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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 1

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1: Codex morte el arte de la gula 1: Codex morte el arte de la gula Dicen que las leyendas son mentiras… pero conozco una que te hará dudar.

No temas: esta historia… ya ocurrió.

Todo empezó en…  Capítulo 1 La caída de un hogar — Año 52 a.C.

— En las tierras galas, entre llanuras y estepas, existía una fortaleza que brillaba entre las cenizas de otros enclaves caídos: Ginemontain.

La mayoría de los hombres luchaban contra el avance incesante del Imperio Romano, y muchos guerreros habían perecido en el camino.

Pero aquí, aún resistían.

Su líder era Dorkun, un guerrero que junto a su esposa Celin había sobrevivido al asedio de Alesia.

Conocían las tácticas romanas como la palma de su mano, y esa sabiduría les había permitido mantener a raya a las legiones durante semanas.

Hacía siete días sin ataques —una bendición en medio de la guerra—, así que decidieron celebrar un banquete.

Todos se reunieron en la casa del líder: Celin preparaba un carnero asado que impregnaba el aire de humo y especias; Dorkun jugaba con sus hijos, Dario y Dalisha.

El niño molestaba a su hermana, quien corrió a refugiarse en el pecho paterno, y Dorkun respondió con cosquillas que llenaron la estancia de risas.

Cuando Celin sirvió la comida, la alegría y la conversación fluían entre todos.

Pero la noche era fría, y Dorkun debía regresar a vigilar las murallas.

Celin le pidió un momento más para acostar a los niños, y él accedió.

Justo cuando terminaron de cubrirlos con las mantas, un golpe retumbó en toda la fortaleza.

—¡Nos atacan!

¡Todos a los muros!

Una campana resonó con fuerza.

Dorkun tomó su hacha y su escudo y salió corriendo; Celin lo siguió, organizando la defensa junto a él.

—¡Preparen las estacas!

—¡Ocupen las torres!

—¡La empalizada debe resistir!

—¡No dejaremos morir la memoria de Vercingétorix!

—¡Formen frente!

¡Caballos listos!

Mientras tanto, Dario y Dalisha permanecían ocultos bajo la cama.

El ruido era tan intenso que parecía que el campo de batalla estuviera dentro de la casa.

Varias legiones romanas asediaban las murallas.

El aire era pesado, cargado de humo insoportable, pero el orgullo galó era más fuerte: no caerían sin luchar.

Una trompeta retumbó como un aviso celestial.

Se escuchó el paso pesado de las líneas romanas avanzando en formación… y entonces apareció el arma terrible: un arco de asedio capaz de destruir cualquier defensa.

La puerta cedió.

Todos salieron a defender.

El aire era tan denso que costaba respirar; cada bocanada quemaba los pulmones, y el escudo de madera en las manos de Dorkun parecía pesar como hierro fundido.

Llegaron los enemigos.

El retumbar de los caballos no era solo un sonido: era como si la tierra misma se quebrara bajo sus pasos, un temblor que subía por las piernas y se incrustaba en el pecho, haciendo latir el corazón con miedo.

Las primeras flechas cayeron como lluvia negra.

Nadie habló, pero todos lo sintieron: los dioses les habían dado la espalda.

—¡Resistan!

—gritó alguien.

Y resistieron.

Aún quedaba fuerza en sus brazos, pero en el fondo del pecho, donde nadie podía verlo, ya vivía el miedo.

El recuerdo de Alesia no era historia: era una advertencia.

La caballería gala cargó a todo galope, pero fue recibida por mercenarios germánicos —una mezcla de caballería e infantería que se llevó la victoria en una masacre.

Las líneas romanas avanzaban sin detenerse; los galos lanzaban rocas, lanzas y todo lo que tenían a mano, pero los enemigos formaron la testudo, una formación de escudos casi impenetrable.

No hubo más opción que el combate cuerpo a cuerpo.

Los galos fueron derrotados.

El pueblo fue sometido y convertido en vasallo —una humillación para un pueblo de guerreros.

El centurión que doblegó el enclave se llamaba Marcus Valerius, conocido como Marcus el Grande.

Por su victoria fue llamado ante el César y nombrado regente de esas tierras.

El decreto fue claro: – Todo lo que ocurriera debía informarse inmediatamente al César.

​ – Cada hombre debía trabajar en los campos.

​ – Todo lo producido iría a la campaña romana.

​ – Nadie podía salir de la ciudad bajo pena de muerte.

​ – Si obedecían, serían perdonados.

Marcus se inclinó: —Por mi vida, mi César… así se hará.

Dario y Dalisha vieron a sus padres humillados, convertidos en obreros y campesinos.

A duras penas recibían avena mezclada con agua y pan duro, mientras los romanos comían carne de carnero.

Era el precio de la derrota.

El dolor de haber sido conquistados.

Pero en esas tierras corría un rumor: un cuento pagano que decía que el bosque aledaño estaba maldito.

Después de varios meses de trabajo forzado, los niños recordaron un lago cerca de su antiguo hogar —donde crecían frutas dulces y el agua era pura.

Escaparon por un agujero en la empalizada y se dirigieron hacia allí.

Eran niños, y en sus juegos hicieron ruido.

Fueron vistos.

Se dio la alarma de fuga.

El propio Marcus salió a castigarlos.

Algunos bajaron la mirada al verlo: no por respeto, sino por miedo.

Marcus Valerius no era solo un centurión —era el hombre que había sobrevivido a Alesia… y se había llevado consigo a todos los que se cruzaron en su camino.

—Marcus el Grande… —susurró alguien, como si nombrarlo fuera un sacrilegio.

Los persiguió por el bosque.

Dario y Dalisha corrían intentando perderse entre los árboles, hasta que vieron uno enorme, seco y sin hojas.

Un frío recorrió el cuerpo de Dario, pero no tenían otra opción: se escondieron entre sus raíces.

El suelo cedió bajo sus pies.

Dario cayó en una cavidad oculta, donde encontró un libro hecho de un material que olía a muerte.

Intentó salir, pero una voz dulce lo detuvo.

—Ven, pequeño… no temas.

Curioso, se acercó y tomó el ejemplar.

No era como los demás: su cubierta parecía hecha de piel.

No cuero —piel humana.

Las marcas y líneas en la superficie coincidían demasiado con las de un cuerpo.

Dario sintió un escalofrío.

Las letras de la portada estaban grabadas con profundidad, como si se hubieran tallado con paciencia… o con dolor.

No entendía el idioma, pero algo en su interior lo reconocía.

Las páginas eran de un material áspero y antiguo, como papiro envejecido, y cada símbolo parecía observarlo de vuelta.

En la portada brillaba una frase con luz propia: “Quien tome este libro será maldito.

Y el castigo de su vida será no dejar de tener hambre.” Debajo, palabras extrañas: “Corpus execratum, in aeternum damnaberis; fame cruciaberis per omnem vitam tuam.” De repente, un líquido caliente penetró su piel.

El dolor no llegó de golpe: se filtró lentamente, como si algo hirviendo se derramara dentro de él.

Sentía su piel arder desde adentro, como si la quemaran sin fuego… como si algo quisiera abrirse paso desde su interior.

Quiso gritar, pero el aire no le salía; sus manos temblaban, su respiración se volvió irregular.

Entonces cambió.

Su visión se afiló hasta poder distinguir cada hoja, cada sombra, cada grieta en la tierra.

Su olfato… no era normal.

Podía oler la tierra, el sudor, la sangre que aún permanecía en el suelo del bosque.

Entendió: no era el mundo el que había cambiado.

Era él.

El dolor se volvió insoportable, indescriptible.

Gritó.

Los soldados encontraron a Dalisha.

Ella llamaba a gritos a su hermano: —¡Dario!

Al escucharla, él salió de la cavidad.

Pero ya no era el mismo niño.

Marcus tenía a la niña sujetada y dijo: —Por mandato del César, serás ejecutada.

—No te atrevas a lastimarla —respondió Dario.

El centurión lo miró y vio algo imposible: un ser con mirada de cazador, un instinto salvaje.

No había miedo en sus ojos.

Marcus desenvainó su gladius.

Aquello no era un niño… pero tampoco era algo que pudiera nombrar.

Apretó la empuñadura.

No importaba: fuera lo que fuera, moriría como los demás.

—Tú serás ejecutado.

Lo atacó.

La espada golpeó su cuerpo, pero no lo hirió.

Entonces se escuchó un crujido terrible: huesos rompiéndose.

La espada cayó al suelo.

El centurión desapareció bajo la sombra de Dario.

Los soldados huyeron despavoridos.

Dalisha no se movió; sus manos temblaban.

Frente a ella estaba Dario… pero también no lo era.

Lo había visto: había devorado al centurión como si no fuera nada.

¿Eres tú…?

Quiso retroceder, huir.

Pero entonces recordó: él la había salvado.

Ese monstruo… o su hermano… la había salvado.

Dio un paso, luego otro.

El miedo no se fue, pero el cariño fue más fuerte.

—Dario… —susurró, con la voz rota.

—¡Dario!

Él intentó detenerla: —¡No te acerques!

¡Vete!

¡Te lo suplico!

Pero ella no escuchó.

Solo hubo un grito… y luego silencio.

Cuando Dario recuperó el control, vio el suelo cubierto de sangre.

No podía creer lo que había hecho.

Tenía miedo.

Frío.

Entonces escuchó una voz: la de Dalisha.

—Ven… aquí está muy oscuro… Dario caminó entre las hojas hasta llegar al lago.

La voz se hacía más fuerte.

Miró el agua y vio el rostro de su hermana, como si se ahogara.

—No puede ser… ¡debo salvarla!

Saltó al agua.

Pero no había nada.

El líquido lo envolvió, y entonces… comenzó.

Un crujido seco recorrió su cuerpo.

Luego otro.

Y otro más.

Como si sus huesos ya no encajaran.

Abrió la boca, pero el grito se ahogó en el agua.

Su cuerpo se contrajo; la piel se tensó, cambió.

No era un dolor como antes —era peor.

Era como si lo estuvieran rehaciendo, como si alguien decidiera en qué debía convertirse.

Y él no tenía elección.

Cuando salió… ya no era él.

Su cuerpo tenía la forma de Dalisha.

Incluso su voz era una copia perfecta.

Confundido y temblando, comenzó a caminar hacia el pueblo.

Y entonces… REFLEXIONES DE LOS CREADORES LucianVacaruth Es un honor dar el primer paso en este viaje junto a ustedes.

Si estas palabras han llegado a sus ojos, entonces ya forman parte de esta historia.

Este capítulo nació de ecos lejanos… de la guerra entre Roma y Galia, donde no solo chocaron ejércitos, sino destinos.

Hubo algo en esos relatos que se clavó en mí: la indiferencia hacia los inocentes, hacia aquellos que no empuñaban armas y aun así fueron condenados.

El abandono… ese fue el verdadero verdugo.

En estas páginas intenté dar forma a ese sentimiento, a esa herida silenciosa que deja la guerra cuando decide quién merece ser salvado… y quién no.

Este es solo el comienzo.

Sean bienvenidos a Códex Morte.¿Tienes alguna idea sobre mi historia?

Coméntala y házmelo saber.¿Tienes alguna idea sobre mi historia?

Coméntala y házmelo saber.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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