Casada con el Cruel Príncipe Heredero - Capítulo 113
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- Capítulo 113 - 113 Puedo sentir tu dolor
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113: Puedo sentir tu dolor 113: Puedo sentir tu dolor Sheng Li llegó a la alcoba y vio que Ying Lili se estaba quitando los accesorios del cabello.
Sheng Li se tumbó en la cama boca abajo.
—Lili, estoy esperando —dijo Sheng Li.
Ying Lili dejó la horquilla sobre el tocador y se giró para ir hacia la cama.
Se acercó y se sentó al lado de Sheng Li, que llevaba una túnica superior de satén.
—No lo hagas como la última vez.
Sé delicada —oyó decir a Sheng Li.
Ladeando la cabeza, Sheng Li preguntó—: ¿Necesito quitarme esta túnica para un mejor acceso?
—Como desees —respondió Ying Lili.
Sheng Li se incorporó en la cama, frente a Ying Lili.
Se quitó la túnica superior mientras la miraba fijamente, y ella también lo miraba a él.
Los ojos de Ying Lili volvieron a posarse en la cicatriz que Sheng Li tenía en medio del pecho, pero, al mismo tiempo, vio la marca de la horquilla de la primera vez que intentó matarlo.
—¿Te duele?
—preguntó Ying Lili y alzó la mano.
Extendió el dedo índice y tocó la marca que la horquilla le había dejado a Sheng Li.
Deslizó el dedo sobre la cicatriz, sin dejar de mirarla, y luego lo movió hacia el centro del pecho de Sheng Li, donde se veía una gran cicatriz.
—¿Te gustaría decirme quién te hizo esto?
—Ying Lili buscó una respuesta en los ojos de Sheng Li—.
Creo que tenemos la confianza suficiente para compartir esto —declaró Ying Lili.
Sheng Li le agarró la mano y la bajó.
—No, no tenemos la confianza suficiente para compartir esto.
Vuelve al trabajo —ordenó Sheng Li, y se volvió a tumbar boca abajo.
Ying Lili apoyó las manos en la espalda de Sheng Li.
Con los pulgares y los dedos, aplicó presión sobre los músculos de su espalda.
Durante el masaje, toda su atención estaba centrada en las marcas que Sheng Li tenía en la espalda.
«¿Quién lo azotó con tanta saña?», pensó Ying Lili.
También había otras cicatrices prominentes, pero eran las marcas de los latigazos las que más captaban su atención.
—¿Por qué vas tan lenta?
—cuestionó Sheng Li.
—Ah, ya sigo —respondió Ying Lili, y volvió a concentrarse en el masaje.
Tras un rato, armándose de valor, dijo—: Sheng Li, ¿por qué no compartes tus asuntos personales conmigo?
No me refiero a todo, pero sí a las cosas por las que siento curiosidad.
Así nuestra relación se fortalecerá.
—¿Qué quieres saber?
—inquirió Sheng Li, que tenía los ojos cerrados.
—Quiero saber quién te torturó de esta manera.
También tienes marcas de latigazos en la espalda.
No puede ser obra de un enemigo, sino de alguien del Palacio.
¿Fue la Emperatriz?
¿Solía pegarte cuando eras pequeño?
—Ying Lili sentía una gran curiosidad.
Estaba descorazonada al ver todo aquello.
Durante todo este tiempo había pensado que Sheng Li era la persona más despiadada que había conocido, pero a medida que lo fue conociendo, su percepción comenzó a cambiar.
—Otra vez no respondes.
Cuando quieres preguntarme algo, me amenazas, pero cuando pregunto yo, te quedas en silencio —dijo Ying Lili con tono abatido, al no obtener respuesta de Sheng Li.
—Fue un castigo —respondió Sheng Li.
Ying Lili dejó de darle el masaje al oír su respuesta.
—¿Quién puede castigarte a ti?
—Ying Lili se lo tomó a broma.
—Tenía once años en ese entonces.
Toqué el juego de flechas de mi segundo hermano que le había enviado su abuelo.
El arco se rompió, así que me castigaron —respondió Sheng Li a su pregunta.
Ying Lili dejó de parpadear, pues era doloroso oír aquello.
—Te azotaron solo porque se rompió un arco —Ying Lili no podía creer que lo hubieran castigado por semejante nimiedad—.
¿Y padre?
¿No te rescató?
—le preguntó a Sheng Li.
—Hay asuntos que no salen de aquí.
Además, yo no era el tipo de niño que se quejaría a padre por un asunto tan trivial —aseguró Sheng Li.
A Ying Lili se le humedecieron los ojos.
—¿Cómo puede ser eso un asunto trivial?
Te castigaron por nada.
¿Cómo pudo la Emperatriz azotarte así?
—murmuró Ying Lili mientras pasaba los dedos por la parte superior de la espalda de Sheng Li.
—Lo ordenó la madre de mi segundo hermano.
La Emperatriz no impone castigos tan simples —proclamó Sheng Li con una risita.
¿Qué?
¿Incluso la Noble Consorte castigó a Sheng Li?
¿Cómo pudo?
Y nadie lo rescató.
¿Qué quería decir con que la Emperatriz no imponía castigos tan simples?
¿Acaso lo torturaba aún peor?
Ying Lili no podía creer que la persona que era cruel con todos hubiera sufrido tanto, o incluso más, y que ni siquiera lo compartiera con ella.
Así que era verdad: siempre estuvo solo entre esa gente despiadada.
Ying Lili hervía de rabia por dentro al oír todo aquello.
Le preguntó a Sheng Li: —¿Qué clase de castigo te imponía la Emperatriz?
Por favor, dímelo, porque… —se interrumpió, incapaz de contener las lágrimas, que cayeron sobre la espalda de Sheng Li.
De inmediato, Sheng Li se giró y se incorporó.
—¿Por qué lloras?
—preguntó, y luego se rio con sorna—.
No necesito que me compadezcas —remarcó.
—¿¡Compadecerte!?
¿Quién te está compadeciendo?
¡Que una persona llore no significa que te compadezca, sino que se preocupa por ti y puede sentir tu dolor!
—declaró Ying Lili.
—¿Y quién te ha pedido que sientas mi dolor?
—preguntó Sheng Li con fastidio.
Ying Lili le dio la espalda.
Estaba sollozando, y Sheng Li podía oírla.
Entonces, se sintió mal por haberle hablado de esa manera.
La agarró del brazo y tiró de ella hacia sí, de modo que la espalda de la joven chocó contra su pecho desnudo.
—Yo era solo un niño entonces, por eso lo soporté.
Ahora no se atreverían ni a ponerme un dedo encima.
El pasado es el pasado, así que no vuelvas a preguntarme nunca más sobre eso.
Ha sido la primera vez que alguien llora por mí y, en lugar de complacerme, me ha molestado.
Perdóname por haberte alzado la voz.
—Su mano acariciaba el brazo de Ying Lili para calmarla.
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