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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 112

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Capítulo 112: La Pregunta que no tiene Respuesta

El carruaje de la policía salió a las nueve y doce minutos de la mañana.

Amelia lo vio desde la ventana del estudio.

No desde la puerta. Había decidido no estar en la puerta porque si Stefan la veía en el umbral, con Lilly posiblemente asomándose desde el pasillo, sería demasiado para los dos. Y Stefan necesitaba poder caminar hacia ese carruaje sin que cada paso fuera un desgarramiento visible.

Así que eligió la ventana.

Lo vio cruzar el camino de entrada con los dos inspectores flanqueándolo. No esposado. Eso era algo. Los cargos eran financieros, no violentos, y alguien en la cadena había tenido la decencia de no añadir la humillación de las esposas a lo que ya era suficientemente terrible.

Stefan no miró hacia la ventana del estudio.

Pero justo antes de subir al carruaje, levantó la cabeza hacia el segundo piso. Hacia la ventana del cuarto de Lilly.

La niña no estaba ahí. Helen la había llevado a la cocina con el pretexto de hacer galletas, un pretexto que Lilly había aceptado con entusiasmo genuino porque las galletas eran las galletas y Lilly no necesitaba más razón que esa.

Stefan no lo sabía.

Pero miró de todas formas.

Como si quisiera llevarse esa ventana encima.

La puerta del carruaje se cerró.

El vehículo se movió.

Amelia apoyó la mano abierta en el cristal de la ventana del estudio.

Lo sostuvo ahí hasta que el carruaje dobló la esquina y desapareció.

Hartley llegó veinte minutos después.

Entró sin llamar, que era su manera de decir que lo que traía no podía esperar el protocolo de los golpes en la puerta. Llevaba dos carpetas y el aspecto de alguien que lleva trabajando desde las seis de la mañana y que todavía no ha procesado del todo lo que acaba de ocurrir porque procesarlo implicaría dejar de trabajar.

Joe le trajo café sin que nadie se lo pidiera.

Hartley lo tomó. Bebió. Dejó la taza.

—Los cargos son fraude financiero en grado mayor y manipulación de contratos de inversión. —Habló directamente, sin preámbulo, porque Amelia nunca le había pedido que suavizara la información y no iba a empezar ahora—. El tribunal financiero emitió orden de detención preventiva esta mañana a las ocho. Eso significa que Stefan queda en custodia policial mientras se determina si hay mérito para juicio formal.

—¿Cuánto tiempo dura esa determinación?

—Depende del tribunal y de la carga de trabajo del sistema. En teoría, de dos a cuatro semanas. En la práctica, con un caso que Dalton ha construido para parecer complejo, podría estirarse más.

Amelia estaba sentada frente a él con las manos sobre la mesa.

Manos quietas.

Lo había decidido antes de que Hartley llegara: las manos tenían que estar quietas. El cuerpo tenía que estar quieto. Porque si el cuerpo cedía a la necesidad física de hacer algo, lo que haría sería coger el primer carruaje hacia donde tuvieran a Stefan y eso no ayudaba a nadie.

—¿Puedo verlo?

—Con autorización del tribunal, sí. No inmediatamente. Necesito presentar solicitud formal de acceso para visitas durante el período de custodia preventiva. —Hartley abrió la primera carpeta—. Eso lo puedo tener hoy.

—Hazlo.

—Ya empecé el trámite antes de venir. —Un momento—. Hay algo más que necesitas saber.

Amelia esperó.

—La detención de Stefan refuerza el argumento de Dalton en el caso de custodia. Convivencia con hombre investigado por fraude mayor es exactamente el tipo de inestabilidad del entorno que Forsythe lleva semanas construyendo. —Hartley lo dijo sin rodeos—. La audiencia de custodia es en cuatro días. Si para entonces Stefan sigue en custodia preventiva, Forsythe va a usarlo.

—Lo usará de todas formas. Independientemente de lo que pase.

—Sí. Pero hay diferencia entre usarlo como amenaza abstracta y usarlo como hecho concreto en el expediente activo.

Amelia lo miró.

—¿Qué me estás diciendo, Hartley?

El abogado tardó un segundo.

—Te estoy diciendo que en este momento, con Stefan detenido y la audiencia en cuatro días y la campaña de prensa todavía activa y la opinión pública en el punto más bajo que has tenido, la situación es objetivamente la peor que hemos enfrentado desde que empezó todo esto. —Pausa—. Y te estoy preguntando qué quieres hacer.

—Seguir.

—Amelia —

—Seguir, Hartley. —Sin vacilación—. No me preguntes si quiero rendirme porque la respuesta es no y no va a cambiar aunque me lo preguntes de cincuenta maneras diferentes.

Hartley cerró la carpeta.

La abrió de nuevo.

—Bien. Entonces necesito que entiendas lo que significa seguir en estas condiciones específicas. Sin Stefan en la mesa, los recursos financieros de la estrategia legal están parcialmente bloqueados porque sus cuentas están bajo revisión durante la investigación. Eso afecta nuestra capacidad de contratar peritos adicionales, de cubrir los costos de las declaraciones de Rose y del notario de Cheltenham.

—Tengo acciones de la empresa de mi padre. Las que descubrí el año pasado. No están bajo revisión porque son mías, no de Stefan. —Hizo una pausa—. ¿Cuánto necesitas?

Hartley la miró un momento con la expresión específica de alguien que acaba de ajustar su estimación de la persona que tiene enfrente.

—No lo sé todavía con precisión. Dame un número aproximado de lo que tienes disponible y construyo el presupuesto de la estrategia alrededor de eso.

—Habla con el banco esta tarde. Diles que es urgente. —Amelia se puso de pie—. Y mientras tanto, necesito saber algo.

—¿Qué?

—Los documentos que Dalton usó para construir el caso de fraude contra Stefan. Los contratos de las tres empresas que citaron. Sanderson, Blackmore y Hendrix. —Amelia había estudiado el expediente la noche anterior hasta las dos de la madrugada—. Dijiste que Sanderson fue adquirida por un fondo de inversión registrado en las Islas Caimán hace un año.

—Correcto.

—Ese fondo tiene que tener estructura legal registrada en algún lugar aunque sea offshore. Tiene directores nominales, representantes locales, algún punto de contacto con el sistema legal inglés.

—Probablemente, sí.

—Encuéntralo. —Amelia caminó hacia la ventana. El jardín. Sin petirrojos todavía, demasiado tarde en la mañana—. Porque si ese fondo tiene alguna conexión rastreable con los Ashworth, con Elizabeth, con cualquier empresa o persona vinculada a ellos, entonces los documentos que Dalton presentó no son solo fabricados. Son parte de una operación deliberada de sabotaje que tiene nombre y apellido. Y eso cambia la naturaleza de los cargos contra Stefan.

Hartley no escribía. La miraba.

—Eso es diferente a lo que habíamos planteado hasta ahora.

—Lo sé. Porque hasta ahora estábamos reaccionando. Demostrando que los documentos están mal interpretados. Defendiendo. —Amelia se volvió desde la ventana—. Pero si podemos demostrar que alguien fabricó activamente la evidencia con el propósito de silenciar a Stefan durante el caso de custodia, dejamos de ser los defendidos y nos convertimos en los acusadores. Y eso es una posición diferente.

Hartley recogió sus carpetas despacio, con el movimiento de quien reorganiza también el mapa completo de la estrategia mientras reorganiza los papeles.

—Necesito tiempo para eso.

—¿Cuánto?

—Cuarenta y ocho horas para el primer nivel de rastreo.

—Tienes treinta y seis. —Amelia fue directa—. La audiencia de custodia es en cuatro días. Necesito esa información antes de que empiece.

Hartley asintió. Se levantó. Fue hacia la puerta.

Se detuvo.

—Amelia. Lo que acabo de ver en los últimos veinte minutos. La manera en que procesaste la noticia y pasaste directamente a estrategia. —Una pausa—. Stefan tiene suerte de que seas tú la que está afuera.

Salió.

La puerta se cerró.

Amelia se quedó sola en el estudio con las carpetas sobre la mesa y el café que nadie había terminado y la ventana al jardín donde los petirrojos no estaban porque era tarde para ellos pero estarían mañana a las ocho y cuarto como siempre, porque algunas cosas no cambiaban aunque todo lo demás lo hiciera.

Desde arriba llegó la voz de Lilly.

Preguntando a Helen si las galletas ya estaban listas.

Amelia cerró los ojos.

Un segundo.

Contó hasta cuatro.

Los abrió.

Y empezó a trabajar.

Lilly preguntó por Stefan esa noche.

Lo preguntó con la naturalidad directa que tienen los niños de tres años cuando quieren saber algo: sin rodeos, sin detectar que la pregunta tiene peso, sin entender por qué los adultos de alrededor cambian levemente de temperatura cuando la hacen.

—¿El señor Stefan va a leer el cuento del dragón esta noche?

Helen, que estaba recogiendo la mesa después de la cena, no respondió de inmediato.

Amelia sí.

—Esta noche no puede. Tiene que resolver algo importante.

—¿Qué cosa importante?

—Trabajo. Como cuando tú tienes que terminar un dibujo antes de poder salir al jardín.

Lilly procesó la analogía con seriedad.

—¿Y cuándo vuelve?

—Pronto.

—¿Cuánto es pronto?

Amelia se agachó hasta la altura de su hija. La miró directamente a los ojos, que era la única manera de hablarle que Lilly aceptaba como honesta.

—No lo sé exactamente todavía. Pero lo sabré en los próximos días y te lo digo.

Lilly estudió su cara con esa capacidad de escáner que tienen los niños pequeños, que leen el cuerpo del adulto con más precisión que cualquier máquina.

—¿Estás triste?

—Un poco.

—¿Por Stefan?

—Por Stefan.

Lilly asintió. Era información suficiente. Tomó la muñeca de trapo de la silla donde la había dejado y caminó hacia el pasillo con la dignidad específica de quien ha obtenido lo que necesitaba y puede retirarse.

En el umbral se detuvo.

—Yo también estoy un poco triste. Pero las galletas estuvieron bien.

Amelia no respondió.

No porque no tuviera respuesta sino porque la garganta no habría dejado pasar las palabras sin que pasara también otra cosa, y eso no podía ser esta noche.

Lilly subió las escaleras.

Amelia se quedó en la cocina.

Helen existía desde el otro lado de la habitación con esa discreción perfecta de quien sabe que su presencia es suficiente y sus palabras no serían lo que se necesita ahora.

—Helen. —Amelia habló hacia la ventana—. Mañana necesito que te lleves a Lilly al parque por la mañana. Un par de horas. Tengo que hacer llamadas que no pueden esperar y no quiero que esté en casa escuchando.

—Por supuesto, señora Crane.

—Y si Stefan llama mientras estás fuera, que Joe coja el teléfono y anote el número exacto desde el que llama. Necesito poder contactarle.

—Entendido.

Amelia salió de la cocina.

Subió al estudio.

Se sentó.

Y le permitió a la noche ser lo que era.

No durmió.

No en el sentido real del término. Cerró los ojos en algún momento después de las dos porque el cuerpo eventualmente exige ese mínimo, pero lo que hubo entre las dos y las cinco no fue sueño sino el proceso paralelo de una mente que no sabe apagarse cuando hay demasiado en movimiento.

A las cinco y cuarto estaba en la cocina con té.

A las seis y media, cuando Joe bajó, ya había rellenado cuatro páginas del cuaderno de estrategia con lo que sabía, lo que necesitaba saber, lo que podía mover y lo que no podía mover.

Columnas. Flechas. Nombres con círculo cuando eran seguros y con interrogación cuando eran inciertos.

El mapa de lo que quedaba.

Joe puso pan en la mesa sin decir nada.

Amelia comió sin dejar de escribir.

A las siete y media sonó el teléfono.

Era Victoria Blackwood.

—Acabo de enterarme de Stefan —dijo sin preámbulo, que era su manera de decir lo siento sin usar palabras que ella consideraba demasiado blandas para la situación—. ¿Cómo estás?

—Trabajando.

—Bien. ¿Qué necesitas de mí?

Amelia había pensado en esta pregunta durante la noche.

—Dos cosas. La primera: sus contactos en el mundo financiero. Cualquiera que conozca los registros de fondos de inversión offshore y que pueda rastrear la propiedad real detrás de los nombres nominales. Discreción absoluta y rapidez.

—Tengo a alguien. —Sin dudar—. ¿La segunda?

—El juicio de custodia es en cuatro días. Con Stefan detenido, Forsythe va a presentarlo como evidencia de inestabilidad. Necesito a alguien que esté presente en esa audiencia que sea reconocible y respetado y que su presencia en la sala transmita al juez Alcott que el caso tiene apoyo de personas que este tribunal no puede ignorar fácilmente.

Silencio de tres segundos.

—¿Me estás pidiendo que asista a tu audiencia de custodia?

—Le estoy pidiendo que considere asistir. Sé lo que implica. Sé lo que diría de su posición pública.

—Diría que Victoria Blackwood ha decidido que Amelia Crane merece apoyo y que quien piense diferente puede explicárselo a ella directamente. —Una pausa—. Estaré ahí el lunes.

Amelia cerró los ojos un segundo.

—Gracias, Victoria.

—Ahora deja de agradecerme y dime si necesitas algo más.

—Por ahora no. Pero el lunes antes de la audiencia, ¿podría hablar con usted veinte minutos?

—Mis puertas abren a las ocho.

Colgaron.

Amelia volvió al cuaderno.

Hartley llegó a las nueve y media con cara de quien lleva trabajando desde las seis pero tiene algo que vale el cansancio.

—El fondo de las Islas Caimán. —Dejó documentos sobre la mesa—. Se llama Meridian Pacific Trust. Registrado hace dieciséis meses. Director nominal es un abogado de Nassau con cuatrocientas empresas bajo su firma. Pero el representante legal en Inglaterra, el que firmó la adquisición de Sanderson ante notario inglés, es un señor llamado Reginald Forsythe Junior.

Amelia levantó la vista despacio.

—¿Forsythe.

—Hijo del Edmund Forsythe que representa a los Ashworth en la audiencia de custodia. —Hartley habló con la calma precisa de quien sabe que lo que está diciendo es importante y no necesita dramatizarlo—. No hay relación de trabajo registrada entre los dos. Diferentes despachos, diferentes registros de clientes. Pero el apellido en ambos documentos es el mismo.

—¿Es suficiente para argumentar que la evidencia contra Stefan fue fabricada por partes con interés directo en el resultado del caso de custodia paralelo?

Hartley pensó.

—Es un argumento inicial. La conexión familiar entre los dos Forsythe es visible pero no prueba coordinación directa. Necesitaría más desarrollo. —Pausa—. Pero como elemento para solicitar ante el tribunal financiero que la investigación contra Stefan se ponga en pausa mientras se investiga el origen de la evidencia, sí. Es suficiente para ese primer paso.

—¿Cuándo puedes presentar esa solicitud?

—Mañana si trabajo esta noche.

—Trabaja esta noche.

Hartley recogió los documentos. Se levantó. Fue hacia la puerta.

Se detuvo.

—Una pregunta. —No se giró del todo—. Ayer, cuando te pregunté qué querías hacer y dijiste seguir sin dudarlo. ¿Lo sigues teniendo claro esta mañana?

Amelia lo miró.

—¿Por qué me lo preguntas de nuevo?

—Porque ayer lo dijiste de inmediato, antes de dormir, antes de pasar la noche con todo esto. A veces las noches cambian las cosas.

Amelia pensó en la noche. En las cuatro páginas del cuaderno. En el mapa de lo que quedaba. En Stefan mirando la ventana del cuarto de Lilly antes de subir al carruaje policial.

En Lilly diciendo que las galletas estuvieron bien.

—Más claro. —La voz salió firme, sin el esfuerzo que requería ayer—. Ayer lo decidí porque era lo correcto. Esta mañana lo sé porque es quién soy. —Hizo una pausa—. Yo decido quién soy. No Elizabeth. No Forsythe. No los cuatro periódicos que llevan semanas diciéndole a la gente quién debo ser. —Pausa—. Yo.

Hartley asintió.

No dijo nada más.

Guardó la carpeta, tomó el abrigo, fue hacia la puerta.

—El lunes —dijo desde el umbral— vamos a ganar esa audiencia.

—El lunes —repitió Amelia— vamos a empezar a ganar. El resto viene después.

Hartley salió.

La casa quedó en silencio.

El tipo de silencio que tiene forma. Que no es ausencia sino algo construido, algo que se ha ganado al precio de todo lo que había costado llegar hasta aquí.

Amelia se quedó un momento de pie, con la vista en el jardín.

Eduardo y Felipe estaban en la rama del roble.

Puntuales.

Como siempre.

Ajenos a todo lo que no fueran ellos y ese jardín y la mañana que les pertenecía independientemente de lo que los adultos de la casa estuvieran enfrentando.

Amelia los miró durante exactamente el tiempo que necesitaba mirarlos.

Luego se sentó.

Y volvió al trabajo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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