Codex morte el arte de la gula - Capítulo 28
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28: Entre sombras y oscuridad 28: Entre sombras y oscuridad —¡Señor Lucian, despierte!
—la voz juvenil de Kerion irrumpió en el sueño de Lucian.
Lucian abrió los ojos, parpadeando.
El balanceo constante del barco, que por días había sido su cuna, ahora se sentía diferente, con una vibración ansiosa.
—¿Qué ocurre, Kerion?
—murmuró Lucian, aún adormilado.
—Estamos cerca de la ciudad de Delen y debe prepararse —explicó Kerion, su rostro joven rebosante de una energía impaciente que Lucian, con su edad, no podía igualar tan temprano.
El chico se movía de un lado a otro, ajustándose la ropa, como si cada minuto de espera fuera una eternidad.
Su viaje en barco había sido un remolino de sensaciones, pero ¿cómo habían llegado hasta este punto?
La respuesta yacía, fragmentada, en la memoria de Lucian.
Después de haber visto cómo el teatro Helena era consumido por las llamas hasta sus cimientos —una víctima más de la envidia y el control asfixiante de los ancianos del pueblo— Lucian había entregado la batuta a los jóvenes, instándolos a seguir sus sueños y a jamás rendirse.
Él, por su parte, decidió continuar investigando aquello que tanto le perturbaba: esa mujer que había visto junto a Marcus.
Era tan extrañamente parecida a ella, casi como si fuera un familiar cercano, una hija perdida.
Esa imagen no le dejaba en paz.
Cuando Lucian se dirigía a tomar el barco, Kerion estaba ya allí, con su equipaje listo, el brillo de la aventura en sus ojos inmaculados.
Lucian renegó.
Le pidió que se quedara, sobre todo para cuidar a su madre.
Pero Kerion, con la terquedad propia de la juventud y una lealtad férrea, se negó.
Sentía que le debía mucho a Lucian y no lo abandonaría en este peligroso viaje.
Lucian no quería involucrarlo en sus problemas, pero entonces, a la distancia, divisó la silueta de la madre de Kerion.
La mujer se acercó, sus ojos fijos en Lucian, y tomó sus manos.
Su voz suave, cargada de una gratitud profunda y una resolución inquebrantable, resonó: —Lucian, para mí es un honor que mi hijo siga una meta y un propósito tan nobles.
No lo detendré.
No crea que no puedo cuidarme sola, pues he cuidado de este muchacho sola por años.
Pero sí le advierto: si algo malo le pasa a mi Kerion, yo lo buscaré, no importa las vidas que tenga que pasar.
Yo seré su peor pesadilla.
—Se giró hacia su hijo, su voz ablandándose pero su mirada permaneciendo firme—.
Kerion, suerte, hijo.
No te rindas jamás.
No olvides que yo te esperaré aquí, cada día, cada noche, hasta que regreses.
Lucian comprendió el sacrificio.
Aquella mujer, fuerte y orgullosa, estaba renunciando a la compañía de lo que más amaba para verlo feliz, para que persiguiera su propio camino.
Kerion abrazó a su madre con una fuerza que intentaba contener la despedida, y mientras eso ocurría, Lucian llevó los dos equipajes al barco.
Cuando Kerion finalmente subió, sus ojos estaban rojos e hinchados.
—Es triste despedirse, ¿no, amigo?
—dijo con un nudo en la garganta, intentando sonar casual—.
Es como si una parte de tu alma se dividiera en dos.
Pero prometí llevarte al último lugar donde vi al comerciante y a su hija.
Lucian estaba pensativo.
¿Acaso aquello que había visto era solo un sueño, y ella, la mujer que buscaba, estaba realmente viva?
Durante el viaje, escucharon relatos de un barco tomado por los temidos Cuervos Negros, salvado por un hombre misterioso.
Otros susurraban sobre un salvador que había rescatado a un marinero y a su hijo de una tormenta implacable.
Estas historias, aunque vagas, alimentaban la intriga de Lucian.
El viaje fue más corto de lo que esperaban, y pronto llegaron a la bulliciosa ciudad de Delen.
Se hospedaron en una posada ruidosa, donde el olor a especias y vino barato impregnaba el aire.
Era tarde.
Lucian salió a buscar algo para cenar, pero entonces la vio.
Una mujer caminaba de forma errática por las calles estrechas.
“¿Qué le sucedía?”, pensó.
De pronto, sintió un olor diferente, un perfume exótico, dulcísimo, que le llamó como un canto de sirena, haciendo que el paraíso mismo pareciera susurrarle al oído.
Pero al verla salir de un callejón oscuro, la reconocío: era la joven que había visto cerca de Marcus.
Sin embargo, su mirada era distinta, y de ella emanaba un hedor sutil, pero inconfundible, a sangre y muerte.
La siguió hasta una imponente edificación que apenas adivinó como una “orden” por los símbolos en sus muros.
Planeó cómo acercarse.
Tras cenar algo, regresó a la posada, donde Kerion lo esperaba con la ilusión de compartir una comida con su maestro.
Pero Lucian ya no tenía hambre, la imagen y el olor de aquella mujer se lo habían quitado.
—Descansa, Kerion.
Mañana te tengo una misión importante —le dijo Lucian.
Kerion asintió, su rostro algo decepcionado, pero lleno de expectación.
A la mañana siguiente, apenas el sol asomó, Kerion se preparó con la torpeza propia de quien se viste para un papel desconocido.
Se vistió como un aprendiz de actor, el disfraz algo holgado para su figura aún en desarrollo.
Lucian le dio las instrucciones: —Cerca de aquí hay un teatro.
Te vestirás como un aprendiz de actor.
Averigua todo lo que puedas de la mansión Borgart, y sigue a una mujer de cabello rojo.
En caso de que te descubran, inventa otro nombre y sé un actor, actúa naturalmente.
Kerion, con una mezcla de emoción y nerviosismo, asintió vigorosamente.
Salió y se colocó estratégicamente fuera de la Orden.
No pasó mucho tiempo antes de que la mujer de cabello rojo saliera, acompañada por otra figura femenina, igual de enigmática y hermosa.
Kerion, en su afán por no perderlas, casi tropieza con un barreño de agua que una vendedora ambulante había dejado en la acera.
Logró evitarlo por poco, echando un vistazo disimulado para ver si Lucian lo había visto.
Las siguió.
Las vio entrar en un callejón oscuro y estrecho.
Cuando ambas mujeres salieron, se dirigieron hacia el teatro.
Pero en un momento, la mujer de cabello rojo se giró, y su mirada se encontró directamente con la de Kerion.
Por un instante, pareció confundirlo con Lucian.
Kerion, intentando mantener la compostura y su papel, se quedó inmóvil, pero fue la otra mujer quien, con una sonrisa enigmática, desvió su atención y lo “salvó” de ser descubierto.
Kerion las siguió de cerca.
Las vio ingresar en la Mansión Borgart.
Cuando se acercó a la imponente verja de hierro, se dio cuenta de que estaba cerrada con un pesado candado oxidado.
Mientras intentaba atisbar por las rejas, un grito agudo y desesperado resonó desde el interior, helándole la sangre.
El joven, asustado y sin saber qué hacer, salió corriendo de vuelta hacia Lucian.
—¡Maestro!
¡Maestro!
—exclamó Kerion, jadeando, sus ojos desorbitados por el miedo—.
¡Lo vi!
¡Las seguí hasta la mansión Borgart, pero está cerrada y…
y escuché un grito!
Lucian, con una mueca de preocupación, salió inmediatamente hacia la mansión.
Al llegar, distinguió a Marcus conversando con un joven, susurrando algo en las sombras.
Lucian esperó, paciente, hasta que Marcus se alejó.
Una vez solo, se acercó a la imponente estructura.
El aire, ya pesado, se saturó con el familiar perfume dulce y exótico que había sentido la noche anterior, mezclado ahora con un hedor nauseabundo a muerte.
“¿Qué había ocurrido aquí?”, se preguntó Lucian.
La mansión se alzaba como una bestia dormida, sus ventanas oscuras como ojos vacíos.
Lucian encontró una ventana abierta en la planta baja y se deslizó por ella.
El interior era un santuario de desolación.
Telarañas colgaban como mortajas grises, y cada superficie estaba cubierta por una capa gruesa de polvo que atestiguaba años de abandono.
Las estatuas humanoides, de piedra verdosa, que el capítulo anterior había descrito, se erguían en poses retorcidas en los pasillos, sus rostros desfigurados por el tiempo y la humedad, como testigos silenciosos de horrores olvidados.
Sus ojos de piedra parecían seguir a Lucian.
El ambiente era helado, pesado.
Un silencio sepulcral, roto solo por el crujido de sus botas en el suelo polvoriento, llenaba el espacio.
En la sala principal, manchas de sangre seca, oscuras y antiguas, se extendían por el suelo y las paredes, como huellas de una masacre ancestral.
Lucian siguió hacia el comedor, donde la escena era aún más grotesca: en medio del polvo, un cadáver en avanzado estado de descomposición yacía desfigurado, casi irreconocible, su carne devorada por el tiempo y las alimañas.
El olor era insoportable, acre, punzante.
Un escalofrío helado le recorrió la espalda.
Lucian subió por una escalera de caracol.
En los cuartos superiores, la misma danza macabra de polvo y desolación.
Llegó a un despacho.
Allí, entre pergaminos y libros podridos, más sangre y otro cuerpo, este más fresco, con la mirada aún de terror.
La preocupación de Lucian se disparó.
Volvió a bajar, sus ojos buscando algo, cualquier cosa.
En el suelo de la sala principal, encontró a una mujer inconsciente.
Se apresuró a ayudarla, pero una voz gélida, profunda y distorsionada, pareció emanar de las mismas paredes de piedra, resonando con autoridad sobrenatural: —No te entrometas aquí.
Tú no eres bienvenido.
Lucian, aunque una punzada de pavor le atravesó el pecho, no retrocedió.
La ignoró.
Se agachó junto a la mujer.
Al tocarla, sintió una extraña familiaridad, una corriente que le recorría el cuerpo.
¿Quién era ella y por qué esa sensación?
No había tiempo para sentimentalismos.
La levantó con cuidado, la recostó en un sofá cubierto de telarañas y la cubrió con su propio abrigo, intentando darle algo de calor en aquel lugar helado.
Su búsqueda lo llevó a una puerta oculta en el suelo, que conducía al sótano.
Estaba asegurada por un pesado candado de hierro forjado, corroído y oxidado.
Lucian, con una fuerza inusitada que parecía impulsada por la urgencia, lo rompió con un crujido metálico que resonó en el silencio tétrico de la mansión.
Al abrir la trampilla, el hedor que emanó fue inenarrable: una mezcla putrefacta de humedad, sangre vieja y algo aún más oscuro, más innombrable.
Era insoportable.
Bajó los escalones, la oscuridad apenas rota por la tenue luz que se filtraba de arriba.
Allí, entre la penumbra, la escena era dantesca.
Varios cadáveres de niñas, reducidos a osamentas, yacían encadenados a las paredes, sus pequeños esqueletos un testimonio mudo de una crueldad inimaginable.
Y en medio de ese horror, a la mujer que había visto cerca de Marcus, también encadenada, débil pero viva.
Lucian se apresuró a liberarla, sus manos temblaban de rabia y prisa.
Pero mientras intentaba desatarla, la voz regresó, esta vez cargada de una ira resonante, que vibraba en cada fibra de su ser: —¡Vete!
¡Sal de aquí!
No te intervengas más.
¡Estás advertido!
De repente, una sombra intangible, cargada de una fuerza brutal, intentó golpearlo.
Lucian, con un reflejo felino, la esquivó por poco.
Terminó de liberar a la joven y la sacó del sótano, el olor a muerte y el rencor de la casa pegándose a su piel.
Sentía que alguien, algo, lo observaba desde las sombras.
Tomó a las dos mujeres, la inconsciente del sofá y la liberada del sótano, y las sacó de aquel lugar maldito.
Ya en un lugar seguro, en las afueras de la ciudad, se retiró a las sombras para no ser descubierto, dejándolas a salvo.
Cuando ambas regresaron en sí, tanto Lucia como Lia estaban aterradas, sus mentes tambaleantes por lo que habían visto y vivido en ese lugar.
La mansión Borgart se había convertido en su peor pesadilla.
Lia, con la mandíbula apretada, desenvainó su espada con manos temblorosas y, con voz grave, le dijo a Lucia: —Lucia, serás detenida por el cargo de asesinato de Lord Eduard y la mujer de limpieza.
Lucia, aún confusa y con la mirada perdida, no entendía nada.
—Yo no hice nada —respondió, su voz apenas un susurro—.
Debes buscar al verdadero culpable.
Lord Eduard tenía niñas en ese sótano.
Estaban muriendo.
¡Debemos regresar!
Y a todo esto que pasó…
no recuerdo muy bien, solo imágenes borrosas.
Ambas sentían un dolor punzante en la zona frontal de su cabeza, como si una parte de sus recuerdos hubiera sido arrancada.
“¿Pero qué pasó?”, se preguntó Lia, su mente un torbellino.
De pronto, Marcus apareció, su rostro una mezcla de alivio y preocupación al encontrarlas.
Se alegró de que estuvieran bien.
Pero Lia miró a Marcus con desconfianza, sus ojos entrecerrados.
—Tú lo sabías, ¿verdad?
No me mientas.
Tu protegida es…
es…
Marcus la interrumpió, su voz firme.
—No es ella, Lia.
Nunca lo fue.
Solo crees lo que viste, te dejaste manipular por el miedo.
Marcus tomó a Lucia del brazo, intentando reconfortarla, y se la llevó hacia el templo de la orden.
Mientras caminaban, Lia, con ese orgullo de guerrera que el cansancio y las heridas no podían apagar, clamó: —Marcus, deja de evadir la verdad.
Ella es una Borgart, su sangre está maldita.
¡Yo sé lo que vi!
Ella perdió el control y desató el Blood Morte, un arte pagano que corrompe el alma.
¡Créeme!
Pero Marcus, impasible, no le creyó.
—Estás afectada por lo que viviste, Lia.
La mansión ha estado abandonada durante mucho tiempo.
Lo que sea que viste…
fue una ilusión.
Lia se estremeció.
—¡Yo no miento!
¡Sé lo que vi!
Ella los mató.
Y Marcus respondió con un escepticismo cortante: —¿A quién, Lia?
¿A gente que ya murió?
¿Cómo lo hizo, los revivió para matarlos otra vez?
Lia estaba muy confundida, la lógica de Marcus la golpeaba.
Demasiado.
Entonces, cuando llegaron al templo, en la entrada los esperaba un hombre imponente: Satoru.
Él les dio la bienvenida con una sonrisa enigmática.
—Marcus, prepárate para el ritual de sanación y purificación —dijo su voz, grave y autoritaria—.
Y trae a Lia y Lucia también.
Y no olvides…
que debemos capturar a Lucian.
En otro lugar, oculto en las sombras, Lucian estaba muy confundido.
Kerion, notando su absorta preocupación, preguntó: —¿Qué le pasa, maestro?
—Ella…
su mirada, su olor…
—murmuró Lucian, aún perturbado.
—¿Hablas de la joven de cabello rojo?
—preguntó Kerion, con una chispa de curiosidad juvenil.
Lucian negó con la cabeza.
—No.
La otra mujer.
No sé su nombre, pero sí reconozco esa esencia, ese olor…
y esa mirada.
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