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Cenizas y Diamantes: La Venganza de la Esposa Perfecta - Capítulo 113

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Capítulo 113: Yo decidí quién soy

Lilly preguntó por Stefan esa noche.

Lo preguntó con la naturalidad directa que tienen los niños de tres años cuando quieren saber algo: sin rodeos, sin detectar que la pregunta tiene peso, sin entender por qué los adultos de alrededor cambian levemente de temperatura cuando la hacen.

—¿El señor Stefan va a leer el cuento del dragón esta noche?

Helen, que estaba recogiendo la mesa después de la cena, no respondió de inmediato.

Amelia sí.

—Esta noche no puede. Tiene que resolver algo importante.

—¿Qué cosa importante?

—Trabajo. Como cuando tú tienes que terminar un dibujo antes de poder salir al jardín.

Lilly procesó la analogía con seriedad.

—¿Y cuándo vuelve?

—Pronto.

—¿Cuánto es pronto?

Amelia se agachó hasta la altura de su hija. La miró directamente a los ojos, que era la única manera de hablarle que Lilly aceptaba como honesta.

—No lo sé exactamente todavía. Pero lo sabré en los próximos días y te lo digo.

Lilly estudió su cara con esa capacidad de escáner que tienen los niños pequeños, que leen el cuerpo del adulto con más precisión que cualquier máquina.

—¿Estás triste?

—Un poco.

—¿Por Stefan?

—Por Stefan.

Lilly asintió. Era información suficiente. Tomó la muñeca de trapo de la silla donde la había dejado y caminó hacia el pasillo con la dignidad específica de quien ha obtenido lo que necesitaba y puede retirarse.

En el umbral se detuvo.

—Yo también estoy un poco triste. Pero las galletas estuvieron bien.

Amelia no respondió.

No porque no tuviera respuesta sino porque la garganta no habría dejado pasar las palabras sin que pasara también otra cosa, y eso no podía ser esta noche.

Lilly subió las escaleras.

Amelia se quedó en la cocina.

Helen existía desde el otro lado de la habitación con esa discreción perfecta de quien sabe que su presencia es suficiente y sus palabras no serían lo que se necesita ahora.

—Helen. —Amelia habló hacia la ventana—. Mañana necesito que te lleves a Lilly al parque por la mañana. Un par de horas. Tengo que hacer llamadas que no pueden esperar y no quiero que esté en casa escuchando.

—Por supuesto, señora Crane.

—Y si Stefan llama mientras estás fuera, que Joe coja el teléfono y anote el número exacto desde el que llama. Necesito poder contactarle.

—Entendido.

Amelia salió de la cocina.

Subió al estudio.

Se sentó.

Y le permitió a la noche ser lo que era.

No durmió.

No en el sentido real del término. Cerró los ojos en algún momento después de las dos porque el cuerpo eventualmente exige ese mínimo, pero lo que hubo entre las dos y las cinco no fue sueño sino el proceso paralelo de una mente que no sabe apagarse cuando hay demasiado en movimiento.

A las cinco y cuarto estaba en la cocina con té.

A las seis y media, cuando Joe bajó, ya había rellenado cuatro páginas del cuaderno de estrategia con lo que sabía, lo que necesitaba saber, lo que podía mover y lo que no podía mover.

Columnas. Flechas. Nombres con círculo cuando eran seguros y con interrogación cuando eran inciertos.

El mapa de lo que quedaba.

Joe puso pan en la mesa sin decir nada.

Amelia comió sin dejar de escribir.

A las siete y media sonó el teléfono.

Era Victoria Blackwood.

—Acabo de enterarme de Stefan —dijo sin preámbulo, que era su manera de decir lo siento sin usar palabras que ella consideraba demasiado blandas para la situación—. ¿Cómo estás?

—Trabajando.

—Bien. ¿Qué necesitas de mí?

Amelia había pensado en esta pregunta durante la noche.

—Dos cosas. La primera: sus contactos en el mundo financiero. Cualquiera que conozca los registros de fondos de inversión offshore y que pueda rastrear la propiedad real detrás de los nombres nominales. Discreción absoluta y rapidez.

—Tengo a alguien. —Sin dudar—. ¿La segunda?

—El juicio de custodia es en cuatro días. Con Stefan detenido, Forsythe va a presentarlo como evidencia de inestabilidad. Necesito a alguien que esté presente en esa audiencia que sea reconocible y respetado y que su presencia en la sala transmita al juez Alcott que el caso tiene apoyo de personas que este tribunal no puede ignorar fácilmente.

Silencio de tres segundos.

—¿Me estás pidiendo que asista a tu audiencia de custodia?

—Le estoy pidiendo que considere asistir. Sé lo que implica. Sé lo que diría de su posición pública.

—Diría que Victoria Blackwood ha decidido que Amelia Crane merece apoyo y que quien piense diferente puede explicárselo a ella directamente. —Una pausa—. Estaré ahí el lunes.

Amelia cerró los ojos un segundo.

—Gracias, Victoria.

—Ahora deja de agradecerme y dime si necesitas algo más.

—Por ahora no. Pero el lunes antes de la audiencia, ¿podría hablar con usted veinte minutos?

—Mis puertas abren a las ocho.

Colgaron.

Amelia volvió al cuaderno.

Hartley llegó a las nueve y media con cara de quien lleva trabajando desde las seis pero tiene algo que vale el cansancio.

—El fondo de las Islas Caimán. —Dejó documentos sobre la mesa—. Se llama Meridian Pacific Trust. Registrado hace dieciséis meses. Director nominal es un abogado de Nassau con cuatrocientas empresas bajo su firma. Pero el representante legal en Inglaterra, el que firmó la adquisición de Sanderson ante notario inglés, es un señor llamado Reginald Forsythe Junior.

Amelia levantó la vista despacio.

—¿Forsythe.

—Hijo del Edmund Forsythe que representa a los Ashworth en la audiencia de custodia. —Hartley habló con la calma precisa de quien sabe que lo que está diciendo es importante y no necesita dramatizarlo—. No hay relación de trabajo registrada entre los dos. Diferentes despachos, diferentes registros de clientes. Pero el apellido en ambos documentos es el mismo.

—¿Es suficiente para argumentar que la evidencia contra Stefan fue fabricada por partes con interés directo en el resultado del caso de custodia paralelo?

Hartley pensó.

—Es un argumento inicial. La conexión familiar entre los dos Forsythe es visible pero no prueba coordinación directa. Necesitaría más desarrollo. —Pausa—. Pero como elemento para solicitar ante el tribunal financiero que la investigación contra Stefan se ponga en pausa mientras se investiga el origen de la evidencia, sí. Es suficiente para ese primer paso.

—¿Cuándo puedes presentar esa solicitud?

—Mañana si trabajo esta noche.

—Trabaja esta noche.

Hartley recogió los documentos. Se levantó. Fue hacia la puerta.

Se detuvo.

—Una pregunta. —No se giró del todo—. Ayer, cuando te pregunté qué querías hacer y dijiste seguir sin dudarlo. ¿Lo sigues teniendo claro esta mañana?

Amelia lo miró.

—¿Por qué me lo preguntas de nuevo?

—Porque ayer lo dijiste de inmediato, antes de dormir, antes de pasar la noche con todo esto. A veces las noches cambian las cosas.

Amelia pensó en la noche. En las cuatro páginas del cuaderno. En el mapa de lo que quedaba. En Stefan mirando la ventana del cuarto de Lilly antes de subir al carruaje policial.

En Lilly diciendo que las galletas estuvieron bien.

—Más claro. —La voz salió firme, sin el esfuerzo que requería ayer—. Ayer lo decidí porque era lo correcto. Esta mañana lo sé porque es quién soy. —Hizo una pausa—. Yo decido quién soy. No Elizabeth. No Forsythe. No los cuatro periódicos que llevan semanas diciéndole a la gente quién debo ser. —Pausa—. Yo.

Hartley asintió.

No dijo nada más.

Guardó la carpeta, tomó el abrigo, fue hacia la puerta.

—El lunes —dijo desde el umbral— vamos a ganar esa audiencia.

—El lunes —repitió Amelia— vamos a empezar a ganar. El resto viene después.

Hartley salió.

La casa quedó en silencio.

El tipo de silencio que tiene forma. Que no es ausencia sino algo construido, algo que se ha ganado al precio de todo lo que había costado llegar hasta aquí.

Amelia se quedó un momento de pie, con la vista en el jardín.

Eduardo y Felipe estaban en la rama del roble.

Puntuales.

Como siempre.

Ajenos a todo lo que no fueran ellos y ese jardín y la mañana que les pertenecía independientemente de lo que los adultos de la casa estuvieran enfrentando.

Amelia los miró durante exactamente el tiempo que necesitaba mirarlos.

Luego se sentó.

Y volvió al trabajo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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