Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 53
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Capítulo 53: El Mensaje del Halcón
Mientras Jun-ho abandonaba el puente tras su careo con el Señor Min, un joven sirviente de la Oficina de Mensajería, cuya familia debía favores antiguos al Viejo Consejero, se cruzó en su camino. Sin detenerse, el muchacho dejó caer un pequeño tubo de bambú sellado con cera roja en la amplia manga de la túnica de Jun-ho.
Jun-ho no alteró su paso hasta llegar a la privacidad de un rincón apartado en los jardines de la biblioteca. Con dedos ágiles, rompió el sello. El papel era áspero, típico de los suministros militares de la frontera, y la caligrafía era rápida, casi violenta: la letra de Kang-dae.
“Daesagan. Los lobos no solo aúllan dentro de los muros. Min está enviando suministros de plata hacia el norte, pero no para nuestras tropas. He interceptado comunicaciones: mercenarios extranjeros están siendo financiados por su sello personal. Se están agrupando en el valle de Yalu. Min no solo quiere el trono; está vendiendo las llaves de nuestra frontera a cambio de espadas que aseguren su golpe. Mantén a salvo lo que importa. El acero extranjero no tiene honor.”
Jun-ho apretó el papel hasta que sus nudillos se pusieron blancos. El aliento se le escapó en una nube de vapor frío. La magnitud de la traición de Min Seok-ryeon era mucho más profunda de lo que imaginaba. No se trataba solo de mapas mal interpretados para engañar al pueblo; Min estaba debilitando las defensas del reino a propósito, creando una crisis externa para justificar la toma del poder absoluto.
“Mercenarios…”, pensó Jun-ho. Si Min traía fuerzas extranjeras, cualquier resistencia interna en el palacio sería aplastada por soldados que no debían lealtad al Rey ni a las leyes de Joseon.
De repente, la seguridad de Haneul cobró una urgencia aterradora. Si Min descubría que ella era la clave para desmantelar su mentira sobre los cielos, no dudaría en usar a esos mismos mercenarios para borrarla del mapa.
Jun-ho quemó el mensaje con la llama de una pequeña linterna de piedra cercana y observó cómo las cenizas se dispersaban. Debía actuar rápido. Necesitaba que Haneul encontrara la prueba definitiva en los mapas de que la “calamidad” que Min predecía era una invención, y debía hacerlo antes de que los mercenarios cruzaran el río.
En la frontera, el aire cortaba como una cuchilla. Kang-dae sostenía el mensaje de Jun-ho entre sus dedos enguantados, sintiendo que el papel quemaba más que el hielo. Las palabras del Daesagan confirmaban sus peores sospechas: el Señor Min no solo estaba comprando mercenarios, estaba vaciando las arcas del reino para financiar el golpe de Estado.
Desde la penumbra de su tienda militar, Kang-dae apartó apenas unos milímetros la cortina de la entrada. Afuera, de espaldas a él, la silueta robusta del General Park se recortaba contra las hogueras del campamento. El general hablaba en voz baja con un mensajero que portaba el sello privado de la casa Min. Kang-dae sintió una náusea profunda; la maldad que antes era una sombra lejana ahora se manifestaba frente a sus ojos como una alianza impía entre su comandante y el corrupto ministro. El honor militar, lo único en lo que Kang-dae creía, se desmoronaba ante la codicia.
Mientras tanto, en la capital, la traición respiraba en los pasillos del palacio. Un soldado de la guardia, movido por una ambición ciega, logró escabullirse hasta los aposentos privados del Señor Min Seok-ryeon.
—Mi señor —dijo el soldado, postrándose en una reverencia exagerada—, tengo información que será de su agrado.
Min, que se encontraba revisando unos documentos bajo la luz de un candelabro, ni siquiera levantó la vista. —¿Qué sabes tú de los asuntos del palacio que yo no sepa ya? —preguntó con desprecio—. ¿Acaso pretendes decirme que no sé lo que ocurre bajo mi propio techo?
El soldado, sintiendo el sudor frío correr por su nuca, tartamudeó: —Discúlpeme, mi señor… por mi insolencia. Tiene razón; nada pasa aquí sin que usted lo sepa. Me retiro.
—Alto ahí, soldado —la voz de Min fue como el chasquido de un látigo—. Si has osado llegar hasta aquí, termina lo que viniste a decir. Si es algo que ya sé, te mandaré a ejecutar por tu impertinencia. Pero si es algo nuevo… te recompensaré.
El soldado tragó saliva y se acercó un paso, bajando la voz. —Señor, cuando usted y el Daesagan estaban en el puente del estanque de lotos, observé que un joven sirviente le entregaba al joven Yi un pequeño objeto. Él lo ocultó con una rapidez sospechosa bajo su manga. Me pareció que ocultaba un secreto contra usted.
Min Seok-ryeon dejó el pincel a un lado. Sus ojos se entrecerraron, brillando con una luz depredadora. —¿Quién más vio este intercambio?
—Nadie más, mi señor. Solo yo.
Min permaneció en silencio un segundo, analizando la información. Así que Jun-ho tenía una red de mensajería privada que operaba incluso dentro de la guardia del palacio. Con un movimiento fluido, sacó una pequeña bolsa de seda roja de su manga, cargada con el peso metálico de las monedas, y la lanzó al suelo, frente al soldado.
—Cógela —ordenó Min con frialdad—. Y no hables de esto con nadie, o mandaré a cortar tu cabeza antes de que puedas gastar una sola moneda. Si necesito que vuelvas a espiar, yo mismo te buscaré.
El soldado recogió la bolsa con manos temblorosas, realizó una reverencia apresurada y desapareció en la oscuridad del pasillo.
Solo en su habitación, el Señor Min se acarició la barbilla. Una sonrisa cruel se dibujó en su rostro. Ya no necesitaba adivinar: Jun-ho estaba comunicándose con alguien fuera del palacio.
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