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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 104

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Capítulo 104: Capitulo 104

30 años antes de la ascensión del Monarca Celestial.

He aquí que en mi alma se despierta un deseo. Un simple pensamiento sin sentido que no puedo controlar.

Quiero cantar.

En este árido desierto de acero y piedra, elevo mi voz para que puedas oírla. Al este y al oeste hago una seña, al norte y al sur muestro un signo que proclama:

Muerte a los débiles, salud para los fuertes.

Escuchen mi canto; mi padre me lo susurró mientras la sangre brotaba de su pecho, y mi madre lo escribió con la tinta caliente que brotaba de su propio pecho. Escuchad, porque yo me alzo para desafiar la sabiduría del mundo, para destruir las leyes y desafiar el samsara. Rasgo vuestras investiduras y violo vuestros edictos.

No hay voluntad más allá de la mía y, si existe una voluntad celestial, yo soy los cielos.

Hundo mi dedo en la tierra enmohecida, humedezco con mi sangre la arena y me proclamo anarca, rey de esclavos, señor de los condenados, tirano de mí mismo, liberador de felicidad, ansia de odio. Rechazo mi dicha y la vuestra, nado en el mar de sangre y me hundo riendo.

Miro a los ojos al mantra y le arranco la garganta mientras arrastro su cuerpo hacia la piedra de afilar. Y elevo mi lanza sobre su cabeza cercenada.

….

Lukan abrió los ojos en un escenario que solo podía describirse como desolador. Decenas de hombres y mujeres de la secta, además de los propios invasores de los Monjes de Hierro, estaban siendo masacrados como insectos bajo una horda entera de perros salvajes monstruosos.

Eran gigantescos, medían más de cuatro metros de altura y su piel era de color ébano con venas carmesí latiendo en su carne, además de escamas en algunas secciones del cuerpo.

Como si fueran demonios salidos de un averno, devoraron sedientos y lucharon entre sí para hacerse con los cadáveres maltrechos de los supervivientes de la destrucción de la secta.

En este punto, Lukan no pudo evitar pensar que estaban muertos, solo que ahora habían llegado al mismísimo infierno.

Apenas logró esquivar a uno de estos enormes perros, que curiosamente tenía una velocidad absurda, mientras aplastaba sus dientes a pocos centímetros de él con la fuerza suficiente para destrozarlo en dos.

A la distancia logró ver a una figura solitaria blandiendo una espada, destazando y abriendo el vientre de uno de estos sabuesos desde la entrepierna hasta el estómago, bañándose en sus vísceras.

Pero al lado vio una escena contraria con la misma crudeza: una mujer joven, que no superaba las veinte primaveras, fue aplastada por las patas de estas enormes bestias siendo incapaz de moverse.

Luego, un par de sabuesos se aferraron a sus brazos y piernas, arrancándoselos y convirtiéndola en un torso chillante, mientras el primero abría su pecho con sus mandíbulas, cubriendo su hocico con sangre antes de aullar con una sed asesina escalofriante.

—Este es realmente el infierno —pensó él con desesperación.

Pero, repentinamente, una onda de sonido se extendió por todo el horizonte destrozando el vacío, como si un dios antiguo hubiera despertado y expirado un aliento contenido durante milenios.

—Avala, benefactores. La muerte y el sufrimiento son un ciclo sin fin en el mundo mortal, así como en cualquier reino. Si quieren alcanzar el paraíso puro, deberán superar las tierras fronterizas. Para visualizar al mantra, cerrad los ojos, cúbranse los oídos y cierren la boca al sufrimiento, y podrán ver el mantra.

La voz era celestial y provocó que los sabuesos sedientos de sangre adquirieran una especie de iluminación en su mirada, similar a la inteligencia pero diferente.

Observaron durante unos instantes la masacre y lanzaron un aullido.

Repentinamente, se arrodillaron.

Algunos se quebraron el cuello a sí mismos, otros simplemente se quedaron en silencio llorando, el resto simplemente huyó sin objetivo aparente; algunos cayeron al río y se ahogaron, otros simplemente desaparecieron de la vista.

Y lo único que quedó en este lugar abandonado por toda esperanza y compasión, fue dolor.

Simplemente dolor.

Y entonces despertó.

…..

La onda de sonido de la explosión que generó la llegada de Etio mandó a volar a varios hombres armados que protegían a Lobo de Sangre, quien, herido, inmediatamente intentó retirarse a pesar de estar bajo el fuego constante de un francotirador.

Pero no sería tan fácil.

Una figura femenina cubierta de una armadura pesada surgió del vacío, bloqueando una bala que se dirigía hacia el pecho de Lobo de Sangre, destrozándola por completo con una cuchilla corta, mientras la propia Etio retrocedía levemente ante la presencia de un nuevo oponente.

—¡Pft! Ocultándose detrás de una mujer… Eres demasiado cobarde para enfrentarte a mí, gran líder del templo —gruñó con ira Etio, mientras dos espadas de colores empezaron a flotar a su alrededor, emitiendo un aura amenazante.

—No será necesario —respondió indiferente Lobo de Sangre, mientras sonreía a la vez que arreglaba su antifaz con aspecto de lobo y murmuraba un pequeño canto en voz baja.

Repentinamente, el aire tembló mientras la sangre que fluía de su brazo se cristalizó de forma siniestra, formando una especie de hueso de cristal que se extendió como una rama de forma agresiva.

Etio invocó decenas de espadas que bloquearon las extensiones de sangre, mientras las balas rompían el aire intentando atravesar los misteriosos huesos de cristal.

—Gnosis —gruñó con odio Etio.

Mientras miraba cómo se deformaba, repentinamente una de las ramas de cristal atravesó a uno de los cadáveres de los subordinados de Lobo de Sangre. Su carne se solidificó mientras su sangre se evaporaba y, lentamente, de este cadáver como de otros alrededor, se formaron una especie de seres de cristal.

Estos tomaron una forma alargada y, como si tuvieran conciencia, parecían observar a Etio.

—Nos vemos luego, niña. Por ahora, entretente un poco con ellos —dijo Lobo de Sangre con una expresión siniestra parcialmente oculta tras su máscara.

Estas gnosis eran vagamente humanoides, pero con extremidades alargadas. Se movieron a una velocidad imposible de seguir por medios ordinarios, como si fueran mantis, buscando atravesar la cabeza de Etio.

—Mierda… —Los movimientos de las criaturas eran desconcertantes. Sus ángulos innaturales y su velocidad impidieron que ella pudiera comandar sus espadas voladoras para bloquear el ataque.

Pero antes de que el golpe llegara hacia ella, un corte vertical dividió totalmente en dos a la criatura, salvando a Etio de un final fatal.

Aturdida, Etio inmediatamente contraatacó, pero ya otras criaturas se habían formado a través de la sangre y los cadáveres de alrededor.

Como insectos de vidrio, parecían observarla a través de sus apéndices gelatinosos.

—Etio, cuidado. Son huidaoren, son más inteligentes de lo que parecen y tienen conciencia. Son miembros de la Raza Sacro corrompidos.

Repentinamente, una figura vestida de púrpura y cabello negro, con dos espadas en las manos (una corta negra y una larga roja), bloqueó un nuevo ataque de uno de los huidaoren.

—Alana, estás…

Pero Etio ignoró completamente las advertencias de Alana y corrió hacia ella, mientras decenas de espadas que en un principio parecían medir poco más de un metro y medio se fusionaron para formar una enorme hoja de diez metros que aplastó directamente contra el suelo a la gnosis.

—Muere, maldita cosa. Alana, yo… —La sonrisa en el rostro de Etio se amplió mientras observaba a la mujer alta de aspecto digno enfrente suyo.

Lamentablemente, sus pasos hacia el abrazo se tuvieron que detener cuando el suelo tembló como si de un terremoto se tratase, y su espada gigante simplemente se rompió en miles de pedazos.

Surgiendo de entre los escombros, apareció una figura alta y alargada de cristal.

—¿Qué es esa maldita cosa? —murmuró sorprendida Etio.

Alana no tuvo tiempo de quejarse de su temeridad y gritó: —¡Cuidado, retrocede! Esto no será tan fácil.

Etio asintió, agarró una espada y saltó sobre ella, volando a gran velocidad para esquivar a la gnosis, que había cambiado considerablemente su aspecto.

Ahora era un gigante de cristal de diecinueve metros de largo. Su apariencia insectoide había sido reemplazada por una forma vagamente humanoide, con cuatro extremidades alargadas de marfil y garras curvas como hoces.

La base de su cuerpo era un abdomen enorme y hueco del cual surgían lo que parecían arañas y cangrejos de cristal.

Etio agarró a Alana por la cintura y, con la espada bajo los pies, ambas se dispararon en el aire a gran velocidad, evitando los ataques de la gnosis, que a pesar de su ridículo tamaño poseía una técnica marcial considerable.

—Mierda, Etio, suéltame y no me toques ahí… —se quejó Alana.

Pero Etio no escuchó. Su sentido espiritual manipuló las últimas espadas que le quedaban a disposición, fusionándolas en una sola hoja de ocho metros de largo.

Cayendo sobre la espada gigante como si fuera un vehículo volador, ambas miraron con sorpresa a la criatura que, sin emociones aparentes, se movía con gran destreza.

—¡Concéntrate, maldita sea, Etio! —rugió Meroe al otro lado del transmisor con furia, mientras un proyectil explotaba directamente en uno de los brazos de la criatura, destrozándolo en pedazos.

Aun así, esto no evitó que el monstruo destruyera parcialmente uno de los edificios cercanos en su persecución a una velocidad absurda, provocando pánico y gritos en los alrededores.

—¡Maestra, maldita sea! ¿Tienes algún consejo? —rugió Etio.

Pero Alana se había movido antes de que la operadora respondiera. —Es una gnosis —dijo ella—. Mientras destruyas su esencia, estará condenada.

Las dos espadas de Alana brillaron con un resplandor. La espada negra dividió el espacio, mientras un área de cientos de metros a su alrededor se expandía ahora a kilómetros. El mundo exterior prácticamente había desaparecido.

Porque Alana había activado su Dominio.

El espacio a su alrededor ahora estaba rodeado de rayos y nubes. Un mar de nubes y un reino de relámpagos y truenos. Este era el Dominio de Alana.

Dominio de la Tribulación Celestial.

Lukan todavía estaba confundido. Había llegado a este mundo de forma repentina y aleatoria, y cuando fue encontrado por ellos…

Cuando llegó a este reino había esperado torturas, interrogatorios e inclusive morir al fallar el teletransporte, pero ahora aquí estaba, en una oficina tomando un poco de lo que ellos llamaban café.

—Delicioso —murmuró él.

—No paras de repetirlo —dijo una figura femenina de cabello rosado y figura pequeña que parecía estar aburrida flotando en el aire, mientras miraba con el ceño fruncido al espíritu verdadero enfrente suyo.

—¡Crow, crow! —Un pequeño buitre de plumaje púrpura con rojo revoloteó y se posó encima de la cabeza de Voltia mientras graznaba.

Lukan suspiró. Había perdido el contacto con varias de las personas en el portal, pero finalmente se reunió con algunos supervivientes.

Los aksumitas eran bastantes pacíficos y lograron rescatarlos con relativa facilidad y sin demanda alguna. Al parecer, había ocurrido un colapso del portal hacia el reino mortal, por lo cual ellos habían quedado atrapados en este lugar.

—Me estás ignorando… Me estás ignorando, ¿verdad? Lukan, ¿cómo te atreves a ignorarme? ¡Ellen, ataca!

Repentinamente, el buitre bajó en picada como un rayo y arrebató un panecillo que estaba en la mesa de la oficina de Lukan, llevándoselo en un instante nuevamente a la cabeza de Voltia.

—¡Tú, maldita niña! ¿No ves que estoy trabajando? —gruñó furioso Lukan.

—¿Trabajando en qué? —gruñó con ira Voltia—. Deberías estar buscando a Ducanor. Les he dicho un millón de veces que él debe estar cerca y tú estás aquí sin hacer nada.

—No estoy haciendo nada, solo estoy descansando un segundo. Tengo que ver decenas de reportes de posibles cultistas, revisar textos, filtrar información… ¡y tú te quedas flotando sin hacer nada y comiendo gratis!

—Mira quién habla de comer gratis —gruñó Voltia con molestia, mientras miraba al exterior por la ventana hacia la ciudad.

La ciudad de Giyorgis era una metrópolis gigante donde vivían cientos de razas y linajes demoníacos, de los cuales destacaban doce.

Lukan no sabía mucho de los líderes de Aksum; las personas no parecían tener demasiado interés en sus gobernantes, más allá de criticarlos o alabarlos.

Incluso la propia historia del reino era confusa según los archivos que había leído Lukan, ya que parecía que el gobierno de la ciudad seguía un inquietante patrón.

Actualmente estaba gobernada por uno de los doce grandes linajes: la Raza Xiezhi y su líder, Pantocrátor. Aunque ese nombre…

—¡Oye, no me ignores! —vociferó Voltia mientras le tiraba el resto del panecillo a la cara a Lukan—. Debemos buscar a…

La furia inundó su pecho como un fuego en sus pulmones. Miró el rostro furioso de Voltia y se vio a sí mismo. Pero aquello no hizo que su ira disminuyera, sino todo lo contrario.

—Y yo te lo he repetido un millón de veces: él probablemente esté muerto. —Esas palabras eran duras, pero tenía que decirlas.

Con un suspiro, mientras miraba el rostro triste de Voltia, sentenció: —Vuestro geiss se ha interrumpido, lo cual significa que ha quedado gravemente herido, ha muerto o ha perdido su cuerpo. Ninguna de las opciones es buena y la búsqueda ha sido minuciosa sin encontrarlo.

Suspirando, Lukan se sintió afortunado al pensar en Ducanor; después de todo, él había salido indemne del teletransporte. Luego de una semana le habían asignado a la Guardia del Zodiaco, aunque como simple asistente.

Todavía no era adecuado para misiones de verdad para exterminar gnosis.

A diferencia de Alana.

—Ella debe de estar pasándola genial peleando contra gnosis y matando cultistas —pensó.

Voltia había huido de la habitación luego de las palabras de Lukan. Prácticamente, la tristeza en su mirada y la desesperación eran tangibles, pero no podía hacer nada.

Después de todo, no podía revivir a los muertos, ¿verdad?

Y mientras pensaba aquello, repentinamente una llamada resonó en su comunicador, alertándolo. Sus ojos brillaron de emoción.

—Al parecer sí voy a tener algo de acción el día de hoy.

….

Lobo de Sangre avanzó hacia las oscuras calles de la ciudad de Giyorgis, ocultándose entre las sombras mientras su ceño fruncido se profundizaba.

—Qué desperdicio —maldijo para sí mismo, mientras sentía que le sangraba el corazón al haber usado una Piedra Sagrada.

—Maestro, debería tener más cuidado —dijo con molestia Navara.

Su guardaespaldas parecía no estar en ninguna parte; su cuerpo estaba cubierto por una armadura hecha de oscuridad y estaba fundida en su propia sombra, esperando el momento preciso para aparecer si un atacante la amenazaba.

—Sí, sí, sí —gruñó él—. Pero ¿sabes qué tan difícil fue extraer el alma de un Sacro que cayó en el camino de la espada? Maldita sea, espero que valga la pena y mate a un guardián —dijo molesto mientras seguía avanzando lentamente y con cautela.

Las razas Sacro y Necro eran razas especiales; no tenían tres dantian como la mayoría de razas mortales, por lo cual la intención y la fortaleza marcial eran esenciales para ellos.

Pero muchos caían en la obsesión, hasta el punto de ser corrompidos por la gnosis.

Ellos eran conocidos como Invertidos o Epignosis; a diferencia de la gnosis, que eran criaturas nacidas del otro lado, ellos eran criaturas del plano causal corrompidas por lo acausal.

Lobo de Sangre había gastado bastantes recursos para capturar el alma de algunos de ellos en piedras de sellado, pero ahora…

Un temblor resonó en el aire, alertando no solo a Lobo de Sangre, sino probablemente a la mayoría de existencias por encima del rango de Señor Mortal. Alguien había materializado su Dominio. Y ese alguien probablemente era…

—Alana —murmuró con emociones complicadas—. Pero si piensa que un pequeño dominio es suficiente para derrotar a un Epignosis, está muy equivoc…

El aire se prendió en fuego repentinamente, mientras Lobo de Sangre sentía cómo su piel se quemaba como papel. Entonces lo vio: una máquina y un arma.

—Oh, ¿en serio? Pensé que los habían descontinuado, chicos —dijo con cierta burla Lobo de Sangre a pesar de que su carne y piel se habían ennegrecido.

El autómata humanoide surgió entre las llamas, expulsando con su lanzallamas un infierno sobre él. Al mismo tiempo, desde las esquinas, hombres con lanzas de fuego le dispararon balas, destrozando su carne y huesos mientras los proyectiles hacían estragos en su cuerpo.

—Lo bueno es que no soy un mortal —dijo con sorna Lobo de Sangre.

Sus heridas, que en un principio eran grotescas y casi irremediables, desaparecieron rápidamente.

En un instante, su figura se movió como un trueno delante de uno de los soldados aksum. No sabía si era hombre o mujer, pero tenía el rostro de un oso y era inclusive más alto que él, superando los tres metros por mucho.

—Puño de los Siete Abandonos —susurró en su oído, mientras sus propios ojos perdían lentamente las emociones.

La explosión resonó mientras la carne del soldado se comprimía ante la fuerza de su puño, siendo mandado a volar hacia atrás como una cometa rota, mientras dejaba tras de sí un reguero de sangre.

—Ese es el primer abandono —murmuró sádicamente Lobo de Sangre—. Abandono del Corazón.

—¡Ahhh! —Sin responder con palabras, otro soldado siguió disparando hacia él, provocando más heridas superficiales en la piel del cultista, que se regeneraba al mismo tiempo.

Suspirando, su mirada se llenó de crueldad mientras el autómata intentaba dispararle con sus propios proyectiles de mayor calibre. El aire explotó mientras su cuerpo ganaba un aura gélida. Su Intención se materializó en sus ojos: una mirada, un ataque.

Sin ningún movimiento previo, la mitad del autómata se deslizó hacia un lado, mientras aceite y fluidos rojos se filtraban de su interior. La Intención de Espada de Lobo de Sangre era absoluta y, en un instante, destrozó a su oponente.

—Qué triste —murmuró con emociones encontradas mientras avanzaba hacia el último de ellos. Era un miembro del linaje Xiezhi; tenía las facciones de una cabra, pero el cuerpo similar al de un mortal.

Sus dos ojos estaban llenos de desesperación mientras dejaba de lado las armas y empezaba a suplicar. —Por favor… yo solo… Pero antes de que pudiera terminar de hablar, Lobo de Sangre ya había aplastado su cráneo con su pie.

—Qué tristeza mandar mortales a matar a un Sempiterno. Realmente son desconsiderados los ancianos de este reino… ¿Acaso son tan ingenuos? —dijo Lobo de Sangre con una sonrisa.

—Maestro, su longevidad terminará si sigue usando el Camino Marcial —dijo en un tono preocupado Navara desde su sombra.

Camino Marcial. Ese era el nombre que recibía el sistema que practicaban los marcialistas; a diferencia del resto de las razas que normalmente usaban el Dao o la apertura de chakras para fortalecerse, los marcialistas reforjaban el cuerpo de afuera hacia adentro.

El costo de ello era minar su longevidad. Las razas Solarianas o Soma (que incluían a la raza Sacro, Necro, Mantichor, entre otras) tenían una longevidad alta de más de un milenio para los mortales, e incluso más para los de linajes puros, duplicando en esperanza de vida a la mayoría de razas.

Pero el solo tener un dantian los limitaba.

Un miembro de la raza Sacro equivalente a un Señor Mortal tenía una longevidad equivalente a cien años. Solo si superaban el rango de Señor Espiritual lograrían recuperar su esperanza de vida. Si no lo lograban, la muerte los alcanzaría rápido.

—Tranquila —respondió indiferente Lobo de Sangre, mientras su aura, que en un principio estaba llena de una irrefrenable sed de sangre, fue reprimida.

Solo para que sus pasos se detuvieran momentáneamente.

—¿Piensas seguir ocultándote? —preguntó él al aire, mientras su mirada se movía hacia arriba.

Los edificios cubrían el callejón oscuro, haciendo imposible que un mortal viera en la profundidad. Pero Lobo de Sangre no era un mortal, e inclusive así, no era capaz de ver nada. Aun así, sentía a la otra presencia como si fuera una piedra en su zapato desde que entró al alcance de sus sentidos.

Entonces, algo bloqueó el cielo, atrapándolo directamente en una red pegajosa que lo clavó al suelo, inmovilizándolo completamente.

De entre las sombras surgió una figura alta y monstruosa. La criatura superaba por mucho a Lobo de Sangre, alcanzando fácilmente los seis metros de alto con un abdomen considerablemente vasto. Era una araña gigante, pero no una araña ordinaria, sino que, al igual que la mayoría de habitantes, era un aksum.

Una mujer araña apareció. Tenía un rostro hermoso para los estándares mortales a pesar de su cuerpo monstruoso; ocho ojos claros lo miraban con intenciones asesinas, mientras que de sus fauces, cuatro colmillos que rezumaban veneno se retorcieron.

Tenía la mitad superior de mujer, mientras que su mitad inferior era el cuerpo de una araña. Tanto de su espalda como del resto de su cuerpo, pesadas patas quitinosas se clavaban como fierros en el suelo, enterrándose en la piedra mientras se acercaba hacia Lobo de Sangre.

—Una Aracne —dijo con burla Lobo de Sangre mientras miraba a la mujer demonio. Había escuchado de la raza monstruosa de mujeres araña del continente del norte, y esta encajaba perfectamente en ese aspecto.

Una pata afilada atravesó la pierna del cultista, destrozándola de cuajo, haciendo que inclusive él frunciera el ceño de dolor mientras veía cómo colgaba sin fuerzas la extremidad inutilizada.

—No soy una monstruosidad de esas engendradas en tu mundo. Soy del clan divino de las Arañas Adamantinas, y ahora eliminaré a una abominación de este mundo… A menos, claro, que te rindas y entregues a todos tus pequeños amigos.

Las palabras de la mujer demonio no fueron una sorpresa para Lobo de Sangre; recordaba vagamente oír el nombre de ese clan.

Mientras la mujer estaba a punto de perforar las tres extremidades restantes del cultista para inhabilitarlo, una sombra negra surgió detrás de ella, sorprendiéndola. Repentinamente, una mano negra atravesó el aire y se aferró a una de las patas de la mujer demonio.

—¿Quién se atreve a atacarme por…?

Pero antes de que pudiera continuar hablando, Lobo de Sangre repentinamente golpeó con su puño en dirección a la Aracne.

Sin embargo, su ataque fue bloqueado por otra de las patas de araña que, actuando como un pilar irrompible, provocó que el puño del cultista se rompiera mientras era repelido.

Mientras tanto, la propia Navara, quien ahora era una masa de oscuridad con una miríada de manos, intentaba quebrar la otra pata de araña, doblándola en dirección opuesta.

La expresión de la mujer araña se llenó de arrogancia mientras gruñía con desdén: —Mi cuerpo y huesos son más resistentes que el hierro negro, no podrán…

—¿Quién habló de romperlos? —gruñó Lobo de Sangre, mientras su cuerpo brillaba con un aura asesina. Su respiración seguía un patrón desconocido.

Al igual que su energía espiritual, que circulaba no solo por su dantian inferior, sino por cada uno de sus dantian. Si la fuerza de un marcialista con un solo dantian era absurda, ¿cómo sería uno con tres…?

—Ahora lo averiguaré… —pensó, mientras la sed de sangre inundaba la mente del cultista.

….

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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