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Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 30

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  3. Capítulo 30 - 30 30- El peso de las manos
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30: 30- El peso de las manos 30: 30- El peso de las manos A la mañana siguiente, Hipo despertó con la sensación de que alguien había estado moviendo sus herramientas.

No las había.

Pero algo en su taller olía diferente.

A metal caliente.

A ceniza fresca.

Alguien entró anoche.

«¿Paranoico o precavido?» «Precavido», pensó Hipo.

«En Berk, la paranoia te mantiene con vida.» Bajó al taller principal y encontró a Brusca cepillando el horno de fundición con un trapo húmedo.

La mujer levantó la vista y asintió como si él llegara tarde.

—Tu Furia estuvo aquí.

—¿Chimuelo?

—No, el otro Furia que vive en mi tejado.

Sí, Chimuelo.

Estaba oliendo los lingotes.

Creo que le gusta el cobre.

Hipo suspiró aliviado.

—¿Y no te asustó?

—Trabajo con metal desde antes de que nacieras, muchacho.

He visto cosas más aterradoras que un lagarto negro con problemas de apego.

“Me cae bien esta mujer.” «A mí también.

No se lo digas nunca.» El desayuno en el Gran Salón fue más ruidoso de lo normal.

Los jóvenes jinetes —ahora siete, aunque Patán seguía sin participar— hablaban al mismo tiempo sobre el entrenamiento del día anterior.

Patapez intentaba explicar por qué Albóndiga escupía fuego cuando estaba contento (“¡es su forma de sonreír!”), mientras Erik el Flojo mostraba una quemadura en su hombro como si fuera una medalla.

Estoico observaba desde su trono.

No sonreía.

Pero tampoco fruncía el ceño.

Era algo.

Astrid se sentó a su lado sin pedir permiso.

Dejó un cuenco de gachas frente a Hipo y se sirvió otro para ella.

—Hablé con mi padre anoche.

—¿Sí?

—Dice que lo del manual es una locura.

Que los dragones no tienen puntos débiles porque no hay que luchar contra ellos, hay que evitarlos.

Hipo masticó en silencio.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que estaba equivocado.

Astrid dio una cucharada de gachas.

—Y luego mi madre me riñó por faltarle el respeto.

—¿Y tú qué dijiste?

—Que lo sentía.

Astrid lo miró.

—Mentí.

No lo siento.

Por Thor, esta chica me va a matar.

«Del mejor modo posible.» El segundo entrenamiento fue peor que el primero.

No porque los dragones estuvieran rebeldes.

Sino porque llegó Patán.

Con un hacha.

Hipo lo vio cruzar el arco del círculo y sintió que el desayuno se le subía por la garganta.

Chimuelo se tensó a su lado, las alas ligeramente abiertas, la cola golpeando el suelo en un tac-tac más rápido.

«Leo.» Ya lo veo.

—Patán —dijo Hipo, alzando una mano para que los demás se detuvieran—.

Las hachas no.

—Las hachas siempre.

—Hoy no.

Patán se detuvo a veinte pasos.

El hacha colgaba de su mano derecha, el filo hacia abajo.

No en posición de ataque.

Pero tampoco de descanso.

—Vengo a observar.

Como ayer.

—Ayer no tenías un arma.

—Ayer no sabía que los dragones se acercaban tanto.

Astrid dio un paso adelante.

Su mano fue al hacha de su cintura.

Tormenta erizó las espinas.

Hipo la detuvo con una mirada.

«No.

Esto es mío.» —Deja el hacha en la entrada —dijo Hipo—.

Luego puedes subir a las gradas.

Con las manos vacías.

Patán lo miró a los ojos.

Diez segundos.

Veinte.

Luego, muy lentamente, caminó hacia la puerta del círculo y apoyó el hacha contra el marco de madera.

—Ya está.

—Gracias.

—No me des las gracias.

Hipo sonrió por dentro.

“Astrid lo dice igual.” El entrenamiento transcurrió con una tensión nueva.

Patán observaba desde la grada más alta, igual que ayer, pero ahora sus manos estaban vacías.

Abiertas sobre sus rodillas.

Como si demostrara que no escondía nada.

Hipo intentó concentrarse en enseñar a los otros.

Mostrarle a Camicazi cómo leer el lenguaje corporal de Baboso (las alas pegadas al cuerpo = miedo; las alas medio abiertas = curiosidad).

Corregir la postura de Brutilda sobre Eructo (las piernas demasiado juntas, necesita más superficie de apoyo).

Pero su mirada volvía a Patán una y otra vez.

Y en la tercera hora, pasó algo.

Patapez estaba intentando que Albóndiga girara en círculos —un ejercicio que Leo había llamado “el ocho imposible” porque, cito, los Gronckles tienen la aerodinámica de una piedra— y el dragón se desorientó.

Albóndiga giró en la dirección equivocada.

Su cola golpeó a Patapez en el pecho.

El joven voló por los aires y cayó de espaldas contra el suelo con un thud húmedo.

—¡Patapez!

—gritó Hipo, corriendo.

Pero alguien llegó antes.

Patán.

Había saltado desde la grada —una caída de cuatro metros— y ya estaba arrodillado junto al cuerpo inconsciente de Patapez.

Sus manos, las mismas que habían empuñado un hacha hacía una hora, tocaron el cuello de Patapez con una suavidad que Hipo no sabía que poseía.

—Respira —dijo Patán—.

Sigue respirando, flacucho.

Patapez tosió.

Abrió los ojos.

—¿Qué…?

—Te golpeó una piedra con alas —gruñó Patán, pero había algo raro en su voz.

Algo tembloroso—.

No te muevas.

Hipo llegó jadeando.

—¿Está bien?

—Vivo —Patán se puso de pie—.

Más duro de lo que parece.

Sus miradas se encontraron.

Y por un segundo, Patán no lo odió.

No sonrió.

No asintió.

No dijo nada amable.

Pero sus manos —las manos que habían tocado a un herido, que habían sostenido un hacha y ahora sostenían nada— temblaron ligeramente.

Luego Patán se dio la vuelta y subió las gradas sin mirar atrás.

Se sentó en el mismo lugar.

Volvió a cruzar los brazos.

Pero sus manos seguían temblando.

Eso —pensó Leo— fue un antes y un después.

Hipo asintió en silencio.

Y siguió entrenando.

Esa noche, Hipo encontró un pescado ahumado en la puerta de su taller.

No había nota.

Pero reconocía la forma de cortar la cabeza del bacalao.

Patán siempre los descabezaba con un hacha.

“Un tajo limpio.

Sin furia.” «Está tratando de decir algo.» «¿Qué?» No lo sé.

Pero es la primera vez en su vida que no usa palabras para decirlo.

Hipo guardó el pescado.

No lo comió.

No todavía.

Pero lo guardó.

————————— Por un lado siento que va bien por otro siento que esta medio estancado jajaja algun lector amable que de sugerencias para mañana?

igual sigo escribiendo con cariño

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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