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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 29

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  3. Capítulo 29 - 29 El cruel silencio del ritual
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29: El cruel silencio del ritual 29: El cruel silencio del ritual Satoru observaba la multitud congregada en el vasto templo, sus pensamientos se enredaban en la paradoja que era la fe misma.

La luz y la oscuridad, a veces, se fusionan en una sola.

No existe ser tan puro ni tan maligno; es cuestión de perspectiva.

Pero el silencio…

el silencio es cruel.

Cada rostro que lo miraba, expectante, hambriento de sus palabras, era una cuerda tensa en un violín a punto de sonar.

Cada minuto era una eternidad, pero Satoru deseaba que la ceremonia de sanación y purificación fuera perfecta.

Era el pináculo de su poder, la confirmación de su dominio.

El aire pesado del templo vibraba con la expectación.

El incienso, dulzón y denso, se aferraba a las gargantas, prometiendo éxtasis o asfixia.

Velas titilantes, dispuestas en intrincados patrones geométricos, proyectaban sombras danzantes sobre los antiguos murales que representaban sacrificios y glorias.

Todos estaban reunidos: los elegantes y austeros miembros de la Orden de la Fe, sus túnicas oscuras casi idénticas a las sombras; los sacerdotes del Presagio, con sus ropajes carmesí y ojos que parecían ver más allá del velo de la realidad; y el Credo, la base, la masa devota, murmurando oraciones antiguas.

Cada uno, una pieza en el engranaje de su poder, listo y esperando que su líder pasara al podio, una plataforma elevada que parecía un altar, y declamara sus palabras de sabiduría.

Satoru levantó su mano.

El murmullo cesó de inmediato, un silencio tan absoluto que se podía escuchar el latido de los corazones.

Su voz resonó, profunda y magnética, llenando cada rincón del templo.

“Hermanos, jueces del pecado, guardianes de la palabra, la guía está en sus manos.

No somos débiles, ¡somos fuertes!

Estamos orgullosos de que cada pilar de nuestra fe cumpla sus funciones impecablemente.

Gracias a los sacerdotes que, con cada aliento, infunden la palabra en cada lugar y rincón, sin su aporte no podríamos llegar a tantos.

Aquí también tenemos a los jueces de los paganos, la Orden de la Fe, que es justicia, y el Credo, que es la guía y la sabiduría.

¡Todos juntos para este momento que marca un antes y un hoy!” Satoru hizo una pausa dramática, sus ojos recorriendo los rostros embelesados.

“Tomaré la copa…

la copa que limpia y cura, que entrega el don de la juventud y pureza.

Solo los dignos de nuestra fe pueden beberla”.

De la oscuridad del altar emergió una copa de cristal oscuro, extrañamente luminosa, sostenida por manos temblorosas.

“¡He aquí la VID de la vida, la sangre de nuestro Dios!

¡Vengan todos y beban!” Marcus estaba inusualmente tenso, sus hombros casi rozando los de Lia y Lucía.

El aroma a incienso, antes reconfortante, ahora le resultaba sofocante.

La ceremonia se alargaba con una lentitud ritualista.

Esperaron con una calma forzada, viendo cómo los líderes de alto rango desfilaban, sus rostros transfigurados por una dicha inquietante tras beber.

Luego, los servidores.

Cuando llegó su turno, el sudor frío corrió por la espalda de Marcus.

Cada uno se inclinó, un acto de sumisión absoluta.

El líquido, en la copa ofrecida, era una contradicción.

No era dulce, ni salado, ni ácido; era único, una sustancia que desafiaba cualquier descripción terrestre.

Tibio, casi como si la vida misma emanara de él.

Lucía sintió un escalofrío al rozar sus labios la copa, el sabor se escurrió por su garganta, una sensación como si miles de finas agujas heladas la recorrieran antes de transformarse en una calidez embriagadora.

Después de probar, de sentir esa bebida en su cuerpo, entraron en una especie de relajación colectiva que era casi un trance.

Algunos, como el hombre a su lado, parecían ver visiones, sus ojos vidriosos y distantes.

Otros caían en una paz total, una aniquilación de la ansiedad.

Para todos, el tiempo mismo parecía detenerse.

Los años ya no existían como ley ni regla, solo el presente eterno de la fe.

Así es, y así fue.

“Pero, ¿qué es la VID de la vida?”, murmuró Lucía, su voz apenas un susurro mientras la neblina mental comenzaba a disiparse.

“¿De dónde salió esa sustancia?

¿Quién la creó o cómo la descubrieron?

No parece algo normal, ¿no crees, Marcus?” El pánico subyacente en su voz era apenas perceptible.

Marcus, aún sumergido en el eco de la bebida, parpadeó.

“Así fue y así debe ser”, dijo con una firmeza que no lograba disimular una punzada de inquietud en su interior.

Lia, que había estado observándolos con una mirada fría y escrutadora, intervino, su tono gélido.

“Yo creo que ella no es digna.

Ella no debería estar aquí”.

Su dedo, sin apuntar directamente, trazó un arco hacia Lucía.

“Ella no es una mujer normal.

Es capaz de usar un poder que nace de la maldición que, extrañamente, tiene mucha relación con…” “¡Basta, Lia!”, Marcus la detuvo, su voz un látigo siseante que cortó el aire.

La tensión entre los tres se hizo palpable, como una corriente eléctrica invisible.

“Tú no sabes nada de Lucía.

Es una joven humilde y se esfuerza cada día por estar a la altura.

Yo no desconfío de ella.

Y si lo analizas correctamente, quizás tu mente fue afectada por algo no natural, no la de ella”.

Marcus se acercó a Lia, su voz bajando a un tono peligroso.

“Recuerda que asegurabas haber visto gente en la mansión Borgart, tú y Lucía.

Pero allí hace mucho que no vive nadie”.

El rostro de Lia se contrajo de frustración.

“¡Pero el reporte!

¡La evidencia!” “Un grupo de miembros de la Orden de la Fe ingresó a la mansión y, la verdad, no encontraron nada, excepto en el sótano”, continuó Marcus, con cada palabra cargada de la pesadez de viejos horrores.

“En ese lugar sí hallaron restos, restos pequeños, posiblemente de niñas.

Y se hizo el respectivo levantamiento de osamentas para darles sepultura”.

Su voz se quebró ligeramente.

“Con esto se confirmaron los crímenes de la familia Borgart, pero ya no queda nadie para levantar cargos.

Al final, incluso con pruebas, quedaron impunes.

Es así como los nobles viven fuera de los límites de los demás”.

La última frase fue un suspiro amargo, un reproche a un sistema que él mismo defendía.

Lia dijo con un tono de decepción que apenas ocultaba una furia contenida: “Sí, es verdad, pero ella es una Borgart.

Podemos castigar todavía”.

Sus ojos se clavaron en Lucía con una intensidad escalofriante.

Lucía sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la bebida, una sensación de ser juzgada, de ser vista como la personificación de una oscuridad ancestral.

Lucía regresó a ver discretamente, su mirada fugaz.

Marcus, sintiendo la tensión, interpuso su cuerpo entre ambas.

“¿Acaso juzgarías a una víctima por otros culpables?

¿Solo por el hecho de limpiar tu orgullo roto, Lia?

Supéralo.

Sé que estabas detrás de este caso, pero no pudimos.

Fuimos derrotados por un enemigo sin espada, pero que nos cortó en un lugar más hondo: el corazón.

Y te entiendo, porque vi ese sótano y eso es la muestra de que nosotros, las personas, a veces superamos incluso a los seres que llamamos los Mortex, o malditos del libro”.

Lia, sus ojos brillando con una convicción fanática, replicó: “Parecidos, tal vez, pero ¡iguales jamás!” Lucía no podía creer que lo que vio en el sótano sí pasó.

Un horror gélido se instaló en su pecho al sentir el dolor de aquellas pequeñas, que no tenían más culpa que haber nacido en la cuna de los Borgart.

Un nudo de náuseas se formó en su estómago.

De pronto, un presentimiento helado cruzó por la mente de Marcus.

Se puso la mano en el mentón, sus ojos, antes nublados por la bebida, ahora claros y agudos.

“¿Y si fue Lucian quien intervino?”, murmuró, más para sí mismo que para ellas, la voz cargada de una nueva y terrible posibilidad.

“¿Y si él desapareció la evidencia que buscábamos?

¿Y si los desapareció a ellos mismos?

Quizás no quería que encontráramos la verdad.

Pero ahora, el único que conoce ese secreto…

es el mismo Lucian.

Y sé que él no nos lo dirá.

¡Maldición!

Estábamos tan cerca, y ahora, otra vez, se siente distante”.

La frustración era un grito mudo en su voz.

Lucía, al ver la desesperación en el rostro de Marcus, sintió una punzada de determinación.

“Pero, Marcus, aún podemos atraparlo.

Yo seré la carnada.

Buscaré la forma de que él me siga y hablar con él.

Engañarlo, sí, pero no cazarlo como a una bestia.

Persuadirlo es más sensato.

Atraes más abejas con dulce que con sal”.

Su voz, aunque algo trémula, tenía una extraña convicción.

Lia, escéptica y furiosa, se adelantó, sus palabras casi un rugido silencioso.

“¿Y cómo podemos confiar en ella?

¿Y si están confabulados los dos?

¿Y si ella le da información de nosotros?

¡No estoy dispuesta a arriesgarlo todo por ella!

Déjame, yo lo capturo.

¡Soy más fuerte que cualquiera de la Orden!

Marcus, déjame ser yo quien lo someta y saque toda la información requerida.

¡Sé cómo hacer que hable!” Había una amenaza velada en sus palabras, un destello de crueldad en sus ojos que heló a Lucía.

Marcus escuchó a ambas, la tensión entre ellas casi palpable.

Tomó una decisión, sopesando los riesgos, el peso de la Orden sobre sus hombros.

“Confío en Lucía”, dijo, su voz resonando con autoridad.

“Y sé que tú, Lia, eres impecable para cumplir tu palabra.

Así que será así: Lucía será la carnada, y Lia lo capturará”.

Se giró hacia Lucía.

“Tendrás que ser muy convincente”.

Luego, hacia Lia, con una advertencia en sus ojos.

“Y yo seré el respaldo, en caso de que intente escapar.

Seremos una trinidad perfecta.

Pero no olviden: la Orden lo requiere vivo.

No puedes matarlo, Lia”.

Lia soltó una risa irónica, un sonido seco y gélido.

“Acepto”.

La noche cayó sobre el templo, envolviéndolo en una oscuridad más profunda que la del día.

Las luces de la ciudad se veían distantes.

La voz.

Esa voz.

Regresó, no como un pensamiento, sino como un susurro que se enroscaba en los huesos de Lucía, que le arañaba el alma.

“Lucía, no permitas que lo atrapen.

¡Lo deseo para mí!” Era imperiosa, antigua, y la llenaba de un terror sordo.

Lucía temblaba, sintiendo que estaba perdiendo la razón, que ese día frente a Lucian, él había usado alguna habilidad de manipulación, o le había hecho algo.

Esa voz era tan fuerte, tan real.

Se negaba a creer que su apellido Borgart tuviera peso, que la maldición fuera real, pero ¿y si sí?

Con una desesperación creciente, Lucía pidió permiso y salió del templo.

Huyó, buscando aire, silencio, cualquier cosa que acallara el eco de esa voz.

Caminó por un buen rato, sus pasos resonando en el empedrado, hasta que llegó a un camino que se adentraba en el bosque.

La oscuridad allí era densa, envolvente, casi una presencia.

No quería seguir con esa duda, con esa voz atormentándola.

Y entonces, entre las sombras retorcidas de los árboles, ella apareció.

No como una voz en su cabeza, no como una alucinación, sino como algo real, tangible, salido de una pesadilla o un recuerdo lejano.

Vestía un antiguo vestido de novia negro, la tela deshilachada como la piel de un cadáver, cubierto por un velo tan oscuro que parecía absorber la poca luz de la luna.

Era un espectro de elegancia macabra, una figura de luto y promesa rota.

Sus manos, pálidas y delgadas, parecían garras.

“Lucía”, siseó, su voz rasposa, pero extrañamente familiar, no la misma de antes, sino una que Lucía conocía de su infancia.

“No puedes permitir que Lucian caiga en manos de la Orden”.

La mujer avanzó lentamente, el velo ondeando como humo.

“Hija…

Todos estos años hemos vivido cubiertas por ese hombre.

Cada delito, cada acto, la Orden ha inculpado a Lucian, y nosotras hemos pasado desapercibidas.

Dales lo que pidan, pero advierte en secreto: ‘La necesidad del hambre no tiene saciedad’.” La última frase fue casi un encantamiento, un presagio oscuro que se grabó en la mente de Lucía.

Lucía retrocedió, su corazón latiendo salvajemente.

“Pero, ¿tú eres real?

¿O lo estoy imaginando?” Su voz temblaba incontrolablemente.

La mujer del velo negro se aproximó, una silueta imponente y aterradora.

“Soy muy real”, dijo, y la oscuridad pareció intensificarse a su alrededor.

“Tan real que si deseara, podría eliminar a Marcus ahora mismo”.

Un escalofrío de terror puro recorrió a Lucía.

“Pero lo necesito, aún lo requiero para mis planes”.

Su rostro, apenas visible bajo el velo, se movió, y un brillo maligno apareció en sus ojos.

“Lucía, hija, yo castigué a aquellos que te lastimaron, que nos lastimaron”.

El miedo dio paso a una furia ardiente en Lucía.

“¡Yo no deseo tu ayuda!

¡Yo no soy una Borgart!

¡No quiero, no lo acepto!” Sus palabras fueron un grito desesperado, una negación visceral.

No era su madre; su madre había muerto.

¿Quién era esta mujer que vestía de novia y conocía esos secretos?

La mujer del velo negro susurró, la voz ahora una caricia helada que no tenía nada de reconfortante: “Hija, tú eres mi mayor orgullo.

Mi promesa.

Estoy orgullosa de ti.

Ahora vete y actúa como hasta ahora, que no sospechen de ti”.

De repente, como una sombra que se disuelve en otra, la mujer se desvaneció entre los árboles, dejando un rastro de frío y un olor a tierra húmeda y decadencia.

Lucía se quedó sola, temblando en la oscuridad.

“¿Lucía?

¡Lucía, estás aquí!” Era Lia.

Apareció entre los arbustos, su expresión, por una vez, desprovista de juicio, solo preocupación.

“Sé que empezamos mal, pero deseo ayudarte.

Quizás pueda liberarte de ese dolor y pena.

Yo, al igual que tú, perdí a mi madre y te entiendo.

Tuve que ser fuerte para sobrevivir.

Ven conmigo, tenemos trabajo que hacer”.

Lucía no respondió.

Se limitó a seguir a Lia, la mente un torbellino de pánico y confusión.

Mientras caminaban de regreso hacia el templo, Lucía regresó a ver el punto exacto donde la mujer había estado.

En el suelo, entre la hojarasca, aún se distinguían unas huellas profundas y extrañamente grandes para una mujer.

Y lo único que jamás olvidaría, clavado en su memoria como una astilla de hielo, eran esos bellos y extrañamente antiguos ojos verdes que la habían mirado desde las profundidades del velo negro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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