Bajo el Cielo de Joseon - Capítulo 59
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Capítulo 59: El reflejo que quebró su juramento
Durante el camino de regreso a la propiedad de los Han, un silencio inquietante se apoderó de Jun-ho. Una pregunta le quemaba la garganta hasta que finalmente la soltó en voz alta, casi para sí mismo:
—¿Acaso su sed de venganza es más grande que sus sentimientos hacia ella?
Uno de sus soldados, confundido, preguntó si había dicho algo, pero el Daesagan se limitó a perderse de nuevo en sus pensamientos. No podía comprender cómo Kang-dae no había pronunciado el nombre de Haneul ni una sola vez tras haber regresado de la muerte.
Al llegar a la casa, Jun-ho buscó refugio en la soledad de sus aposentos. Pidió a su eunuco un baño caliente aromatizado con la orden estricta de que todos se retiraran. Una vez solo, se sumergió por completo bajo el agua, intentando acallar el caos en su cabeza. Sin embargo, al salir a la superficie, el nombre de Haneul lo golpeó con la fuerza de una marea. Llevó su mano al corazón y, al sentir los latidos desbocados contra su pecho, el pánico lo invadió.
—No puede ser… ¿Acaso yo…? —susurró para sí mismo antes de sacudir la cabeza con negación.
Se sumergió por segunda vez, abriendo los ojos bajo el agua tibia. Le resultaba inconcebible haberse enamorado de una mujer que desafiaba todas las creencias y el orden establecido; una mujer que, según las leyes que él mismo representaba, debería ser castigada por su secreto. ¿Cómo podía el Daesagan, guardián de las normas, haber caído ante la pasión de una astrónoma que miraba el cielo con más devoción que a los hombres?
Mientras Jun-ho se vestía en soledad, Haneul ya estaba al tanto de su regreso. Con una decisión que sorprendió incluso a su propia sirvienta (momjong), dio instrucciones precisas:
—Ve a la cocina y pide que preparen lo mejor que tengamos. El joven Daesagan ha llegado y debe estar agotado —ordenó con firmeza—. Esta noche cenaremos juntos en el patio, frente al estanque. Hazle saber a su eunuco.
La sirvienta asintió, ocultando apenas su asombro ante tal muestra de cortesía personal. Afuera, la noche empezaba a caer sobre el estanque de lotos, el mismo lugar donde ambos solían ver el atardecer, pero esta vez, la mesa estaría servida con una tensión que ninguno de los dos podía ignorar. El eunuco personal de Jun-ho entró en sus aposentos para entregarle el mensaje. Al escucharlo, el joven Daesagan no pudo ocultar su sorpresa; no esperaba un gesto tan noble y considerado de parte de ella después de su larga ausencia.
Al llegar al patio, se detuvo en seco al borde del pasillo de madera. El aroma del baño aromatizado aún flotaba en su piel, pero sus sentidos se enfocaron de inmediato en la figura que aguardaba frente al agua. Allí, bañada por la penumbra, estaba Haneul.
El jeogori de seda marfil que vestía parecía capturar la escasa luz de las linternas, destacándola como un faro en la oscuridad. Su chima de color gris ceniza caía con una elegancia pesada, fundiéndose casi por completo con las sombras profundas del jardín. Para Jun-ho, ella no era una mujer común en ese momento; parecía una aparición celestial, un ser que pertenecía más al firmamento que a la tierra. El joven sintió que el aire se le escapaba de los pulmones al verla así: tan serena, tan perfecta y, a la vez, tan dolorosamente inalcanzable.
La momjong de Haneul le susurró que el invitado había llegado. Ella giró el cuerpo con una lentitud grácil; su cabello siguió el movimiento de sus hombros mientras una sonrisa, entre cautivadora y juguetona, iluminaba su rostro.
—¿Te quedarás ahí, Daesagan? —preguntó ella con suavidad.
Jun-ho permaneció inmóvil, hipnotizado por la escena. Fue necesario que su eunuco, al notar que su señor estaba completamente absorto, le recordara en un susurro: “Mi señor, la joven lo espera”. Recuperando la compostura, Jun-ho comenzó a caminar por el sendero de piedra hasta situarse justo a su lado, lo suficientemente cerca para sentir el calor que emanaba de su presencia.
—¿No crees que el reflejo del cielo en el estanque está más hermoso esta noche? —preguntó Haneul, sin apartar la vista del agua.
Jun-ho se volvió hacia ella. Sus ojos, antes nublados por el cansancio de la montaña, tenían ahora un brillo febril y distinto.
—Sí… hoy el cielo se refleja en el estanque de una manera que nunca había visto —murmuró él, con una voz que vibraba por la tensión emocional acumulada.
Haneul, percibiendo que el tono del Daesagan no iba dirigido al agua, comenzó a girar el rostro hacia él. Pero Jun-ho continuó de inmediato, antes de que ella pudiera romper el hechizo:
—El brillo es tan puro que parece no pertenecer a este mundo —dijo, fijando su vista en la claridad de los ojos de ella—, como si una estrella hubiera decidido bajar a la tierra solo para adornar este jardín. Es una belleza que intimida, Haneul. Tiene esa serenidad del firmamento que tanto amas, pero a la vez posee una fuerza que podría trastocar el orden de cualquier hombre que se atreva a contemplarla por demasiado tiempo.
Haneul se quedó sin aliento, atrapada por la intensidad de su mirada. Jun-ho no miraba el estanque; la miraba a ella, a la forma en que su ropa de seda devolvía la luz y a la determinación que escondía su rostro.
—El reflejo es tan perfecto —finalizó él con un hilo de voz— que hace que el resto del jardín se desvanezca en las sombras.
En ese instante, el estanque dejó de existir. Para el Daesagan, el único universo que valía la pena observar estaba parado frente a él, desafiando con su sola existencia todas las leyes y el orden que él siempre había jurado proteger.
ella se sonrojó y dijo no sabía que también te gustaba mirar más allá del cielo, y él le contestó lo estoy aprendiendo a hacerlo así después que te conocí, ella tirando una media carcajada por los nervios le dijo joven vamos a sentarnos y empezó a caminar mientras él la observó unos segundos y le siguió el paso.
A medida que la cena avanzaba, la atmósfera se volvió más íntima y sincera. Haneul se tomó un momento para expresar su gratitud por todo lo que él y el Consejero Yi estaban haciendo, no solo por protegerla a ella, sino por permitirle mantener la comunicación con su padre a través de mensajes clandestinos. Jun-ho, por su parte, libraba una batalla interna feroz; cada vez que ella sonreía, él tenía que contener el impulso de revelarle que Kang-dae estaba vivo y que acababa de reunirse con él. Por primera vez en meses, las risas y la familiaridad llenaron el patio, haciendo que Haneul se sintiera verdaderamente tranquila.
Con el paso de los días, la cercanía entre ambos se estrechó considerablemente. Mientras Haneul encontraba en él a un amigo y confidente incondicional, Jun-ho veía cómo su amor y admiración crecían hasta volverse incontrolables, un sentimiento que ella, perdida en su gratitud, aún no lograba percibir.
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