Camino del Extra - Capítulo 374
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Capítulo 374: Leo Karumi [8]
Después de que ella se fue, Leo pudo sentir las miradas sobre él. Como era de esperar, toda la conversación había sido escuchada por los compañeros que ya habían llegado. Con un suspiro silencioso, apoyó la cabeza en la mano y se giró hacia la ventana, mirando al exterior.
Las miradas dirigidas a él tenían diferentes razones, pero un tipo dominaba: las de los chicos, cargadas de envidia, celos y hostilidad abierta.
—Tsk… Ahora se hace el indiferente…
—En serio, no entiendo qué le ven. Siempre está solo, o con ese bicho raro de Nathan de la otra clase. Y luego actúa como si fuera mejor que nosotros solo porque es listo, cuando en realidad lo único que tiene es que es un maleducado.
—Jo… esa chica va a acabar llorando, ¿eh?
Leo ignoró los comentarios. Por suerte, no tuvo que decir nada; algunas de las chicas salieron en su defensa y se inició una discusión al otro lado del aula.
—Oye… Leo…
Lo saludó una voz cansada, seguida de un bostezo. Leo se giró y vio a un chico de pelo castaño y ojos avellana, con ojeras tan oscuras que parecían moratones. Se desplomó en la silla junto a Leo como una batería agotada.
—Oye, Gil.
Gil era el compañero de pupitre de Leo. Siempre estaba falto de sueño y agotado, pero tenía la cabeza bien amueblada, al margen de sus costumbres. Leo no lo consideraría un amigo, pero se llevaban mejor que con la mayoría de los chicos de su clase.
—¿Tampoco has dormido mucho esta vez?
Gil bostezó de nuevo mientras respondía, apoyando la cara sobre el pupitre.
—Vi un stream toda la noche… de un evento del juego…
—Ya veo…
Claro que Leo jugaba a videojuegos cuando tenía tiempo. ¿Pero ver a streamers? Nunca entendió qué le veían de atractivo.
Su conversación terminó ahí. Ninguno de los dos tenía nada más que decir, ni querían. Más compañeros fueron entrando y ocupando sus asientos, y el aula se fue llenando poco a poco. Al final, sonó el timbre y la profesora entró con una pila de papeles.
Un coro de quejidos se extendió por el aula.
*****
—¡Argh! ¡¿Pero qué demonios ha sido eso?! ¡Profesora! ¡¿Nos ha puesto sin querer un examen de bachillerato?!
—¡Sí! ¡Todavía me duele la cabeza!
Una tras otra, las quejas se acumularon al terminar el examen. La mayoría de los compañeros de Leo estaban desplomados sobre sus pupitres como si los hubieran torturado mentalmente.
—Es exactamente eso.
—¡¿EH?!
El aula se quedó en silencio durante medio segundo, y luego volvió a estallar, porque la profesora acababa de confirmarlo. Había hecho el examen mucho más difícil a propósito, y parecía orgullosa de sí misma mientras se ajustaba las gafas redondas.
—¡¿PERO POR QUÉ, PROFESORA?! ¡ESTO ES MUY INJUSTO!
—¡POR FAVOR, DIGA QUE EL EXAMEN NO CUENTA PARA NOTA DE VERDAD!
—¡ARGH! ¡LA REMONTADA ACADÉMICA ERA MENTIRA DESDE EL PRINCIPIO!
¡Crac!
El lápiz de Leo se partió por la mitad.
Apretó los dientes, con los ojos fuertemente cerrados y una vena palpitándole en la frente.
«Qué pesados… Sus voces son jodidamente irritantes. Me dan ganas de que me sangren los tímpanos solo para que el sonido se ahogue en la sangre».
—¿Qué? ¿Tienes algo que decir, Leo? Seguro que el Señor Sabelotodo ha sacado un diez en el examen, ¿eh? Cretino pomposo. Dinos en qué piensas.
Leo abrió los ojos y miró hacia allí. Dave lo observaba con una sonrisita cruel, claramente satisfecho de que se hubiera percatado de la irritación de Leo. Las cabezas se giraron. Todas las miradas se posaron en Leo.
—Dave —dijo Leo con voz neutra—, lo único que estaba pensando es cuándo te ibas a callar de una puta vez.
No se molestó en ocultar el asco en su rostro.
La expresión de Dave se crispó. Se le puso la cara roja, y algunas personas se rieron por lo bajo.
—Basta —espetó la profesora.
—Los dos. Controlad vuestra actitud si no queréis que os vuelvan a mandar al despacho del director. En serio, ya casi estamos al final de la secundaria. Después de pasar tanto tiempo en la misma clase, ¿no podéis llevaros bien ni un solo segundo?
Señaló a Dave primero con el rotulador.
—Dave, se la tienes jurada a Leo desde el principio.
Luego sus ojos se posaron en Leo.
—Y Leo… eres increíblemente brillante, pero tienes que mejorar tu actitud.
«…¿Cuándo se va a callar?»
No pasó mucho tiempo antes de que todos los demás parecieran estar pensando lo mismo. Se había metido de lleno en su modo de sermonear a todos los alumnos, y más de uno empezó a lanzarle miradas de odio a Dave por haber empezado.
Al menos, hoy había pasado algo medianamente entretenido.
Por suerte, el timbre sonó poco después. Vino la siguiente clase… y luego la siguiente… hasta que por fin llegó la hora del almuerzo.
*****
—Dave no aprende nunca, ¿verdad? —masculló Nathan—. Incluso después de que le dieras una paliza en las pruebas de baloncesto para el equipo del instituto, sigue sin poder ser humilde. Aunque lo entiendo; yo también estaría cabreado si mi archienemigo fuera un genio prodigio y popular que mirara a todo el mundo por encima del hombro como si fueran niños tontos.
—Primero —dijo Leo—, no es mi archienemigo. No lo considero más que una mosca cojonera que no para de zumbarme en el oído. Segundo, no soy tan popular. Tercero… todos son niños tontos. Incluido tú.
Nathan le dedicó una mirada larga e inexpresiva.
—Tío… eres literalmente el chaval más conocido de nuestro instituto. No, de toda la ciudad, por tus actuaciones en el teatro. En serio, podrías salir en películas o series si aceptaras las ofertas alguna vez. Si no fuera porque siempre actúas como un príncipe creído de otro mundo, estarías rodeado de estudiantes: fans y esbirros.
—No me importa eso —dijo Leo—. Les dije lo que pensaba el primer mes de secundaria por una razón.
—Sí… me acuerdo. Mandaste a la mierda a cualquiera que se te acercara con halagos y todo eso después de que vieran lo increíble que eres. —A Nathan le tembló la comisura de los labios—. Y así es exactamente como te ganaste ese apodo por aquí: el Príncipe Malvado.
Leo suspiró, se pasó una mano por el pelo y le dio un mordisco a su manzana. Masticó, tragó y luego bufó.
—Qué apodo más ridículo. Llamarme malvado porque no les bailo el agua y priorizo lo mío. No es mi problema que seáis todos tan incompetentes que tengáis que inventar razones estúpidas para venir a molestarme.
—Tío… —dijo Nathan, medio divertido, medio agotado.
—Tu ego nunca se encoge, ¿verdad? Y aun así, sigues teniendo un montón de admiradores.
Esa parte era verdad. Estaban almorzando en la azotea: Leo apoyaba el hombro en la pared mientras Nathan estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, la espalda contra la misma pared y un bentō en equilibrio sobre su regazo. Comía mientras leía un manga, pasando las páginas con una mano como si fuera un acto reflejo.
Había algunos otros estudiantes por allí también. De vez en cuando, alguien miraba en su dirección. El dúo de Leo y Nathan ya era de sobra conocido.
—Hoy te han echado la bronca los profesores, ¿no? —preguntó Nathan sin levantar la vista—. Para ser alguien con una memoria de locos, se te ha olvidado la mochila de alguna manera.
Leo resopló y dio otro mordisco.
—Como si necesitara esos libros inútiles.
—Sí, sí. «Señor Soy el mejor». —El tono de Nathan se volvió dramático—. Sé que lo oyes cien veces al día, pero eres demasiado arrogante con tus súbditos…
—Entonces deberían aprender a venerarme mientras se ocupan de sus propios asuntos.
Nathan se rio por lo bajo.
—Así no es como funciona.
Pasó una página.
—Pero no importa lo que digan, ni cómo actúes; sé que en realidad eres una persona amable que intenta ocultar su gran corazón.
Leo lo miró con los ojos entrecerrados mientras masticaba, y luego tragó.
—Ya tienes esa sonrisa espeluznante en tu cara de feo otra vez…
Nathan le echó un vistazo durante un segundo y luego volvió al manga como si Leo fuera ruido de fondo.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó Leo.
La sonrisa no hizo más que ensancharse.
—¡Un manga!
—Ya lo veo, idiota. Te pregunto por qué leer un manga te hace sonreír como un pervertido de cincuenta años.
Sin inmutarse, Nathan levantó el libro y se lo plantó delante a Leo. Leo examinó la página.
—…¿Humanos con rasgos de animal?
—No son humanos, amigo mío. —Nathan se lo arrebató y agitó un dedo como si lo estuviera regañando.
—Semi-humanos.
—¿Semi-humanos?
—¡Sí, semi-humanos!
—¿…?
Leo ladeó la cabeza lentamente; intentaba comprender qué era exactamente lo que funcionaba mal en el cerebro de Nathan.
—¿Y por qué estás leyendo un manga sobre semi-humanos con esa sonrisa de pervertido?
—Tsk. No le ves el encanto a los semi-humanos, ¿verdad? —Nathan chasqueó la lengua un par de veces más y negó con la cabeza, decepcionado; genuinamente decepcionado, como si Leo hubiera fracasado como persona.
Era exasperante.
La expresión de Nathan cambió a una de superioridad, como si de repente hubiera decidido que era mejor. Luego le plantó el manga en la cara a Leo otra vez, tan cerca que casi lo golpea.
—¡Mira a estas chicas perro! ¡Chicas gato! ¡Chicas vaca! ¡Chicas conejo! Y esta chica zorro… ¡mira qué guapa es! ¡Sus orejas peludas! ¡Sus ojos! ¡El aura que desprende! ¡Las colas mullidas! ¿Cómo puedes no apreciar una belleza tan delicada?
—…¿Eres idiota?
—¡Tú eres el idiota! —espetó Nathan—. ¡No entiendes en absoluto la complejidad de la trama! Todos estos semi-humanos que intentan escapar del racismo y la esclavitud a la que los sometieron los humanos… ¡Ah, los humanos son criaturas tan horrendas, quiero matarlos a todos!
—Tú también eres humano, imbécil —dijo Leo, con voz neutra.
—Deja de babear y de alterarte por tus fantasías pervertidas. No son reales.
Nathan soltó de golpe tanto el manga como su bentō. Luego se levantó y agarró a Leo por los hombros.
«Lo mato».
—¡Tú! ¡Leo, no puedes ser tan maleducado! —dijo Nathan, zarandeándolo una vez como si intentara hacerle entrar en razón.
—Escucha con atención, amigo mío. ¡Los semi-humanos son por naturaleza muy sensibles e inseguros, así que si eres maleducado es básicamente como darles una patada cuando ya están en el suelo! El día que conozcas a una semi-humana, como una hermosa chica zorro, ¡tienes que elegir tus palabras con cuidado y halagarla! Dile algo como: «¡Eres la vulpina más hermosa que he visto en mi vida! ¡Me encantan tus orejas y tus colas!». O: «¡Tu alma es más pura que el agua!». Ah, tío… ¡Ahora de verdad que quiero conocer a una semi-humana! ¡Odio a este protagonista! ¡Es injusto! ¡Quiero mi propia chica zorro! ¡Lo odio! ¡Lo odio! ¡Lo odio!
A estas alturas, todo el mundo en la azotea los estaba mirando.
Algunos estudiantes sonrieron con ironía, claramente acostumbrados a la teatralidad de Nathan. Algunos incluso parecían estar de acuerdo con él, lo que solo hizo que la irritación de Leo se disparara.
—…¿Has olvidado que los semi-humanos son ficción?
Lo estaba intentando. De verdad que sí.
Leo hizo todo lo posible por no aplastar la manzana que tenía en la mano y por no darle un puñetazo en toda la cara a ese idiota delirante.
—No tiene sentido… eres… eres un caso perdido.
Por alguna razón, los hombros de Nathan se hundieron. Soltó a Leo y se dejó caer de nuevo al suelo, derrotado.
—Tanta belleza y tanto talento —masculló Nathan.
—Desperdiciados en ti. En serio…
Leo bufó, se recostó de nuevo contra la pared y se terminó la manzana en silencio.
«De verdad que tiene que dejar de estar tan obsesionado con la ficción…».
No era sano.
Para Leo, Nathan estaba empezando a cruzar una línea, como si pudiera acabar odiando lo que era real y deseando que todo fueran solo mangas y novelas.
Quizá… quizá, después de todo, Leo estaba un poco preocupado por ese idiota sin remedio.
«Pero supongo que esa chica zorro no estaba… nada mal».
Aun así, nada de eso iba a ser real jamás.
Todo era solo eso:
una fantasía.
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