Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 101
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Capítulo 101: Capitulo 101
Año 312 después de la ascensión del Monarca Celestial.
La expresión de Ducanor era la misma de siempre, a pesar de la preocupación que inundaba su corazón a raíz del viaje. La gran comitiva de Pandamar se había instalado en la ciudad fortaleza de Vitelia, en el condado de Kaffa, al sureste de Viddar, luego de pasar el condado de Messina.
Era una de las ciudades fundadas por la hegemonía en el norte del continente y la cual, a su vez, poseía la formación de teletransportación más grande del norte y la más cercana a la región de Tara.
El calor de la bañera le quitó cualquier distracción. El vapor inundaba el balneario; los lujos en el interior de la ciudad de Vitelia eran considerables. Y como protector y padre adoptivo del Señor de Ulheim, podía permitirse estos pequeños placeres.
—Las ventajas de los logros de juventud —pensó para sí mismo con una sonrisa Ducanor.
Había vivido durante el gobierno de seis hegemones, incluso más si contaba a aquellos que no habían durado más allá de cinco años. Aunque esos simplemente podrían considerarse pretendientes. La era de hegemones a la altura de Colonia Adela había terminado. Ahora era una era diferente. El Monarca Celestial era distinto a uno de esos gloriosos generales de la era dorada de la hegemonía.
No era un conquistador ni un general, sino un sabio que lideraba y ganaba la lealtad de generales y gloriosos guerreros. Esa era la gloria de los linajes hegemónicos, pero esa era había terminado y una nueva estaba a punto de empezar.
—Me pregunto si estaré vivo para cuando empiece de nuevo —murmuró para sí mismo con curiosidad. Siempre había buscado la muerte y nunca la había alcanzado. ¿Acaso sobreviviría a una nueva era o caería temprano?
Su mano agarró un pedazo de chocolate al costado de la mesilla llena de bocadillos, un manjar raro de las tierras desoladas. Este se derretía en su boca con un dulzor que ni siquiera la más fina miel era capaz de imitar.
Se levantó de la bañera, mientras el agua corría por su cuerpo desnudo, y tomó una toalla con sus manos metálicas. El metal líquido se retorcía cambiando de tonalidades mientras abandonaba el baño para entrar en su habitación.
El vapor del agua caliente cubría la estancia, además de un olor fuerte a incienso que le era familiar, aunque no recordaba de dónde.
Decorada de mármol azul y rojo, la habitación de Ducanor podría considerarse lujosa en el castillo del princeps de Vitelia, aunque obviamente Pandamar y sus esposas estaban usando habitaciones mejores, además del propio princeps.
Mientras se dirigía a su cama, se dio cuenta de que una figura de cabellera dorada y tez blanca estaba desnuda, dejando solo su sensual silueta de espaldas a la vista mientras él se acercaba. Como él seguía desnudo y saboreando el chocolate, el deseo inundó su mirada al observar a su esposa.
—Tess, pensé que te quedarías leyendo cartas y documentos en la otra habitación…
Pero antes de que él pudiera continuar, un par de labios ágiles como una serpiente se enroscaron en su boca, devorando completamente el chocolate que se seguía derritiendo en ella, mientras succionaba con avidez su propia lengua y saliva.
—Muah, ha pasado tiempo, Ducanor —lamiéndose los labios, la mujer que había tomado la apariencia de su esposa lo miraba con deseo, presionando su cuerpo desnudo contra el suyo mientras pasaba su lengua por el rostro del guerrero.
Sus pechos eran lechosos y pálidos. Su cintura se movía con un contoneo hipnotizante, como si cada movimiento de ella, tanto su respiración como su aliento, fuera una danza seductora que estuviera destruyendo las defensas mentales de Ducanor.
—Media… —Estupefacto, Ducanor apenas logró reaccionar cuando la misteriosa mujer de cabellera rubia, rostro de luna y ojos como dos gotas de oro lo miró con una sonrisa cálida.
Ella lo besó suavemente en los labios, como si fueran gotas de rocío, mientras que, a su vez, su boca se movía al resto de su rostro, besando suavemente a Ducanor con el amor de una esposa devota.
—Te extrañé mucho, amor mío —dijo ella con un tono cálido. Sus palabras estaban cargadas de un amor sincero e inocente. Incluso a pesar de estar completamente desnuda ante sus ojos, sobre su cabeza flotaba una corona dorada que denotaba santidad.
—Media, yo… —Los recuerdos del pasado inundaron la mente de Ducanor. Había conocido a Media hacía siglos, pero se habían separado en circunstancias apremiantes.
—No hables. ¿Acaso nuestra reunión, después de tanto tiempo, no puede ser feliz? —El rostro de Media Atropatene era de pura felicidad y dulzura. Tal vez era la mujer más dulce que Ducanor había conocido en su vida.
—Me gusta el sabor de tus labios —murmuró ella mientras lo seguía abrazando—. Es dulce.
—Es chocolate —dijo incómodo Ducanor, sin saber cómo responder. La escena que se avecinaba era la de sus hijos apareciendo en la puerta, o su propia esposa viéndolo en esta posición tan delicada.
Media no era una mujer ordinaria. Su cuerpo desnudo emitiendo un sudor con un aroma sobrenaturalmente dulce pertenecía a un miembro de la Raza Sacro, y no a uno ordinario. Era una de las cientos de esposas de una de las figuras más aterradoras de toda la hegemonía: Menelik “El Negro”.
Un nombre desconocido para la mayoría de los habitantes, pero que tenía otro título que muchos otros conocían: el Rey Divino Yogi.
Menelik era pariente del Monarca Celestial y el mayor de sus guerreros, así como su auriga y protector. Tenía un harén de cientos de miles de esposas, y se decía que las complacía a todas al mismo tiempo cuando estaba en su hogar en el continente del norte. Pero, como en todo gobierno, había una jerarquía dentro de sus esposas. Estaban las sirvientas, las doncellas, las concubinas, las consortes y, finalmente, las Ocho Reinas.
Pero por encima de todas ellas, en posición de igualdad con Menelik, estaba la Emperatriz. Y Media Atropatene era la Emperatriz. O, por lo menos, parte de ella.
El deseo brillaba en los ojos de ambos. Media tenía un encanto sobrenatural; era una existencia por encima del rango de Señor Espiritual, la cual podía encantar a millones de seres vivos con solo una mirada. Ducanor no pudo resistirse más.
Sus manos se movieron a los pechos de Media, pellizcando sus pezones dorados y erectos. Curiosamente, la piel de las mujeres de la Raza Sacro era blanca como el mármol y fría como el mismo material, pero su carne era dorada. Sus labios y pezones parecían estar pintados de oro mientras eran tocados ásperamente por los dedos fríos y metálicos de Ducanor.
Las tetas de una diosa, prácticamente.
—Tócame más, amado mío. Tócame —suplicó ella.
Y él obedeció. Metió su lengua en su boca mientras tendía su cuerpo en las sábanas y agarraba sus pechos lechosos, que llenaban su palma con facilidad, desparramándose la piel ahora rojiza por su toque.
—¿Qué haces aquí, Media? Dudo que hayas venido por voluntad propia. Ese bastardo arrogante, ¿te dejó venir por qué? —gruñó Ducanor mientras retorcía suavemente los pezones de Media, quien se retorcía entre las sábanas.
Sus manos y piernas se estremecieron de placer mientras se aferraba a él con sus cuatro extremidades. Y, mientras la virilidad de Ducanor estaba erecta, Media miraba con fervor y deseo su miembro.
—Tengamos sexo, amor mío. Seamos uno de nuevo.
Las palabras de Media eran tentadoras, pero Ducanor no podía permitirse caer en la tentación. Con una mirada severa, retorció el pezón erecto de Media, haciéndola retorcerse de placer, mientras murmuraba: —No. ¿Qué tal si mejor usas tus senos para complacerme? Después de todo, soy un hombre casado. No puedo…
Pero antes de que pudiera continuar, Media ya se había movido. Sus senos grandes, a pesar de su baja estatura en comparación a un Fey, atraparon la virilidad de Ducanor, reluciendo solamente la húmeda cabeza bulbosa, la cual Media cubrió con su pequeña boca. ¿Y a qué hombre no le excitaría saber que una figura de renombre en toda la hegemonía lo estaba sirviendo con tanto ahínco?
Los besos, las caricias y el placer continuaron por parte de Media a pesar de la resistencia inicial de Ducanor, hasta que finalmente los deseos de esta se satisficieron. En parte.
—¿Qué sucede, Media? ¿Cómo llegaste aquí y por qué estás aquí? Aunque, más importante, ¿cómo llegaste a…? —Repentinamente, Ducanor frunció el ceño. Su mirada cayó en todas las direcciones con una confusión considerable.
El vapor del baño no había desaparecido. La luz nocturna de la ventana, a pesar de que habían pasado horas, seguía indemne, como si la luna continuara en la misma posición de siempre.
—Mierda, esto es un sueño, ¿cierto? —gruñó con una leve ira.
A lo cual, la mujer sonrió. Una sonrisa hermosa en un rostro hermoso. Su figura desnuda se desdibujó, transformándose en una presencia digna y dorada, vestida con una extraña túnica o manto que, según recordaba, llamaban sari, cubierta de joyas y conchas de colores. Sus ojos dorados sonreían mientras se sentaba en el borde de la cama en una posición meditativa, mirando a Ducanor con diversión.
Él se miró a sí mismo y se dio cuenta de que había cambiado también. Su cuerpo había vuelto a una figura más juvenil y valiente. Las marcas de la edad desaparecieron al igual que ambas manos metálicas, volviendo a ser manos de carne y hueso. O, por lo menos, la ilusión de ellas.
—¿Eres Media o…? —Soy Media, y a su vez soy Medelik. Así como también soy una gran cantidad de seres vivos, Ducanor. Cada uno independiente, pero unido entre sí por las líneas del karma —Media sonrió con una mueca cargada de cierta omnisciencia, o tal vez premonición—. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad?
La identidad de Media era un avatar, una extensión de la voluntad de la Emperatriz, la otra mitad de Medelik. Medelik no era un ser ordinario; era un ser de dos partes, una mujer y otro hombre. Podía tomar cualquiera de las dos, y a su vez, ambas eran independientes. Media era uno de los tres avatares o “tres yos” de la Emperatriz. Tres emanaciones de ella, así como del propio Menelik.
—Siempre siento que me acuesto con un hombre cuando estoy contigo —gruñó Ducanor con molestia, aunque no pudo evitar admitir que sus sentimientos hacia Media eran complicados.
—¿Acaso parezco un hombre? —susurró ella con un tono seductor. Su cuerpo, que él acababa de tocar, a pesar de estar vestida como una diosa santa, le daba un sentimiento de belleza absoluta. —Claro que no —respondió él, ligeramente embelesado.
Sonriendo en respuesta, ella agregó: —Estoy usando el Astra del Divino Rin Bitran: La Ciudad de la Fantasía Onírica.
La expresión de Ducanor cambió al escuchar esas palabras. Un Astra no era algo fácil de conseguir. Después de todo, era la intención congelada de una existencia sobre el rango de Señor Espiritual. Los Señores Espirituales podían tener intenciones divinas, pero estas morían con sus dueños. Sin embargo, los Astras… esos sobrevivían a la muerte y podían pasarse a los descendientes. Si la “intención” era la materialización de una voluntad trascendente, un “Astra” era la materialización de una voluntad divina.
—Rin Bitran, el pequeño hegemón de la generación de Colonia Adela… Un guerrero que luchó y venció al Imperio Cirílico. ¿Y tú usándolo para estas tonterías? —murmuró Ducanor, estupefacto por el despilfarro de un tesoro absoluto.
Haciendo un puchero con los labios, Media lo miró con inocencia. —Es simplemente un Astra abandonado. Según escuché, Rin Bitran lo usaba para comunicarse con sus generales a distancias continentales, así como con sus diversos amantes —su sonrisa se amplió mientras decía sugerentemente—, tanto femeninos como masculinos.
Ducanor la miró con exasperación mientras murmuraba: —Es normal. En esa época ocurrió la gran peste. Según algunos, murieron a diario diez mil habitantes de la hegemonía durante un siglo. —Una época caótica —murmuró Media con una sonrisa—, al igual que ahora.
El silencio se cernió entre ambos nuevamente. —¿Qué es lo que quieres, Media? Dudo bastante que solamente estés aquí por un revolcón mientras estoy en mi forma espiritual —suspiró Ducanor.
—Estoy aquí por una profecía, Ducanor. O tal vez una advertencia. Así como un aviso —sus ojos brillaron con una luz dorada que inundó la habitación onírica—. Escucha bien, porque la muerte y el peligro llegarán a tu vida y dividirán a tu familia. Y dependiendo de lo que estés dispuesto a sacrificar, ellos vivirán.
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