CADENAS - Capítulo 32
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Capítulo 32: Carne de cañón.
El asentamiento de la división Flor Azul se erguía como un monumento a la voluntad, un contraste gélido frente a la desordenada vitalidad del campamento de Sol. Allí, la improvisación era un pecado olvidado. No había lonas que aletearan con desgana bajo el viento, ni suministros amontonados como huesos de un naufragio, ni soldados que arrastraran los pies sin un propósito claro. Todo poseía una geometría severa. Las armas descansaban alineadas en estanterías de madera que olían a resina reciente y aceite de mantenimiento, mientras que los heridos, separados por la gravedad de sus penas, habitaban silencios distintos. Los enfermos eran sombras aisladas tras lienzos blancos, y las rutas de paso permanecían despejadas. Incluso el eco de los entrenamientos llegaba amortiguado, una vibración lejana que no osaba entorpecer el pulso mecánico del lugar. Era un campamento vivo, pero con la disciplina de un reloj de arena: preciso, constante y contenido.
A varios minutos de aquella maquinaria perfecta, donde el aire todavía conservaba el sabor a tierra virgen a pesar del paramo donde se encontraban, estaban Sol y Somi. El entrenamiento era un baile de frustraciones. Somi cerró los ojos y chasqueó los dedos; el sonido fue un latigazo seco en la quietud del campo. Una pequeña chispa, apenas un parpadeo de luz anaranjada, brotó entre sus yemas. Duró lo que un suspiro antes de ser devorada por la inmensidad del aire seguido por un silencio absoluto.
Somi permaneció inmóvil, con los dientes apretados hasta que la mandíbula le dolió. Volvió a intentarlo, pero el resultado fue el mismo: una chispa ridícula, un vestigio inútil de una fuerza que se negaba a despertar.
—¡No he avanzado casi nada! —gritó, y su voz fue un tajo de rabia y cansancio que rasgó la paz del entorno.
A unos metros, sentado sobre una roca, Sol la observaba. Tenía la parsimonia de quien no conoce la prisa. Pelaba una mandarina con dedos lentos, dejando que el aroma cítrico y punzante inundara el espacio entre ambos. Separó un gajo, lo estudió un instante y se lo llevó a la boca.
—Avanzas más rápido que la mayoría —dijo, con la voz amortiguada por la fruta.
—Estoy cansada de escuchar eso —replicó ella, girándose con los ojos encendidos de molestia. Recordó las palabras de Nezu, esa cantaleta de “genio” y “calma” que se sentía como una venda sobre una herida abierta. Bajó la mano con una fuerza que hizo vibrar su propia estructura—. ¡No me importan los demás! Quiero ser mucho más fuerte de lo que fui ayer. Y mañana, quiero serlo mucho más que hoy.
Sol no respondió de inmediato. El jugo de la mandarina brillaba en sus dedos.
—No deberías obsesionarte tanto con el poder —soltó al fin, con una tranquilidad que rozaba la indiferencia—. Vas a terminar perdiéndote a ti misma por ese concepto tan estúpido. El deseo de ser más fuerte es un pozo que nunca vas a lograr llenar.
Somi sintió cómo la tensión se le escapaba de los hombros, reemplazada por una sombra de vergüenza. Miró hacia el horizonte, donde el cielo comenzaba a teñirse con los colores de la fatiga.
—No quiero ser la más fuerte —murmuró, casi para sí misma—. Pero quiero seguir mi camino…. El camino de Nezu. —Sus dedos se cerraron sobre la empuñadura de su espada, buscando un anclaje en el metal frío—. Debo hacerlo.
Sol esbozó una pequeña sonrisa, una mueca ligera que apenas alteró sus facciones.
—¿Y por qué lo sigues? —preguntó, señalando al frente con el último gajo de la mandarina—. Dices que acompañas su camino, pero… ¿cuál es el tuyo?
La sonrisa de Somi se desvaneció, dejando su rostro como un lienzo en blanco. El viento pasó entre ellos, levantando una cortina de polvo fino que danzó en el vacío.
—Es difícil de explicar… —respondió ella, hundiendo la mirada en sus propios pies—. Estoy buscando una respuesta, pero ni siquiera sé por dónde empezar a buscarla. Me uní a él esperando que, tal vez, entre entrenamiento y batallas, la respuesta encuentre su forma. O quizá, cuando él termine, sea el momento de comenzar mi propio viaje.
—¿Y cuál es la pregunta? —insistió Sol, mirándola fijamente.
Somi guardó silencio. Las palabras parecieron emerger de un lugar muy profundo, arrastrando el peso de algo que llevaba demasiado tiempo enterrado.
—Peleas, paisajes, tesoros… todo lo desconocido atrae a personas increíbles. Personas capaces de abandonar una vida cotidiana, de abandonar a su familia. —Su voz bajó hasta ser un susurro—. Yo tambien dejé todo eso para entender por qué alguien lo haría. ¿Crees que este mundo realmente lo vale?
La pregunta cayó con la pesadez de una sentencia. Sol miró la cáscara de la mandarina en el suelo, ahora un resto inerte.
—No tengo esa respuesta —admitió él con un suspiro—. Supongo que mi lucha es distinta a la tuya.
Somi bajó la cabeza, cruzándose de brazos con un gesto de disculpa.
—Lo siento. Mi objetivo debe sonar como una tonta obsesión comparado con el tuyo.
Pero Sol la interrumpió con una exhalación que fue casi una risa.
—He escuchado razones mucho más banales para pelear. No te avergüences de la tuya.
Ella iba a agradecerle, pero las palabras se le atascaron en la garganta. El aire cambió. No fue un ruido, sino una presión invisible, como si la atmósfera se hubiera vuelto densa, viscosa. Una sensación salvaje, una mirada invisible que parecía pesar toneladas. Somi llevó la mano a su espada, con el cuerpo vibrando en una alerta absoluta. Sol se puso de pie, su expresión relajada desapareció bajo una máscara de tensión.
—Mierda… ¿Descubrieron el campamento…?—Apretó los dientes.—No… eso es imposible.
Se llevó una mano al pecho, sobre las vendas.
—Nos encontraron por casualidad…
Somi miró a todos lados. Buscando el origen de esa sensación. Su respiración se volvió corta. Y entonces lo vio.Su pupila se contrajo.
—¡Sol, atrás!
Detrás de Sol, una sombra colosal emergió de la nada. Era una masa de carne y silencio, un hombre de más de dos metros y medio con los hombros como rocas y una mirada vacía, desprovista de cualquier rastro de pensamiento humano.
Sol reaccionó de inmediato. Saltó hacia adelante varios metros en un solo impulso. Giró sobre sí mismo.
—¿Y tú quién se supone que eres? —alcanzó a decir Sol.
La respuesta fue un estruendo. Una patada brutal impactó en el rostro de Sol, lanzándolo por el aire como si fuera una brizna de paja. Somi ahogó un grito, pero vio cómo Sol lograba recomponerse con una rodada limpia, escupiendo sangre mientras una sonrisa afilada asomaba en su rostro.
Somi dio un paso hacia él.
—¡¿Estás bien?!
Sol se enderezó mientras se tocaba la cara,
—Me sorprendió, eso es todo. Pude haberlo esquivado. —Sus ojos se afilaron— —La sensación de pelear contra él es la misma que contra Ion.
Somi tragó saliva mientras Sol soltó una risa breve.
—Aunque este tipo es mucho más débil.
Miró a Somi. Y le levantó el pulgar.
—Puedes vencerlo, Somi —dijo él con una seguridad que la dejó helada—. No te dejes intimidar.
Somi se quedó tiesa.
—Espera…—Parpadeó varias veces.— ¿Yo sola?
Sin embargo, antes de que el choque estallara, el gigante pareció percibir algo en el ambiente. Sus ojos se abrieron apenas y, sin previo aviso, echó a correr con zancadas que hacían temblar el suelo, perdiéndose entre los escombros.
—Mierda… quería atacarlo por sorpresa —dijo Zen, apareciendo de entre las ruinas mientras se sacudía el polvo de los hombros—. Tiene buenos instintos.
Somi soltó el aire de golpe.
—Zen…—Lo miró con alivio.— Gracias.
Zen asintió apenas, Sol por su parte lo miró molesto.
—¿Qué haces aquí?
Zen respondió con naturalidad:
—Nezu me dijo que tenía algo que hacer.— Se encogió de hombros. —Así que quería entrenar con ustedes.
Sol entrecerró los ojos.
—Ten más cuidado.— Señaló hacia donde huyó el gigante. —Ahuyentaste al oponente de Somi.
Vira caminaba por el páramo, pero sus botas no parecían seguir un mapa, sino el ritmo errático de sus propios pensamientos. El viento arrastraba ceniza y polvo entre las ruinas, creando una sinfonía de desolación. Se detuvo, girando sobre sí misma en medio de aquel vacío de piedra rota y tierra muerta.
—Hace mucho tuve que haber salido de Bamburashi…
Giró lentamente sobre sí misma. Nada le resultaba familiar.Ni siquiera vagamente.
—¿Dónde diablos estoy? —murmuró, irritada por haberse perdido en el laberinto de su propia mente.
Fue entonces cuando lo vio: una columna de humo, fina y gris, que se elevaba como un dedo señalando al cielo. Corrió hacia allí.
—¿Una fogata?
Aceleró el paso subiendo un desnivel de tierra, y al llegar a la cima, el aliento se le escapó. Frente a ella se extendía el campamento del Ejército de Liberación, una marea de tiendas y guardias que bullía en la distancia.
—¡Mierda…!
Dio un paso atrás por puro reflejo.
—¿Eso es el asentamiento del Ejército de Liberación…?
Su mente se disparó al instante. Empezó a caminar de un lado a otro, pasándose una mano por el cabello con frustración.
—Está bien, piensa, piensa…¿Debería volver al castillo?
Frunció el ceño.
—Pero ya no estoy contratada…
Volvió a caminar.
—¿Buscar a Nezu…?
Se detuvo otra vez.
—Pero le dije a Sea que no lo haría…
Apretó la mandíbula.
Miró el campamento una vez más.
—Dios… dame una señal si debo buscar a Nezu —susurró, con la mirada fija en el asentamiento.
—Puedes ir —respondió una voz a sus espaldas.
Vira no tuvo tiempo de girar. Una explosión de fuego le estalló encima. El puñetazo, envuelto en llamas violentas, devoró el oxígeno. Ella intentó protegerse con sus hilos, pero estos ardieron al instante, convirtiéndose en hebras negras y quebradizas. El impacto la lanzó contra una casa derruida; el interior colapsó sobre ella en una nube de polvo y madera podrida.
Tosiendo, apoyó una rodilla en el suelo. Le dolía el cuerpo, pero su orgullo ardía más que el hombro herido.
—Afinidad de fuego… los más molestos —masculló, limpiándose la sangre del labio.
Los pasos se acercaron. Pesados, tranquilos. Un hombre mayor entró en la ruina, observando el desastre con una relajación inquietante. Era alto, ancho, con una barba blanca que le daba un aire de piedra antigua. Llevaba una ropa tosca, de costuras reforzadas y cortes crudos.
Vira reconoció el uniforme al instante: la marca de los prisioneros del reino.
—Esa ropa… —dijo ella, con los ojos afilados.
El hombre sonrió apenas, mientras el calor seguía flotando a su alrededor como un aura invisible.
—Muy observadora. El reino quiere que nos matemos entre nosotros.
Vira enderezó la espalda, buscando su dignidad entre los escombros.
—Yo no soy enemiga del reino.
El hombre la miró unos segundos, con una calma que resultaba más aterradora que el fuego.
—Yo no soy aliado del reino.
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