Camino del Extra - Capítulo 351
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Capítulo 351: Jasmine y Azriel
Los labios de Azriel se crisparon ante sus palabras, pero la visión de sus ojos brillantes por las lágrimas tocó una fibra sensible en su pecho.
—¿Pero de qué estás hablando? ¿Odiarme a mí mismo? ¿Cuándo he dicho yo eso…?
Bajó las piernas de la cama y se puso de pie, mirándola con una expresión confusa y complicada.
—…¿En serio vas a fingir?
—¿Fingir qué, exactamente?
Él no lo entendía.
¿No estaba siendo irrazonable al asumir de repente algo así sobre él? ¿Cuándo había dado él la impresión de que se odiaba a sí mismo?
Sin embargo, los ojos de Jasmine contenían tanto dolor que Azriel sintió, absurdamente, como si él fuera el culpable. ¿Por qué lo miraba así?
Ella respondió con voz lúgubre, como si se forzara a sacar piedras de la garganta. Su voz era tan suave que podría habérsela llevado una corriente de aire.
—…Que quieres morir.
—¡!
Sus ojos se abrieron de par en par. Las palabras le dejaron sin aliento.
—No entiendo… No entiendo lo que dices, Jasmine.
No pudo levantar la voz. Pero Jasmine palideció, como si él hubiera confesado algo peor que un asesinato.
Era extraño: su cuerpo se sentía pesado como el plomo, su corazón martilleaba, los nervios le corrían bajo la piel. Estaba ansioso. Tenía miedo.
Y aquí no había ningún dios. Ningún espíritu divino. Ningún enemigo.
Solo él y Jasmine.
—Yo… admito que fui imprudente —dijo Azriel.
—Como buscarle pelea a Corven en lugar de venir directo aquí. Pero lo que pasó en el Bosque de la Eternidad… de verdad no tuve otra opción, Jasmine. No me odio. No quiero morir. Todo lo que he estado haciendo —cada una de las cosas— desde que volví con ustedes, con Mamá y Papá, fue para poder seguir vivo. Para poder estar aquí contigo ahora, y mañana.
Su expresión no cambió. Sus lágrimas no cesaron.
La forma en que lo miraba —esos ojos— desenterró un oscuro recuerdo que Leo había intentado sepultar…
———«Dime, Leo… ¿cómo pudiste mentirnos así?»
—Dime, Azriel… ¿cómo pudiste mentirme así?
«Ah…».
Así que era eso.
Esa mirada.
…La que Leo había creado.
—Cuando me dijo lo que me dijo, pensé que mentía. No podía ser verdad. Y, sin embargo —conociéndote, Azriel—, no pude evitar dudar. Me repetía a mí misma que solo necesitaba tiempo para hablar contigo, para demostrar que mi duda era estúpida. Pero entonces nos encontramos, y apenas hemos tenido un día para hablar como es debido, y me has demostrado que estaba muy equivocada, Azriel. ¿Que no te odias? ¿Que no quieres morir? Mentiras. Todo es mentira. Eso es lo que haces. Es lo que siempre has hecho. Invocaste a ese… a ese demonio —o dios—, lo que fuera. Luego hay otro, Pollux, igual de malo. Fuiste a luchar contra Corven. Mataste a esa mujer en el Bosque de la Eternidad. Consumiste su núcleo de maná. Tú… tienes el Síndrome del Núcleo de Maná. En el centro de contención —lo sé—, sé que casi mueres allí también. ¿O qué me dices del coma después de ese ritual con un árbol de rango Leviatán? Escapar de Neo Genesis no fue suficiente; ya te costó la vida una vez, hasta el punto de que el Dios de la Muerte se apiadó de ti, y aun así querías más. Querías venganza. Sacrificaste tu mano. Sacrificaste a inocentes. Casi te sacrificas a ti mismo otra vez. Te rodeas de gente que podría matarte por una palabra equivocada: el Santo Salomón, «el Payaso», un hombre literalmente sin corazón; la Directora, la Santa Freya, que sacrificaría con gusto a cualquiera por cualquier cosa que se le antojara…
Azriel se quedó sin palabras. Jasmine intentó sonreír; las últimas lágrimas se secaban en sus mejillas, pero la sonrisa se rompió en cuanto se formó.
—¿Y aun así afirmas que no quieres morir? Todo lo que acabo de decir suena a alguien que no valora su vida en absoluto. Porque, admitámoslo, hermanito, ¿quién te puso en estas situaciones? Tú invocaste a ese ser, Lucifer. Tú fuiste a por Corven. Tú elegiste matar a esa mujer y consumir su núcleo a sabiendas de los riesgos. Tú buscaste al Leviatán y realizaste ese ritual que te dejó en coma. Tú planeaste tu venganza contra Neo Genesis. Tú eres el que se alió con Salomón y Freya. Y… y tú eres el que… el que decidió ir a esa base militar ese día, ¡sabiendo que ibas a morir…!
Volvió a sollozar; nuevas lágrimas se deslizaron libres por sus mejillas.
—Ah…
Azriel emitió un sonido y luego cerró la boca. Apartó la cabeza, avergonzado, incapaz de mirarla a los ojos.
—Tu… reacción… así que Lioren… decía la… verdad.
…Lioren le había dicho la verdad a Jasmine.
Azriel quiso refutarla, levantar la cabeza de golpe y decir que se equivocaba, pero su cuerpo lo traicionó. No podía moverse. Todo lo que sentía era vergüenza. Vergüenza, vergüenza y más vergüenza.
—Es extraño —dijo ella en voz baja.
—En un momento estás feliz, luego perezoso, de repente loco, luego enfadado, de repente triste… como alguien cuyas emociones no concuerdan. Pero… nunca antes te había visto con esta expresión, hermanito.
Finalmente, Azriel logró levantar la cabeza un poco.
Ahora ella sonreía, sonreía a través de las lágrimas. No era una sonrisa feliz. Era la cosa más triste que él había visto en su vida.
Forzó las palabras para que salieran, palabras que eran apenas más que un susurro.
—…Tienes razón. Ese día… lo sabía. Sabía lo que pasaría.
Su forzada sonrisa se desvaneció.
Había una barrera sobre esta habitación —un resguardo invisible que el Maestro Félix había colocado— para que nadie de fuera pudiera oír ni una palabra. Incluido el propio Maestro Félix.
—…Una semana antes de desaparecer —dijo Azriel—, Lioren vino a verme en secreto. Trajo un mensaje del Oráculo: lo que pasaría si elegía ir a la base militar con Papá.
Aunque ya sabía lo que había dicho Lioren, Jasmine aun así palideció, atónita, como si solo al decirlo Azriel en voz alta se volviera…
Real.
El Oráculo era tan célebre como la Santísima entre las Diez Iglesias Celestiales, y mucho más misterioso. Oculto. Protegido. Algunos llamaban al Oráculo un mensajero de los dioses; otros afirmaban que el Oráculo podía ver el futuro definitivo, o que poseía todo el conocimiento divino… o que no era humano en absoluto.
Fuera cual fuese la verdad, una cosa era cierta:
El Oráculo habla, y lo que el Oráculo dice se cumple.
A veces pasan años antes de que alguien escuche esas palabras. Sin embargo, el Oráculo se había comunicado con Lioren en secreto, y Lioren se las había llevado a Azriel:
«Al séptimo amanecer, la luna llorará, y el sol será testigo de la crueldad del mundo. La Muerte observará en silencio. El tiempo contendrá la respiración. El destino huirá. Los hilos se romperán, los engranajes se desmoronarán. El miedo reinará, y ni hombre ni bestia salvará al joven Príncipe de Carmesí de la pérdida de su vida y su hogar».
Azriel repitió la profecía exactamente: del Oráculo a Lioren, de Lioren a él.
El mismo día que debía morir, Lioren volvió y le ofreció su ayuda.
Y Azriel se negó.
Recordándolo todo, rememorándolo todo: un recuerdo que Azriel había estado suprimiendo inconscientemente.
La forma en que lo miraba —esos ojos— desenterró un oscuro recuerdo que Azriel había intentado sepultar…
—¿Por qué…? —susurró Jasmine.
¿Por qué iría Azriel allí, sabiendo que iba a morir?
Una vez más, Azriel no pudo soportar mirarla. Apartó el rostro.
—Porque… hice una apuesta con Lioren.
—¿Qué?
—…Una apuesta a que no moriría. A que Papá me salvaría.
Una apuesta.
…Una que tanto Lioren como Azriel habían perdido.
—¿Papá? ¿Que Papá te salvara… esa era la apuesta?
Pequeñas ondas de maná temblaron en el aire. Las esquinas y los bordes de los muebles empezaron a arder sin llama.
—¿Me estás diciendo que el… el sufrimiento que he soportado durante dos… dos años fue porque tú y Lioren hicieron una… apuesta?
Azriel no dijo nada.
—¡Respóndeme, Azriel!
Gritó, y las llamas saltaron más alto. Azriel se encogió y apretó los labios.
Jasmine apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en la piel; la sangre salpicó las tablas del suelo —ya agrietadas por las réplicas de la visita de Lucifer— y se filtró por las juntas.
—Los odio… —su voz sonó queda y ronca.
—Odio… odio a Mamá y a Papá. ¡¿Porque… por tu culpa, sabes?!
Azriel la miró de nuevo, esta vez, sorprendido, conmocionado por sus palabras.
—¡Nunca les importó! Estaban allí, claro —fingían—, ¡pero nunca les importó! ¡Nunca les importaste, Azriel! Cuando estabas vivo, dime una vez, ¡solo una!, ¿¡cuándo te defendieron!? No estuvieron ahí cuando dijiste tus primeras palabras. No estuvieron ahí cuando diste tus primeros pasos. ¡Solo estuvieron ahí cuando a ti y a mí nos midieron los talentos! ¿Y después de eso? ¡Se fueron! ¡Porque no les importaba!
Sus lágrimas caían calientes, y la habitación ardía con ellas. Las cortinas se enroscaron como pétalos negros. El humo se acumuló en las esquinas del techo. Azriel permanecía en el centro de todo, con los ojos temblorosos y el corazón agitado.
—Y cuando tú… cuando se suponía que estabas muerto, ¡los odié aún más! ¡Cómo se atreven… cómo se atreven a actuar como padres afligidos cuando antes nunca les importaste un bledo! ¡Era demasiado tarde! ¡Demasiado tarde para empezar a preocuparse! ¡Demasiado tarde para llorar por ti!
…Dolía.
Todo dolía.
—Y sin embargo, por esa gente, ¿por qué? ¿Por qué apostaste tu vida por alguien tan horrible como Papá? Me dejaste… A la única persona a la que le importabas. Nadie me ordenó estar ahí. Nadie me obligó. Pero yo estuve ahí. Siempre estuve ahí. Y t-tú aun así me dejaste. ¡Diste tu vida sin pensar en mí ni por un segundo! ¡Me dejaste sola con ellos! ¡Tú no estabas, así que me dejaste sola…!
Jasmine lloró. No intentó detenerse. Las llamas alcanzaron la piel de Azriel e intentaron morderla, pero aunque las motas se posaban sobre él, no lo marcaban. El fuego dentro de él ardía más que el de fuera, más caliente y más cruel. Ardía, y dolía, tanto, tantísimo.
—Yo… ¡te odio…!
Su voz se quebró como algo roto. Se dio la vuelta y corrió hacia la puerta.
Era ese día otra vez. Esa noche. Esa mirada que ella le dedicó antes de irse del apartamento. La última vez que la vio.
Un día del que todavía se arrepiente, y lo hará por el resto de su vi—
—¡ESPERA!
Su mano se cerró en torno al brazo de ella. Jasmine se sobresaltó y se giró. Azriel la sujetó con ambas manos, con la cabeza gacha.
—No…
Hubo sollozos, pero no eran de Jasmine.
—Por favor…
Hubo lágrimas, pero no eran de Jasmine.
—…No te vayas…
Se oyó una voz débil y quebrada, llena de miedo, pero no era la de Jasmine.
Por fin levantó la cabeza.
Jasmine se quedó helada, incapaz de moverse, incapaz siquiera de parpadear.
Cuando lo vio llorar, sus lágrimas regresaron.
—…Te lo contaré —susurró él.
—Te lo contaré todo. Así que por favor… no te vayas. Por favor… no me odies…
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