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Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 54

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Capítulo 54: El Guardián del Pañuelo Azul

Kang-dae no era un hombre de medias tintas. Sabía que para detener a una bestia como el Señor Min no bastaba con palabras o pruebas; había que cortarle los suministros. Con una precisión quirúrgica, el Bujang y sus tres soldados de mayor confianza habían ejecutado tres asaltos relámpago en las rutas de comercio del norte. Tres veces la plata destinada a los mercenarios extranjeros había desaparecido en la espesura de los bosques, y tres veces el Señor Min había rabiado en la capital por la pérdida de sus fondos.

Fiel a su instinto protector, Kang-dae solo compartió la ubicación del tesoro oculto con uno de sus hombres. A los otros dos, hombres con esposas e hijos en las aldeas cercanas, los mantuvo al margen del secreto final.

—Si caigo —les había dicho bajo el manto de la noche—, ustedes no saben nada. Sus familias no pagarán por mi rebelión.

Mientras tanto, en el palacio, Jun-ho se movía como un espectro entre las oficinas de suministros. Gracias a su red de informantes, logró interceptar la ruta del próximo gran cargamento: una fortuna en plata y armamento pesado destinada a sellar el pacto con los enemigos del reino. Sin perder un segundo, envió un mensaje cifrado a la frontera.

Cuando Kang-dae recibió la nota de Jun-ho con la ubicación y la hora exacta del envío, sintió que el golpe final estaba cerca. “Esta noche, la serpiente se quedará sin colmillos”, pensó.

Sin embargo, el Señor Min no era un hombre que tropezara cuatro veces con la misma piedra. Sospechando que el “ladrón” tenía información interna, decidió que este cargamento no sería una entrega, sino un cebo.

La noche del asalto, el convoy avanzaba por un desfiladero estrecho. Kang-dae y sus hombres esperaban en las alturas, con las espadas desenvainadas y los corazones latiendo al unísono con el viento helado. Al dar la señal, los cuatro se lanzaron sobre la caravana con la ferocidad de halcones.

Pero en cuanto sus pies tocaron el camino, las antorchas de la caravana se apagaron de golpe. De la oscuridad absoluta surgieron decenas de arqueros que rodeaban el desfiladero. No eran soldados comunes; eran la élite de la guardia privada de Min.

Al frente de ellos, un hombre dio un paso adelante. Llevaba una armadura oscura y, atado a su brazo izquierdo sobre la cota de malla, destacaba un pañuelo azul que ondeaba con el viento. Era el ejecutor personal de Min, un guerrero cuya reputación de crueldad solo era igualada por su habilidad con la lanza.

—Bujang Kang-dae —dijo el hombre del pañuelo azul, su voz resonando en el desfiladero como una sentencia—. El Señor Min te envía sus saludos. Ha sido un juego interesante, pero me han ordenado que esta noche dejes de ser un problema para el futuro de Joseon.

Kang-dae apretó la empuñadura de su espada, dándose cuenta de la magnitud del error. Jun-ho le había dado la información correcta, pero Min había convertido esa verdad en una emboscada mortal. Estaban rodeados, superados en número, y frente a ellos estaba el hombre que nunca dejaba testigos con vida. El aire en el desfiladero se volvió irrespirable, una mezcla de pólvora extranjera y el olor metálico de la sangre que anunciaba el fin de la esperanza. Kang-dae, con la espalda contra la piedra fría y rodeado por el brillo de decenas de arcos tensándose en la oscuridad, supo que la muerte tenía ojos de acero y vestía el uniforme de su propio reino.

El hombre del pañuelo azul levantó su lanza, marcando el inicio de una ejecución que no dejaría testigos, pero antes de que la orden de fuego fuera dictada, el sacrificio de los leales rompió el silencio. Los dos soldados veteranos, aquellos que tenían familias y nombres que proteger en sus aldeas, se lanzaron contra la marea de arqueros en un acto suicida, gritando a pleno pulmón que el Bujang debía escapar para llevar la verdad al Daesagan. Fue una carnicería necesaria; las flechas de Min los alcanzaron antes de dar diez pasos, pero en su agonía, derribaron las antorchas y crearon un muro de fuego y humo que bloqueó la visión de los tiradores, sirviendo sus cuerpos como la última barricada para su comandante mientras morían como traidores ante la ley, pero como héroes ante el cielo.

En medio del caos, una explosión de fuego desgarró las cumbres. Flechas incendiarias, de factura extranjera, comenzaron a llover sobre la emboscada, , los mercenarios de Min habían dejado de ser aliados; ahora saqueaban el convoy por su cuenta.

La traición ya no se ocultaba.

Kang-dae no retrocedió.

En lugar de huir, se lanzó de frente contra el ejecutor del pañuelo azul. El duelo que siguió dejó de ser técnica y disciplina para convertirse en algo más primitivo: pura furia. El choque del acero contra la lanza reforzada retumbó como un trueno en el desfiladero. El ejecutor se movía como una máquina de matar, siseando insultos sobre un reino ya vendido.

Pero Kang-dae ya no luchaba por el reino.

Luchaba por lo que le quedaba.

En un acto desesperado, permitió que la lanza le atravesara el costado. El impacto le arrancó el aliento, pero acortó la distancia. Con un rugido que le desgarró los pulmones, hundió su espada en el hombro del enemigo y arrastró el filo con brutalidad. El pañuelo azul, empapado en sangre irreconocible, cayó al suelo.

El ejecutor retrocedió tambaleante. Sus ojos ardían con promesas de muerte. Antes de desplomarse, lanzó una bomba de humo que devoró la escena, y su voz, rota pero firme, juró un último encuentro.

Luego desapareció.

Cuando el humo se disipó, el desfiladero era un cementerio de ambiciones.

Kang-dae intentó mantenerse en pie, pero la sangre que abandonaba su cuerpo era demasiada. Sus piernas cedieron. El mundo se oscureció. Y finalmente, cayó, inconsciente, sobre la tierra helada junto a los hombres que habían seguido su mando hasta la muerte.

Entre los restos del desastre, una figura se movió.

era el soldado de más confianza que tenía el bujang, el que no tenía familia y un nombre que cuidar.

El joven guardia, herido, con un brazo inútil colgando a su costado, era el único que seguía en pie. Sus ojos recorrieron el campo de batalla, comprendiendo en un solo instante el peso de lo ocurrido.

La traición.

La pérdida.

El precio.

Con un sollozo contenido, se arrodilló junto a Kang-dae.

—Mi señor… —susurró, aunque no esperaba respuesta.

Apretando los dientes contra el dolor, lo levantó como pudo y comenzó a arrastrarlo hacia la espesura. Cada paso era una lucha, cada respiración un recordatorio de que él también estaba al borde del colapso.

Pero no podía detenerse.

Porque entendía algo que los muertos ya no podían:

El trono que Min ambicionaba se estaba construyendo sobre los cuerpos de hombres inocentes… padres, hijos, leales hasta el final.

Y ahora, en medio de caminos manchados de sangre, solo él quedaba para impedir que ese sacrificio se perdiera en el olvido. Sus otros dos campaneros estaban tirados, en estados deplorables y llenos de flechas que reflejaban la maldad de su ejecutor.

El soldado no miró atrás.

Siguió avanzando.

Porque mientras Kang-dae respirara…

La guerra aún no había terminado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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