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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 92

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Capítulo 92: Capitulo 92

La expresión de Ducanor estaba sedienta, y Ernzu podía aliviar aquella sed.

Ambos se besaron como adolescentes ocultos en una esquina de la casa de Cevalier. Como si temieran que los descubrieran, sus movimientos no eran para nada sutiles. Las manos de Ducanor jugaban con el carnoso trasero de Ernzu, acariciando la tela delgada que separaba la carne de su tacto.

—Aquí no —murmuró ella con una sonrisa coqueta. A pesar de que sus manos bloqueaban las de Ducanor, sus ojos casi felinos ronronearon de placer, al igual que sus labios y todo su cuerpo, que era una oda a la sensualidad.

—¿Qué pasa? ¿Te avergüenzas de mí? —se burló Ducanor, mientras su otra mano, que estaba en la cintura, la abandonó uniéndose a la batalla para moldear como arcilla el cuerpo de Ernzu.

—Nunca —dijo ella con una sonrisa dulce, que hizo que la mente y el corazón de Ducanor vacilaran.

El deseo de sangre y masacre que pedía su cuerpo por la técnica demoníaca repentinamente desapareció, y con él también su propio deseo sexual. Solamente con estar cerca de ella estaba satisfecho.

¿Acaso eso era amor?

«No te enamores nunca».

Las palabras, con la voz del padre que nunca había conocido, resonaron nuevamente, haciéndole sentir un escalofrío a Ducanor. Y un temor profundo, como el de un niño viendo por la ventana cómo la oscuridad se traga el mundo.

…..

La sangre no se había secado todavía. Esclavos y siervos estaban recolectando cadáveres y cuidando heridos.

El ejército de Tolrik había sido diezmado literalmente. Quinientas bajas. De las cuales casi doscientos eran cadáveres; el resto estaba herido e imposibilitado de luchar.

Esa había sido la primera gran derrota de Tolrik, la primera de muchas, temía él.

—Tolrik…

Su mano no dejaba de moverse. Seguía leyendo, escribiendo tácticas, pistas, opciones, recontando raciones, dictando cartas, ordenando castigos. Necesitaba imponer orden en la tropa a como diera lugar.

—Tolrik…

Habían empezado las primeras deserciones, algunos esclavos habían huido. «¿Debería acaso dar el ejemplo?», pensó. Matar a uno para intimidar a diez, o matar a cien para intimidar a mil…

—Tolrik, por favor, reacciona.

O tal vez…

—¡Tolrik!

Un golpe resonó en la tienda. Un maltrecho Tolrik, con expresión desolada, levantó la vista. Tenía un aspecto miserable: su rostro estaba cubierto de ojeras, su cabello azul desordenado y una barba descuidada. Era una sombra del joven líder que había sido.

—¿Qué sucede? Eh… ¿Benia? —Aturdido, apenas logró reaccionar.

La persona que estaba enfrente suyo era nada menos que Benia, quien con una expresión preocupada estaba sosteniendo sus hombros.

El dolor de su bofetada lo había despertado de su estupor, pero aun así le parecía todo ilusorio.

—¿Qué haces aquí? —murmuró él mientras volvía lentamente al presente. Pero sus pensamientos, que habían estado enfocados en las soluciones, se estaban desviando de nuevo a los problemas.

—Todos están preocupados por ti. Te encerraste en tu tienda y no ves a nadie, todos… yo… —los ojos de Benia brillaron mientras miraban con ternura a Tolrik—. Yo estoy preocupada por ti.

Las palabras de Benia hicieron que se congelara. Su rostro estaba muy cerca, sus mejillas estaban rojas. La boca de Tolrik se secó. Los pensamientos sobre la guerra, la batalla y los muertos desaparecieron repentinamente como si todo hubiera sido un mal sueño.

Y solo estaban ellos dos. Dos jóvenes que habían tenido una vida para conocerse y que ahora estaban más cerca que nunca.

—Benia, yo… —Sus labios se habían resecado. No se había bañado en días, y sentía que moriría de vergüenza si le preguntaba cómo se veía.

Pero aun así, cuando ella lo besó, toda preocupación desapareció. La vida volvía a tener sentido. Todo propósito había vuelto.

Si aquello era una ilusión o un sueño efímero, Tolrik estaba gustoso de aceptar no despertar nunca más.

…

Ducanor agarró la mano de Ernzu como si fuera lo más normal del mundo mientras eran guiados por Randalie, la cual los miró con una expresión ilegible antes de seguir caminando para llevarlos hacia su destino.

—¿Qué haces? —murmuró Ernzu en una voz tan baja que casi parecía el zumbido de un mosquito.

—Agarro tu mano —dijo indiferente Ducanor. Era un signo de afecto según recordaba; muchos hombres y mujeres se daban la mano para mostrar un vínculo profundo, y le pareció adecuado hacer eso.

Ernzu, estupefacta, no sabía qué responder. La vergüenza llenó su expresión, pero no se resistió a que la llevara de la mano, y cuando sintió la mirada de los transeúntes que pasaban a su lado, no pudo evitar apretarla ligeramente.

La mirada de Uisuk hacia Ducanor era de admiración, la de Hebith de ligera sorpresa, mientras que la de Masha era de pura envidia. Pero nadie dijo nada al respecto.

Era un secreto a voces la relación entre Ducanor y Ernzu. A pesar de que no parecía ser algo formal, sorprendentemente el trío se alegraba por ellos, a excepción clara de Masha…

Ernzu sintió su mirada y simplemente sonrió, mientras sentía un infantil impulso de posesividad. Era una mujer que tenía hijas en edad para casarse y ahora parecía estar a la caza. Al pensar repentinamente en Alana, su agarre sobre la mano de Ducanor se fortaleció aún más…

—¡Auch! ¿Qué sucede? —dijo aturdido Ducanor mientras la miraba con obvia confusión.

—Nada. —Y con una sonrisa cálida, la caminata siguió por las calles de Hodna mientras su guía los llevaba a las afueras de la ciudad.

El lugar al que los guio curiosamente Randalie no estaba demasiado lejos de la propia urbe; estaba a menos de una hora a pie.

Era un lago, pero a diferencia del lago artificial en el jardín de Cevalier, sus aguas eran de una tonalidad negra, como si fuera un cuerpo de agua hecho totalmente de tinta. Ni siquiera el reflejo de la luz del sol era capaz de permitirle al grupo ver a través de su oscura superficie.

—¿Qué es este lugar? —preguntó algo curiosa Hebith mientras lo miraba con una expresión un tanto extraña.

—Este lugar es conocido como el Lago Yin Yang, y también es el límite entre el Reino Yin y el Reino Yang de la ciudad de Hodna —dijo una voz con un tono severo.

Para sorpresa del grupo, repentinamente apareció Cevalier, que simplemente había llegado caminando plácidamente por el lugar con la misma indiferencia de antes.

—Pero solamente es un pequeño fragmento del original, el cual está en la ciudad de Tara. Podría decirse que esta simplemente es una puerta secundaria, una laguna nada más —agregó Cevalier, mientras su mirada caía sobre Ducanor y Ernzu, que seguían tomados de las manos con obvia curiosidad.

—Reino Yin y Reino Yang… ¿qué significa eso? —preguntó Ducanor esta vez, confundido.

La mirada de Cevalier era igual de dura que siempre hacia Ducanor, pero finalmente respondió: —La muerte convive de manera bastante extraordinaria con el mundo de los vivos en esta ciudad. Los muertos pueden pasar y gobernar a los vivos, así como los vivos pueden pasar y gobernar a los muertos.

»El Reino Yin Yang es uno de esos límites. Acá residen las tumbas de cientos de miles de antiguos guerreros del continente. Se dice inclusive que el primer traidor, Gorm el Ladrón, reside aquí.

La expresión de todo el grupo cambió repentinamente a una mezcla extraña de horror y sorpresa, lo cual fue especialmente evidente en el caso de Uisuk.

—Mierda, mierda, mierda. Yo no firmé para pelear con necromortis o monstruosidades. Ducanor, por favor, por favor dime que no vamos a descender en el maldito camino al infierno —dijo un muy aterrado Uisuk mientras miraba de forma suplicante a su amigo.

—Cállate un momento, Uisuk, y déjala terminar.

La mirada no solo de Hebith y Masha, sino inclusive la de Cevalier, Ernzu y Randalie cayó sobre un avergonzado Uisuk, que intentó hacer parecer que no había ocurrido nada.

—Como iba diciendo —continuó Cevalier como si nada hubiera pasado—, el Reino Yin es la otra parte del reino mortal. Un dominio de muertos en el cual las almas desencarnadas pueden escapar del samsara y de la muerte misma, obviamente bajo un costo. Pero también es un dominio que puede ser atravesado por los vivos.

»Puerta del alba, materializar —gruñó.

Repentinamente, el aire pareció haberse paralizado y el mundo perdió su color mientras las aguas negras se distorsionaban. Una imagen siniestra y ominosa se presentó en su superficie, flanqueada por dos espectros calavéricos que observaron con frialdad al grupo, como si se tratasen de hormigas o simplemente escoria.

—Gran Tumulario, pedimos el derecho de cruce al Reino Yin —dijo con deferencia Cevalier mientras observaba fríamente al gigante cadáver.

El cadáver era diferente al de la mayoría de los Fey, incluso a aquellos como los Feymor o Feyolg. Sus huesos eran extrañamente lisos a diferencia de la porosidad de la mayoría de huesos Fey y de otras razas, como si estuvieran hechos de un jade blanco. La carne momificada y seca que cubría parte del esqueleto y conectaba los huesos era totalmente azul, y parecían crecerle cuernos o pinchos de hueso en algunas secciones del cuerpo que no estaban cubiertas por una oxidada y desmenuzada armadura antigua.

—Concedido —murmuró el Tumulario con un tono seco mientras observaba con frialdad al grupo—. Vuestro permiso para pasar la puerta tendrá el coste de diez almas. Dos almas por cada persona.

La llama siniestra de tonalidad gris que fungía como pupilas en sus cuencas vacías titiló con un atisbo de emoción, y extrañamente se fijó una milésima de segundo más en Ernzu que en el resto.

Ernzu sonrió ligeramente mientras soltaba la mano de Ducanor y le murmuraba en voz baja: —No puedo descender contigo, pero te esperaré.

Aunque reticente, Ducanor asintió mientras su mirada caía sobre Cevalier, que parecía estar buscando algo en el cinturón de su armadura.

«Almas», pensó algo sorprendido Ducanor mientras observaba con precaución.

Pero Cevalier simplemente sacó un banderín de una especie de bolsa que llevaba en la cintura. Era una bandera con caracteres sánscritos en su superficie de los cuales no pudo reconocer ninguno, excepto uno: Taira, que significa “Alma”.

Repentinamente, Cevalier sacudió la bandera como si se tratase de un trapo para ondearla. De su superficie surgió algo aterrador.

Decenas de rostros, tanto mortales como bestiales, surgieron con gritos ahogados de la superficie blanca del banderín, pareciendo intentar liberarse del mismo en un intento inútil. De pronto, diez rostros se despegaron de la bandera, flotando alrededor de Cevalier pero atados a la tela por unas cadenas hechas de runas sánscritas casi invisibles.

Los rostros cambiaban y se deformaban; a veces tomaban el aspecto de un Fey, otras veces de bestias, y otras veces perdían cualquier facción que pudiera hacerlos reconocibles. Para su alivio, Ducanor no reconoció ningún rostro.

Diez de estas almas flotaron en el aire y cayeron en manos del Tumulario, que, abriendo la boca de par en par, las succionó como si se tratase de un vórtice de oscuridad, devorándolas por completo.

—Pasen.

Y con una frialdad y poder tremendo, la puerta en el agua se abrió, revelando un vórtice extrañamente similar a la propia boca del Tumulario.

—Bienvenidos al Reino Yin.

Y antes de que el grupo pudiera preguntar algo, una fuerza de succión extraordinaria los arrastró al interior del vórtice, abandonando por primera vez el reino de los vivos.

Ahora solo quedaba la muerte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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