Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 52
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Capítulo 52: La Alianza de los Traidores
Tras la partida de Haneul la noche anterior, el silencio en los aposentos del Daesagan se volvió denso. El eunuco, que llevaba años observando cada gesto de Jun-ho, notó de inmediato la palidez inusual en su rostro y una chispa extraña en su mirada, algo que no parecía ser solo el remanente de la fiebre.
—¿Joven Yi? ¿Se encuentra bien? —preguntó el sirviente con cautela—. Noto cierta preocupación en su rostro y una fatiga que va más allá de la herida.
—Solo necesito descansar —exclamó Jun-ho con un tono tajante, cortando cualquier intento de indagación. Se quedó mirando la puerta por donde ella se había ido, con el sabor del delirio aún amargándole la lengua.
A la mañana siguiente, el aire en la habitación era gélido. Debido a su estado aún delicado, el desayuno se sirvió nuevamente en sus aposentos privados. Jun-ho, aunque más recuperado, mantenía una rigidez severa. Mientras el vapor del té se elevaba entre ellos, rompió el silencio con una pregunta que era más una orden:
—¿Estás lista ya para revisar los mapas, Haneul?
Ella no respondió. Permanecía con la mirada perdida en el vacío, su rostro transformado en una máscara de hielo. El silencio se prolongó hasta que él replicó con un tono cargado de advertencia:
Espero que esta vez me traigas los correctos. Debes entender que la vida de tu padre y la tuya dependen de esto. Sus cabezas ya tienen un precio en el palacio; el Señor Min no descansará hasta verlas en una pica. Si quieres que en el nombre de mi padre yo pueda ayudarlos, tienes que decirme la verdad ahora mismo.
Haneul ni siquiera había tocado su taza de té. Al escuchar la mención de su padre y la amenaza de muerte, levantó la vista y lo miró fijamente, con una determinación que Jun-ho no esperaba.
—Lo que está pasando en este reino no tiene nada que ver con los mapas —dijo ella, con una voz clara y cortante—. Llevo años estudiando minuciosamente cada carta estelar que mi padre trazaba. Cuando finalmente logré su confianza, empecé a trazarlos yo misma. Nadie bajo el cielo de Joseon sabe más de mapas y predicciones que yo.
Jun-ho arqueó una ceja, pero ella no se detuvo.
Cada mapa que se enviaba al palacio estaba verificado personalmente por mí. Son exactos, son puros. Nadie de la familia Han tiene motivo alguno para conspirar contra el reino o su monarca. Si el cielo dice una cosa y el palacio interpreta otra, el error no está en el pincel, sino en los ojos de quienes quieren usar las estrellas para justificar sus propias ambiciones.
—Entonces, déjame ayudarte —sentenció el Daesagan, y sus palabras pesaron en la habitación como el sello de un decreto real—. Descubramos cuál es el juego que se urde en el palacio y qué hilos mueven detrás de estos mapas.
Haneul lo observó con una mezcla de sospecha y desconcierto. —¿Acaso… confías en mí?
—Confío en que compartimos el mismo abismo —respondió Jun-ho con voz gélida—. Si tú depositas tu fe en mi estrategia, yo confiaré en tu pincel. Mi padre no habría arriesgado su posición viajando hasta aquí si no estuviera convencido de la integridad del tuyo. Lo que ambos hicieron, Haneul, desafía todas las leyes de nuestra sociedad; una joven de linaje no debería estar husmeando en los asuntos del Cheomseongdae, y mucho menos manipulando el Cheonsang Yeolcha Bunya Jido. Pero la suerte está echada. Si ya estás manchada por esta intriga, me corresponde a mí tejer una trampa tan letal como la que Min Seok-ryeon y sus secuaces han preparado.
Jun-ho tomó su taza de té, observando el vapor con una calma calculada antes de volver a mirarla. Una sonrisa tenue, casi de reconocimiento, asomó a su rostro.
Es inaudito que una mujer posea un intelecto de tal magnitud. Eres, de verdad, una mujer impresionante, Haneul.
Ella sintió que el calor le subía a las mejillas, un rastro de carmín involuntario que contrastaba con la severidad de la conversación. No pudo responder; el elogio de un hombre como el Daesagan era un arma de doble filo.
Al concluir el desayuno, se dirigieron al observatorio. Pasaron las horas sumergidos en la penumbra, diseccionando archivos y mapas que registraban décadas de movimientos celestiales. Al caer la noche, con el agotamiento físico mordiendo sus hombros y la fatiga mental nublando sus sentidos, Jun-ho dejó caer el último pergamino. Sus ojos brillaron con una comprensión sombría.
—Es brillante y asqueroso a la vez —murmuró Jun-ho—. El Señor Min está orquestando “malas interpretaciones” deliberadas para sembrar el caos. Está usando los cielos para proclamar que el Rey ha perdido el mandato divino. Si tus mapas son correctos, Haneul, entonces la traición no es una negligencia científica, sino una ejecución política. La serpiente está en la oficina de interpretación; los aliados de Min están reescribiendo el destino de Joseon.
El Daesagan se puso en pie, recuperando su porte de alto oficial del Saganwon. Me ausentaré unos días. Debo purgar ciertas dudas en la Oficina de Censura y luego infiltrarme en el palacio para ver a mi padre. Necesito saber qué piezas ha movido Min en mi ausencia.
—Iré contigo —sentenció Haneul, dando un paso al frente.
—No —cortó él, con una firmeza que no admitía réplica—. No es el momento de que te expongas a la mirada rapaz de Min Seok-ryeon. Serías un blanco demasiado fácil y mi única debilidad en este tablero. Volveré en unos días con las respuestas que necesitamos.
Se acercó a ella y por un momento, la dureza de su voz se transformó en una advertencia casi protectora. Mientras tanto, no falsifiques nada más. No vuelvas a este observatorio y, bajo ninguna circunstancia, te quedes sola. Min es un animal herido ahora que sabra que he vuelto a la capital; no podemos predecir dónde golpeará primero cuando sepa que su red de mentiras tiene una grieta.
El Palacio Gyeongbokgung se alzaba bajo un cielo plomizo, sus tejados curvos pareciendo garras que intentaban desgarrar las nubes. Jun-ho caminaba por los pasillos exteriores, ocultando la rigidez de su pecho bajo las pesadas capas de su uniforme oficial del Saganwon. Cada paso era un recordatorio físico de la traición de Min, pero su rostro permanecía impasible, una máscara de porcelana fría.
Primero, se dirigió a la biblioteca real, donde sabía que su padre, el Viejo Consejero Yi Seong-jae, solía buscar refugio de las intrigas de la corte. Al entrar, el aroma a papel antiguo y madera de sándalo lo recibió. Su padre estaba allí, inclinado sobre un texto clásico. Al notar la presencia de su hijo, el anciano levantó la vista; sus ojos, cansados pero sagaces, analizaron de inmediato la palidez de Jun-ho.
—Has vuelto de entre los muertos —dijo el Viejo Consejero, su voz era un susurro cargado de autoridad y alivio—. Me dijeron que habías sufrido un “accidente” en las montañas.
—Los accidentes son la moneda de cambio del Señor Min, padre —respondió Jun-ho, haciendo una reverencia tensa—. Pero las montañas son más clementes que estos pasillos. He visto lo que están haciendo con los mapas. Están preparando el terreno para declarar el fin del mandato del Rey.
El anciano cerró el libro con un golpe seco. —Min ha sellado los aposentos reales. El Rey respira, pero su voz ha sido silenciada por “médicos” que solo responden a una voluntad. Si vas a enfrentarte a él, Jun-ho, asegúrate de que tu espada sea la verdad, porque él tiene el acero de la guardia.
—No usaré acero, padre. Usaré el cielo —sentenció Jun-ho.
Al salir de la biblioteca, el destino —o quizás una red de espías muy eficiente— hizo que se topara de frente con el Señor Min Seok-ryeon en el puente de piedra que cruzaba el estanque de lotos. Min vestía sus galas de seda púrpura, rodeado por una escolta de guardias cuya lealtad estaba comprada con oro y promesas.
—Daesagan Yi —exclamó Min, deteniéndose y bloqueando el paso—. Es un milagro verte de pie. Los rumores decían que habías sido atacado por bandidos… o quizá por tu propia arrogancia.
Jun-ho se detuvo a la distancia exacta que dictaba el protocolo, ni un centímetro más. —Los rumores suelen ser el refugio de quienes temen la verdad, Señor Min. Mi salud es un asunto trivial comparada con la salud del reino. Me sorprende verlo tan ocupado custodiando las puertas del Rey. ¿Acaso teme que el cielo baje a pedir cuentas?
Min sonrió, pero sus ojos permanecieron gélidos, como dos pozos de agua estancada. —El cielo ya ha hablado, joven Yi. Las señales en el Observatorio son claras: el sol se oscurece para este reinado. Mis intérpretes están simplemente traduciendo la voluntad divina para que el pueblo no sufra.
—Extraño —replicó Jun-ho, dando un paso al frente, ignorando el dolor que punzó su herida—. He revisado los registros originales. Parece que sus intérpretes sufren de una extraña miopía política. Los mapas no mienten, Señor Min; los hombres sí.
El aire entre ambos se volvió eléctrico. Los guardias de Min tensaron los hombros, pero su señor los detuvo con un gesto leve.
—Ten cuidado, Daesagan —susurró Min, acercándose lo suficiente para que solo Jun-ho lo escuchara—. Los mapas pueden quemarse, y quienes saben leerlos pueden desaparecer en la noche. Disfruta de tu regreso al palacio… mientras dure el día.
Jun-ho sostuvo la mirada sin pestañear. —El sol siempre vuelve a salir, Señor Min. Y cuando lo haga, la sombra que usted ha proyectado sobre este trono será la primera en desvanecerse.
Con una reverencia mínima que rozaba el insulto, Jun-ho siguió su camino, dejando a Min con la mandíbula tensa en medio del puente. El careo había terminado, pero la guerra abierta acababa de ser declarada.
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