.

Porque eres el único espejo que tengo.El vacío blanco del sueño empezó a astillarse en una miríada de grietas negras, como si el techo estuviera a punto de desplomarse.

La tregua había terminado.

Etan dio un paso adelante, su figura se volvía más sólida, sus rasgos castaños intentaban apartar aquel resplandor plateado.—Basta, Tsuki.

Déjame volver —dijo Etan.

Su voz era firme, teñida de esa elegancia que usaba para ocultar lo cansado que estaba—.

Siento que el cuerpo se despierta.

Estamos en Asha; hay extraños por todas partes.

Tengo que ser yo.

Es peligroso si te quedas.Tsuki no se movió.

Se lanzó hacia él, agarrando su túnica con sus manos pequeñas.

—¡No!

¡No, Etan…

solo un poco más!

—Su voz ya no era gélida; se había vuelto aguda y fina, como la de una niña asustada por la oscuridad—.

¡Si vuelvo dentro ahora, estará oscuro!

¡Me encerrarás en la habitación sin ventanas y no sabré cuándo me dejarás salir otra vez!

¡Quiero ver la luz de los hongos!

¡Quiero sentir el calor en mi piel!—¡Tú no decides!

—gritó Etan, tratando de soltarse—.

¡Es mi cuerpo!

¡Yo soy el real, tú eres solo una pieza que debía desaparecer!—¡Estoy viva!

—chilló ella, y su voz hizo temblar todo el sueño—.

¡Yo nos salvé!

¡Si me mandas de vuelta a lo negro, te diré las cosas malas!

¡Te diré que estás solo y que nadie te quiere!

¡No te dejaré dormir nunca más!Empezaron a gritar juntos.

Sus palabras cultas se mezclaron con los llantos furiosos y simples de ella.

El blanco explotó y todo se volvió negro: un agujero profundo que los succionó a ambos.El grito que rasgó el silencio de la sala médica no fue algo humano.

No fue un simple alarido de dolor, sino una colisión de frecuencias: una voz masculina, culta y ahogada, superpuesta perfectamente a una femenina, aguda e infantil.

El sonido era denso, distorsionado, como si dos personas estuvieran intentando forzar el mismo paso de aire al mismo tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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