Codex morte el arte de la gula - Capítulo 2 -- 2 El renacer--Año 600 dC
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2: El renacer–Año 600 d.C.
2: El renacer–Año 600 d.C.
El telón se abre sobre un escenario decorado con cortinas de terciopelo rojo.
En el centro, un hombre de traje oscuro sostiene un libro antiguo entre sus manos.
Habla directamente al público, con una voz que parece tanto cálida como misteriosa.
“Regresaste… qué alegría.
Siéntate, ponte cómodo.
¿Gustas un té?
¿Deseas saber más del Codex Morte?
¿Y si te contara que en tu mundo este libro también existe?
No me crees… investiga.
Un nombre puede hacer la diferencia.
En tu mundo se llama Codex Gigas —el ‘Libro Gigante’—, guardado en cámaras seguras como una reliquia.
Pero, en verdad… un nombre cambia muchas cosas.
Veamos.” La luz del escenario se atenúa.
Cuando vuelve a encenderse, el decorado ha cambiado: representa una plaza de pueblo con techos de teja y calles de tierra.
Una voz resonante anuncia desde las sombras: —¡Con ustedes… el gran Lucian Vacarut!
Un fuerte aplauso llena el teatro.
Lucian, un actor de mirada intensa, aparece desde el costado y hace una reverencia profunda antes de hablar.
—Mi querido público, es un honor presentarles mi obra: El libro maldito.
—Algunos la conocen como una leyenda celta, contada por druidas en los bosques galos para ahuyentar a los invasores romanos.
—Yo la he adaptado, pero les aseguro: no es solo ficción.
—¿Están listos para conocer la verdad?
—Entonces… que comience el espectáculo.
El telón se mueve ligeramente, y la escena se funde en la narración.
Ya no es el escenario el que se ve, sino la Galia de hace siglos.
Después de caminar horas confundido y asustado, llegó a su hogar en Ginemontain.
Pero algo estaba mal: gritos resonaban por las calles, el ruido de armas y la confusión se apoderaba de todo.
Una mujer con el rostro marcado por la tristeza se acercó corriendo —era Elara, amiga de Celin desde la infancia.
La sujetó del brazo con fuerza: —Dalisha… pequeña… por favor, no mires.
—Tus padres están siendo llevados a la plaza.
Van a ejecutarlos.
El que llevaba la apariencia de Dalisha —pero era en realidad Dario bajo el efecto del libro— sintió cómo se le helaba la sangre.
Corrió hacia la plaza, a pesar de las advertencias de Elara, y vio una escena que se grabaría para siempre en su mente.
Un oficial romano, vestido con túnica roja y cinta militar, gritaba ante la multitud reunida: —¡Por orden del exarca bizantino, regente de estas tierras en nombre del emperador!
Estos herejes han sido condenados a muerte por prácticas paganas, conspiración contra el imperio… y por la muerte del centurión Marcus Valerius, héroe de nuestra legión!
—¿Cómo se declaran ante la ley y ante Dios?
Dorkun se adelantó, con la espalda recta a pesar de las cadenas en los pies: —Yo, Dorkun, hijo de la Galia, padre y guerrero… no acepto estas injurias.
He trabajado sus campos, obedecido sus órdenes.
¡Esto es una mentira fabricada para justificar su opresión!
Celin lo siguió, con la mirada firme a pesar de las lágrimas en los ojos: —Yo, Celin, hija de la Galia y madre… ante mis dioses y ante el que ellos llaman Señor, niego todo.
He cumplido sus reglas solo por amor a mis hijos.
No he tocado nada que no sea mi hogar y mi trabajo.
El oficial arqueó una ceja con desprecio: —¿Se atreven a mentir frente a la fe que nos une?
—Son salvajes que hacen pactos con deidades paganas.
Un soldado presenció cómo su hijo se transformó en una aberración, portando un objeto que emanaba muerte y pestilencia.
—¿Seguirán manteniendo su mentira?
—¿Acaso debemos escuchar a quienes consiguen fuerzas de seres malignos?
Dorkun frunció el ceño.
Por un instante, su mirada buscó a su hijo entre la multitud —pero no lo vio.
Entonces habló, con la voz de un líder hasta el final: —Yo soy el único culpable.
—Mi hijo es inocente.
Todo lo planifiqué yo solo.
El soldado se confundió por el miedo de la batalla.
—Acepto la responsabilidad de la muerte de Marcus Valerius.
Celin levantó la voz, interrumpiéndolo: —No… yo estuve con él.
Lo ayudé en todo.
Pero mis hijos no saben nada de esto.
Ellos son inocentes.
¡Piden solo misericordia para ellos!
El oficial levantó un pergamino sellado con cera roja: —Aquí está su confesión escrita y firmada.
—Por mandato del imperio… serán ejecutados como advertencia.
—Que nadie olvide el castigo por el sacrilegio y la traición.
—¡Procedan!
Dario —disfrazado de Dalisha— no pudo contenerse más y gritó desesperado: —¡No!
¡Es mentira!
¡Fui yo!
¡Aquí estoy!
¡Yo maté a ese centurión!
Elara lo sujetó con fuerza antes de que los guardias lo vieran: —¡Niña, basta!
¿No ves que tus padres te aman tanto que dan su vida para que vivas?
—Agradece su sacrificio… y huye.
¡Ahora mismo!
—Pero esto es injusto… —murmuró Dario, con las lágrimas borrando el polvo de su rostro.
La mujer lo miró con los ojos llenos de ternura y dolor: —Soy madre también… y entiendo a Celin como si fuera yo misma.
—Vete.
Y nunca vuelvas a esta tierra.
Dario corrió sin mirar atrás.
Se escondió en la parte trasera de una carreta que transportaba granos para la capital bizantina.
Cuando el convoy llegó a un cruce de caminos, bajó y caminó horas más hasta llegar a un pequeño pueblo cerca de Lugdunum.
Tenía frío, miedo y un dolor que le consumía por dentro.
Había perdido a sus padres… y era culpable de la muerte de su hermana.
Su cuerpo débil y agotado no pudo resistir más: colapsó junto a un muro de piedra.
Cuando despertó, el sol ya caía sobre el horizonte.
Y volvía a ser Dario —su cuerpo había recuperado su forma original.
No entendía cómo pasaba esto, ni qué fuerzas movían su existencia.
Era demasiado para una mente aún joven.
Caminó hacia el centro del pueblo.
Allí, en una plaza pequeña, vio a un hombre extraño: vestía harapos de colores brillantes, su rostro estaba pintado con una enorme sonrisa roja, y hacía payasadas para que los niños le lanzaran monedas.
Incluso algunos adultos sonreían con su actuación.
Por un instante… incluso Dario sintió cómo se ablandaba su rostro y dibujaba una leve sonrisa.
El hombre recogió las monedas con una reverencia exagerada y se retiró hacia un callejón oscuro.
Dario lo siguió sin pensarlo dos veces.
Quería preguntarle algo que no dejaba de rondar su mente: ¿Cómo podía reír… en un mundo tan lleno de dolor y guerra?
El hombre se sentó en un banco de piedra viejo, frente a un balde con agua sucia y un trapo desgastado.
Con cuidado, se limpió la pintura del rostro.
La sonrisa desapareció por completo.
Debajo había un rostro cansado, triste… vacío.
Sacó de su bolsillo una flor seca, de color azul pálido, y la acarició con los dedos callosos.
Luego comenzó a llorar —no con gritos, sino con sollozos silenciosos que parecían arrancarse de lo más profundo de su pecho.
Dario se acercó con cautela: —Pero… hace un momento te vi tan feliz.
¿Por qué lloras ahora?
El hombre levantó la cabeza y lo miró con ojos grises y cansados: —Joven extranjero… me llaman Lucas.
Lo que viste se llama bufonada —un personaje que inventé para sobrevivir.
Una apariencia, una máscara que pongo para que la gente me vea y me dé algo para comer.
No es real.
Guardó la flor con esmero en el interior de su túnica: —Empecé a hacerlo después de perder a mi hija, Lia.
Murió hace tres años, durante una incursión de bárbaros en nuestro pueblo.
Ella amaba estas flores… las recogíamos juntas en los campos.
Luego fijó su mirada en Dario, como si pudiera ver el dolor que llevaba dentro: —Pero dime… ¿por qué me seguiste?
No pareces de aquí.
Dario respondió con voz temblorosa: —Yo… lo he perdido todo.
Mi familia, mi hogar, incluso mi identidad.
Soy de origen galo.
Lucas se puso en pie de un salto y lo sujetó del brazo, mirando a los lados para asegurarse de que nadie los escuchara: —No digas eso nunca más en estas calles.
Los galos son vistos como enemigos del imperio.
Escucha, muchacho —busca un refugio, un lugar donde nadie te conozca.
Dario negó con la cabeza, con la mandíbula apretada: —No tengo a dónde ir.
No sé qué hacer con mi vida.
Lucas sacó unas pocas monedas de cobre de su bolsillo y se las tendió, pero Dario retrocedió: —No quiero tu dinero.
Por favor… enséñame a hacer lo que tú haces.
A reír mientras lloras.
Aunque no lo creas… por un instante me hiciste olvidar mi dolor.
Haré lo que sea —te ayudaré en todo.
Lucas lo observó en silencio por varios segundos, evaluándolo.
Podía ver la determinación bajo la fragilidad del muchacho.
Finalmente suspiró y asintió: —Está bien, muchacho.
Pero recuerda una cosa: las escaleras se suben paso a paso, siempre desde abajo.
No tendrás lujos, y habrá días en los que querrás rendirte.
Si aceptas eso… Le lanzó el trapo sucio: —Limpia ese rostro sucio.
Desde mañana al amanecer… serás mi aprendiz.
La escena se desvanece de nuevo.
El telón se abre, y estábamos de vuelta en el teatro.
El público estalla en aplausos ensordecedores.
—¡Increíble!
¡Queremos más!
—¡Bravo, Lucian!
¡El segundo acto!
—¡Qué historia!
El actor hace una serie de reverencias, pero cuando se voltea hacia el costado, su expresión cambia.
Entre bastidores, solo para sus oídos, susurra: —¿Es solo una actuación… o un recuerdo que mi mente intenta ocultar?
El telón se cierra lentamente en medio del aplauso del público.
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