Camino del Extra - Capítulo 165
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- Capítulo 165 - 165 El Niño que tocó el corazón de un Príncipe 1
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165: El Niño que tocó el corazón de un Príncipe [1] 165: El Niño que tocó el corazón de un Príncipe [1] Había pasado una hora desde que Iryndra aceptó la propuesta de Azriel.
Hablaron, aprendiendo el uno del otro, al menos hasta un nivel con el que ambos se sentían cómodos.
Fue… agradable.
Los labios de Azriel se curvaron levemente mientras la veía reír suavemente, su voz delicada pero genuina.
Balanceaba las piernas en el aire, encaramada en la silla, y su risa transmitía una inocencia que parecía casi ajena a esta pesadilla.
Pero entonces su sonrisa se desvaneció y su expresión se agudizó mientras sus pensamientos se volvían más pesados.
«Es casi como si hubiera encontrado a la protagonista oculta de una novela…, pero en el libro, ella nunca apareció.
Así que…
debe de haber muerto, o algo más pasó».
No todos los Heptarcas habían sido revelados en el libro, pero esto era diferente.
No había ni un solo indicio de la existencia de Iryndra.
Ni una sola mención.
Era increíble.
Y, sin embargo, ahí estaba ella, revelándole sin reparos su afinidad y [Habilidad Única], como si no fuera nada que valiera la pena ocultar.
Para ella, no lo era.
¿Pero para Azriel?
El mero pensamiento de que cualquiera de los Cuatro Grandes Clanes se enterara de sus poderes era aterrador.
El caos se desataría.
Con razón Neo Genesis la quería.
Y, sin embargo, Azriel se dio cuenta de algo más:
le temían.
Temían en qué clase de monstruo podría convertirse si no podían controlarla.
Después de todo, aquellos con afinidad al [Espacio] se podían contar con los dedos de ambas manos.
Era un don tan raro, tan codiciado, que podría sumir en un frenesí a cada clan de élite, gobierno, iglesia, gremio y organización importante.
Se decía que aquellos con afinidad al [Espacio] estaban a la vez malditos y bendecidos por los dioses.
Y esa era solo su afinidad.
¿Su [Habilidad Única]?
Los pensamientos de Azriel se ensombrecieron.
Era aterradora.
[Voluntad Imperial].
No había una descripción detallada ni una explicación para ella.
Pero solo su nombre bastaba para provocarle escalofríos a Azriel.
Había sentido algo extraño cuando ella se enfrentó al doctor antes, y ahora sabía por qué.
Iryndra había usado [Voluntad Imperial] para silenciar al doctor, forzándolo a callarse.
Azriel no conocía el alcance total de sus habilidades, sus limitaciones, o qué consecuencias podría acarrear usarlas.
Pero entendía esto: los dioses habían hecho todo lo posible por limitar su potencial.
Su cuerpo era débil.
Solo era una Despertada de Grado 3.
Una Heptarca, sí, pero una limitada por la fragilidad.
Era como si los mismos cielos estuvieran aterrados de ella, poniéndole grilletes a su poder en la forma de su débil físico.
«El problema reside en sus venas de maná», pensó.
«Si se convierte en una Intermedia, sus venas de maná evolucionarán a venas del alma.
Pero… ¿eso solucionaría el problema?
Aunque…
Papá o Mamá podrían saber cómo ayudar…».
Ese era un pensamiento para otro momento.
Por ahora, no había nada que pudiera hacer para fortalecer su cuerpo.
—A propósito, señor…
La voz de Iryndra interrumpió sus pensamientos, atrayendo su atención.
Le fruncía el ceño, con sus pequeñas cejas arqueadas; una mirada que a Azriel le pareció entrañable.
—¿Cómo puedo llamarte mi hermano mayor si ni siquiera sé tu nombre?
Azriel parpadeó, sorprendido.
—Oh —masculló.
«Cierto… Ni siquiera le he dicho mi nombre todavía.
Mencioné que era el Sujeto 666, pero obviamente eso no la satisfizo».
Su voz se apagó, sus ojos dorados bajaron la mirada mientras la vacilación teñía sus siguientes palabras.
—A-ah… Por supuesto… Si no te sientes cómodo, no… tienes que decírmelo.
Sus palabras vacilaron, volviéndose más débiles y suaves.
Azriel reprimió una risita, sonriendo a su pesar.
«Qué mona».
El impulso de revolverle el pelo de ónice fue abrumador, pero se contuvo.
Agarró su mano derecha con la izquierda, forzándose a mantener la compostura.
Quizás iban demasiado rápido.
¿Pero, sinceramente?
No le importaba.
Ella le hacía sentir a gusto, más que nadie en esta pesadilla.
Ni los otros sujetos, ni los Cuatro Jinetes, y definitivamente no Vincent o Arthur.
Azriel se aclaró la garganta, rompiendo el silencio.
Sus ojos dorados se clavaron de nuevo en los de él, medio esperanzados y medio llenos de arrepentimiento, como si se preparara para la decepción.
Azriel sonrió y cerró los ojos, y su voz adoptó un tono exageradamente altivo.
—Sé que esto podría sorprenderte, pero mi nombre es Azriel.
Azriel Carmesí, el príncipe del Clan Carmesí.
Hizo una pausa, imaginando su reacción.
«Je, debe de estar sorprendida.
Comprensible, la verdad.
Cualquiera lo estaría después de darse cuenta de que ha estado hablando con un príncipe todo este tiempo.
Y ha sido adoptada por este mismo príncipe.
¡Qué abnegado soy!».
—…
El silencio se alargó más de lo esperado, un poco demasiado.
Azriel entreabrió un ojo, picado por la curiosidad, y lo que vio le hizo abrir los dos por completo.
Iryndra estaba inmóvil, con sus pequeñas manos apretadas con fuerza sobre su boca, su cuerpo temblando hasta que finalmente…
—¡P-pfft…!
Estalló en carcajadas, su voz burbujeando con una mezcla de incredulidad y diversión.
—S-Señor… ¡no deberías bromear con cosas así!
¡Jajaja!
¡La gente de los grandes clanes merece respeto, sin importar lo que digan los demás…!
Intentó hablar entre risas, con sus ojos dorados chispeantes, pero Azriel le devolvió la mirada con una expresión seca y poco impresionada.
—Yo… no estoy mintiendo.
Iryndra asintió rápidamente, todavía tratando de reprimir la risa, sus labios curvándose en una sonrisa dulce y angelical que podría haber desarmado a cualquiera.
Su risa, tan pura y encantadora, podría haber hipnotizado a otros, pero no a Azriel.
Hoy no.
—E-está bien, señor.
No tienes que decírmelo si no te sientes cómodo —dijo, con un tono amable, como si lo absolviera de una gran carga.
Su sonrisa era como una bendición divina.
La mirada de Azriel se volvió aún más seca.
«…¿Por qué me hiere tanto el orgullo?».
Soltó un pequeño suspiro y centró su atención en la modesta cabaña en la que se encontraban, intentando ocultar su expresión malhumorada.
Iryndra, mientras tanto, lo observaba con una diversión apenas disimulada, claramente entretenida por sus reacciones.
Azriel refunfuñó para sus adentros.
«Bueno… al menos se está divirtiendo.
Lo dejaré pasar por hoy.
Después de todo, soy un príncipe honorable y abnegado.
¡Nunca dejaría que una simple niña me afectara.
¡Nunca!».
Aclarándose la garganta para recuperar una apariencia de control sobre la conversación, Azriel la miró.
—Por cierto, ¿qué es este lugar?
La pregunta había rondado su mente, sin ser pronunciada hasta ahora.
Había entrado en una cabaña misteriosa y de otro mundo, siguiendo a una chica que resultó ser una Heptarca, una de los siete líderes de Neo Genesis.
Aunque su posición fuera temporal, debería haber sido más cauteloso.
Su humor se agrió.
«¿Soy…
soy demasiado imprudente?
¿Podrían mi padre, mi hermana y mi madre tener razón sobre mí?».
Apartó el pensamiento de su mente.
«No.
¡Cualquier otro habría hecho lo mismo en mi lugar!».
Totalmente cuerdo.
Completamente racional.
Ese era él.
—¡Oh, pensé que nunca lo preguntarías!
—intervino Iryndra, con la voz cargada de un toque de emoción.
Los labios de Azriel se crisparon ante su tono, pero no dijo nada mientras ella gesticulaba hacia el interior de la cabaña.
—Encontré este lugar en el Reino Vacío hace un año.
¡Estaba todo abandonado y era realmente espeluznante, señor!
Pero desde entonces, lo he estado usando.
Marqué este lugar, así que no tengo que gastar mucho maná para teletransportarme aquí.
Lo raro es que, cuando vengo, apenas uso maná.
Es como si…
algo me estuviera ayudando.
—Ya veo…
—respondió Azriel pensativo, sin presionarla más.
Ella había explicado todo lo que sabía, y por lo que él dedujo, este lugar era otra curiosa anomalía del Reino Vacío, como tantas otras.
Aun así, miró por la cabaña con recelo.
Aparte de la inquietante falta de muebles, nada parecía fuera de lugar.
Con un suspiro de resignación, renunció a desvelar sus secretos por ahora.
Volvió a centrar su atención en Iryndra, que lo observaba con curiosidad, con sus pequeñas piernas balanceándose en el borde de la silla.
«¿Se parece esto en algo a lo que ocurrió originalmente?».
Si Azriel tuviera que responder a esa pregunta, sería un rotundo sí.
Porque, pasara lo que pasara, este momento —estar aquí con Iryndra, escuchando su historia— se sentía inevitable.
Su expresión se ensombreció.
«Pero si hoy es el día… voy a ser bendecido por el Dios de la Muerte».
El pensamiento lo heló, pero solo había una conclusión a la que su mente podía llegar.
«Muerte».
Y, sin embargo, vaciló.
Por muy lógico que pareciera, el recuerdo de desbloquear el [Sistema] enturbiaba su certeza.
Según el [Sistema], había «muerto» dos veces: una como Leo Karumi en su mundo original, y otra como Azriel Carmesí cuando aparecieron las Grietas del Vacío.
Pero eso no era del todo cierto.
Su otro yo lo había enviado a [Refugio Blanco], lo que significaba que el Azriel Carmesí original había muerto de alguna otra manera; una muerte inexplicable que le permitió apoderarse del cuerpo.
Entonces, ¿por qué el [Sistema] no decía que había muerto tres veces?
¿En tres mundos?
El Reino Vacío.
El mundo de Camino de Héroes.
El mundo de Leo Karumi.
Algo no cuadraba, y la inquietud en su pecho se intensificó.
Miró a Iryndra, con expresión solemne, cuando finalmente habló.
—Sé que puede que esto no te guste… o que te sorprenda.
Pero… necesito que me envíes de vuelta a ese coliseo subterráneo.
Iryndra se quedó helada.
Su rostro palideció, sus ojos dorados se abrieron de par en par y temblaban.
—P-por qué… ¿Por qué volver a ese lugar?
¡Eres libre!
¡Podemos escapar!
¡Quedarnos juntos para siempre!
¡No necesitamos volver…!
Su voz se quebró por la desesperación, pero Azriel negó con la cabeza, con una sonrisa agridulce en el rostro.
—Tú, como Hep…, como alguien que estuvo con ellos, deberías saberlo.
Huir de Neo Genesis es imposible.
No te dejarán ir.
No me dejarán ir.
Si huimos y nos atrapan… nos matarán.
Te tienen miedo, y saben que yo sé demasiado.
Iryndra se mordió el labio, sus manos se cerraron en puños temblorosos.
—Entonces… ¿qué debemos hacer?
No quiero volver allí…
Las lágrimas asomaron a sus ojos, y a Azriel le dolió el corazón al verlo.
Se puso de pie, se acercó y se agachó frente a ella.
Con una mano delicada, le secó las lágrimas de las mejillas.
Ella lo miró, atónita, mientras él hablaba con una voz tan amable que parecía sagrada.
—Nos iremos.
No te preocupes.
Pero tiene que haber una historia.
Una historia de cómo el Proyecto Nuevo Edén fracasó… y de cómo Lady Iryndra sacrificó su vida en el proceso.
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