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Compañera humana de los tres Alfas - Capítulo 23

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23: 23 23: 23 Cecilia.

Desperté muy aturdida.

Parpadeé varias veces, intentando enfocar el techo… pero algo no encajaba.

Ese no era el techo de mi habitación.

Nada de esto lo era.

Una sensación incómoda me oprimía el pecho, como si algo pesado estuviera sobre mí.

Mi garganta estaba tensa, cerrada, y todo mi cuerpo dolía.

Cada músculo parecía reclamar, como si hubiera pasado por algo terrible.

Solté un suspiro profundo.

Y entonces, el recuerdo me golpeó de lleno.

—Compañera… La voz de Norman resonó en mi mente, y sentí como si el suelo volviera a desaparecer bajo mis pies.

—Nuestra compañera.

Negué, llevándome las manos a la cabeza.

No… no podía ser.

Todo mi plan… todo… se vino abajo en un instante.

Yo tenía metas, tenía sueños.

Quería irme lejos, empezar una nueva vida.

Y ahora… Ahora ni siquiera sabía cómo escapar.

Porque no eran solo ellos.

Eran ellos tres.

Las mismas personas que más me habían lastimado.

Cerré los ojos con fuerza.

No sabía si algún día podría perdonarlos… pero lo que sí sabía era que no quería estar cerca de ellos.

Su sola presencia me generaba ansiedad, incertidumbre… Y ahora mismo, lo único que sentía era rabia.

Mucha rabia.

Y Derek… Abrí los ojos de golpe.

¿Dónde estaba Derek?

La preocupación me atravesó como un rayo.

Demasiadas cosas en mi cabeza, demasiadas preguntas sin respuesta.

Me levanté de la cama, pero un mareo repentino me obligó a detenerme.

Me apoyé un momento, respiré hondo… y seguí caminando.

Necesitaba salir de aquí.

Al llegar a la puerta, me detuve.

Antes de girar la manija, miré mi cuerpo.

Una bata blanca.

Ropa de dormir.

Genial.

Suspiré y, aun así, abrí la puerta con cuidado, sacando solo la cabeza.

Dos guardias estaban parados afuera, uno de ellos se inclinó ligeramente.

—Señorita… saludó pero no me miraba.

Ninguno de los dos lo hacía.

Miraban al suelo.

—Tenemos órdenes estrictas de que no puede abandonar su habitación.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

¿Quién dio esa estúpida orden?

—Lo siento, señorita… fue el Alfa Norman.

Contestó Rodé los ojos.

—Claro… cómo olvidarlo.

Hice una pausa, pensando rápido.

—¿Podrías pedirle a Lili que venga?

El guardia asintió.

—Enseguida, señorita.

Cerré la puerta y volví al interior de la habitación.

No podía quedarme aquí.

Necesitaba hacer algo.

Y entonces, una idea cruzó mi mente.

Corrí al vestidor y busqué mi bolso.

Lo encontré.

Saqué un bloc de notas y escribí rápidamente un número.

El número de Derek.

Me lo sabía de memoria.

Arrugué el papel con fuerza, guardándolo en mi puño.

Tenía que lograr que Lili lo llamara.

Tenía que saber si estaba bien.

No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera de nuevo.

—Señorita—.

Lili entró, pero… no me miraba.

—Lili —fruncí el ceño—.

¿Qué te pasa?

¿Hice algo?

—No, señorita… —respondió en voz baja—.

Se nos ha dado una orden estricta.

Nadie puede mirarla a los ojos.

Me quedé en silencio unos segundos.

—¿Quién dio esa estupidez?

Ella dudó.

Suspiró.

—El Alfa.

—Claro… —murmuré—.

Norman.

—Sí, señorita—.

Negué con la cabeza.

—No entiendo cómo puede mandar tanto si ni siquiera es el Alfa de esta manada… —En realidad —respondió ella—, su rango está por encima.

Es el futuro rey… puede gobernar en cualquier manada.

Solté un suspiro largo y me senté en la cama.

—Lili… por favor.

Mírame.

Ella dudó.

—Te lo estoy pidiendo yo.

Finalmente, levantó la mirada.

—Pero en presencia de los demás… miraré al suelo.

Asentí, aunque no me gustaba nada.

—Está bien.

La miré fijamente.

—Necesito pedirte un favor.

Pero tienes que jurarme que será un secreto entre tú y yo.

La vi tensarse.

—¿A qué se refiere, señorita?

Saqué el papel arrugado y se lo tendí.

—Necesito que llames a este número.

Ella lo tomó, confundida.

—Quiero que veas cómo está… que le digas que estoy bien.

Y… —tragué saliva— lo más importante: que le digas dónde estoy.

Sus ojos se abrieron ligeramente.

—Señorita… si el Alfa se entera, me matará.

—No se enterará —insistí—.

Por favor, Lili… hazlo por mí.

Dudó unos segundos que se sintieron eternos.

—Está bien… —cedió finalmente—.

Buscaré el momento adecuado.

Pero no puedo prometer que sea pronto.

Asentí.

—Eso es suficiente.

Guardó el papel en su bolsillo, y por primera vez desde que desperté… sentí una pequeña chispa de esperanza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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