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Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 60

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Capítulo 60: En el Silencio de sus Aposentos

Jun-ho se puso en pie y, con una claridad que cortó el aire pesado de la choza, propuso utilizar el Sandaenori como el velo perfecto para su infiltración. Sabía que si la corte solicitaba formalmente esta ceremonia para “ahuyentar los malos espíritus” que acechaban la salud del Rey, Min no podría negarse sin delatar sus oscuras intenciones ante los demás eruditos. El plan era audaz: camuflar a Kang-dae y a sus guerreros entre los bailarines para que, protegidos por las máscaras, pudieran alcanzar los aposentos reales utilizando las rutas secretas que solo el Bujang conocía. Ante las dudas de los ancianos por la decisión de Kang-dae de llevar solo a su soldado más leal, el Consejero Yi intervino con autoridad, acallando los murmullos con un grito de mando.

—¡Que se haga como el Bujang decida! —exclamó el Consejero, reconociendo que mientras ellos dominaban la política, Kang-dae era el único maestro de la estrategia y el conocedor de las entrañas del palacio.

Con una mirada cargada de urgencia y esperanza, el Consejero le ordenó traer al monarca lo antes posible, mientras el resto de los conspiradores se dedicaba a buscar un refugio tan secreto que ni la sombra de Min pudiera encontrarlo.

Esa noche, el grupo se disolvió en las sombras, tomando rumbos distintos para no levantar sospechas. El Consejero Yi y Jun-ho permanecieron al final, observando cómo las figuras de los conspiradores se perdían en la espesura del bosque. En medio de ese silencio sepulcral, el Consejero rompió la calma con una advertencia cargada de pesadumbre: admitió que, aunque todo estaba en marcha, persistía la duda de si realmente estaban depositando su confianza en las manos adecuadas.

Cuando Jun-ho le preguntó directamente si se refería al Bujang, su padre negó con la cabeza, revelando un temor más profundo:

“En la política, quien tiene el control tiene el poder. Si el Rey cae en las manos incorrectas, el mundo que conocemos dejará de existir y nuestras cabezas serán cortadas por traición”.

Jun-ho, sintiendo el peso de la incertidumbre, alzó la vista hacia el firmamento —ese mismo cielo que Haneul estudiaba con tanta devoción— y se preguntó en voz alta quién era el verdadero arquitecto detrás de toda esa red de engaños. Sin más respuestas que el susurro del viento, padre e hijo cruzaron una última mirada cargada de complicidad y miedo antes de separarse y tomar caminos diferentes hacia el destino del reino.

Al despuntar el alba, Jun-ho cruzó el umbral de la casa de los Han, con el cuerpo agotado pero el espíritu alerta. Al recorrer los pasillos, una imagen le oprimió el pecho: Haneul estaba allí, a las puertas de su aposento, sentada en el frío suelo y vencida por el sueño. El joven Daesagan trotó hacia ella, con el corazón acelerado por la preocupación. Al interrogar a la momjong y a las sibis que la custodiaban, la sirvienta respondió con una reverencia cargada de disculpas:

—Perdóneme, mi joven señor, pero la señorita fue muy terca. Al percatarse de que usted salía de la casa, insistió en quedarse a esperarlo, temiendo que algo malo hubiera ocurrido con su padre.

Jun-ho dirigió una mirada severa a sus guardias y al eunuco encargados de custodiar la entrada, preguntándoles por qué permitieron que ella aguardara a la intemperie en lugar de invitarla a pasar a la calidez de su habitación. Ante sus ruegos de perdón, él guardó silencio; se inclinó con ternura y, con una suavidad infinita, la tomó en sus brazos para cargarla.

Pidió que abrieran la puerta de su aposento y, con delicadeza, colocó a Haneul sobre su yo de seda, arropándola con las sábanas más finas como si protegiera el tesoro más frágil del reino. Tras ordenar que todos abandonaran el cuarto, se sentó a su lado y encendió el ondol para que el calor comenzara a subir por el suelo. En la penumbra dorada de la mañana, Jun-ho se quedó en silencio, simplemente contemplando la paz en el rostro de ella, dejando que su belleza lo desarmara por completo mientras el resto del mundo y sus conspiraciones se desvanecían tras la puerta.

Cuando las horas se desvanecieron y la luz del sol comenzó a pintar figuras doradas en las paredes de madera, Haneul abrió los ojos lentamente. Lo primero que encontró fue el rostro de Jun-ho, quien yacía en el piso a su lado, rendido por un agotamiento que le surcaba las facciones incluso en sueños. Al incorporarse, el desconcierto la invadió al reconocer que se encontraba en los aposentos privados del joven; el calor del ondol todavía acariciaba su piel y el aroma a sándalo del lugar la envolvía con una extraña sensación de pertenencia.

Extrañada por no saber cómo había llegado hasta allí, pero conmovida por la entrega del Daesagan, Haneul se movió con la delicadeza de quien no quiere romper un hechizo. Con manos temblorosas, lo descalzó y retiró su espada y su sombrero, liberándolo del peso de su cargo por un instante. Luego, tomó las sábanas de seda que la habían cobijado y las deslizó sobre el cuerpo de él, murmurando en un suspiro que solo las paredes escucharon:

—Es la segunda vez que tengo que verte en este estado… Eres un necio, Jun-ho. ¿Por qué no me despertaste para entrar tú a descansar? Debiste haber tenido una larga cabalgata.

En ese momento, Jun-ho se giró de repente, buscando inconscientemente la calidez que lo rodeaba, y dejó caer su brazo sobre ella. Haneul se quedó gélida, con el corazón martilleando contra sus costillas ante la inesperada cercanía. Con una ternura infinita, intentó apartar el brazo, pero el destino tenía otros planes: él rodó la cabeza hasta reposarla suavemente sobre el regazo de ella.

Haneul se llevó una mano a los labios, ahogando un jadeo. “¿Por qué hace esto el joven Daesagan? ¿Tan cansado está que no sabe lo que hace?”, pensó, sintiendo cómo el calor subía por sus mejillas. Ella no podía saber que, bajo sus párpados cerrados, Jun-ho había abierto los ojos un milisegundo para sonreír con una dulzura clandestina. Él disfrutaba del refugio que hallaba en ella, de la suavidad de su tacto y del aroma a jazmín que emanaba de su piel.

En el silencio sagrado de la habitación, donde el tiempo parecía haberse detenido para protegerlos del caos del reino, Haneul acarició con la mirada cada línea del rostro de Jun-ho, sintiendo una grieta en su propia armadura.

—¿Y ahora qué hago? — susurró ella, perdida entre el deber y el latido acelerado de su pecho.

Jun-ho volvió a sonreír para sus adentros, manteniendo la farsa de su sueño, deseando secretamente que ese momento, donde ella empezaba a verlo no como un protector, sino como el hombre que daría la vida por su paz, no terminara jamás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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