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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 10

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  3. Capítulo 10 - 10 La herida
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10: La herida 10: La herida La función debe continuar.

Era una frase que siempre resonaba en mi mente.

Como una regla.

Como un mandato.

Pero al final, un actor sigue siendo una persona: con errores, emociones… y heridas.

A veces incluso ocultamos nuestro propio dolor para que, durante un pequeño instante, alguien más pueda ser feliz.

Mi querida Venid… siempre creeré que lo que hice fue lo mejor.

Recuerdo cuando estábamos listos para partir hacia Coul.

Salimos de inmediato.

Venid insistió en que viajara con ella en su carreta, y no tuve más opción que aceptar.

Mientras avanzábamos por el camino, las ruedas golpeaban las piedras y todo se sacudía suavemente.

El canto de los insectos era como una música natural que acompañaba la noche.

Entonces ella habló.

—Lucian… quizá no he sido sincera contigo.

Pero quiero contarte algo muy duro para mí.

Guardé silencio.

—Cuando era joven me enamoré de un noble.

Creí que era el amor de mi vida.

Me entregué a él… completamente.

Bajó la mirada, sus dedos se cerraron en puño sobre el lienzo de su vestido.

—Pero yo era una plebeya… y él un noble.

Respiró hondo antes de continuar.

—Cuando descubrí que estaba embarazada, fui a buscarlo.

Estaba feliz… porque una vida crecía dentro de mí.

Incluso llevaba un regalo para él.

Su voz tembló.

—Pensé que también sería feliz.

Pero no fue así.

—Cuando se lo dije… me empujó.

Y me gritó: “Ramera.

Busca al verdadero padre.” Mi pecho se apretó con tanta fuerza que me faltó el aire, como si alguien me hubiera clavado una daga en las costillas y la estuviera girando despacio.

Escuchaba en silencio, sintiendo cómo cada palabra le abría una herida que jamás había visto en ella.

—Me levanté del suelo.

No permití que pisoteara mi orgullo.

Me fui.

Arrojé el regalo al río… y lloré sola.

Pero no me rendí.

Decidí criar a mi hijo por mi cuenta.

La sociedad no es amable con una mujer sola… y mucho menos con una mujer embarazada.

Al principio pude ocultarlo.

Trabajaba como tú lo hacías entonces: cargando cosas, limpiando, ayudando en el teatro.

Fue entonces cuando conocí a Lumiere.

Él ya era actor.

Me ayudaba a veces.

Era amable.

Creo que sentía algo por mí… pero nunca dijo nada.

Cuando mi vientre comenzó a notarse, pensé que se alejaría.

Pero no lo hizo.

Al contrario.

Sonrió y dijo: —Un pequeño actor crece en tu vientre.

Yo mismo lo entrenaré.

Será el mejor.

Cuando nació mi hijo… lo miré y lo amé desde el primer instante.

Era tan pequeño… tan frágil.

Entonces Lumiere dijo: —¿Qué tal si lo llamas Janpiere?

Es un bonito nombre.

Y justo en ese momento… el bebé sonrió.

Así acepté.

La vida en el teatro pasó rápido.

Lumiere cuidaba de mi hijo cuando yo trabajaba, y yo cuidaba de él cuando Lumiere actuaba.

Hasta que un día necesitaban una actriz para un papel importante.

Lumiere insistió tanto… que finalmente me dieron la oportunidad.

—Mi nombre no era Venid —dijo ella, secándose las lágrimas con la manga de su vestido—.

Mi verdadero nombre es Venedicta.

“Venid” era solo el nombre del personaje.

Pero cuando actué… algo cambió.

Fue como renacer.

Sin embargo, la vida tenía preparada otra tragedia.

Cuando mi hijo cumplió ocho años, estábamos cerca de un mercado.

Solo fue un instante.

Un instante en el que lo perdí de vista.

Había visto un pan.

Tenía hambre.

Y lo tomó.

El vendedor lo vio.

Comenzó a gritar.

Mi hijo corrió.

Pero un guardia lo atrapó.

Cuando supe lo que había ocurrido, alguien me gritó: —¡Venedicta!

¡Tu hijo está siendo llevado ante el tribunal!

Corrí.

Los adoquines rasgaban mis pies descalzos, dejando estelas de sangre sobre la tierra polvorienta.

“Janpiere!” gritaba entre jadeos.

“Mamá viene, mi hijo, espera por mí!” Pero cuando llegué a la plaza… ya era tarde.

La multitud estaba reunida en círculo, tan densa que no podía avanzar más que paso a paso.

Decían que aquello sería un ejemplo para los ladrones, sus voces mezcladas en un murmullo cruel.

Intenté abrirme camino, suplicando con lágrimas que ardían en mis ojos: —¡Déjenlo!

¡Es mi hijo!

—grité, mi voz se quebraba y se perdía—.

¡Tiene hambre!

¡Pagaré lo que sea!

Pero nadie me escuchaba.

Un hombre me empujó hacia atrás y me caí al suelo, sintiendo cómo la grava se clavaba en mis manos.

Entonces oí la voz del heraldo, resonando en un cuerno de guerra: —Por decreto del rey, promulgado por el alcalde de la ciudad… Janpiere, hijo de Venedicta, es condenado a muerte por robo.

—Verdugo, proceda.

Vi a un hombre de estatura alta, su rostro cubierto por una tela negra que dejaba al descubierto solo sus ojos – fríos, vacíos como pozos sin fondo.

Se acercó al estrado de madera donde mi hijo estaba arrodillado, temblando, con las manos atadas a la espalda.

Janpiere miraba hacia donde yo estaba, sus ojos pequeños y llenos de miedo, pero no gritaba.

Solo me miraba.

Y grité con todas mis fuerzas, hasta sentir que mi garganta se abría y me llenaba de sangre: —¡NO!

¡POR FAVOR!

¡ES MI BEBÉ!

¡TÓMAME A MÍ!

Pero el verdugo levantó la hacha brillante bajo el sol.

Y la hacha cayó.

Después… solo quedaron los ecos de mi grito, desapareciendo entre las piedras del suelo, mientras el aire se volvió tan pesado que parecía atragantarse en mis pulmones.

Caminé lentamente hacia su pequeño cuerpo.

Estaba allí, tirado en el suelo, cubierto por una tela gruesa que no podía ocultar lo pequeño que era.

Me acosté junto a él sobre la tierra fría, y le canté su canción de cuna con la voz rota.

—Aquí está mamá… duerme, mi pequeño.

—Nadie volverá a hacerte daño.

Lo envolví en la tela que llevaba en mi cintura, la misma que usaba para cubrirlo cuando hacía frío.

Lo acuné entre mis brazos, sintiendo cómo su cuerpo se enfriaba poco a poco, y maldije a todos – al rey, al verdugo, a la gente que había mirado sin hacer nada, al noble que me había abandonado.

Luego caminé sin rumbo.

Sola.

Las calles se hicieron campos, los campos se hicieron senderos.

No sentía más nada, solo llevaba a mi hijo en mis brazos.

Hasta que encontré un árbol de manzanas.

Estaba en flor, sus ramas cubiertas de pétalos blancos como la nieve, pero aún no daba frutos.

En el momento en que mis pies tocaron la tierra a su sombra, un viento frío sopló entre sus ramas y las hojas comenzaron a caer sobre nosotros, como si el propio árbol llorara conmigo.

Y allí… lo enterré.

Cuando Venid terminó de contar su historia, lloraba sin parar.

Sus hombros se estremecían con cada sollozo, y yo no sabía qué decir.

En ese momento comprendí muchas cosas.

Comprendí por qué actuó así cuando me atacaron en aquel callejón oscuro.

Comprendí por qué me protegía con tanto cariño, como si yo fuera la familia que había perdido.

Pero yo… yo no me sentía digno de ese amor.

Por eso tomé una decisión que marcaría el resto de mi vida: cuando llegáramos a Coul, nuestros caminos debían separarse.

Era lo mejor.

Porque ya sabía, incluso entonces, que el amor solo traía desgracia a quienes me rodeaban.

Cuando la ciudad apareció en el horizonte, bañada por la luz del amanecer, Venid sonrió.

—Lucian… aquí comenzará tu nueva vida.

Tú y yo… juntos.

Mi pequeño… ya verás que todo saldrá bien.

Ella llamaba así a mi talento, a ese fuego que ella misma había encendido en mí.

Pero en mi corazón… yo sabía que no sería así.

Y años después, cuando tuviera que tomar la misma decisión con otra joven que brillaba como ella lo hizo, recordaría aquella mañana en Coul – y entendería que en mi vida, el amor y el dolor han caminado siempre cogidos de la mano.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES LucianVacaruth Al dar vida a Venedicta Serinesi y Lumiere Rudineli, me inspiré en ese amor que nace cuando todo parece perdido… cuando la tormenta no da tregua y el mundo se desmorona en silencio.

No es un amor manchado por el deseo vacío, sino uno forjado en la gratitud, en la necesidad de no desaparecer solos.

Una unión de almas que, aun rotas, anhelan convertirse en una sola.

Venedicta, con su belleza serena y casi frágil… Lumiere, envuelto en secretos que arden en lo profundo.

Lo suyo es intenso, es sincero… pero también es solo el inicio de algo que aún no revela su verdadera forma.

Esta historia no termina aquí.

Apenas comienza a desplegar sus sombras.

Y tú… sí, tú que lees esto… eres tan esencial como la luz que aún mantiene con vida a mis personajes.

No apartes la mirada.¡La creación es difícil, anímenme!

¡VOTEN por mí!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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