Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Born Of An End - Capítulo 15

  1. Inicio
  2. Born Of An End
  3. Capítulo 15 - 15 Capitulo 15 Cementerio de Armas
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

15: Capitulo 15: Cementerio de Armas 15: Capitulo 15: Cementerio de Armas Todo estaba oscuro.

Me agaché de inmediato y palpé mis piernas, luego mis brazos.

No sentía dolor.

Todo estaba intacto.

— ¿Dónde estoy…?

—murmuré, con la voz apagada.

Alcé la mirada.

No había suelo, ni cielo, ni horizonte.

Solo una oscuridad espesa, infinita, que parecía tragarse cualquier intento de orientación.

— ¿Por qué estoy aquí…?

Forcé mi mente.

Necesitaba recordar.

Y entonces llegaron los fragmentos.

La pelea contra Kiro.

Ness, el joven guerrero que me ayudó a derrotarlo, mis costillas rotas.

Y finalmente, la imagen que me hizo estremecer, el Señor Sandor sin un brazo.

— ¡Señor Sandor!

— dije exaltado, sintiendo cómo el pánico me oprimía el pecho.— ¿¡Cómo rayos terminé aquí!?

N-necesito regresar, necesito saber si están todos bien.

Alcé mi voz en toda la oscuridad, pero solo se perdió en la nada.

— ¡HOOOLAAA!

¿¡ALGUIEN PUEDE ESCUCHARME!?

¡ESTOY PERDIDO!

Nada respondió.

Sin embargo… A lo lejos, una pequeña llama rojiza flotaba en la oscuridad.

— ¿Fuego…?

— susurré y acto seguido me di cuenta que esa tal vez sea mi única pista para escapar.— ¡Fuego!

Corri rápidamente hasta ella y la presencie por varios minutos.

— Wow que linda — murmuré.

La llama parecía responder a mi presencia.

Brillaba suavemente, como si respirara.

Sentí que me llamaba.

Extendí los dedos e intentando tocarla.

Pero entonces, un chasquido se escuchó en toda la oscuridad.

El sonido fue seco.

Lejano.

La llama se elevó de golpe.

Comenzó a hincharse, a expandirse de forma antinatural y finalmente explotó.

La luz me cegó.

Me cubrí los ojos y, cuando volví a abrirlos, la oscuridad había desaparecido.

El mundo había cambiado.

Me encontraba en un vasto espacio dominado por fuego escarlata.

Las losas del suelo estaban cubiertas de diferentes armas: espadas, hachas, lanzas, dagas, mandobles, entre otras.

Todas clavadas como tumbas silenciosas.

Cada una parecía cargar su propia historia.

Algunas manchadas de sangre seca.

Otras melladas por incontables batallas.

Y algunas simplemente rotas.

El cielo giraba como el ojo de un huracán.

Llamas ascendían por sus paredes circulares, y nubes teñidas de rojo oscuro se arremolinaban sobre mí.

Era un cementerio.

Un Cementerio de Armas.

Caí de espaldas por puro instinto.

“¿Q-qué?

¿Dónde estoy?” — ¿H-hola…?

— dije, con la voz temblorosa.

Entonces, otro chasquido resonó a lo lejos.

El sonido fue seco, preciso, un chasquido capaz imponerse sobre todo lo demás.

Tras él, el cielo ensangrentado comenzó a gotear.

No era lluvia.

Eran gotas de fuego escarlata, espesas, densas, cayendo una a una frente a mí.

Al tocar el suelo de losas de concreto, no explotaban ni se extinguían, permanecían ardiendo con vida propia.

Más y más gotas descendían sin cesar.

Pero esta vez no se quedaron quietas, se reunían todas en un solo lugar.

El fuego empezó a acumularse, moldeándose lentamente, llenando el vacío como si de una copa invisible lo contuviera.

Entonces, las llamas tomaron forma.

Primero surgieron las piernas, sólidas y ardientes.

Luego el torso, ancho e imponente.

Después los brazos, largos y firmes, hechas de llamas escarlatas vivas que ondulaban como si respiraran.

Finalmente, la figura se completó.

Un hombre de fuego, de casi tres metros de altura, se alzaba frente a mí.

Su cuerpo entero ardía en un escarlata profundo, hipnótico, como una hoguera eterna alimentada por algo más que combustible.

El ser humanoide abrió los ojos.

Eran completamente blancos.

Sus ojos me miraron.

Y esa mirada cargaba un peso antiguo y severo.

El hombre escarlata alzó su brazo por encima de su cabeza llameante y chasqueó los dedos.

El sonido retumbó en todo el Cementerio de Armas.

Al instante, telas negras y rojas emergieron del aire, envolviendo su cuerpo escarlata como si siempre hubiesen estado destinadas a él.

Una armadura dorada se formó sobre su torso, pieza por pieza, encajando con un brillo solemne.

Las piernas quedaron descubiertas de armadura.

Sin embargo, fueron cubiertas únicamente por largos mantos de tela roja y oscura que se mecían con el calor.

De su espalda brotó una capa roja, intensa, tan brillante como una manzana madura bajo el sol.

Y por último, una mascarilla de barrotes de hierro dorado apareció sobre su rostro, sellándose con un leve chasquido metálico.

El fuego de su cabeza descubierta seguía ardiendo como una fogata viva.

El hombre flameante se aclaró la garganta.

El sonido fue grave, reverberante, como si surgiera desde el interior de una forja y dijo: — Hola Mortal soy el Dios Kaos.

Felicidades, fuiste elegido por mí, para ser un Creciente.

Y eso debería ser un gran honor para tí.

— ¿Q-Q-Que?

— abrí los ojos como platos.— ¡AYUDAAAAAAAA!!!!

Intenté huir pero una luz blanca me envolvió y en un parpadeo, volví a aparecer frente a él.

Lo intenté otra vez.

Luego otra.

Y otra.

Y otra.

Y otra.

Pero siempre terminaba en frente de él.

Luego, tragué el aire con dificultad por el cansancio de correr tanto.

“Maldición no me puedo alejar de él, aunque no parece que me quiera hacer daño.

Creo.

Mantendré la distancia por si las dudas” La Deidad soltó un suspiro y cruzó los brazos un poco molesto.

— ¿Terminaste?

Tengo mucho que contarte así que espero que prestes atención Fruncí el ceño extrañado.

— ¿Contarme?

¿Contarme qué?

— Mira niño, he visto tu historia y si que es triste.

Pero no solo eso, si no que no conoces lo básico sobre los Crecientes.

Créeme qué no te culpo, cómo podría.

Al principio fuiste un niño huérfano — dijo.— Uno que hacía lo imposible por mantener con vida a los suyos.

Nunca tuviste educación real sobre tu propio mundo.

Nadie te enseñó nada.

— Kaos hizo una pequeña pausa.— De hecho, deberían existir Academias especializadas para esto…

Vaya que es triste tener que estar anclado a algo Cada palabra de Kaos se sentía como una piedra lanzada a mi pecho.

— Luego creciste — continuó.— Y pasaste prácticamente toda tu adolescencia y parte de tu vida adulta siendo un esclavo.

Día tras día.

Año tras año.

Perdiéndote poco a poco a ti mismo.

Mis dedos temblaron.

— Lo sorprendente — prosiguió Kaos, con una voz demasiado calmada.— Es que no te rompiste del todo.

Apreté los puños.

“¿No conseguí romperme?

¿Cómo podría?

No podía tirar la toalla así como así.

¡Necesitaba colgarme de la más mínima esperanza!

¡Necesitaba sobrevivir!” Mis ojos temblaron.

“Sobrevivir…” — No estuviste completamente solo.

Por eso tu Espíritu no colapsó.

Solo se agrietó y se apagó — prosiguió.— Hasta ahora, cuando escapaste.

Cuando volviste a sentir cosas tan insignificantes como el sol sobre la piel o…

El olor de un lugar que no apestara a sangre, oxido o a encierro.

Cerré los dedos con más fuerza.

El temblor era imposible de controlar.

“¿Insignificantes…?” Una risa amarga me subió al pecho.

“¿Tú qué sabes?

¿Qué sabes de arrastrarte por el suelo con la espalda ensangrentada de tantos látigos, o de contar los días para no volverte loco?” Apreté los dientes hasta que dolieron.

— Eso fue esperanza para tí, niño.

E hicieron que tú Espíritu se repare, se refuerze y se potencie.

Kaos se acercó unos pasos y me lanzó una ráfaga de fuego que me cubrió todo el cuerpo.

— ¡¿Q-QUE HACES…?!

Instintivamente me encogí, esperando el dolor.

Pero nunca llegó.

Las llamas no quemaban.

No consumían.

Me rodeaban con un calor profundo, constante, casi humano.

Era como un abrazo.

Un abrazo insoportablemente cálido.

— Realmente pasaste por mucho, ¿Verdad?

— dijo Kaos con una voz más baja.— Tranquilo, yo lo sé todo.

Tu esfuerzo.

Tu perseverancia.

Tus pecados.

Y todo lo que tuviste que hacer para sobrevivir “So-Sobrevivir…” Sentí cómo algo se quebraba dentro de mí.

Pequeñas lágrimas resbalaron por mis mejillas.

Me las limpié de inmediato, con rabia, con vergüenza.

— Tranquilo niño — dijo Kaos con una voz tranquila.— Si quieres llorar… hazlo.

Puedes hacerlo aquí.

— No sabes nada —murmuré, con mi voz temblando.

Más lágrimas traicioneras escaparon sin permiso.

Kaos no respondió de inmediato.

Se acercó y, con cuidado, me rodeó con sus brazos de fuego escarlata.

No había presión, no había fuerza.

Solo calidez.

— Lo sé — dijo al fin.— Yo…

Realmente no entiendo las emociones humanas y aveces puedo sonar duro, pero quiero que sepas que esa no es mi intención.

Te admiro por ser alguien tan fuerte niño.

Eso es lo que sé Bajé la cabeza.

Y entonces todo volvió.

El encierro.

El hambre.

El miedo constante.

Las órdenes gritadas.

Las cosas que vi.

Las cosas que me obligaron a hacer.

La aceptación silenciosa de que, si quería vivir, tenía que dejar de ser un niño.

Más lágrimas brotaron sin control, como si mi cuerpo hubiese estado conteniéndolas durante tantos días, tantos meses, tantos, años.

Lloré sin sonido, con los hombros temblando, con el pecho ardiendo al igual que mis mejillas enrojecidas.

Kaos apoyó su mano sobre mi cabeza y me dio suaves palmadas.

— Ya ya — murmuró.— Todo pasó.

Ya no estás ahí.

No te preocupes Cerré con suavidad mis ojos rubis que se encontraban empapados.

Y sin querer esbocé una pequeña sonrisa.

Pero un recuerdo me invadió por completo.

El recuerdo de aquel momento exacto en el que entendí que llorar no servía de nada.

Que llorar solo me volvía débil.

Vulnerable.

Indefenso.

Y entonces, una voz profunda, firme y con malicia resonó en mi cabeza.

“Si lloras, mueres” El pensamiento surgió automático, grabado a fuego en mi mente desde aquel infierno.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Forcé la respiración, cortándola, empujando el llanto de vuelta hacia dentro, como había aprendido a hacer allí abajo.

Las lágrimas se detuvieron a la fuerza.

Mis ojos rubis quedaron húmedos, enrojecidos, pero ya no lloraban.

Mi rostro se endureció, como una máscara vieja que conocía demasiado bien.

“Cálmate Neil.

Deja de llorar, no sirve de nada.

No lo olvidés, debes salir de aquí para poder vivir de nuevo.

Al fin y al cabo logré sobrevivir ¡Eso todo lo que importa…!” Una pizca de duda fluyó por mi mente.

“¿Verdad?” Inmediatamente me separé de Kaos y me limpia los restos de lágrimas que quedaban en mi rostro.

— ¿Te encuentras bien niño?

— S-Si.

Gracias, por el fuego y todo lo demás.

Kaos sonrió y colocó una mano sobre mi hombro.

— No hay de qué niño

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo