Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 102
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Capítulo 102: Capitulo 102
—¿No dormiste anoche? —preguntó una voz femenina al otro costado de la cama.
Aturdido, Ducanor despertó de golpe, dándose cuenta de que realmente había vuelto al mundo real. Giró la cabeza, observando a la mujer que estaba a su lado.
Tess estaba con su camisón de noche hecho de piel de Sidhe. Su cabellera dorada, normalmente atada en un moño, ahora estaba suelta, desparramándose por sus hombros desnudos, dándole una belleza que pocas veces Ducanor podía apreciar con tanta paz.
Riendo ligeramente al ver su preocupación y el rubor en sus mejillas ante los actos ruidosos de anoche, él murmuró: —¿Qué hombre podría dormir con una belleza como tú a mi lado?
Un ligero rubor cubrió las mejillas maduras de Tess. Su rostro emitió una sonrisa alegre, aunque rápidamente desapareció en un falso ceño molesto que fue fácil de identificar gracias a la risa contenida. —¿Acaso piensas evitar el tema, Ducanor Kal Arreus? El que saldrá perdiendo en una discusión eres tú —dijo con una sonrisa provocativa.
Gateó hacia él desde el otro extremo de la cama, dejando su camisón entreabierto para la admiración de Ducanor, pasando por encima de un par de libros.
Anoche ambos habían estado firmando y revisando cartas de su señor, por lo cual habían trabajado hasta tarde. Entre copas y risas, finalmente habían pasado la noche juntos, para desgracia de sus compañeros de pasillo. Actualmente estaban en el castillo del princeps de Vitelia. Por el tamaño de la comitiva y el hecho de que Pandamar era el Señor de Ulheim, usaban las mejores estancias, así que la pareja había conseguido una habitación insonorizada.
Lamentablemente, Pandamar no tenía interés en esas cosas. A pesar de tener dos esposas, su atención estaba puesta en su tercera prometida, quien estaba encerrada casi en aislamiento en un castillo de esta ciudad, siendo criada como su esposa perfecta.
El propio Pandamar había justificado este arreglo de forma indiferente, citando a antiguos hierofantes como Zenos con la frase: «El hombre que ama demasiado a una mujer es un adúltero», y agregando algo de su propia cosecha: «Por lo cual, tener más esposas me hace más fiel».
A lo cual Ducanor no pudo reaccionar realmente. Pero su concentración ya se había alejado de las palabrerías de Pandamar y se centraba en la diosa de carne que tenía enfrente. Los recuerdos del encuentro en el mundo de los sueños llenaron su mente de imágenes diversas, pero su cuerpo material no había sido satisfecho.
Antes de que ella pudiera recostarse, Ducanor la alcanzó, presionándola contra la cama. Rápidamente ella rodeó la cintura de Ducanor con sus piernas, dejando que su virilidad se introdujera en ella.
—Vamos, semental, móntame y dame un tercer hijo —susurró Tess de forma extremadamente caliente, deseando con toda su fuerza que la semilla que disparase Ducanor en su interior diera origen a una nueva vida.
No era joven, pero a pesar de todo deseaba ser madre nuevamente. Sentir cómo una pequeña vida crecía en su interior era una sensación y expresión de amor tan incalculable que apenas podía contener su deseo de que Ducanor siguiera poseyéndola incluso más allá de lo necesario.
Al terminar de llenar el útero maduro de Tess, los ojos de ella se abrieron de par en par al sentir hacia dónde estaba apuntando ahora su esposo. —No te atrevas a meterlo ahí. No lo he lavado, además, eso necesita preparación. —Al carajo —gruñó Ducanor, dejándose llevar por el impulso.
Tess empezó a mover rítmicamente la cintura y cadera al son de sus empujes, mientras se lamentaba ante el hecho de que no podría quedar embarazada por ese medio.
—Sí… al carajo —gruñó ella con placer. El dúo finalmente cambió de posiciones un par de veces más, experimentando.
Pero mientras hacían el amor, el sonido de la pesada puerta de roble siendo golpeada con urgencia los alertó. Rápidamente, tanto Ducanor como la indecente Tess se separaron y se arreglaron a duras penas las ropas de alcoba, dejando pasar a la visitante.
La persona que entró era una mujer en armadura ligera. Llevaba el cabello peinado en dos trenzas que bajaban por sus hombros en una tonalidad lavanda oscuro, casi llegando al púrpura, y portaba un flequillo largo y lentes. Su nombre era Kirish y era la guardaespaldas personal de Ducanor.
…..
Tosiendo ligeramente, la expresión de Ducanor se volvió un poco incómoda, tratando de disimular la respiración agitada. La expresión de Tess, en cambio, se mantuvo regia ante la llegada de Kirish.
La actitud de Kirish también fue estoica, a pesar de ser su guardia personal. Su relación anterior en el pasado iba más allá de lo profesional, y eso probablemente le ganaba unas cuantas miradas frías y severas de parte de Tess de vez en cuando.
—Mi señor, ha llegado una carta urgente para usted desde la capital del hegemón —dijo repentinamente Kirish con un tono muy serio, aunque sus ojos lanzaron una mirada dudosa hacia la desaliñada Tess.
—Mi señora esposa tiene el derecho a escuchar, Kirish. No es necesario ocultar nada —dijo Ducanor firmemente. —Sí, mi señor —asintió ella, sacando un sobre grueso con una estampilla de cera que todavía estaba sellada.
—¿La carta es del actual hegemón o del entrante? —preguntó con curiosidad Ducanor.
Lagnesh era la siguiente hegemón, pero la regla anterior había dictado que el representante del Monarca Celestial durante años en este lugar abandonado por los dioses fuera Garou Aime, quien tenía buenas migas con los demás hegemones y también era uno de los favoritos para el cargo, aparte, claro está, del propio Pandamar.
—De la entrante, tiene el sello del culto solo usted puede abrirla mi señor —murmuró Kirish con una expresión preocupada al acercarse. Su mirada de alarma lo hizo sentir culpable, especialmente con Tess al lado.
Ducanor sintió una sensación extraña con el pergamino en la mano. El diálogo que tuvo con Media reflotó en su mente, haciendo que su expresión se endureciera. Fue como en la época de la propia Colonia Adela, cuando le llegó la noticia de la rebelión de Saba Salom en el continente del norte. Esa vez, el levantamiento del usurpador había alzado dos continentes en contra de la hegemonía y duró apenas un año por la acción rápida de Nomad.
Forzándose a ignorar el mal presentimiento, rompió el sello de cera y empezó a leerla en silencio. Su contenido no podía ser más desastroso.
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Los rugidos de ira y cólera de Pandamar resonaron en todo el castillo mientras destrozaba a puñetazos uno de los pesados pilares de mármol. El Señor de Ulheim no estaba usando su inmenso poder destructivo para lo que había sido entrenado. Los pedazos de roca y fragmentos explotaron en los alrededores mientras un furioso Pandamar buscaba a alguien con quien despachar su ira.
Lamentablemente, nadie se atrevía a estar enfrente de él en sus ataques de cólera. Nadie, excepto dos personas, tal vez.
La primera era, obviamente, Ducanor, quien había sido el padre adoptivo de Pandamar desde que tenía uso de razón y la persona que lo había llevado a ser el líder que era hoy en día. La segunda persona no estaba allí en ese momento, pero su propia destreza le impedía sentir miedo siquiera a un hegemón.
Pasaron los minutos hasta que, finalmente, la ira de Pandamar se aplacó un poco. Su cabello blanco estaba desordenado y su rostro hermoso seguía distorsionado por la ira, pero a pesar de todo, logró contenerla parcialmente.
—¿Cuántas personas saben de esto? —rugió Pandamar mientras miraba a su padre adoptivo con una expresión feroz, sintiendo que su cólera se enfriaba en una fría y vengativa resolución.
—Menos de diez, mi señor. Su cuidadora, sus padres, su Filiad y tal vez su señora madre sean los únicos que conocen el hecho de la desaparición de su prometida.
A pesar de que Ducanor no había dicho nada en voz alta, la razón de la ira del gobernante era fácil de entender. Su prometida, Nyx, por la cual había esperado prácticamente desde su niñez hasta su madurez actual, había desaparecido. Y lo peor de todo era que nadie sabía cómo una adolescente había logrado escabullirse de una ciudad fortificada con más de cien mil hombres armados y más de cinco millones de almas.
—No lo menciones en voz alta, Ducanor. Esta humillación no puede escapar de estas paredes bajo pena de que sus cuellos pasen por la espada —gruñó Pandamar con frustración, llevándose la mano a la cabeza—. ¿Los guardias lo saben? ¿O acaso los guerreros están buscando a cualquier zorra en medio de la noche?
—No, mi señor. Nadie aparte de nosotros y los propios padres de la dama Nyx conoce la identidad real de la desaparecida. La razón que hemos dado a las patrullas ha sido simplemente la búsqueda de la hija fugada de un noble menor.
La expresión de Pandamar, que estaba extremadamente tensa, finalmente se relajó un poco ante esas palabras, aunque todavía parecía querer asesinar a alguien.
—¿Por qué esa maldita mocosa ha huido? ¿O acaso ha sido secuestrada? Mmm… pero ¿quién lo haría? Nadie conoce su existencia en esta ciudad aparte de nosotros —gruñó, observando a Ducanor con una frialdad con la cual el guerrero ya estaba familiarizado.
Sospecha.
—Por ahora no hay detalles exactos de cómo logró escapar, pero si alguien la ayudó o la secuestró, probablemente sea alguien de nuestra comitiva o de la alta jerarquía de la propia ciudad. En ambos casos, solamente hay que hacer un conteo de los presentes; si alguien no está, será el principal sospechoso o víctima —afirmó Ducanor. Sintió un dolor fantasma en sus manos, mientras el metal líquido se tensaba involuntariamente.
—Está bien —gruñó Pandamar, moviéndose de un lado a otro, nervioso y frustrado, a punto de que la cólera estallara nuevamente con más fuerza.
Pero Ducanor no tenía intención de verlo de nuevo en ese estado, y Pandamar tampoco quería compañía.
—Me retiro, mi señor. Espero traerle buenas noticias pronto. —Yo también —gruñó el hegemón, quedándose quieto durante unos instantes, mirando la pared—. Yo también…
Ducanor, lamentablemente, a pesar de haber criado prácticamente a ese hombre, no sabía a qué pregunta oculta en su propia mente había contestado con esas palabras.
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