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Camino del Extra - Capítulo 266

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266: El Parche Inmortal 266: El Parche Inmortal —¿Ah?

A pesar de estar gravemente herido, tuvo la concentración necesaria para matar a mi cuervo desde esa distancia…

y con una precisión milimétrica, nada menos.

Una voz profunda resonó desde el interior de la radiante coraza de un hombre ataviado con una armadura dorada de pies a cabeza, sin un solo trozo de carne visible.

Un brillante escudo de armas que representaba un sol llameante relucía en su peto, refulgiendo bajo la luz de la tarde.

Otros caballeros, ataviados con armaduras casi idénticas a la suya, se acercaron con el ceño fruncido.

—¿Subcapitán?

—preguntó uno de ellos.

—¿A qué se refiere con herido?

¿Hay una batalla en la Capital Real?

¿O en otro lugar?

El Subcapitán del Ejército Real se limitó a musitar.

—Dos combatientes extremadamente poderosos están luchando cerca de la frontera del reino…

en la Aldea de Keft.

Y parece que…

Hizo una pausa.

Su voz se tornó más grave.

—El Margrave Alaric Breval ha caído en combate.

¡¡¡!

Los caballeros a su alrededor se quedaron helados.

Se oyeron murmullos a medida que más caballeros de armadura dorada empezaban a reunirse, atraídos por el peso de sus palabras.

—¡¿Cómo es posible?!

¡El Margrave Alaric Breval era uno de nuestros luchadores más fuertes!

¡Un Grado 1 Avanzado!

¡¿Qué clase de humano podría derrotarlo?!

—Espere…

Subcapitán, ¡no me diga que fue el Ejército Revolucionario!

¡Keft está justo en la frontera que tenía asignado proteger!

Si han vuelto a moverse…, ¡tomarán nuestras líneas del frente antes de que podamos responder!

—¡Esto es malo…, muy malo!

Mientras el pánico se apoderaba de las voces de sus subordinados, el Subcapitán permaneció en silencio unos instantes.

Entonces su tono se volvió gélido.

—Por lo que he observado…, uno es un muchacho joven.

No sé de dónde ha salido.

Pero ahora mismo está enzarzado en una batalla con uno de los Nueve Altos Comandantes.

Su voz bajó de tono, como acero raspando piedra.

—El traidor…

Pierre de Corvalin.

Toda la unidad contuvo el aliento.

—¿S-se refiere a ese Pierre…?

¿El Parche Inmortal?

—Esto es serio…

—¡El Margrave Alaric era uno de los pocos capaces de luchar contra ese monstruo y sobrevivir!

Si hasta él ha caído…

El Subcapitán dejó escapar un largo y pesado suspiro.

—…Y, sin embargo, ese mismo traidor —Pierre— está temblando.

Ese chico, a pesar de haber perdido un ojo en mitad de la batalla, lo tiene acorralado.

Los caballeros se quedaron en silencio.

—¿Temblando?

—repitió uno finalmente.

—¿Miedo?

—…Subcapitán, ¿no fue la última persona que vio temblar a Pierre…

el anterior Capitán?

¿El que murió a sus manos?

—Correcto —dijo el Subcapitán con voz solemne.

Se irguió en toda su estatura.

—Ese perro con personalidades múltiples está luchando contra alguien lo bastante fuerte como para sacar a relucir su verdadero yo.

No podemos esperar más.

Ya han muerto demasiados.

Si no intervenimos ahora, toda esa aldea se convertirá en un cementerio…

y el Ejército Revolucionario la reclamará como su base.

Con un movimiento de muñeca, un brillante escudo dorado refulgió hasta materializarse en su mano.

Al mismo tiempo, una espada larga apareció en la otra.

Se giró hacia uno de los caballeros de la unidad.

—Abre un portal a Keft.

*****
Los pensamientos de Azriel se aceleraron cuando una terrible revelación lo invadió.

No estaban solos.

De repente, Pierre se levantó.

Su rostro se contrajo —una, dos veces— y luego cambió una tercera vez hasta convertirse en una máscara fría e indiferente.

—¿Quién se atreve a espiarme?

—preguntó, con una voz grave y afilada como el filo de una cuchilla.

Azriel no se inmutó.

Ignorando las transformaciones del hombre, alzó la Elegía de Átropos y disparó.

La bala blanca, envuelta en crepitantes relámpagos rojos, rasgó el aire.

Su velocidad era inmensa, incluso a Pierre le costaba seguirla con la mirada.

—No aprendes, ¿verdad?

—dijo Pierre con frialdad.

La bala impactó en el cuerpo de Pierre, explotando en un destello de luz y fuerza.

Pero no le hizo ni un rasguño.

—Soy perfecto —dijo Pierre.

—La perfección no puede ser dañada ni aniquilada.

Así que, si soy perfecto…

¿cómo podría alguien como tú esperar hacerme daño?

Azriel apretó los dientes.

No quería huir.

No de este cabrón.

Y, sin embargo…, huir era lo más lógico.

Entonces, ¿por qué…

por qué era tan difícil?

Era alguien que mentía con la misma facilidad con la que respiraba.

Usaría trampas, bombas de maná, trucos sucios.

Hizo un contrato de maná con la diosa de la muerte.

Sacrificaba a otros sin dudarlo.

Entonces, ¿por qué no podía huir de este hombre?

«…Quiero ganar».

Eso era.

A eso se reducía todo.

Azriel siempre quería ganar.

Quizá por eso él y Freya nunca se llevaron bien.

Quizá por eso tenía que superar a todos los que lo rodeaban.

Ese terco y ardiente deseo de ganar…

era la razón por la que acababa de perder el ojo.

Porque la verdad era…

Azriel debería haber huido en el momento en que se dio cuenta de que Pierre era invencible.

«Me he vuelto demasiado confiado.

Después de derrotar al Rey de Astas Negras…, de engañar al Dios del Tiempo…, de hablar con Xian Feng…».

Se había acostumbrado demasiado a tratar con monstruos por encima de su nivel.

En algún punto del camino, empezó a subestimar a los monstruos de su propio rango.

Exhaló un largo y decepcionado suspiro.

Entonces, bajó la Elegía de Átropos.

Pierre entrecerró su ojo.

—¿Finalmente te has dado cuenta?

Azriel asintió, con una expresión solemne en el rostro.

—Sí.

No puedo ganar hoy.

Pierre enarcó una ceja, con aire de suficiencia.

—Sabía que eras lis—
—Tú tampoco has ganado, Pierre de Corvalin.

Azriel lo interrumpió.

Su único ojo lo fulminó con una intensidad violenta.

—No me has derrotado.

No me has quebrado.

Encontraré la forma de matarte.

Te lo prometo.

Seré la última cara que veas antes de que tu falsa inmortalidad se haga añicos…

por mi mano.

El rostro de Pierre se ensombreció.

—Insolente bastardo de sangre dorada…

Se detuvo.

Tanto él como Azriel dirigieron su mirada al lugar donde había muerto el cuervo.

Una grieta se abrió en el aire, violeta y arremolinada como una herida en el propio espacio.

Un portal.

Entonces, uno a uno, caballeros ataviados con armaduras doradas completas lo atravesaron.

Azriel entrecerró su ojo.

También Pierre.

«Son de la familia real».

Azriel estaba seguro.

Podía llegar a un acuerdo: ponerlos de su lado, convencerlos.

Usarlos.

Pero…

Solo los miró con asco.

Flexionó las rodillas.

El maná fluyó hacia sus piernas.

Lo reforzó con más aura.

Habló una última vez, con la voz gélida.

—No te perdonaré que me hayas quitado el ojo.

Iré a por ti, Pierre.

—¡Espera, muchacho!

—gritó uno de los caballeros dorados, dando un paso al frente con el escudo y la espada en alto.

Pero era demasiado tarde.

Azriel se desvaneció en el aire.

Los caballeros dorados se quedaron mirando, atónitos.

Un haz de relámpago blanco y cegador estalló en el horizonte, abriéndose paso por el campo con un estruendo ensordecedor, dejando solo un rastro chamuscado de relámpago blanco a su paso.

Pierre se quedó inmóvil.

Su rostro se contrajo.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

—¡Maldito seas, chico de sangre dorada!

¿Que vienes a por mí?

¡No me hagas reír!

¡Yo iré a por ti, ¿me oyes?!

¡Te cazaré yo mismo y te haré pedazos!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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