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Condenada a mis 4 hermanastros abusones - Capítulo 7

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7: Capítulo 7 7: Capítulo 7 Punto de vista de Valeria
Esa tarde, me senté en mi escritorio a calcular los ahorros que me quedaban, los cuales habían mermado considerablemente tras mis recientes intentos de comprar el afecto de mis hermanastros.

Las palabras que mi madre dijo en el desayuno de hacía unos días resonaban en mi mente: «Deberías centrarte en forjar una relación entre tus hermanos y tú.

No te rindas solo porque todavía no se muestren receptivos».

Había intentado explicarle lo de los regalos y los almuerzos, mis esfuerzos por conectar con ellos, pero mi madre había insistido en que no me esforzaba lo suficiente.

«Si no son receptivos, es que no te esfuerzas lo suficiente.

Algún día serán Futuros Alfas y son ejemplos perfectos de elegancia y refinamiento.

El problema debe de estar en tu forma de abordarlos».

Así que seguí intentándolo.

Me aprendí todas sus comidas favoritas, pasé horas mirando tiendas en busca de los regalos perfectos y me ofrecí a ayudar con tareas antes de que me lo pidieran, pero cada uno de mis intentos fue recibido con el mismo cortés rechazo, cada regalo fue redirigido a otra persona y hoy…

no podía creer que todas las comidas que le había estado preparando a Alerion hubieran ido a parar a su secretaria.

El chófer de la casa de la manada había recibido la cartera de cuero hecha a mano que le había comprado a Cayo como regalo por cerrar una alianza con una manada vecina la semana pasada.

Mirando mis menguantes ahorros, me pregunté cuántos intentos más me quedaban.

¿Cuántos almuerzos más, cuidadosamente preparados, acabarían en los platos de otros?

¿Cuántos regalos más serían redistribuidos como si nada?

Mi consideración, mi generosidad…

todo para acabar llevando mensajes de unos hermanos que no podían molestarse en rechazar mis ofrecimientos en persona.

Suspirando, decidí bajar y dar un paseo por el jardín para despejarme.

Al pasar, vi a Alerion en la sala de estar.

Apenas me dedicó una mirada, absorto en lo que fuera que estuviera haciendo en su iPad.

Quise pasar de largo, ignorarlo como él siempre me ignoraba a mí, pero no pude evitarlo.

Necesitaba entender por qué mis esfuerzos por complacerlos siempre se topaban con indiferencia o un rechazo rotundo.

—¿Alerion?

—lo llamé con suavidad, esperando no estar siendo inoportuna.

Su mirada se movía entre unos documentos que tenía en el sofá y su iPad.

No se molestó en levantar la vista hacia mí.

—¿Qué?

—dijo con voz brusca y áspera.

—¿Hay…

algo que esté haciendo mal?

—pregunté, apenas capaz de pronunciar las palabras y jugueteando nerviosamente con los dedos a un costado—.

He…

he intentado todo lo que he podido para demostrar que amo a esta familia y que querría formar parte de ella, pero…

siento que no queréis que lo haga.

Ni tú ni tus hermanos.

Sus ojos por fin se apartaron de lo que estaba haciendo y me miró, dejándome helada con la frialdad de su mirada, que me provocó un escalofrío.

Me estudió durante un largo momento, como si sopesara si atender o no a mi pregunta.

—No necesitas hacer lo que hacen las criadas, Valeria —dijo secamente.

Parpadeé, aturdida por el sutil significado de sus palabras.

¿Estaba insinuando que solo me veían como una criada?

—Yo no intentaba…

—No eres una sirvienta en esta casa —me interrumpió, poniéndose de pie y cerniéndose sobre mí—.

Si crees que puedes congraciarte con nosotros cocinando o comprando regalos, es que has entendido mal cuál es tu lugar aquí.

¿Mi lugar?

Esas palabras me hirieron profundamente, a pesar de que las había dicho con tanta naturalidad como si no fueran más que un simple hecho.

Como si ni siquiera mereciera ser una criada aquí.

—Pero solo intento conectar contigo, con Cayo, Zane y Lisandro.

Somos hermanos, ¿no?

Solo quiero crear un vínculo y desearía que vosotros también me tratarais bien.

—El corazón me latía con fuerza en el pecho mientras luchaba por evitar que las lágrimas asomaran a mis ojos.

Pero su mirada no se ablandó.

—No queremos conectar contigo, Valeria, ni tampoco queremos crear un vínculo.

Para nosotros, no eres más que la hija de la mujer que se casa con nuestro padre.

Nunca serás nuestra hermana.

Sentí que las palabras amenazaban con asfixiarme mientras me quedaba allí de pie.

No me atreví a volver a hablar; no podía fiarme de mí misma ni de mis emociones.

Así que, simplemente asentí y me di la vuelta, retirándome a la seguridad de mi habitación.

A veces, fingir era más fácil que reconocer la verdad.

***
Apoyé la espalda contra la fría pared del baño, escuchando cómo las risas se desvanecían por el pasillo.

Mi uniforme estaba empapado —otra vez—, esta vez por el derrame «accidental» de una bebida durante el almuerzo.

La bebida había sido elegida con esmero: lo bastante transparente para secarse sin dejar mancha, pero lo suficientemente pegajosa como para hacerme sentir incómoda el resto del día.

Mi vida se volvía más miserable por momentos.

Desde que empecé a ir a la escuela con Lisandro, me he convertido en un blanco, sobre todo para las chicas.

Algunas estaban celosas de que ahora formara parte de la familia, mientras que otras me despreciaban por la misma razón.

¿Y Lisandro?

Él siempre lo permitía.

Pasaba de largo por donde me estaban acosando sin intervenir ni una sola vez para ayudar.

Si acaso, lo fomentaba.

Se reía con sus amigos de lo divertido que era ver a la gente tratarme como si no perteneciera a ese lugar.

Y eso que yo había explicado varias veces que es mi hermanastro y que vivimos en la misma casa, y que por eso venimos a la escuela en el mismo coche.

Pero cada vez, parecía que mis palabras caían en saco roto.

—Uy, perdona —había soltado Merah, la reina de la escuela, con una risita nada arrepentida—.

Pero, en serio, ¿quién te ha dicho que te sentaras en esa mesa?

Todo el mundo sabe que está reservada para los amigos de Lisandro.

Lisandro, mi supuesto hermanastro, había estado allí mismo, holgazaneando en la mesa de los populares.

Me había mirado una vez, sus ojos pasaron por mí con desinterés antes de volver a su conversación como si nada hubiera pasado.

Como si su hermana no estuviera allí, chorreando y humillada.

Hermanastra, me corregí mentalmente.

Aunque no estaba segura de si era siquiera una hermanastra.

Alerion lo había dejado bastante claro en nuestra conversación de hacía unos días.

Yo no era su hermana; era la hija de la mujer con la que se había casado su padre.

Sonó el timbre, señalando el final de la hora del almuerzo.

Rápidamente, me sequé el uniforme a toques con toallas de papel, sabiendo que llegaría tarde a clase, otra vez.

Mis profesores habían dejado de preguntar por qué llegaba tarde con frecuencia; sus miradas pasaban de largo junto a mí para posarse en el asiento vacío de Lisandro.

A él nunca lo interrogaban por sus tardanzas.

—¡Abran paso!

—gritó una voz desde fuera.

Me quedé helada.

Merah y su grupo entraron en el baño.

Me encerré en uno de los cubículos del baño, conteniendo la respiración.

—¿Le habéis visto la cara?

—rio una chica—.

¿Ahí parada como un perrito mojado?

—Es tan patética —resopló Merah—.

Se cree importante solo porque vive con el Alfa y sus hijos en la casa de la manada.

No entiendo ni por qué viene a esta escuela.

Es humana.

Todo el mundo sabe que Lisandro no la soporta.

Él mismo me dijo que solo es un caso de caridad de su padre.

¿Un caso de caridad?

¿Así es como Lisandro me describía a su amiga?

¿Es así como él y sus hermanos me veían?

—Supongo que ser la hermanastra no significa que la vaya a proteger.

No es nadie.

—Mi madre dice que su mamá fue simplemente lista —añadió otra voz—.

Se enganchó a un Alfa rico y metió a su hija en nuestra escuela, pero la crianza se nota, ¿a que sí?

Me tapé los oídos con las manos, pero no sirvió de nada.

Tuve que soportar otra sesión de cotilleos sobre mí.

Siempre me encontraban algún defecto.

A veces, era que mi ropa no era lo bastante bonita.

Otras veces, mis notas, que eran buenas, pero nunca lo suficientemente buenas.

Y otras, mi presencia en su sagrada comunidad de hombres lobo.

Más tarde esa noche, me senté en silencio a la mesa, escuchando a mi madre hablar de sus planes para el fin de semana con el Alfa Cassian y, como de costumbre, todo eran sonrisas y risas.

De repente, el Alfa Cassian me llamó la atención, sonriéndome desde el otro lado de la mesa.

Su voz era cálida cuando preguntó: —¿Qué tal la escuela hoy, Valeria?

¿Todo bien?

—¡Sí, Alfa!

—asentí, esbozando una sonrisa—.

La escuela ha ido bien hoy.

Tan bien que me he pasado el resto del día en el baño porque estaba muerta de miedo de Merah y sus amigas.

—La última parte no la dije en voz alta.

—He oído que has sacado la máxima nota en tu redacción de Literatura de la Manada.

Bien hecho.

El elogio, aunque pequeño, me provocó un cálido aleteo en el pecho.

¿Cómo podía quejarme cuando mi madre estaba tan contenta y mi padrastro era tan amable conmigo?

—Gracias —murmuré, captando la mirada fulminante de Lisandro desde el otro lado de la mesa.

Había aprendido a leer bien sus expresiones como para saber lo que esa significaba: «No te acomodes demasiado».

—¿Has hecho amigos en la escuela, cariño?

—preguntó mi madre, apoyándose en el Alfa Cassian, que la rodeó con su brazo.

Siempre estaban tan melosos el uno con el otro—.

Lisandro debe de haberte presentado a su círculo.

Vi un destello de fastidio en los ojos de Lisandro.

—En realidad…

—empecé, pero él me interrumpió con suavidad.

—Valeria prefiere estar sola, Evelyn.

Se pasa todo el tiempo en la biblioteca.

Es muy estudiosa.

—¡Esa es mi chica!

—asintió el Alfa Cassian con aprobación—.

Céntrate en tus estudios.

La vida social puede esperar.

La calidez de sus palabras volvió a asentárseme como plomo en el estómago, mezclándose con la culpa que sentía por resentir cualquier parte de esta vida.

Después de todo, mi madre era feliz.

Vivíamos en una casa preciosa.

Asistía a una escuela de prestigio y mi padrastro me mostraba amabilidad de vez en cuando.

¿No debería ser eso suficiente?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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