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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 93

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Capítulo 93: Capitulo 93

El sonido de pasos interrumpió el momento de Tolrik, mientras la figura familiar de Nazari surgía en la tienda con una expresión cansada en el rostro.

A pesar de no ser una guerrera, había luchado ferozmente durante la incursión nocturna y había logrado incluso matar a algunos bandidos. Ahora servía prácticamente como ayudante de Alana dentro del campamento.

—Mi señor, hay alguien que quiere verlo —dijo con un tono apremiante Nazari, mientras sus ojos brillaban con un poco de diversión al ver el sonrojo de Benia, la cual se retiró apresuradamente sin mediar palabra.

Tolrik la siguió apresuradamente mientras intentaba evitar la sonrisa maliciosa que Nazari le daba.

Y entonces, al salir de su tienda personal, lo vio.

Había un grupo de personas rodeando la tienda. Todos con expresiones de preocupación: desde su hermana Ulrika, que lanzó un suspiro de alivio al verlo, hasta el propio Dracma.

También estaban Matilde y la todavía herida Leona, además de, claro, el trío de mercenarios que quedaba desde la muerte de Sandro: Davin, Michel y Podere. Además de los dos guardias que hacía tiempo no había visto, Fernand y Gedik, que habían estado ocupados encargándose de liderar el numeroso ejército.

El prefecto Longobard, quien parecía haber perdido parte de la nariz, también estaba presente, al igual que el líder de los afiliados de Derin.

Pero había dos personas a las cuales no reconocía para nada… Todos los presentes estaban mirándolo a él.

—Eh, ¿qué sucede? Si solo me quedan mirando, me van a desgastar —gruñó con cierta resequedad Tolrik, sintiendo que no había hablado hacía siglos.

—Maestro —dijo Dracma con una expresión preocupada—, tenemos noticias que darle. O mejor dicho, ellos tienen algo que decirle.

Dracma señaló a los dos desconocidos. Ahora, al entrar en la vista de Tolrik, comprendió su singularidad.

Eran un hombre y una joven. El hombre era obeso y estaba pobremente vestido; tenía la piel negra como el ébano, mientras sus tres ojos miraban con avidez a Tolrik. La segunda persona palidecía en comparación a la primera, ocultando su rostro de tez azul marino bajo una capucha.

—Tú debes ser Tolrik, el comandante de estas fuerzas. Te felicito por haber resistido el embate de Chess. A pesar de su edad, siempre ha sido alguien imprudente al que le cuesta reconocer sus límites, como puedes ver.

—¿Tú quién eres? —gruñó con ferocidad Tolrik mientras la precaución llenaba su mente, ignorando completamente el hecho de que estaban al aire libre. En este punto, los secretos eran inútiles en el campamento, por lo cual era lo mismo discutir en el exterior que en el interior.

—Mi nombre es Inocencio Isidor, antiguamente conocido como Wine, de los Cuatro Amigos de Harald, junto a la persona que ahora conocéis como Chess —dijo, inclinándose ligeramente mientras sus grasas se movían de un lado para otro.

Todos los presentes liberaron una sed de sangre que no había sido suprimida, incluso después de más de un día desde que había ocurrido el combate.

—Tú… ¿eres el mensajero de ese hombre? —dijo con un tono digno Tolrik, mientras su desolación anterior desaparecía, volviendo a él la dignidad de un joven señor y de un comandante.

—No —respondió el hombre mientras se inclinaba—. A diferencia de mi antiguo amigo, mis ambiciones sobre la guerra y la lucha han terminado hace siglos, cuando dejé de seguir al padre de la princesa. Mi misión es otra: es proteger a la hija de su majestad por órdenes de su madre.

Matilde, quien había estado en silencio, se adelantó y preguntó: —Mi madre… ¿está bien?

Inocencio se enderezó y dijo con un tono amable: —Toshkan no tiene el valor de ponerle un dedo encima a su madre, pero tampoco ha sido amable. La ha puesto en arresto domiciliario en Ulstrost, protegiendo la tumba de tu padre.

La expresión de Matilde, por primera vez desde que la había conocido, era frágil. Tolrik pudo ver su dolor y no pudo evitar adelantarse mientras ponía su mano sobre el hombro de la gigante.

—Descuida, cuando termine esto yo…

—¿Rescatarás a mi madre? —preguntó indiferente Matilde—. ¿Cómo lo harás? ¿Luego de asesinar a mi hermano? No. Esa responsabilidad es enteramente mía y de nadie más.

Todos guardaron silencio. Por primera vez la vieron como lo que era: una princesa. Su mirada estaba llena de una voluntad férrea, que no vacilaría por nada del mundo hasta cumplir su objetivo.

—Su majestad, me alegro de que su voluntad no haya vacilado —murmuró con una expresión llena de admiración Wine mientras se arrodillaba, y señalando a la chica a su lado agregó—: Esta es mi hija, Sevila. Me ha seguido desde Ulstrost en esta misión no solo para velar por su seguridad, sino para entregarle esto a la persona digna de su mano.

Y entonces, mientras estaba arrodillado, la hija del hombre, con una expresión tímida en el rostro, sacó una caja de entre sus túnicas. Una caja pulcramente decorada la cual entregó a su padre.

El cual luego la levantó en señal de entrega a… Tolrik.

—Este es el regalo y la dote del compromiso entre Tolrik Kangqueror y la princesa Matilde, hija del rey Blatand. Por favor, acéptelo humildemente.

Ante la mirada incrédula de todos los presentes, y especialmente de Tolrik y Matilde, la caja se abrió revelando bajo una luz dorada un tesoro. Era un hueso, y no un hueso ordinario.

—Este es el legendario hueso de un dragón verdadero, la mandíbula del Dragón Nirvana, el más hermoso de los dragones y uno de los últimos de esta era. Ha sido custodiado…

Pero antes de que pudiera terminar la presentación del regalo, este tembló.

El hueso de dragón, como si tuviera voluntad propia, se retorció luego de que la caja se abriera e, ignorando directamente las palabras del anciano Inocencio, flotó en el aire desapareciendo de la caja.

—¿Qué…? ¡No!

Pero la dirección a la que se dirigió el hueso fue la más inesperada, ya que no fue hacia Tolrik, que era el más cercano a la misma, sino a nada menos que a la propia Matilde.

Mirándose a sí misma luego de que el hueso de dragón atravesara su rostro, fusionándose directamente con su mandíbula como si hubiera sido originalmente parte de ella, la princesa sonrió.

La estupefacción cubrió los rostros de Tolrik, Wine y los mercenarios, incapaces de procesar que acababa de absorber un artefacto legendario frente a sus narices.

—Tengo que disculparme por este malentendido, me he tragado la dote —dijo con una expresión desafiante y digna la princesa gigante, mientras que con una amplia sonrisa reveló sus ahora afilados colmillos blancos como perlas.

El mundo que estaba ante los ojos de Ducanor solo podía describirse como una tierra de sombras.

La luz del sol había desaparecido, siendo reemplazada por una especie de luna de tonalidad roja, extrañamente con la forma de una pupila. Si hubieran sabido algo de este lugar, probablemente sabrían que el nombre de esa luna era “El Ojo Vengativo”.

Pero lamentablemente no tenían tiempo para pensar en ello.

—¡Ahhh, mierda! —gruñó Ducanor. Al ser succionados por el violento vórtice del portal, él había caído directamente a las oscuras aguas, perdiendo pie mientras su cuerpo flotaba en medio del agua negra. Un agua que ahora ya no era invisible para ellos.

Repentinamente, vio cómo a su alrededor decenas de almas iguales a las que había visto antes en el interior de la bandera de Cevalier intentaban llegar a él, lanzando chillidos llenos de furia y venganza.

—¡Carne… carne! —rugieron las almas. Una de ellas intentó aferrarse al brazo de Ducanor, pero para su sorpresa, el simple hecho de golpearlas hacía que se dispersaran en humo.

—Al parecer nos esperaban, maestra —dijo repentinamente Randalie. Surgió flotando en medio del aire, montando sorprendentemente un barco volador que estaba tallado emulando la forma de una salamandra de color carmesí.

—Sí. Tantas almas errantes no se reunirían a menos que nos estuvieran esperando. Al parecer unos viejos monstruos se están moviendo después de tanto tiempo, las amenazas al parecer han funcionado —gruñó Cevalier.

Estaba al lado de Randalie en el barco flotando sobre el mar negro cubierto de almas. Curiosamente, Ducanor era el único que estaba en el agua luchando por su vida; el resto estaba en la cubierta mirando confundidos el mundo sombrío a su alrededor.

—¡Ducanor! —rugió Masha en un intento de correr a socorrerlo.

Pero sorprendentemente, como si el hecho de que Masha se acercase fuera un cebo absurdo para las almas, cientos de ellas surgieron de en medio de las aguas en un intento de atraparla.

—¡No se acerquen al borde! —advirtió Cevalier—. Nuestra fuerza vital y sangre es un tónico extraordinario para los fragmentos de alma. Si se acercan, los atraerán como una polilla a la luz.

—¡Pero Ducanor está ahí! —rugió con furia Masha, amenazando con estallar en furia en contra de la misma Cevalier.

—Tranquila —dijo con indiferencia el alquimista—. La fuerza vital de un miembro de la raza de sangre es demasiado fuerte, van por un camino diferente a los seres vivos ordinarios. Si nosotros somos luz para las almas, el Señor de las Tormentas nos hará pasar desapercibidos por ahora. Pero para ellos, él es fuego puro. El simple contacto con él será un dolor infernal para los espíritus, no tardará en alejarlos…

Pero antes de que pudiese terminar la explicación, la figura de Masha desapareció en un borrón de estática mientras un trueno resonaba en el mar de almas.

—¡Alabarda de trueno! —rugió Masha mientras un proyectil eléctrico de más de cinco metros de largo en su mano se estrellaba directamente en contra de una sombra de aspecto ominoso.

Era un alma, pero a diferencia de las demás, esta tenía una apariencia humanoide completa. No era una cabeza incompleta o una masa babeante de rostros etéreos, sino un espectro transparente en todo el sentido de la palabra.

—Un fragmento de alma de nivel Señor Mortal… —gruñó sorprendida Cevalier.

Miró a la criatura, que había dispersado la mitad de su cuerpo por el impacto del rayo. Pero sorprendentemente, como literalmente un general comandando un ejército, una masa de almas se precipitó de forma caótica en dirección a Masha con la intención de derrotarla.

Pero lo que la gigante buscaba no era destruir a la criatura de forma instantánea, sino más bien retrasarla un instante para preparar su verdadera habilidad.

Como una gigante de la tormenta, Masha materializó un aura eléctrica que manifestó rápidamente.

—Dominio de Trueno.

Repentinamente, el aire a su alrededor empezó a crepitar y un área entera de por lo menos cien metros se cubrió de rayos dorados y azules que destrozaron en humo y luz a cada alma que intentara cruzar.

Y en ese momento, antes de que el fantasma Señor Mortal, gravemente herido, pudiera intentar huir, una figura sombría surgió de las mismas sombras. Atrapó al señor fantasma con un lazo antes de arrojarlo a una bandera familiar.

Esa figura era obviamente Cevalier, que había saltado del barco, lo cual había causado que los fantasmas que buscaban devorar a Masha, a pesar de todo, huyeran despavoridos dispersándose en las profundidades del mar.

Rápidamente, el lazo en manos de Cevalier se disparó nuevamente, esta vez en dirección a Ducanor, enlazándose alrededor de su cintura antes de arrojarlo bruscamente a la cubierta del barco.

Instantes después, todo el grupo estaba a salvo en la nave, incluyendo a Masha y a la propia Cevalier.

—Ducanor, ¿estás bien? —dijo claramente preocupada Masha, mientras pegaba su rostro al de él y estiraba dolorosamente sus mejillas para revisarlo.

—Sí, sí, estoy bien, Masha. Ahora el tema es… —murmuró mientras se acariciaba sus adoloridas mejillas—. ¿Dónde mierda estamos, Cevalier?

La persona que respondió esta vez fue Randalie, quien en este punto surgió al lado de la propia Cevalier, escoltando su figura. —Ya te lo respondió, abominación. Estamos en el Reino Yin, y ahora mismo en la entrada del dominio de los muertos: el Mar de Almas.

La persona que continuó fue Cevalier, que miró con molestia sin disfrazar a Ducanor. —Nuestro objetivo es internarnos en el Mar de Almas. En su interior estará uno de los túmulos de cadáveres. En esos lugares reposan los cuerpos de los Señores de los Túmulos, existencias antiguas de antiguos reyes y señores de Tara, así como grandes héroes y villanos. Nuestro objetivo es encontrar algo allí.

Y con esas palabras bastante siniestras, el grupo vio cómo el barco volador, conocido como el Señor de las Tormentas, simplemente avanzó hacia adelante en la oscuridad sin ningún faro en particular, mientras iban en búsqueda del alma de la que hablaba Cevalier.

…..

La atalaya no tenía un nombre, y si lo tenía, no lo recordaban ni siquiera sus defensores.

Las aldeas cercanas estaban desoladas; los campesinos y agricultores habían sido obligados como esclavos a fortificar la atalaya y servir como muros de carne.

Mientras tanto, en el interior del castillo, los bandidos celebraban su pequeña victoria de la única forma que sabían: con depravación.

Una figura femenina se retorcía ligeramente mientras los gritos de placer y burla sonaban a su alrededor. Hombres desnudos la rodeaban. Su piel pálida y cabello blanco con negro estaban cubiertos de sudor y fluidos.

Mientras ella se retorcía, su cuerpo temblaba ante las embestidas violentas del hombre que estaba sobre ella. El placer era un escape para muchos en este mundo oscuro, tanto hombres como mujeres. La degeneración era el siguiente paso, el más sencillo, pero al mismo tiempo el más doloroso.

Era una esclava. No recordaba su nombre, si es que alguna vez lo había recibido.

—Maldita perra, sigue moviéndote —gruñó otro hombre mientras metía su virilidad en la boca de la joven, haciendo que gruñera de dolor, pero no se resistió.

Su cuerpo temblaba, pero aun así se había rendido a su destino, no solo como una víctima, sino como un cascarón vacío. Había oído que en la antigüedad las prostitutas eran sacerdotisas sagradas; a veces se consolaba pensando que estaba sirviendo a los dioses.

Aunque estos hacía tiempo habían muerto, y no podían oírla llorar, ni rezar.

—Vamos, córrete de una vez, jefe, que quiero que sea mi turno —dijo uno de los subordinados mientras rodeaba a la mujer con una fuerte mirada de obsesión y deseo, acariciando su rostro. Era hermosa, probablemente la mujer más hermosa que había conocido, y no les importaba en lo más mínimo destrozarla.

—Cállate, que estoy concentrado —gruñó el que parecía ser el jefe del grupo, mientras bebía algo de vino y posteriormente se lo metía en la boca a la chica, que simplemente escupió el líquido mientras sus ojos, que habían perdido el brillo vital hacía tiempo, se cerraban.

—Oye jefe, el general nos estaba llamando para que aumentáramos la guardia, deberíamos ir —preguntó uno de los hombres que estaba vistiéndose luego de haberla usado.

—El anciano puede venir a buscarme si se atreve. Si piensa que no sabemos que está herido y en la mierda luego de la batalla, es más senil de lo que pensé —dijo el jefe, sirviéndose un barril de vino mientras seguía abusando de la joven.

—Pero… ¿cómo vamos a ganar? Hemos perdido muchos hombres y no somos suficientes como para derrotar a ese ejército.

Riéndose mientras sus manos se movían sobre la mujer, el jefe murmuró con un tono malvado: —He descubierto el secreto. El anciano tiene oculta una pequeña nave de vacío en la parte trasera de la atalaya. Mientras llevemos a las mujeres y las gemas en esta y los matemos por la espalda, podremos escapar. La carne de cañón hará el resto.

Todos se rieron ante esas palabras, mientras el miedo a la muerte desaparecía, hundiéndose ellos y ella misma en la condenación que era la carne.

Los segundos pasaron y terminaron lo que tenían que hacer, pero el dolor no desapareció. Como basura, la desecharon.

Tardó unos minutos en limpiarse. Sus ropas estaban deshechas. Los hombres se habían ido a emborracharse o a celebrar entre ellos.

La escena desagradable de los actos que la obligaron a hacer la hizo querer vomitar, pero se contuvo. Aquello la debilitaría más; la poca comida que había ingerido terminaría en el piso, y probablemente ella viviría unos días menos.

Tenía que esperar. Llegarían las legiones. Esa era su única esperanza, lo único que le quedaba en su mente fracturada.

Su esperanza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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