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Átomos de Eternidad - Capítulo 4

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4: A Porcelain Tear 4: A Porcelain Tear Etan caminaba con la cabeza baja, sus dedos se clavaban en los bordes de la gastada capa de cazador que Tsuki le había obligado a vestir.

Cada paso sobre las piedras irregulares del camino principal era un insulto a sus recuerdos.

Las gloriosas murallas blancas de la ciudad, aquellas definidas como “impenetrables” en los tratados históricos, ahora parecían los dientes podridos de un gigante masacrado.

Grandes brechas negras partían los costados de las fortificaciones, con los bordes de la piedra fundidos y vitrificados por un calor que ninguna catapulta podría generar jamás.

—No mires hacia arriba, Etan —susurró la voz de Tsuki, temblando con una ansiedad que él sentía pulsar en la base de su cráneo.

Pero Etan no pudo evitarlo.

Levantó la mirada y el aliento se le detuvo en la garganta.

Sobre la ciudad, el cielo había sido violado.

Tres colosos de metal negro, las naves de batalla de Kaelos, flotaban inmóviles como depredadores al acecho.

Eran monstruos de una geometría brutal, de cientos de metros de largo, cuyos motores de resonancia emitían un zumbido bajo, una vibración constante que Etan sentía hasta en los dientes.

Grandes glifos azules brillaban a lo largo de los cascos blindados, proyectando una luz artificial y fría sobre las ruinas inferiores.

Cruzaron la puerta principal, o lo que quedaba de ella.

En lugar de las majestuosas puertas de roble plateado, ahora había un hueco custodiado por soldados con armaduras pesadas, cuyos cascos reflejaban la luz de las naves voladoras.

El olor le golpeó como un puñetazo: una mezcla nauseabunda de orina, humo químico y el hedor dulzón de los cuerpos apilados.

A los lados de la calle principal, las casas antes elegantes de los mercaderes habían sido transformadas en barracones o centros de clasificación.

Las huellas del conflicto estaban por todas partes: agujeros de proyectiles mágicos en las fachadas, muebles destrozados usados para encender fuegos improvisados en los callejones, y el sonido constante y rítmico de los herreros kaelosianos reparando cadenas de esclavos.

Etan se sintió pequeño.

Su mente, antes llena de teoremas y mapas, se vació.

No había lógica en aquella destrucción, solo la demostración de una fuerza que no pertenecía a este mundo.

Sintió la sombra de Tsuki estirarse nerviosa en el suelo, fundiéndose con el hollín que lo cubría todo.

Una orden ladrada en una lengua gutural detuvo la fila de refugiados.

Un convoy kaelosiano avanzaba con un estrépito de cadenas y madera vieja.

Sobre el carro, encaramada en un sucio tablón de madera, estaba sentada una niña elfa.

No podía tener más de ocho años, pero su cuerpo parecía consumido por décadas de penurias.

Sus brazos eran poco más que ramitas secas cubiertas por una piel pálida y tensa; Etan podía contar cada una de sus costillas a través de la túnica de arpillera que colgaba de sus hombros como un sudario sobre un cadáver.

Estaba tan delgada que el glifo de su cuello parecía desproporcionado: una pesada marca de metal que pesaba sobre una garganta tan fina como el tallo de una flor.

Etan oyó un siseo agudo perforarle los tímpanos.

Era Tsuki.

Los vendajes envueltos alrededor de la cabeza de la pequeña estaban manchados con un suero amarillento.

Bajo la tela, el vacío dejado por las orejas cercenadas creaba una deformidad antinatural en el perfil de su rostro.

La niña no lloraba; ni siquiera parecía tener energía para producir lágrimas.

—Etan…

quema…

siento el vacío…

siento el hambre…

La voz de Tsuki era un estertor agónico.

Para ella, esa niña era un agujero negro de sufrimiento.

Tsuki percibía el tejido atómico de aquel cuerpo diminuto y lo veía deshilacharse, debilitado por la desnutrición y el dolor crónico.

Cada sacudida del carro sobre las piedras de la plaza hacía que la niña se estremeciera, y cada estremecimiento era una descarga eléctrica en el cerebro de Etan.

La pequeña levantó la vista.

Sus ojos, hundidos en cuencas demasiado grandes para aquel rostro demacrado, se fijaron en Etan por un instante.

Había un cansancio ancestral en ese contacto visual: la conciencia de quien ha sido reducido a simple materia prima por un Imperio que no gasta comida en lo que considera prescindible.

Etan se vio obligado a desviar la mirada.

Arrastró los pies hacia la sombra gélida de un callejón lateral, lejos del estrépito del convoy.

Se apoyó en la pared húmeda, jadeando.

El zumbido de las naves voladoras sobre la ciudad parecía empeñado en abrirle el cráneo.

—Etan…

¿por qué no hacemos nada?

—la voz de Tsuki era un susurro roto, una vibración que le recorría la columna—.

Esa niña…

se estaba desvaneciendo.

Su tejido era casi transparente.

Etan se pasó una mano temblorosa por la cara, sintiendo el polvo negro de Oakhaven en su piel.

—¿Y qué debería haber hecho, Tsuki?

¿Morir con ella?

—Es una niña, Etan.

—Es una esclava, Tsuki —replicó él, y la dureza de su propia voz lo sobresaltó.

Usó el tono que su padre, el Ministro, empleaba durante las cenas de Estado—.

Según el Código de Guerra que estudié en el tercer volumen de la biblioteca de mi padre, la población no humana de los territorios anexionados pierde todos sus derechos civiles.

Pasan a ser propiedad del Estado ocupante.

Es…

es la ley.

Kaelos ganó.

Esos elfos son ahora, legalmente, materia prima.

La sombra a sus pies dio un respingo de asco.

—¿Materia prima?

Tienen huesos, Etan.

Tienen sangre que se escapa.

Las leyes de tu padre no detienen el dolor.

—¡Las leyes de mi padre evitan que nos volvamos locos!

—ladró Etan, bajando la voz de inmediato cuando un soldado pasó por la boca del callejón—.

Si empiezo a ver seres humanos en cada trozo de carne que Kaelos arrastra en una jaula, no daré ni un paso más.

Mi padre siempre decía que un administrador debe distinguir entre la empatía y la estabilidad del sistema.

Ahora estamos fuera del sistema.

Somos anomalías.

Se miró las manos.

Estaban sucias, pálidas, pero sentía esa extraña presión atómica empujando por salir.

—Debemos comer, Tsuki.

Si no comemos, tu percepción del dolor ajeno me matará antes de que los soldados nos encuentren.

Tenemos que hallar un lugar donde escondernos y observar cómo funciona esta “nueva Oakhaven”.

No estamos aquí para liberar esclavos.

Estamos aquí para no convertirnos en uno de ellos.

Tsuki guardó silencio durante un largo rato.

Luego, la sombra se encogió, apretándose alrededor de sus botas como si quisiera esconderse del mundo.

—Tu padre te enseñó muchas palabras para ocultar el miedo, Etan.

Pero tu alma está gritando exactamente igual que esa niña.

Etan se apoyó contra la pared viscosa del callejón, con la respiración reducida a un estertor asmático.

Sus manos temblaban con tal violencia que tuvo que apretar la piedra con ambas palmas para no caer al lodo.

—Tsuki…

escúchame —susurró, y cada palabra parecía costarle una onza de fuerza—.

Estamos al límite.

Mi corazón late demasiado rápido y se me nubla la vista.

Si entramos en esa posada como mendigos sin nada que ofrecer, nos echarán a patadas o nos venderán a los soldados por un tazón de sopa.

—Estás débil, Etan —respondió la sombra, con una voz que era puro eco de preocupación vibrando en sus huesos—.

Siento tu sangre corriendo demasiado rápido.

Para.

—No podemos.

Debemos tener algo de valor.

Sin peso que lanzar sobre ese mostrador, no tenemos derechos.

—Etan clavò la vista en la piedra gris—.

Usaré tu fuerza para reescribir esta roca.

—Cuando suceda, tú deberás ser quien nos mantenga en pie.

Toma el objeto, busca el calor de la posada y dáselo al hombre tras la madera.

No hables; solo consigue un lugar donde podamos desaparecer.

Nos…

nos confío a ti.

Etan cerró los ojos y hundió su voluntad en la piedra.

Fue como intentar levantar un andamio de acero con los dedos desnudos.

En cuanto empezó a forzar la veta de la piedra para que se volviera densa y suave, un dolor punzante le recorrió las sienes.

El cuerpo de Tsuki reaccionó al esfuerzo, tensándose como un resorte sobrecargado.

Bajo la presión mental de Etan, la caliza dejó de ser seca y porosa; se convirtió en una masa caliente, aceitosa e increíblemente pesada.

Cada latido enviaba un destello blanco a su cerebro.

El sudor frío le cubrió la frente.

Sintió cómo la pepita de oro se solidificaba en su palma, pesada y definitiva, pero el precio fue su consciencia.

Ahora…

es tu turno…

La mente de Etan se rindió.

El telón cayó.

El cuerpo no se desplomó, pero su postura cambió al instante.

La espalda se enderezó con una fluidez sobrehumana; la cabeza permaneció ladeada un segundo, como la de un depredador que despierta en territorio desconocido.

Tsuki sintió el peso de la pepita de oro.

No entendía su importancia social, pero sentía que era la última orden del Piloto.

Salió del callejón.

Su paso era silencioso: un movimiento de sombra vestida de carne.

Para ella, la puerta de la taberna era una herida de luz y calor en el costado de la calle fría.

Entró.

El estruendo de la posada, el olor acre de la cerveza y la grasa de las carnes asadas la envolvieron.

Tsuki lo ignoró todo, dirigiéndose directamente al mostrador, que percibía como una masa de madera cálida y sólida.

Sin mirar al hombre que estaba detrás, soltó la pepita.

El golpe metálico, pesado e inconfundible, hizo callar a los clientes más cercanos.

El posadero, un hombre macizo con el rostro marcado por la viruela, dejó de servir una jarra.

Se quedó mirando aquel trozo de oro oscuro e irregular, y luego al chico pálido cuyos ojos parecían reflejar el vacío del callejón del que acababa de salir.

—¿Es real?

—susurró el hombre, extendiendo una mano hacia el oro con una codicia que hizo estremecer la sombra de Tsuki.

Ella no respondió.

Se quedó inmóvil, esperando a que aquel “valor” le abriera el camino hacia el calor.

Cada movimiento le resultaba torpe, limitado por la gravedad y la densidad de los huesos.

Apoyó la pepita sobre la madera grasienta.

El posadero no respondió de inmediato.

Sacó una pequeña piedra plana grabada con un glifo que emitía un tenue resplandor amarillo: una piedra de toque encantada.

Frotó el oro contra la superficie.

Por un instante, el glifo estalló con una luz blanca: cegadora, pura.

El posadero retrocedió un paso, parpadeando para limpiar su visión tras aquel destello.

El brillo de la piedra de toque no había sido el amarillo cálido del oro común, sino un blanco gélido, casi quirúrgico.

Miró la pepita y luego a la figura pálida que tenía enfrente.

Había algo en ese muchacho que no encajaba con el hollín de Oakhaven; una limpieza antinatural, un vacío que parecía absorber la luz de las velas.

—Demasiado puro —masculló el hombre, con la voz teñida de una sospecha que empezaba a vencer a la codicia—.

Un buscador de tesoros no trae piezas así.

Esto parece recién salido de un crisol de palacio, o algo peor.

¿De dónde has sacado este “sol” de bolsillo, muchacho?

Tsuki no respondió.

Dentro de su mente, el silencio de Etan era una presencia pesada, una habitación oscura donde ella ahora era la única luz.

Sentía la humedad de las botas, el picor de la lana barata y, sobre todo, las miradas de los hombres en las mesas cercanas.

Eran ojos hambrientos, no de comida, sino de secretos.

Un soldado de Kaelos, sentado en un rincón con la armadura desabrochada, dejó su jarra y se inclinó hacia adelante, atraído por el fulgor que aún emitía la piedra sobre el mostrador.

—No importa —continuó el posadero, envolviendo el oro con sus dedos callosos antes de que otros pudieran verlo—.

Si puedes pagar con esto, no haré preguntas.

Pero te advierto: en esta ciudad, la luz atrae a las polillas, y las polillas de Kaelos tienen dientes de acero.

Sube las escaleras, la última puerta al fondo del pasillo.

No salgas hasta que el sol esté alto.

Lanzó una llave de hierro sobre la madera.

Tsuki la tomó.

El contacto con el metal frío le recordó por un instante al Cubo de Marcus, pero se obligó a moverse.

Atravesó el salón sintiendo el peso de cada mirada clavada en su espalda.

Subió los peldaños de madera que crujían bajo su peso, un sonido que Etan habría analizado, pero que para ella era solo una vibración de advertencia.

Una vez dentro de la habitación, cerró la puerta y echó el cerrojo.

Era un espacio pequeño, que olía a polvo y a paja vieja, pero era un refugio.

Tsuki dejó que el cuerpo se deslizara contra la madera de la puerta hasta sentarse en el suelo.

El esfuerzo de Etan por crear aquel oro estaba pasando factura; sentía que los miembros le pesaban como si fueran de plomo.

—Etan…

—susurró hacia el interior—.

Etan, estamos a salvo.

Despierta.

No puedo sostener este silencio mucho más tiempo.

El cuerpo…

se está apagando.

El hombre palideció.

El color huyó de su rostro, dejando una máscara de puro terror.

No era una moneda recortada ni oro comercial; era materia pura, una anomalía que gritaba «magia prohibida».

Con un movimiento convulsivo, cubrió la pepita con su mano regordeta y la hizo desaparecer en un bolsillo, mirando a su alrededor con ojos desorbitados.

—Atrás.

Ahora —siseó, con la voz reducida a un aliento quebrado.

Tsuki lo siguió, molesta por la lentitud del cuerpo che ahora llamaba suyo.

El hombre le empujó un tazón de sopa espesa y un trozo de pan seco antes de desaparecer de nuevo hacia el salón principal, temblando como una hoja.

Tsuki miró la comida.

No era deseo; era un cálculo.

Se llevó la cuchara a la boca.

La sopa era viscosa, el sabor a sal y grasa un asalto químico que inundó sus papilas.

Masticó el pan seco, sintiendo la textura dura y granulosa raspando su garganta.

Era un proceso mecánico: insertar energía para evitar que el «piloto» se desvaneciera por completo.

Mientras comía, sintió el calor del estómago extenderse lentamente, derritiendo el entumecimiento de sus nervios.

Se inclinó sobre el tazón, con los músculos del cuello tensos.

En ese movimiento brusco, la capucha desgastada se resbaló hacia atrás.

Su cabello plateado se deslizó sobre sus hombros, reflejando la tenue luz del farol como un flujo de metal lunar.

En aquel tugurio de lodo y hollín, ese color era un error en la realidad.

El silencio en el salón principal no fue gradual.

Fue un corte limpio.

¡CLANG!

El sonido del metal venciendo a la madera.

La puerta principal de la taberna fue abierta de una patada con una violencia que hizo vibrar las paredes.

Tsuki dejó de masticar.

Se quedó inmóvil, con la cuchara aún en el aire.

Sintió el paso.

No era el arrastrar cansado de los refugiados, sino el golpe rítmico, pesado y arrogante de las botas claveteadas.

El zumbido de los glifi azules de las armaduras kaelosianas entró en la estancia como un enjambre de insectos eléctricos.

Tsuki giró lentamente la cabeza hacia el hueco de la cocina.

Su expresión era una máscara de hielo.

Vio el acero negro de los soldados reflejándose en las sombras.

Su mano, fina y pálida, se cerró sobre el mango del cuchillo del pan con una presión que era todo menos humana.

El interior de la taberna no ofrecía belleza, solo refugio.

Las paredes estaban encostradas de hollín y el suelo cubierto por una capa de serrín grisáceo, empapado en lodo y cerveza derramada.

Era un lugar inmundo, pero tenía techo, y en Oakhaven eso bastaba para convertirlo en un templo.

Esa inmundicia estaba protegida por la Jurisdicción del Gremio: la única ley que impedía que los soldados kaelosianos lo quemaran todo por el puro placer de ver las llamas.

Los dos soldados entraron, sus armaduras negras tintineando contra el marco de la puerta.

El zumbido de sus glifos azules cortaba el aire pesado que olía a grasa quemada y sudor.

Se movían con la confianza de quienes poseen la calle, pero que, una vez cruzado ese umbral, se suponía que —al menos en teoría— debían contener sus instintos.

—¡Inspección!

—gritó uno de los dos, apartando de un empujón a un anciano que intentaba calentarse las manos alrededor de una jarra.

El anciano cayó sobre el serrín sucio, quedándose tan quieto como un saco de harapos.

El otro soldado agarró a una camarera que pasaba por la nuca, obligándola a detenerse.

La miró con una mueca que no prometía nada bueno.

—¡Tabernero!

—rugió—.

Estamos hartos de ver este agujero en pie mientras el resto de la ciudad arde.

¿Quién te da derecho a mantenerte seco?

Sabe bien quién, señor —dijo con voz firme—.

Estamos bajo la Jurisdicción del Gremio.

Este lugar es neutral por Autorización Imperial.

Si perturban la paz, mi informe llegará a su mando antes del amanecer.

El soldado soltó a la chica con un empujón.

Se dirigió hacia el tabernero, alzándose sobre él con la masa de su armadura negra.

—Tu “neutralidad” nos asquea, rata —siseó—.

Queremos ver si tus paredes esconden algo más interesante que tus amenazas.

El segundo soldado, para dar peso a las palabras de su compañero, descargó una patada violenta contra una mesa central.

¡CRAC!

La madera empapada cedió.

La mesa volcó, levantando una nube de serrín sucio y salpicaduras de cerveza agria.

El estrépito silenció a toda la sala.

Los clientes mantuvieron la cabeza baja, intentando volverse invisibles.

Pero en el silencio que siguió, alguien levantó la vista.

Tsuki, sentada en el rincón más oscuro de la trastienda, había girado la cabeza hacia el ruido.

Con el movimiento, la capucha desgastada se deslizó, revelando lo que nunca debería haber existido en aquel tugurio inmundo.

Su cabello plateado brilló bajo la tenue luz de las velas.

Eran mechones del metal más puro, lustrosos y alienígenas, destacando contra el hollín de la pared como una hoja entre harapos.

Los soldados se quedaron gélidos.

La arrogancia de sus ojos se transformó en una curiosidad depredadora, inmediata y brutal.

—¿Y eso qué es?

—preguntó el primer soldado, olvidándose del tabernero—.

Eso no es un refugiado.

Mira ese color…

Dio un primer paso hacia ella, con su mano enguantada en hierro extendida para apoderarse de aquel tesoro de plata.

El soldado kaelosiano sonrió con desprecio, ignorando la advertencia del posadero.

Alargó su mano blindada, con los dedos tensos hacia esa melena plateada que brillaba como un tesoro entre la basura.

Pero su mano nunca llegó a su objetivo.

Una mano desnuda, pequeña y manchada de tinta, se cerró alrededor de su muñeca metálica.

—Te sugiero que no lo hagas —dijo una voz tranquila, casi melódica.

Lyra había aparecido de la nada, interponiéndose entre el bruto y Tsuki.

Su vara de fresno blanco vibraba con una luz suave—.

La plata mancha a los de alma sucia, soldado.

Y tu hedor a lodo y arrogancia se huele a leguas.

Los ojos del soldado se agrandaron, sorprendidos por la fuerza de aquel agarre.

—Quítame la mano de encima, niña, o te cortaré…

Una vibración baja y profunda hizo temblar las jarras sobre las mesas.

Detrás del soldado, una montaña de músculo y placas óseas se levantó lentamente.

Brak, el Grogari, se alzaba sobre ellos, su sombra devorando la luz de los faroles.

No dijo una palabra; el mero sonido de su respiración pesada, como un fuelle de forja, era advertencia suficiente.

—Mueve un solo dedo y te coseré el ojo a la nuca antes de que puedas gritar —la voz rasposa de Vyx bajó desde el altillo.

La Exploradora Feral estaba agachada sobre la viga principal, con un arco corto tenso y apuntando directo a la rendija del casco del soldado.

El segundo soldado hizo amago de desenvainar, pero se quedó gélido al oír un tic-tac metálico en la mesa contigua.

Zobb, el gnomo, hacía girar una esfera de cobre repleta de viales inestables.

—¡Oh, por favor, sácala!

—exclamó con una mueca maníaca, ajustándose sus gafas de múltiples lentes—.

Tenía muchísimas ganas de probar si esta granada sónica puede reventar tímpanos dentro de un casco cerrado.

Todo se vuelve papilla, ¿sabes?

En ese mismo instante, el líder del escuadrón sintió el frío del acero contra la unión de su cuello, justo donde la armadura era más fina.

Kael había aparecido a su derecha como un espectro.

—Un paso en falso —susurró el Vanguardia con precisión profesional— y descubriremos si tu sangre es tan noble como tu blasón.

Desde el rincón opuesto, un zumbido armónico se elevó en el aire.

Oros, el Aven de plumas cenicientas, entreabrió sus alas, rozando el suelo con las puntas chamuscadas.

—La violencia en este lugar es un pecado contra el Gremio —pronunció solemnemente, mientras un aura de luz densa empezaba a pesar sobre los hombros de los soldados—.

Y el Gremio es lo único que los separa de una fosa común.

Finalmente, el silencio se rompió por el sonido de un pañuelo de seda siendo plegado.

Valerius se puso en pie con elegancia aristocrática, su anillo de sello brillando con una luz inquisitorial.

Dio un último sorbo al vino y miró a los soldados con un aburrimiento letal.

—Caballeros —dijo el Líder, y su voz dominó la estancia—.

Están interrumpiendo la cena de mi protegida.

Ahora, pueden marcharse y contar la historia de cómo casi provocan una guerra con nosotros, o pueden quedarse y no volver a contarle nada a nadie, nunca más.

Los soldados permanecieron inmóviles, sudando frío bajo sus armaduras.

Habían sido neutralizados en menos de tres segundos por una máquina de guerra perfecta.

En el centro de todo aquel caos de amenazas y poderes, Tsuki no se había movido.

Con la capucha bajada y su cabello plateado cayendo sobre su rostro, se llevó otra cucharada de sopa a la boca.

Masticó despacio, analizando esa extraña jerarquía protectora con sus sentidos alienígenas.

Para ella, aquello no era un rescate; era la observación de una manada de depredadores que, por alguna razón ilógica llamada amabilidad, había decidido adoptar una anomalía.

El silencio que siguió al cierre de la puerta fue una fina lámina de vidrio lista para estallar.

El oficial kaelosiano, antes de cruzar el umbral, lanzó una última mirada a Tsuki: una mirada gélida que prometía una caza despiadada.

Luego, la oscuridad de la calle se tragó el metal negro de sus armaduras.

Lyra exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo.

La tensión de sus hombros se derritió e, instintivamente, se giró hacia la figura inmóvil en el centro de la mesa.

Con una sonrisa que pretendía ser un bálsamo, la maga acortó la distancia.

—Ya pasó, pequeña.

Estás a salvo ahora, te lo juro —susurró, levantando su mano desnuda para apartar un mechón plateado del rostro de la chica.

Pero Tsuki no estaba “allí”.

Su mente seguía siendo un enredo de señales de alarma.

Cuando la mano de Lyra entró en su espacio, el cuerpo de Tsuki reaccionó por puro instinto.

En un abrir y cerrar de ojos, el brazo de la chica salió disparado hacia arriba.

Sus dedos se cerraron sobre la muñeca de Lyra con la fuerza de una trampa de acero.

Se oyó el crujido sordo de la manga y el jadeo agudo de Lyra por el dolor repentino.

—¡Suéltala!

¡Ahora!

Vyx, la Exploradora, no bajó las escaleras; se dejó caer desde el altillo como una mancha de sombra.

Aterrizó en un silencio felino y, antes de que Lyra pudiera gritar, la hoja corta de Vyx ya estaba presionada contra la garganta de Tsuki.

—Te lo dije, Lyra —gruñó la exploradora, con las pupilas reducidas a rendijas de odio—.

¿No lo ves?

No hay miedo en esos ojos.

Solo instinto.

Esta cosa nos matará a todos si no la detengo ahora.

—¡Vyx, no!

¡Solo está aterrorizada!

—gritó Lyra, con los ojos empañados por el dolor de su muñeca.

—El terror apesta, Lyra.

Ella no huele a nada —replicó Vyx, presionando la punta de la daga hasta que una gota de sangre asomó en la piel pálida de Tsuki—.

Suéltala o acabo con esto aquí mismo.

Tsuki no parpadeó.

Su agarre sobre Lyra no flaqueó.

Observaba la hoja con una curiosidad distante, como si no perteneciera a aquel cuerpo.

Fue entonces cuando la maciza mesa de roble se sacudió.

Brak se movió con una calma que silenció incluso a Vyx.

El coloso de piedra se sentó, con sus articulaciones crujiendo como rocas rodando en un arroyo.

Con un gesto solemne, desabrochó la correa de su hacha de guerra y la dejó en el suelo con un golpe seco.

Sin decir palabra, Brak clavó sus ojos dorados en Tsuki.

Con una lentitud infinita, deslizó su mano enorme por la mesa.

Pulgada a pulgada, su sombra cubrió la de la chica.

Luego, con una gentileza increíble para un ser de su estatura, apoyó la palma sobre la mano de Tsuki, que aún apresaba salvajemente la muñeca de la maga.

No usó la fuerza para liberar a Lyra.

Usó el peso.

Usó el calor.

Brak permaneció inmóvil, sin expresión, como una montaña ofreciendo refugio ante la tormenta.

Bajo ese contacto constante, el instinto de Tsuki finalmente empezó a apagarse.

La tensión de sus músculos se desvaneció.

Su agarre se aflojó y Lyra retiró el brazo, masajeando la piel magullada, mientras Vyx, indecisa, alejaba la hoja unos centímetros.

En el silencio absoluto de la taberna, mientras el calor de Brak pasaba al frío de Tsuki, ocurrió lo inesperado.

El rostro de la chica siguió quieto, una máscara de porcelana sin rastro de emoción.

Pero de su ojo izquierdo brotó una sola lágrima.

Se deslizó lentamente por su mejilla.

Tsuki no movió ni un músculo, pero en ese momento, el grupo de los siete comprendió que acababan de presenciar algo anormal.

Tsuki tomó la lágrima de su mejilla con un dedo y empezó a mirarla como si pensara: “¿Yo he creado esto?”.

El silencio que siguió a la retirada de los soldados fue más pesado que sus gritos.

Valerius se puso en pie, ajustándose la capa con una calma más aterradora que un grito.

—No volverán solos.

Tenemos tres minutos, quizá menos —dijo, y su voz se convirtió en el latido del grupo.

Se giró hacia los suyos y los Siete se movieron al instante.

—Kael, despeja el camino.

Quiero el callejón limpio.

El hombre de cabello oscuro no respondió.

Simplemente hizo saltar la hoja oculta de su brazal —un sonido metálico y seco— y se desvaneció por el pasillo trasero con la gracia de un espectro.

No dejó ni el eco de sus pasos.

—Vyx, a los tejados.

Quiero saber si se mueve un solo gato en tres manzanas a la redonda.

La exploradora sacudió su melena salvaje y, con una mueca, saltó sobre una mesa volcada para agarrarse a una viga del techo.

Se impulsó con fuerza felina, desapareciendo entre las sombras del envigado.

—Zobb, deja un regalito en la puerta principal.

El gnomo sonrió con malicia, haciendo clic en las lentes de colores de sus gafas.

Sacó un vial purpúreo de su cinturón y lo encajó en el marco de la puerta con la precisión de un relojero.

—Si intentan echarla abajo, verán las estrellas…

¡literalmente!

—rio entre dientes.

—Oros, vela nuestro rastro y nuestro sonido.

El clérigo Aven inclinó la cabeza, recitando una breve letanía.

Una neblina fina, casi invisible, empezó a brotar de los tablones del suelo, envolviendo las piernas del grupo como un sudario que devoraba cualquier ruido.

—Brak, sé el último en salir.

Si llegan antes de lo previsto…

aplástalos.

El coloso de piedra se plantó en mitad de la estancia, con los brazos cruzados y el hacha apoyada en su pierna.

Un gruñido profundo sacudió su pecho macizo.

Parecía una estatua inamovible destinada a sostener el techo.

—Lyra, toma a la chica.

No la sueltes por nada del mundo.

La maga asintió con vigor, tomando a Tsuki de la mano.

—Ven conmigo, no tengas miedo —dijo, aunque sus propios dedos temblaban ligeramente.

Solo ahora, con la maquinaria de huida perfectamente engrasada, Valerius se giró hacia el mostrador.

El tabernero lo miraba con una mezcla de terror y odio.

El Líder chasqueó los dedos.

Un sonido seco, como un latigazo.

Con un gesto imperioso de la mano, señaló la pepita de oro que Tsuki había dejado allí.

El tabernero, con un suspiro amargo, empujó el metal precioso sobre la madera grasienta.

Valerius lo recogió y, con un gesto despreocupato, lo lanzó hacia las vigas donde estaba Vyx.

Una mano oscura surgió del techo, atrapando la pepita en el aire.

El rostro de Vyx apareció un segundo entre las sombras, iluminado por una mueca feroz.

—e agradecemos su contribución a la causa.

Mientras la niebla de Oros envolvía sus pasos, convirtiendo el callejón en un corredor de fantasmas, Valerius aminoró la marcha hasta quedar al lado de Vyx.

La exploradora se movía a ráfagas, con los oídos atentos y la mano rozando nerviosa el pomo de su daga.

—Vyx, habla —murmuró Valerius en voz baja—.

¿Qué sientes?

Vyx escupió al suelo, un gesto cargado de tensión.

—¿Viste ese aviso en la plaza, Val?

El de la recompensa que podría comprar toda la muralla de la ciudad.

Una descripción simple: cabello plateado y ojos azules como gemas.

Sin crimen, sin culpa.

Solo una lista de rasgos.

Valerius no respondió, pero sus ojos permanecieron fijos en la chica que caminaba unos pasos por delante, guiada por Lyra.

—Quienquiera que lo haya escrito sabe exactamente lo que busca —continuó Vyx, con la voz temblando imperceptiblemente—.

Lo dicen como si buscaran una joya perdida, pero yo siento algo más.

Cada vez que me acerco a ella, se me eriza el vello de los brazos como si fuera a estallar un incendio.

No es una niña, Val.

Es una calamidad.

Es una tormenta que aún no ha decidido estallar.

Si la llevamos al Gremio, no estamos ofreciendo un santuario…

estamos metiendo el fin de todo bajo nuestro techo.

Mientras las palabras de Vyx morían en el silencio de la niebla, Tsuki hizo algo que heló la sangre de la exploradora.

Sin detenerse, sin romper su paso fluido y constante hacia la oscuridad del callejón, la chica giró lentamente la cabeza hacia ellos.

Su cabello plateado brilló débilmente, atrapando la poca luz lunar que se filtraba entre las nubes.

Clavó sus ojos —dos gemas azules, inmóviles y profundas como abismos— directamente en los de Vyx, amarillos y feroces.

No hubo un gesto, ni un cambio en la expresión de su rostro de porcelana.

Siguió caminando hacia adelante, pero su mirada permaneció pegada a la de la exploradora, siguiéndola mientras pasaba.

Era una conciencia inmensa y gélida, que parecía mirar directamente a través de la carne y los huesos de Vyx, como si la estuviera escaneando.

Vyx dejó de respirar, sintiendo un escalofrío recorriéndole la columna.

No era la mirada de una presa.

Era la mirada de algo que sabía exactamente que estaba siendo observado, y no le molestaba en lo más mínimo.

Cuando Tsuki finalmente desvió la vista para volver a mirar el camino frente a ella, Vyx dio un paso hacia un lado, alejándose instintivamente del alcance de la chica.

En ese momento, estuvo segura: la calamidad no estaba por llegar.

Ya estaba allí, caminando entre ellos en el silencio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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