CADENAS - Capítulo 31
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Capítulo 31: Tigre
Pasaron varios días tras la visita de Khota y Rogue antes de que el campamento comenzara su lento peregrinaje hacia la sede central del Ejército de Liberación. La caravana avanzaba como una serpiente de tela y madera sobre el páramo. En el carruaje de cabeza, Khota y Sol compartían un espacio cargado de electricidad estática. Ninguno hablaba, pero el silencio no era de paz, sino de una tregua a punto de romperse.
Fue Khota quien, incapaz de tolerar más la quietud, lanzó el primer tajo verbal.
— ¿Cuándo vas a dejar de fingir?
Sol ladeó la cabeza, con una expresión de cansancio infinito.
— ¿Fingir?
— Los ancianos pueden tener confianza en ti, pero yo no — sentenció Khota, clavándole la mirada —. Tal vez no tenías opción, pero huir es traición en mi ejército. ¿Cómo puedes olvidar algo tan básico?
— No es tu ejército — replicó Sol con suavidad —. Es el ejército del pueblo. Sé que los abandoné y no tengo excusa, pero lo remediaré con el ataque al castillo.
Khota apretó la mandíbula, irritada por su calma.
— No te creas demasiado. El ataque ya tiene fecha y hora. Tú y tu división de vagabundos solo son un agregado prescindible.
— Deberías confiar más en los nuevos fichajes — respondió él, cerrando los ojos.
El silencio volvió a caer, denso y amargo. Khota cruzó los brazos y fue directa al grano, al hueso de su ambición.
— La capitanía.
Sol sonrió sin abrir los ojos.
— Sabía que tocarías ese tema.
— No estás en facultades de seguir siendo el líder — continuó Khota
Sol la miró por primera vez. Aún sonriendo.
—Siempre detrás de mi puesto…—Volvió la vista al frente— Pero no creas que te lo daré tan fácil.
Khota apretó los dientes.
—Quiero que me des el cargo total. Aprende tu lugar, deja de ser terco.
— Ya tengo un sucesor para mi puesto.
Khota se quedó gélida, el shock paralizando sus facciones por un segundo.
—¿…Qué?
— Aún me quedan cartas que jugar — concluyó Sol —. Mi sucesor será Nezu.
En la zona media de la columna de caravanas, el ambiente era radicalmente distinto. Dentro de uno de los carros, el sonido de naipes deslizándose sobre madera y el choque de fichas improvisadas marcaba el ritmo. Zen y Somi estaban enfrascados en un duelo de azar; las cartas se repartían, los números se sumaban en sus mentes buscando un límite que no debían cruzar. La tensión del juego parecía aislarlos del paramo que los rodeaba.
—Otra —dijo Somi con una sonrisa confiada.
Zen la observó.Tomó una carta y se quedo en silencio.
—Te pasaste —dijo Somi, disfrutando el momento.
Zen dejó las cartas sin expresión.
—Interesante.
En ese momento la lona se apartó de golpe y Rogue entró, con el ceño fruncido y el bastón en la mano.
— Es increíble. Deberían estar vigilando y están aquí, perdiendo el tiempo con esto.
— Hay ojos vigilando todos los flancos — respondió Zen, sin apartar la vista deSomi barajando las cartas
— Un par de ojos adicionales no vendrían mal — espetó Rogue.
Somi sonrió de lado y dio unas palmaditas en el suelo, junto a ella.
— Vamos, ven y juega la siguiente ronda. Olvida el protocolo un segundo.
Rogue se quedó congelada por la invitación. Miró hacia ambos lados, asegurándose de que ningún soldado la viera perder la compostura, y terminó sentándose con un suspiro de rendición. Señaló con el mentón a Nezu, que era el único que permanecía apartado, mirando fijamente a través de la abertura de la caravana.
— Al menos él vigila — murmuró Rogue.
Somi soltó una risa ligera.
— No… solo es un mal perdedor. Se enojó porque perdió la última ronda y no quiso seguir jugando.
En el gran salón de los ministros, el orden se había evaporado. La deserción de Kael había dejado un vacío que los burócratas intentaban llenar con gritos y pánico. Nadie sabía qué hacer y el nuevo Rey no salía de su habitación.
Sea, harto del descontrol, se dirigió a los aposentos de Cristopher. Dos guardias intentaron cerrarle el paso, pero fueron neutralizados con rapidez que ni siquiera les permitió gritar. Sea entró sin avisar, azotando la puerta contra la pared. Cristopher, que estaba sentado en el borde de la cama con la mirada perdida, saltó del susto.
— ¡¿Qué quieres?! — gritó el joven rey, con la voz temblorosa.
Sea lo encaró, ignorando cualquier etiqueta real.
— ¿Acaso tienes idea de lo que está pasando en este castillo?
— ¡Sé muy bien lo que pasa! — exclamó Cristopher, desesperado —. Kael se largó y me dejó toda la responsabilidad. A Nox no le importa nada y yo estoy aquí atrapado.
Sea lo tomó de las ropas y lo estampó contra un mueble cercano, reduciendo la distancia entre sus rostros.
— Eso no es lo que está sucediendo. Lo que está pasando es que el reino se está desmoronando desde el interior, mientras que afuera nuestros enemigos se preparan para dar el golpe de gracia. Si es que sobrevivimos hasta ese punto.
— Tal vez sea mejor así… — murmuró Cristopher, aturdido —. Rendirnos.
— Nunca lo será — gruñó Sea —. ¿Cuántos soldados han pasado por un infierno, han muerto y asesinado por esta causa? Si te rindes ahora, todo ese sacrificio será en vano.
— ¡¿Entonces qué debo hacer?!
— ¡Lo que sea, estúpido!
Sea le propinó un golpe seco en la cabeza para sacarlo del trance.
— Kael te confió su puesto porque sabe que, de alguna forma, puedes ponerle fin a esta guerra. No siendo un rey patético y asustadizo. Así que dígame, Rey… estoy a su servicio. —Baja la voz—. ¿Cuál es su orden? No piense en lo que los demás crean mejor; piense qué sería lo mejor para el reino.
Cristopher se quedó en silencio, asimilando el golpe y las palabras. Reflexionó un instante, se puso de pie y caminó hacia su capa. Se ajustó la corona con manos que, por primera vez, no temblaban.
— Acompáñame al gran salón de los ministros.
— Como diga, majestad — respondió Sea. Mientras caminaban, añadió en voz baja —: ¿Qué vas a hacer?
— Tal vez fue el golpe que me diste… pero tengo una idea.
Al llegar al gran salón, Cristopher no esperó a ser anunciado.
— ¡SILENCIO! — gritó desde la entrada.
El estruendo de las discusiones se detuvo en seco. Todos los ministros se giraron, observando a la figura que ahora reclamaba el centro de la sala. Cristopher avanzó con paso firme.
— Sé que muchos de ustedes no me aceptan como Rey. —Caminó lentamente hacia el centro del salon— .No tengo sangre real ni el poder para imponerme por la fuerza. —Se detuvo un segundo analizando las palabras que esta diciendo—. pero aun así… soy el Rey. —Levantó la voz— Y he decidido apostar todo para acabar con esta guerra. Se acerca un enfrentamiento y no hay forma de evitarlo, así que debemos estar listos. Mi plan es sencillo. —Se inclinó levemente sobre la mesa central— reduciremos los ejércitos de los demás distritos al mínimo y los enviaremos a este distrito.
La sala estalló en protestas. Dejar los distritos sin protección era una invitación al desastre; el Ejército de Liberación podría tomarlos en menos de un día. Cristopher escuchó el caos sin inmutarse.
— Sé que suena loco, pero ellos no irán por los demás distritos. Al igual que nosotros, quieren acabar con esto rápido y vendrán por la cabeza…mi cabeza…—Cristopher sonrió levemente— Además, tengo una forma de asegurar que su ataque sea inmediato. Señoras y señores… le vamos a pisar la cola al tigre y estaremos preparados para cuando se enoje.
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