Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 29

  1. Inicio
  2. Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo
  3. Capítulo 29 - 29 29-Circulo roto
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

29: 29-Circulo roto 29: 29-Circulo roto El sol se arrastraba sobre Berk como un gato perezoso, derramando luz amarilla sobre el círculo de entrenamiento.

Pero hoy no había piedras giratorias ni mazas oscilantes.

Hoy había dragones.

Siete de ellos.

Chimuelo descansaba a la derecha de Hipo, su cola rozando el suelo con un tac-tac hipnótico.

A su izquierda, Rompedientes brillaba envainada, aunque Hipo dudaba que la necesitara.

Los dragones se habían dispuesto en un semicírculo imperfecto: Gronckles rodando sobre sus propios ejes, un Nadder Mortal erizando sus espinas con desconfianza, la Pesadilla Monstruosa de Erik exhalando anillos de humo.

Y Patán observaba desde las gradas de madera.

No se había sentado con los otros jóvenes que no tenían dragones.

Se había sentado solo, en la fila más alta, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.

Bien.

Ya empezamos con la postura de mártir.

«Leo, no ayudes.» ¿Perdón?

¿No ayudamos?

¿Desde cuándo no ayudamos?

Hipo ignoró la voz y avanzó hacia el centro del círculo.

Astrid ya estaba allí con Tormenta, la Nadder Mortal moviendo su cabeza como un péndulo nervioso.

—Regla número uno —dijo Hipo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía—.

No los provoques.

No los amenaces.

No alces el hacha aunque sea para señalar.

El Flojo levantó la mano.

—¿Entonces cómo los entrenamos?

—Ganándote su confianza.

Silencio.

Camicazi, desde su Cremallerus Baboso, rió entre dientes.

—Eso suena a algo que diría un melenudo.

—Quizá —Hipo se encogió de hombros—.

Pero dime, Camicazi, ¿cuántos melenudos han volado en un dragón?

Ella cerró la boca.

“Punto para Hipo.

Aunque me duela admitir que usó mi argumento de la semana pasada.” Patán seguía mirando.

No se movía.

No hablaba.

Hipo se obligó a no mirarlo.

—Vamos por pares.

Cada uno se acerca a su dragón.

Sin movimientos bruscos.

Sin contacto visual directo.

Esperen a que el dragón dé el primer paso.

—Eso es ridículo —gruñó Brutacio, aunque ya estaba bajando de Eructo con cuidado—.

Los dragones no dan pasos.

Escupen fuego y ya.

—Observa.

Hipo se arrodilló frente a Chimuelo.

La Furia Nocturna inclinó la cabeza, una oreja hacia adelante, la otra hacia atrás.

Hipo extendió la mano abierta, sin dedos rígidos.

Chimuelo olfateó.

Luego apoyó su hocico en la palma de Hipo.

Y ronroneó.

El sonido retumbó en el círculo como un trueno subterráneo.

Alguien —probablemente Patapez— soltó un “¡por Thor!” ahogado.

Astrid sonrió.

Solo un segundo.

Solo con un lado de la boca.

Pero Hipo la vio.

“Y ella sabe que la viste.

Por eso ahora mira al suelo.” —Eso —dijo Hipo, levantándose— es confianza.

El entrenamiento duró tres horas.

Tres horas de intentos fallidos, de jóvenes vikingos siendo derribados por coletazos, de Albóndiga lamiendo a Patapez hasta dejarlo empapado.

Tres horas en que Erik el Flojo descubrió que a Brasa le gustaba que le rascaran bajo la mandíbula, y que Camicazi aprendió que Baboso odiaba el color rojo (“¡¿cómo se supone que iba a saber eso?!”).

Y tres horas en que Patán no se movió de la grada superior.

Hipo lo miraba de reojo mientras corregía la postura de Astrid sobre Tormenta.

Lo veía apretar los puños cuando Chimuelo hacía algo impresionante.

Lo veía desviar la mirada cuando alguien reía.

Pero también lo vio inclinarse hacia adelante cuando un Gronckle eligió voluntariamente a un joven llamado Torkel.

Y eso era algo.

—¡Suficiente por hoy!

—gritó Hipo cuando el sol empezó a teñirse de naranja—.

Llevadlos al corral.

Dadles de comer antes de ensillarlos.

Y si alguien sangra, que vaya con Brusca, no con su madre.

Los jinetes se dispersaron entre risas nerviosas.

Patapez casi cayó de Albóndiga tres veces.

Brutilda y Brutacio discutían sobre quién había hecho mejor el acercamiento.

Y Astrid se quedó.

—Estás mirando a Patán.

—No es cierto.

—Llevas tres horas.

Hipo suspiró.

—No quiero que haga algo estúpido.

—Como arruinar esto —Astrid señaló el círculo vacío, las huellas de garras en la tierra, las manchas de carbonilla—.

Es lo único bueno que ha pasado en Berk desde… No terminó la frase.

Desde la noche en que los dragones se llevaron a su tío, pensó Hipo.

Pero Astrid no sabía eso.

Nadie lo sabía excepto Leo y Patán.

“Y yo.

Y no puedo decirlo.” —Desde siempre —completó Hipo.

Astrid asintió.

—Voy a llevar a Tormenta.

¿Necesitas algo?

—No.

Gracias.

—No me des las gracias.

Se fue sin mirar atrás.

Pero caminó más lento de lo necesario.

¿Ves eso, Leo?

¿Eso fue…?

«Fue algo.

No sé qué.

Pero fue algo.» Cuando el círculo quedó vacío, Hipo subió las gradas.

Patán no se movió.

—¿Vas a quedarte ahí toda la noche?

—Quizá.

—El Gran Salón tiene hidromiel.

—No tengo hambre.

Mentira.

El estómago de Patán rugió tan fuerte que Chimuelo giró la cabeza desde abajo.

Hipo se sentó a dos bancas de distancia.

No demasiado cerca.

No demasiado lejos.

—Vi que te inclinaste cuando el Gronckle eligió a Torkel.

Patán no respondió.

—Fue impresionante, ¿verdad?

Un dragón de dos toneladas que podría aplastarlo, y eligió no hacerlo.

—Siguen siendo bestias.

—También nosotros.

Silencio.

El viento trajo olor a mar y a pescado podrido desde los muelles.

—Mi tío —dijo Patán de repente, y su voz sonó como madera astillándose—.

No huyó.

¿Sabes eso?

Hipo contuvo el aliento.

«Cuidado.» —No lo sabía.

—Los otros dicen que fue cobarde.

Que debió quedarse a luchar.

Pero él cargó contra la Furia.

Tenía el hacha en alto.

Y la bestia lo golpeó antes de que pudiera bajarla.

Patán apretó los dedos contra sus propias rodillas.

—Vi su cuerpo.

La quemadura le había fundido el casco con la cara.

Hipo no dijo nada.

A veces, Leo le había susurrado, no decir nada es lo más valiente que puedes hacer.

—Y tú —Patán giró la cabeza, y por primera vez en días no había odio en sus ojos, solo cansancio—.

Tú quieres que yo toque a una de esas cosas.

—No quiero que toques nada que no quieras.

—Mentirosa.

—No lo es.

Hipo se levantó.

Bajó un escalón.

Luego otro.

—Solo quiero que sepas que no tienes que perdonar a los dragones.

No te pido eso.

—¿Qué pides, entonces?

Hipo se detuvo a mitad de las gradas.

—Que los mires.

Nada más.

Y decidas por ti mismo si todo lo que crees sobre ellos es verdad o es… algo que te contaron para que no tuvieras miedo.

Bajó el último escalón.

Chimuelo se acercó y frotó su cabeza contra el hombro de Hipo.

—Buenas noches, Patán.

Salió del círculo sin mirar atrás.

Pero escuchó.

Escuchó a Patán exhalar.

No un suspiro.

No un gruñido.

“Un temblor.

Como si algo dentro de él se hubiera roto un poquito.” «Eso es suficiente por hoy», pensó Leo.

Y por una vez, Hipo estuvo de acuerdo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo