Codex morte el arte de la gula - Capítulo 38
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Capítulo 38: ¿Quién es esa mujer?
La oscuridad era como una silenciosa amiga, una confidente implacable. Ya no había verdad en la mentira que habitaba cada día de su existencia, un eco hueco de lo que fue. Era la paradoja más cruel: de ser un actor venerado, bañado en ovaciones y aplausos, a vivir como un espectro, escondido entre las sombras, carcomido por la duda y la soledad. El peso de cada amanecer se sentía como una condena. Pero, inesperadamente, un hilo de luz se coló por una grieta insignificante. No era la promesa de esperanza que anhelaba, no; era un presagio, una nueva hebra en el intrincado tapiz de su desesperación.
Una gota de agua, fría y precisa, resbaló por su sien, dibujando un camino helado hasta su mejilla. No era lluvia, sino la humedad de la cueva, reflejo de su propia existencia goteando lentamente. Un temor ancestral, más frío que el agua, cruzó por su mente: el pavor a ser olvidado, a que su legado, aquello por lo que había sacrificado su humanidad, se desvaneciera sin dejar rastro. “¿Qué quedará después de mí?”, se preguntó con una punzada. “¿Después de mi olvido? ¿Acaso nada será mejor?”. La deuda que cargaba, una losa de promesas incumplidas y almas rotas, era tan pesada que le impedía avanzar, le negaba el consuelo del final. Pero justo entonces, un susurro ahogado, lejano, se filtró a través de la piedra, un eco tenue que logró perforar su apatía. Afuera, entre la penumbra, se escuchó una plática velada entre dos mujeres que pasaban cerca del escondrijo. Una le dijo a la otra, con voz ligeramente más aguda: “Es extraño, ¿no? Ahora ofrecen recompensa por cualquiera”. La otra, con una voz más grave y resonante, respondió con un tono de hastío: “Sí, amiga. Primero ofrecían mil monedas de oro por ese joven actor apuesto y galán, Lucian”. Hizo una pausa, y continuó: “Pero creo que era más por el revuelo que causaba, su arte era muy controversial, casi sacrílego”. La del vestido verde replicó, su voz bajando a un murmullo cómplice: “Ahora, amiga, la recompensa es por el hombre que vive en las calles, ese que cuenta historias por monedas, ‘el loco de las leyendas'”. La otra, visiblemente sorprendida, inquirió: “¿En serio? ¿Y cuánto ofrecen?”. Miró a un costado, como si dudara en compartir la información. “Pues dicen que doscientas cincuenta monedas, pero lo más curioso es que quien ofrece esto es una mujer de la Orden de la Fe, no directamente; es un encargo del Supremo Mandato. Aun así, debe ser importante. Además, quizás si lo entregamos podamos ganar un dinero extra. Bueno, mi amiga, nos vemos”. Sus pasos se alejaron, dejando a Lucian en un silencio aún más opresivo.
Lucian había escuchado cada palabra, y una nueva incertidumbre se posó sobre su alma. ¿Por qué buscaban a ese hombre? ¿Qué querían de él, o quizás este viejo sabía algo de ellos, de su propia existencia? Debía averiguarlo. Discretamente, se escabulló en la ciudad, mimetizándose entre la gente común. Su disfraz, una segunda piel de joven noble que había despojado de un incauto tiempo atrás, era impecable. Caminó con la distinción y la elegancia aprendidas de su vida pasada, observando, absorbiendo cada detalle. En una esquina de una taberna, el murmullo de una conversación captó su atención. Hablaban de ese hombre, lo llamaban “el loco Daniel”. “Lo vi caminando sin rumbo”, dijo una voz áspera, “parecía asustado, casi un animal acorralado. Corría hacia la vieja mina”. Lucian sintió un escalofrío. Sin pensarlo, salió en su búsqueda. Caminó por la avenida principal, el pulso de la ciudad palpitando a su alrededor. La gente pasaba a su lado, sus respiraciones, sus olores, el cansancio impregnado en su andar… Cada movimiento, cada pequeño gesto, Lucian lo percibía con una agudeza antinatural, como si el mundo se moviese en cámara lenta solo para él. Era una sobrecarga sensorial, una cacofonía incómoda que rozaba la locura. Cuando llegó a la salida del sendero que conducía a la mina, un latido intenso, casi una vibración en la tierra, resonó en su pecho. Era un sonido instintivo, el presentimiento de una presa acorralada, aterrorizada. Siguió ese eco vital, cada vez más fuerte, más desesperado. Oculto detrás de unos árboles añosos, allí estaba él. Pero no era lo que Lucian esperaba. No era un adversario, ni un poseedor de secretos peligrosos. Era un hombre viejo, encorvado, quizás de ochenta años, con el rostro surcado por el tiempo y la pena, y una mirada tan triste que parecía haber contenido mil tormentas. Lucian lo llamó desde la distancia, su voz adoptando un tono suave y conciliador: “Disculpe, señor, ¿es usted Daniel? Me presento, soy Fred. Estoy buscándolo, me han dicho que es usted un narrador excepcional de leyendas y relatos. Estoy dispuesto a pagarle, y le aseguro, no le haré daño alguno”.
Daniel levantó la mirada, sus ojos nublados por la desconfianza y el cansancio. Un suspiro profundo escapó de sus labios agrietados. “Joven, ¿usted desea burlarse de mí como el resto de la gente?”, su voz era un rasgueo seco. “Si es así, le ruego que me deje en paz. Ya no sé dónde esconderme, pensé que aquí nadie me encontraría… pero cómo me encontró usted, eso es aún más misterioso”. Lucian, aún con el semblante impostado del joven noble, mantuvo la calma. Su corazón, o lo que quedaba de él, sintió una punzada inusual ante la vulnerabilidad de Daniel. “Le vi desde lejos, señor Daniel, y su presencia me llamó la atención, es la pura verdad”, contestó, sus palabras impregnadas de una sinceridad inusual. “Y deseo ayudarle, de veras”. Extendió la mano, ofreciéndole un pequeño envoltorio. “Mire, tome esto. Es un postre exquisito, hecho de durián con dulce, una verdadera delicia”. Daniel se acercó con una cautela animal, sus movimientos lentos, como un depredador herido que se acerca a una ofrenda inesperada. Hambriento, sí, pero asustado. Lucian lo percibió con esa hiperconciencia que lo definía. Cuando los dedos temblorosos del viejo tocaron el envoltorio, un pequeño temblor recorrió su cuerpo. Su respiración, antes agitada, se fue calmando poco a poco. Desplegó el papel, sus ojos se iluminaron fugazmente ante el manjar. Comió gustoso, cada bocado un pequeño alivio. Cuando terminó, se limpió con un pañuelo ya ajado y, con una voz un poco más firme, habló.
“Joven Fred, soy un simple hombre viejo, un eco de lo que fui. He vivido oculto tras las sombras de este mundo cruel y vacío durante incontables años, porque… porque vi algo que no debe existir”. Su voz bajó a un murmullo, casi un susurro cargado de terror. “Un ser de otro mundo… que se alimentaba de la vida, de la esencia misma de las personas”. Lucian sintió un frío helado en su interior, un reconocimiento primario. “¿Acaso este pobre ser me vio? ¿Me conoce como Lucian?”, pensó, su mente en una espiral. Pero Daniel continuó, ajeno a la tormenta en el alma de su interlocutor: “Verá, joven, ese ser… lo vi cuando era apenas un niño. Caminaba de vuelta a casa, llevaba la poca comida que habíamos conseguido para mi madre. Como era tarde, tomé un atajo por el callejón, y fue ahí donde escuché unas voces… unas voces que no eran de este mundo. Me acerqué lentamente, la curiosidad superando al miedo, y la vi. No era una persona. Era como una pesadilla materializada, una figura que distorsionaba el aire a su alrededor. Me asusté tanto que mi corazón casi explotó en mi pecho, no sabía qué hacer… Y entonces, ella… con una gracia letal, tomó el rostro de una joven… y sus ropas se desvanecieron como humo…”. Sus ojos, antes perdidos, se fijaron en Lucian, cargados de una oscuridad infinita.
Cuando Daniel pronunció la palabra “ella”, Lucian experimentó una punzada de alivio y una urgencia renovada. Si no hablaba de él, entonces, ¿de quién? “¿Quién era esa mujer de la que Daniel huía con tanto terror?”. “Necesito saber más”, se dijo. “Cuénteme, Daniel, ¿qué pasó después?”. Daniel miró al piso, como si la tierra guardara el resto de su tormento. “Tomé una roca, mi único consuelo, esperando que me atacara… pero no se dio cuenta de mi presencia. La seguí, mi pequeño cuerpo temblaba con cada paso, y la vi montar un caballo oscuro que esperaba fuera del callejón. Se alejó deprisa, como una sombra. Fui corriendo a buscar ayuda, le conté esto a los guardias, a las personas que vi cerca… pero nadie me creía. Se reían de mí, me empujaban, me llamaban loco… La única que creyó en mí fue mi madre, pero ella ya estaba muy enferma, su mente ya no era la misma…”. Daniel se detuvo, sus ojos brillando con una humedad apenas contenida. “Sabe, mi joven… le invito a mi humilde casa a beber algo. Me parece usted una buena persona, y no deseo estar solo. Espero acepte mi invitación”.
Lucian sonrió, una sonrisa genuina, extraña en su rostro, mientras observaba la frágil humanidad de Daniel. Caminaron juntos, la distancia entre ellos disminuyendo con cada paso. En todo el camino, se contaron anécdotas, pequeños fragmentos de vidas vividas, y las risas resonaron en el aire de la noche, como si de dos viejos amigos se tratara, unidos por un destino inesperado. Llegaron a la casa de Daniel, una pequeña morada llena de libros y objetos curiosos, y entraron. Dentro, Daniel, con un brillo renovado en sus ojos, sacó una botella de vino añejado que exhalaba un aroma increíble, denso y embriagador. Sirvió una copa a su invitado. Ambos brindaron, sus copas chocando con un tenue tintineo, y la plática continuó, más profunda, más íntima. Daniel dijo, con una voz cargada de emoción: “Amigo… gracias. Eres el primero que me ha tratado como persona en mucho, mucho tiempo. Espero verte otra vez”. Lucian, bajo su disfraz, sonrió. “Y dígame, ¿qué pasó después?”, preguntó, su voz teñida de una curiosidad insaciable. “¿Y quién es esa mujer que viste?”. Daniel continuó su relato, la expresión de su rostro endureciéndose. “Amigo, la busqué por años. La seguí como un investigador, obsesionado. Sé cómo es ella realmente, cómo se oculta a plena vista. Ella usa un rostro robado, una fachada perfecta, y se mueve en los círculos de quienes dicen ser la ley, los poderosos. Yo puedo reconocerla, a esa mujer… a la que arruinó mi vida”.
Lucian, sintiendo el peso de las palabras de Daniel, preguntó con una voz apenas audible: “¿Y cómo arruinó tu vida, amigo?”. Daniel se llevó una mano a los ojos, como si quisiera borrar las imágenes. Tras derramar unas lágrimas silenciosas y lentas, respondió, su voz quebrada: “Ella… por culpa de ella perdí mi hogar… y a mi madre”. Lucian pensó, la intriga convirtiéndose en una obsesión. Si esa mujer era tan malvada como él, entonces el destino los había unido por una razón. ¿Quién era esa criatura? ¿Era otra maldita como él? Pero antes de que pudiera profundizar, un golpe seco resonó en la puerta. Lucian preguntó si esperaba a alguien. Daniel respondió que no, pero a veces iban a dejarle comida, por caridad. Cuando salió, afuera estaba Lucia. Con su porte elegante y una sonrisa tensa, preguntó: “Disculpe, ¿es usted el señor Daniel?”. El viejo hombre contestó: “Sí, ¿qué desea, joven?”. Lucia, con una mirada calculadora, inquirió: “¿Y se encuentra solo en casa, señor?”. Daniel, ajeno a la tensión que irradiaba la mujer, respondió con amabilidad: “No, aquí está un amigo mío. Es muy educado”. Lucia sintió que la sangre le hervía. “¡No es posible!”, pensó, con la mandíbula tensa. “Tanto que me costó encontrarlo y no está solo. Ni modo, tendré que eliminarlos a los dos”. Lucia, recomponiéndose, pidió permiso para pasar, esgrimiendo una excusa: deseaba realizarle unas preguntas acerca de una investigación cerca del lugar. Daniel, siempre caballeroso, aceptó y le invitó una copa de vino. Cuando ella ingresó, sus ojos, entrenados para el peligro, se posaron en el invitado. Reconoció a Lucian bajo el disfraz, a pesar de las finas ropas. Una punzada de sorpresa y furia la atravesó. Lucia saludó con una cortesía helada, y se sentaron los tres. De pronto, Lucia, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, preguntó a Lucian [Fred] quién era él y de dónde conocía a Daniel. Este respondió con una calma sobrenatural, casi perturbadora: “Es un amigo que conocí en un camino cerca del río. Pero… ¿qué tiene que ver esto con lo que iba a preguntar, señorita? Según escuché, usted investigaba algo, ¿no?”. El tono de Lucian era un desafío velado.
Lucia, con la tensión palpable en cada fibra de su ser, se sintió arrinconada. No deseaba hacerle daño a ese joven noble, no si podía evitarlo, pero dejarlo marchar era un riesgo demasiado grande. La misión era lo primero. La incertidumbre se disipó, reemplazada por la fría determinación. En un movimiento fluido y letal, desenvainó su espada. El acero brilló un instante antes de que atacara a Daniel. Pero, con una velocidad sorprendente, casi inhumana, Lucian lo salvó, interponiéndose. “¡¿Qué te ocurre?!”, cuestionó, su voz, aunque aún disfrazada, vibraba con una autoridad innegable. “¿Por qué atacas a este hombre?”. Lucia, con el filo de su espada aún en alto, se disculpó, un destello de dolor cruzó sus ojos. Una lágrima brotó, deslizándose por su mejilla como un cristal roto, y, sin mediar palabra, volvió a atacar. Lucian no comprendía la contradicción. La lágrima, la ferocidad del ataque… ¿Acaso ella lo había descubierto? Una idea helada se formó en su mente: “Quizás ella me vio… y cree que este viejo me ayuda. ¿Qué hago?”. No tuvo más opción que defenderlo.
El choque de acero llenó la pequeña estancia. La danza de la muerte comenzó, rápida y brutal. Lucia, con una furia contenida, usó la técnica conocida como Mandara Wei, un estilo diseñado para asesinar con precisión mortal, sus golpes eran como el veneno, rápidos y letales, buscando las debilidades. Lucian, con una agilidad que trascendía su forma humana, contraatacó con Yaito Da, una técnica de defensa avanzada que convertía la agresividad del oponente en su propia debilidad, sus movimientos eran fluidos, casi imposibles de seguir. La casa se convirtió en un torbellino de chispas y estocadas. Pero en medio de la vorágine, un golpe desviado de Lucia, destinado a Lucian, impactó contra Daniel, hiriéndolo gravemente. El impacto fue tan brutal que el viejo cayó, y el muro de piedra detrás de él se resquebrajó y colapsó con un estruendo. Marcus, quien había seguido a Lucia con Lia a su lado, observaba desde la distancia, oculto entre los callejones. El rugido del muro al desmoronarse hizo que la tensión que ya sentía se volviera insoportable. “¡Dime, Lia!”, siseó, su voz cargada de urgencia, “¿qué crees que busca Lucia con ese hombre? ¡Algo no cuadra!”. Lia, con sus ojos fijos en la casa derrumbándose, respondió, su tono grave: “No lo sé, Marcus… pero ese estruendo… Quizás si esperamos, lo sabremos. O si entramos, lo viviremos”. La imagen del muro derruido fue la señal para Marcus. “¡Ya basta de esperar!”, gruñó, su rostro endurecido por la furia. “¡Entramos!”.
Al percatarse de la inminente llegada de refuerzos, Lucia, con un movimiento final y desesperado, escapó del lugar, desapareciendo como una exhalación. Lucian, sin dudar, tomó a Daniel en brazos, ignorando el dolor del anciano, y lo sacó del derrumbe justo antes de que Marcus irrumpiera. Cuando Marcus entró, solo encontró la casa desolada, la pared rota, el polvo asfixiante flotando en el aire y un rastro oscuro de sangre que se perdía en la noche. Su respiración se aceleró, sus puños se apretaron. “¿¡Qué demonios pasó aquí!?”, rugió, su voz haciendo eco en la ruina. Ordenó a Lia, con una voz tensa y urgente, que buscara a Lucia. Él, por su parte, seguiría el rastro de sangre. Quería, necesitaba, entender qué había sucedido y por qué. La escena vibraba con la promesa de una violencia mayor.
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