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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 9

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9: Secretos 9: Secretos Los comentarios llegaban hasta mi camerino, filtrándose por debajo de la puerta: “Un genio…” “Demasiado dramático…” “Ni una sola broma – solo dolor…” Algunos más, guiados por sus creencias, llamaban a Venid extravagante… incluso perturbadora.

Todas esas voces eran válidas, pero ninguna alcanzaba a tocar lo que realmente importaba.

Mientras tanto, el organizador del teatro estaba eufórico.

Toda la butaca se había vendido en Bustina – incluso había tenido que entregar entradas simbólicas, porque gente de todos los rincones deseaba ver la obra.

Para muchos, ver la creación de Lucian Vacarut era lo más cerca que llegarían de la grandeza teatral.

Esa misma noche estaban organizando un baile de gala para conmemorar el evento.

Yo, en cambio, estaba solo en mi camerino, sumido en un pensamiento que me acompañaba desde hacía tiempo – algo que nunca supe realmente de Venid, la actriz que inspiró esta obra.

Verán… Cuando ella envió su carta, jamás supe a quién iba dirigida ni qué decía.

Pero yo sí puedo hablarles de la mía.

Antes de viajar a Bustina, envié una carta a mi amigo Buticheli – siempre vestido con trajes de colores vibrantes, su bigote bien peinado, famoso cazatalentos del teatro.

Había trabajado con él en varias obras que compró a escritores novatos: La Delaila, Tres luces en la noche – la primera que vendí gracias a él – y El dulce cascabel.

Siempre decía algo que jamás olvidé: —Actuar es como pintar un cuadro.

El escenario es tu lienzo… y tu cuerpo es el pincel.

Cada movimiento dibuja una línea que revela quién eres.

Yo lo admiraba.

Él estaba preparando una nueva colección de obras clásicas en su teatro de la capital y me había pedido que dirigiera algunas de ellas.

Pero en mi carta le dije algo distinto.

Le dije que conocía a un talento emergente.

Alguien extraordinario.

Y que lo encontraría en Bustina, en la obra que acababa de montar.

Quizás me juzguen por mi decisión… pero yo sabía que era lo correcto.

Milena entró, sus ojos aún brillaban con el eco del aplauso.

—Lucian… ahora entiendo lo que sientes —dijo, acariciando el borde del escenario que había trazado en la pared con tiza hace semanas—.

El arte es maravilloso.

Ver los rostros del público… sentir que están vivos… fue como encontrar agua en el desierto.

Se inclinó con respeto, su cabello cayendo sobre su rostro.

La levanté suavemente.

—No es necesario eso.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Milena se sonrojó, jugueteando con el lazo de su vestido – el mismo que le había regalado para la función de estreno.

—Lucian… he ocultado esto por muchos años.

Sé que dijiste que nuestra relación debía ser profesional… pero mi corazón… Respiró profundo, y vi cómo se estremecían sus labios.

—Cada vez que te veía actuar… sentía que vivía para ti.

Lucian, yo… Toc, toc, toc.

Alguien llamó a la puerta con firmeza, tres golpes bien marcados – el estilo de Buticheli.

Abrí.

Era él, con su traje verde esmeralda y su corbata naranja, como si hubiera venido directamente de un encuentro en la corte.

—¡Lucian, amigo!

—dijo estrechando mi mano con fuerza—.

Esto es increíble.

Hay carteles de tu obra por toda Bustina – incluso vi a niños dibujando la máscara de Venid en las paredes.

Lo lograste.

Tu sueño se cumplió.

Luego bajó la voz, mirando hacia Milena.

Al ver su rostro pálido y la tensión en sus hombros, frunció el ceño ligeramente.

Ajustó su corbata con su mano característica y guardó sus palabras, pero su mirada preguntaba.

—Pero dime… ¿dónde está la estrella que prometiste presentarme?

He venido en carroza desde la capital – y la misma carroza espera en la puerta para regresar antes del amanecer.

Tenemos que partir hoy mismo, porque en los próximos días comenzaremos la selección de textos para la nueva colección de obras, y necesitamos tiempo para que ella conozca los manuscritos que hemos reunido.

Lo miré, sintiendo cómo un cosquilleo en el estómago se convertía en fuego – el hambre que intentaba ocultar desde hacía días.

Mis dedos se cerraron en puño sobre el borde de la mesa.

—Está frente a ti.

Buticheli frunció el ceño de nuevo.

—Lucian… no estoy para bromas.

Llevo ocho horas en camino y mi único propósito aquí es conocer a ese talento.

—No es una broma —respondí, con la voz más firme que pude encontrar—.

Es Milena.

Esta noche la obra brilló gracias a ella.

Interpretó a Venid con una profundidad que ni siquiera yo imaginaba.

Buticheli quedó en silencio.

Sabía que yo siempre había dicho que nadie era digno de dar vida a la gran actriz.

Se acercó un paso a Milena, la observó de pies a cabeza con esa mirada experta que había descubierto a tantos artistas, y finalmente susurró: —Te creo.

Luego miró a Milena, su expresión volviéndose seria y cálida.

—Pero debes saber algo.

Si vienes conmigo, debes subirte a esa carroza en este mismo instante – los manuscritos esperan, y cada día es valioso para afinar la interpretación de las obras clásicas.

Y la distancia… bueno, la capital está a cientos de leguas.

Quizás no vuelvas a ver a Lucian por mucho tiempo – quizás nunca, si la pasión por la literatura y el teatro te lleva por caminos distintos.

Milena bajó la mirada, y vi cómo una lágrima caía sobre su mano, manchando el vestido azul que tanto cuidaba.

—No lo sabía… pero antes quiero decir algo… Escuché su voz temblar y sentí cómo mi corazón se contraía hasta casi romperse.

El hambre empezaba a rondarme con fuerza, caliente y cruel, y recordé las palabras grabadas en aquel pergamino.

Si me quedaba cerca de ella, solo le traería desgracia.

Cada segundo que pasaba era un riesgo mayor.

No la dejé terminar.

—Ella acepta —dije, aunque mi voz se quebrara un poco en la última sílaba—.

Está ansiosa por esta oportunidad.

Llevó meses preparándose para esto, incluso cuando no sabía que llegaría tan lejos.

Milena me miró sorprendida, sus ojos llenos de incredulidad y dolor.

—Lucian… ¿qué estás diciendo?

—He sido tu guía y tu mentor —continué, mirando hacia la ventana para no ver su rostro—.

Vivimos momentos hermosos, construyendo esta obra juntos sobre los fundamentos de la literatura y la expresión teatral.

Pero ahora debes caminar sola.

Este es tu debut – el primero de muchos, estoy seguro.

Respiré profundo, sintiendo cómo la garganta se me cerraba.

—Estoy orgulloso de ti.

Más de lo que puedes imaginar.

Buticheli asintió con tristeza y sonrió suavemente.

—La carroza está lista en la puerta principal.

He pedido que alguien lleve tus cosas desde tu habitación del hotel, pequeña.

Te esperaré afuera.

Salió, cerrando la puerta con suavidad – dándonos un último instante de privacidad.

Entonces Milena me abrazó con fuerza, tan fuerte que creí que podría romper mis costillas.

—Lucian… ¿acaso no significo nada para ti?

Si me lo pides, no iré.

No me importa renunciar al teatro, ni a todo lo que soñé.

Seguiré siendo tu asistente, limpiaré los escenarios, prepararé los vestuarios… solo… déjame quedarme a tu lado.

No pude mirarla.

Las palabras del libro resonaban en mi cabeza con fuerza implacable: Cualquier vínculo emocional atraerá la oscuridad hacia quien ames.

—¿Cómo puedes decir eso?

—respondí, aunque cada sílaba me dolía como una herida abierta—.

Renunciar a esta oportunidad sería como despreciar todo lo que representan las palabras escritas y las voces que las dan vida en el escenario.

Todo lo que hemos construido juntos.

Si no tomas esto… no quiero volver a verte.

No puedo ver cómo desperdicias lo que tienes dentro.

Sus sollozos llenaron el camerino.

Tomó sus cosas con manos temblorosas – la pequeña maleta de cuero que siempre llevaba – doblando sus vestidos con cuidado, como si fuera a volver mañana a colocarlos en el armario del camerino.

Se acercó lentamente hasta donde estaba yo, y su mano se posó brevemente sobre mi rostro – cálida, como la luz del sol de primavera.

Me besó.

Un beso breve… levemente tembloroso… que se sintió como una herida abierta que nunca sanaría.

—Te esperaré —susurró, pasándome los dedos por la mejilla—.

Siempre.

Luego salió.

Desde el balcón la vi subir a la carroza negra que esperaba en la calle vacía, con las luces de los faroles titilando en la niebla.

Se llevó la mano a la boca, intentando contener el llanto, pero las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.

Antes de que el cochero azotasen a los caballos, se volvió hacia mí y me lanzó un beso con la mano, llevándoselo al corazón.

La carroza se alejó en la noche, desapareciendo entre la niebla que cubría las calles de Bustina.

Entonces noté algo en el suelo, justo donde ella había estado parada – un pequeño papel doblado con esmero, atado con un hilo azul del mismo color que su vestido.

Lo abrí con manos que temblaban.

Decía: “Vacarut… Qué hermoso sería llevar ese apellido.

Lo amo desde el día en que tomó mi mano para enseñarme a moverme en el escenario.

Cada día a su lado fue un sueño que nunca quise despertar.

Si él me lo pidiera, me casaría con él y le daría un hijo que llenara su vida de luz.

Sé que algún día entenderá por qué me fui sin protestar.” Algo en mí se fracturó sin hacer ruido.

Pero ya lo sabía.

Desde el principio.

El Codex Morte no conocía piedad.

Y una de sus reglas era clara: “No volverás a amar.

Cualquier intento traerá desgracia a quien tu corazón elija.” Entonces el hambre volvió con fuerza abrumadora.

Un hambre terrible, que ardía en mis entrañas y apenas podía controlarla.

Y me recordó aquel día… El día en que vi por última vez a Venid, cuando el sol se ponía rojo como sangre sobre el río y ella me entregó la máscara blanca y negra, con sus últimas palabras aún resonando en mis oídos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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