Codex morte el arte de la gula - Capítulo 31
- Inicio
- Codex morte el arte de la gula
- Capítulo 31 - Capítulo 31: La herida oculta
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 31: La herida oculta
El viento estaba gélido, cortante como una hoja de acero. Las miradas de Lucian y Marcus se clavaron frente a frente, y el frío era tal que parecía congelar incluso la sangre en las venas. Era como si el mismo destino se hubiera confabulado para arrastrarlos hasta este punto.
Pero, ¿qué sucedió antes de que el mundo entero se pusiera en conflicto? Todo comenzó con un error fatal llamado corazón: a veces guía, otras confunde, pero siempre es mejor usar la razón antes que dejarse arrastrar por los sentimientos.
Lucian sabía que algo diferente estaba pasando; había mucho movimiento en la ciudad de Delen. No era simple vigilancia, era una cacería metódica, precisa y silenciosa. Se buscaba en cada lugar, en cada rincón, en cada sombra. Ya no era seguro caminar.
Para suerte de Lucian, Kerion era sus ojos y oídos, pero incluso él ya estaba en la mira de la Orden. Lo habían visto en varios lugares importantes y puntos clave de investigación. Incluso el mismo Marcus ya lo tenía fichado, no como un hombre, sino como una simple pieza en su tablero táctico, esperando el momento exacto para moverla.
Mientras todo esto ocurría, en el teatro de la ciudad capital, Milena se preparaba para estrenar una obra exclusiva, escrita por el mismo Buticheli, el mejor amigo de Lucian.
En pleno ensayo, una inquietud la invadió y salió a respirar aire puro. Fue entonces cuando, debajo de unos cajones de madera viejos y polvorientos, sus manos tropezaron con algo: pedazos de lo que parecía una carta rota, desgastada por el tiempo.
La curiosidad pudo más que ella. Los tomó y los llevó a su camerino para armarla como un rompecabezas. Al principio parecía un juego, un pequeño misterio… pero su sangre se heló cuando reconoció el sello. Era de Overing, el director y cuidador del teatro de Bustina.
Con manos temblorosas y delicadeza extrema, unió los pocos retazos que quedaban y logró leer:
Para: Buticheli
De: Overing
Amigo mío, dadas las circunstancias me he visto obligado a escribirte. Sé que sugeriste no exponerte, sobre todo porque Lucian pidió que no te contactara, ya que trataba de evitar que Milena estuviera involucrada. Pero Marcus Valerius… el puño de hierro de la Orden de la Toga Blanca… está aquí. Y busca pistas.
He tratado de despistarle, pero él es audaz como un lince, y terminé cayendo en sus preguntas de doble propósito. Advierte a Lucian que…
El resto de los pedazos simplemente no existían. La frase quedó suspendida en el aire, incompleta, mortal.
Esto enfureció y preocupó a Milena. Se dirigió de inmediato a la oficina de Buticheli exigiendo una explicación. Él trató de evadirla, forzando una sonrisa, insinuando que era un mensaje muy antiguo, de hace décadas. Pero Milena conocía demasiado bien el arte de la actuación… y sabía distinguir cuando alguien mentía.
Salió en silencio, con una determinación fría en la mirada. Tomó su maletín, empacó lo indispensable y salió hacia Bustina. Sentía en lo más profundo de su ser que él la necesitaba. Cuando Buticheli se dio cuenta de lo sucedido, ya era tarde: Milena había partido.
¿Dónde estaba Lucian? Hacía mucho que no sabía de él. Lo único que podía hacer ahora… era esperar y rezar.
Kerion estaba preocupado. Lucian estaba agotado, consumido por el insomnio. Cada noche le asaltaban las mismas pesadillas: una mujer que moría en sus brazos, cuyo rostro siempre permanecía en la oscuridad, inalcanzable. Lucian decía que el aroma de su perfume era terriblemente familiar, como un recuerdo que dolía en la memoria.
Kerion trataba de mantenerlo calmado, estable… pero nada es lo que parece, sobre todo cuando la tormenta parece amainar, justo antes de destruirlo todo.
Marcus, por su parte, sonreía. Había tejido la red perfecta, invisible y mortal. Pero ni Lucia ni Lia sospechaban la magnitud de lo que él había planeado durante tanto tiempo.
Cerca de la plaza, una mujer joven de cabello rojo caminaba con un emblema de la familia Borgart incrustado en un collar de plata. Caminaba con el rostro parcialmente cubierto, y extrañamente, realizaba gestos, posturas y ademanes que solo la antigua nobleza solía mostrar en público.
Eso llamó la atención de Lucian, quien salió de su escondrijo y la siguió entre las sombras. Ella caminaba despacio, como si buscara ser encontrada. En un instante, Lucian se cruzó en su camino.
La mujer habló con una voz perfecta, ensayada hasta el último matiz:
—Es un placer, mi señor. Me llamo Velin Fiorel y soy nieta de Lord Eduard, noble de la casa Borgart.
—Parece que desea decirme algo —Lucian la miró fijamente, escrutando cada músculo de su cara—. Mi lady Velin, dígame… si es nieta de un lord de tan ilustre familia, ¿por qué yo nunca escuché de usted?
—Es por que mis padres me enviaron a estudiar lejos —contestó ella sin titubear—. Usted entiende, la nobleza requiere educación exclusiva.
Lucian notó un leve brillo nervioso en sus ojos, pero siguió platicando de todo un poco, hasta que lanzó la pregunta definitiva, la trampa que delataría a cualquiera.
—Dime… —susurró Lucian—. ¿Y recuerdas a Helena? ¿Recuerdas sobre todo sus bellos ojos…?
La mujer soltó una risa fingida, demasiado alegre para la ocasión:
—¡Sí! ¿Cómo olvidarla? Era preciosa y, además, sus ojos azules eran radiantes…
Se hizo el silencio.
Lucian sonrió con amargura. En ese instante lo supo: ella nunca había visto a Helena. Si lo hubiera hecho, jamás habría descrito sus ojos así.
—¿Quién te envió? —su voz bajó de tono, fría como la muerte.
—Nadie. Estoy aquí recordando viejos tiempos —respondió ella, firme.
Pero fue suficiente. Al escuchar esa frase preestablecida, la Orden actuó. De la nada, figuras vestidas de blanco surgieron de entre la multitud, cerrando el cerco. Lucian estaba rodeado.
Marcus avanzó lentamente, con una sonrisa terrible en los labios.
—Lucian, mi amigo… esta vez ya no escaparás. Y por fin me pagarás cada una de las personas que me arrebataste… sobre todo a ella. ¿La recuerdas, verdad? No la olvidaste… porque yo jamás lo olvidaré.
Sin previo aviso, Marcus se abalanzó y golpeó con fuerza el rostro de Lucian, derribándolo al suelo de un solo impacto.
—¡Detente! —Lia se interpuso, sujetándole del brazo con fuerza—. ¡Entra en razón! Esto es un trabajo oficial, no un ajuste de cuentas personal.
Lucia miraba desde las sombras, indecisa. Había algo en la voz de Lucian que le hacía dudar, una resonancia que le resultaba dolorosamente familiar. Y aunque intentó mantenerse firme, en silencio, sin que nadie lo notara, Lucia hizo algo… algo que cambiaría el curso de la batalla y favorecería a Lucian.
El ambiente se volvió denso, pesado, irrespirable.
Marcus arrancó su espada y la arrojó con violencia a los pies de Lucian. El metal resonó con un sonido seco, agudo.
—¡Tómala! ¡Defiéndete! ¡No te atrevas a decir que fue una trampa y que no tengo la capacidad de derrotarte cara a cara!
Lia trataba de hacerle entrar en razón, gritándole, pero Marcus estaba ciego, consumido por su propia furia. No escuchaba nada que no fuera el latido de su odio.
Lucian tomó la empuñadura fría y se puso de pie. Frente a frente. Los dos hombres más peligrosos del reino.
El aire parecía cortar la respiración. Un frío antinatural helaba la sangre. Y entonces… un estruendo. Un rayo cayó con furia justo cerca de ellos, iluminando sus rostros por un instante, seguido del rugido del trueno. La lluvia comenzó a caer con violencia, pesada, fría, como si el cielo mismo llorara por lo que iba a suceder.
Dos hombres, un solo destino. Y la duda de una mujer que, al parecer, ya había intervenido en las sombras.
Marcus soltó una risa hiriente, llena de bilis y superioridad.
—Es tan cómico… ver al gran actor Lucian Vacarut caer en la trampa más simple. Ella es igual que tú: actúa en el teatro y lo hizo magistralmente. Te capturé sin necesidad de cadenas… ¿no es hermoso?
—Ahora… estés o no listo… ¡AQUÍ VOY!
La lluvia era testigo de aquel momento esperado por tantos años. Marcus lo había imaginado tantas veces que incluso dudó que fuera real. Señaló con su espada a Lucian y preguntó:
—Tú, el famoso hombre de teatro, dime cómo no te diste cuenta de que estabas frente a una mujer que es de tu medio. Pero en fin, sea o no real, es mejor iniciar este combate.
Marcus se abalanzó contra Lucian e inició con el golpe de anulación de aura: una luz celeste que iluminó el lugar mientras la lluvia caía sin cesar. Lucian lo vio y, con un movimiento elegante, lo esquivó. Contratacó con la técnica de Silente Doble Estocada, un movimiento rápido y letal que parecía como si dos espadas estuvieran en la mano del atacante. Marcus se burló de este movimiento y simplemente lo contrarrestó con Luder, un arte antiguo que repelía ataques directos.
El choque era brutal, golpes de espada contra espada, mientras la lluvia los acompañaba en la batalla; era un espectáculo increíble. Pero Lia, quien no perdió detalle de cada movimiento, se percató de algo: Lucian no estaba luchando con intención de herir, parecía más defensivo. En cambio, Marcus estaba con intención de matar y no parecía concentrado; estaba llevado por la ira, el odio y el rencor, lo que lo hacía ineficaz.
Lia le gritó:
—¡Marcus, deja de llevar esto a algo personal! Enfócate en la orden dada. Te entiendo, pero reacciona.
En ese punto, Lucian se dio cuenta de esto y usó el famoso Riokun Ra, una técnica antigua que consiste en manipular la mente del rival con un golpe atrás de la cabeza. Lucian logró encajar el golpe y Marcus logró también herirlo. Marcus empezó a mover la cabeza y parecía mareado. Lucian intentó escapar, pero Lia no se lo permitió, cerró el paso y dijo:
—No escaparás. Hemos llegado tan lejos, y si crees que será fácil, yo misma te derrotaré.
—¡Lia, no te interpongas! —gritó Marcus—. Esto es entre él y yo. ¡Lucian, ven aquí, no me subestimes!
Cuando el combate continuó, espadas tensas, sudor en la frente, la tensión en el aire y, de repente, Marcus tomó su espada y la colocó en punta de estocada, y dijo:
—Prepárate a morir: Castigo de Dios, Juicio Final.
La energía de Marcus estaba tan fuerte que parecía cortar la lluvia misma. Su mirada fija en Lucian y, de pronto, una mujer de capa negra y máscara blanca se interpuso y esta usó la primera postura: Den Go Tu Sen.
Lia estaba perpleja: ¿cómo es posible? Pero Marcus la conocía muy bien y la esquivó, desviando el golpe hacia una estatua y cortándola en dos. Lia desenvainó su espada e intervino, pero Marcus le pidió no intervenir.
—Sea quien sea, igual será juzgada con él.
Marcus se reincorporó, puso la espada hacia atrás y dijo:
—Ataque frontal: La Daga del Mártir.
Era un movimiento nuevo que nadie conocía. La mujer misteriosa se colocó de frente, pero Lucian la sostuvo y la retiró del camino de la espada de Marcus. Este movimiento destrozó parte del suelo y del muro de una casa. Lia se molestó y dijo:
—Marcus, ¿estás consciente? ¡Perdiste el control! Así que yo tomaré la batuta de esta captura. Lucian, quedas arrestado. Entrégate y serás juzgado por un tribunal de fe; si eres inocente serás liberado y si eres culpable serás castigado.
Lucian trataba de ver a la mujer que lo ayudó, pero la capa cubría muy bien su rostro. Marcus, furioso, tomó la espada y pronunció:
—¡La Marca de la Orden, movimiento prohibido: Daga del Cierre, Condena de la Deidad!
—¡No, Marcus, detente! —gritó Lia—. ¡Está prohibido!
Pero no escuchaba. Lia no podía permitir que usara ese ataque, así que tuvo que detenerlo usando la tercera postura Wei Dan Yan, que logró detener a Marcus antes de que lograra completar el golpe.
—¿Qué te ocurre, Lia? ¿Acaso te revelas? —preguntó Marcus.
Lia le dijo:
—No. ¿No eras tú quien me retaba con la cordura y el uso del pensamiento? Mírate, no estás pensando. Satoru no estaría contento si lo matas. Deja de estar solo, déjame luchar a tu lado, juntos como hace tanto tiempo.
Marcus se mordió la mano a tal punto que se lastimó.
—Sí, perdona. Esta vez será diferente.
La lluvia no tenía tregua, era más fuerte incluso; la visión era difícil. Pero algo pasó, algo que ni Marcus ni Lucian esperarían: la mujer de la capa negra tomó a Lucian y lo dejó inconsciente de un golpe. Cuando cayó, la mujer misteriosa lanzó un polvo negro y lo encendió con el golpe de la espada contra el suelo. Esto causó una gran explosión y el humo cubrió todo.
Marcus ingresó en el humo, pero no veía bien. Lia también entró y, en las sombras, se vio unas siluetas combatiendo y una de ellas cayó. Cuando el humo se disipó, estaba herida Lia en el suelo y Marcus tenía su espada manchada de sangre, pero ya no estaban ni Lucian ni la mujer.
Marcus golpeó el suelo con su espada y se arrodilló gritando al viento:
—¡No, otra vez no! ¡Lo tenía en mis manos!
Los miembros de la fe se acercaron y pidieron a Marcus que ayudara a Lia. Marcus reaccionó y se preocupó por ella, la tomó en sus brazos y, cuando se dirigían a la orden, apareció Lucía para ayudarlos. Mientras ayudaba a llevar a Lia, Marcus le preguntó:
—Y tú, Lucía, ¿dónde estabas?
Ella dijo que estaba mirando y que intentó detener a la mujer mientras escapaba, y resultó herida. Y en verdad, Lucía estaba herida en un costado.
“¿Qué sucedió en ese instante que dejé pasar por alto?”, se decía Marcus mientras llevaba a Lia herida.
Marcus se apresuró a llevar a Lia a la sala de medicina de la orden; también Lucía estaba herida. La lluvia estaba amainando ya. Al llegar, Satoru salió y recibió a los tres. Cuando Marcus dejó a Lia en la camilla, un corrientazo le cruzó por la frente y cayó desplomado. Lucía trató de sostenerlo, pero su herida no le permitió reaccionar y ella también fue atendida.
Mientras esto pasaba, Lucian estaba inconsciente y siendo tratado por un médico curandero que aplicaba infusiones herbales en la herida e intentaba restablecerlo. A lado de Lucian estaba Kerion; el joven estaba preocupado, miraba a su maestro inconsciente y parecía muerto, pero aún respiraba.
Tanto en la orden como en la casa del curandero estaban heridos, y no solo en su orgullo, sino en su mente. Nadie entendía qué pasó. Cuando Lucian reaccionó, no comprendió qué había sucedido, ni quién lo ayudó. Sobre todo, la técnica que usaron era algo nuevo, algo que no conocía, y se preguntó quién terminó lastimado en ese combate, o si nadie salió ileso.
Lucian le preguntó a Kerion si vio a la mujer que lo trajo y Kerion respondió:
—No, Lucian, no la vi bien, pero era muy hábil; tanto que después de dejarte, desapareció.
En la Orden de la Toga la cosa estaba tensa: Lia herida de gravedad y Lucía también herida, Marcus aún inconsciente. Satoru envió un mensaje a su hermano Orcan, pues era urgente. Satoru estaba preocupado, sentía que las cosas se estaban saliendo de las manos, pero tenían un as bajo la manga y era hora de usarlo.
Satoru se acercó a Lucía y le preguntó si podía darle detalles de lo ocurrido, pero Lucía respondió que ella no vio nada más que una mujer escapando con Lucian y que era tanta la confusión que hasta ella perdió el rastro.
Satoru la miró con duda y limpió su rostro.
—No te preocupes, te creo —dijo, y se alejó lentamente. Al salir, indicó a los integrantes de la Orden de la Fe que la vigilaran.
Lucía escuchó esa voz otra vez y esta vez susurró algo diferente:
—Lucia, excelente. Lucian sigue libre, pero cometiste un error y eso será grave… corrígelo ahora.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com