Condenada a mis 4 hermanastros abusones - Capítulo 72
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72: Capítulo 72 72: Capítulo 72 ~Zane~
Llevaba los últimos veinte minutos mirando el mismo videoclip de tres segundos de Valeria riendo, y estaba empezando a pensar que había perdido oficialmente la puta cabeza.
Ni siquiera era un buen vídeo.
Solo algo que Lisandro había publicado en su historia hacía semanas, ella partiéndose de risa por algún chiste estúpido mientras pasábamos el rato en la piscina.
Pero la forma en que se le iluminaban los ojos, la forma en que toda su cara cambiaba cuando sonreía…
Joder, podría verlo en bucle para siempre.
Mi teléfono vibró con otra notificación.
Un mensaje directo de Instagram de una chica cuyo nombre ya había olvidado, probablemente enviándome otro selfi semidesnuda con un insulso y picante «hola, bombón» como pie de foto.
Ni siquiera me molesté en abrirlo.
Hace seis meses, me habría lanzado de cabeza a por eso.
Hace seis meses, mis mensajes directos eran mi coto de caza, mi teléfono era básicamente un catálogo de opciones y nunca pasaba más de un fin de semana pensando dos veces en la misma chica.
Y ahora mírame.
Sentado en mi habitación como un idiota enamorado, viendo el mismo videoclip mientras mi teléfono echaba humo con ofertas que no podían importarme menos.
Todo por su culpa.
Navegué hasta mis fotos y encontré la carpeta que había estado intentando fingir que no existía.
Fotos de Valeria.
No eran mierdas de acosador espeluznante, solo…
momentos felices.
Ella leyendo en el porche.
Haciendo café en la cocina.
Robándome patatas fritas del plato cuando creía que no la miraba.
Fotos que había hecho sin pensar realmente en por qué.
Cada una me oprimía el pecho de una manera a la que no estaba acostumbrado.
Esto no era solo desear a alguien.
Era algo que me daba un miedo de cojones.
Me sentía atraído por ella, sí, pero también sentía curiosidad por saber cómo sería nuestra relación.
Apareció otra notificación.
Madison, probablemente.
O Ashley.
O cualquier rubia que estuviera intentando llamar mi atención esta semana.
La descarté sin mirar.
—Patético —mascullé para mis adentros.
Pero no podía dejar de mirar sus fotos.
No podía dejar de pensar en lo mucho que la había cagado en ese restaurante.
No podía dejar de reproducir en mi mente la expresión de su cara cuando básicamente anuncié a medio pueblo que me pertenecía.
Parecía irritada.
Dolida.
Enfurecida.
Y yo había estado demasiado metido en mis propias gilipolleces como para preocuparme por otra cosa que no fuera dejar clara mi postura.
Mi teléfono sonó, interrumpiendo mi espiral de autodesprecio.
El nombre de Lisandro brilló en la pantalla.
—¿Qué?
—Qué alegre suenas, eso es muy raro en ti.
—¿Acaso es un delito pasarlo bien?
¿Qué quieres?
—Contarte lo que ha pasado hoy en el instituto.
—No estoy de humor para…
—Alguien ha humillado a Valeria en público con un juguete sexual.
Eso captó mi atención.
—¿¡Qué!?
—Brittany Morrison y su pandilla.
La acorralaron en su taquilla, empezaron a llamarla zorra y agitaron un consolador rosa diciendo que era suyo.
Una rabia oscura me inundó la sangre.
—¿¡Me estás jodiendo!?
—¿Acaso sueno como si estuviera bromeando?
—¿Dónde está?
¿Está bien?
—Está bien.
Ya me he encargado yo.
—¿Cómo que te has encargado?
—De la forma en que había que encargarse.
Pero, Zane, esto es exactamente lo que nos preocupaba.
Tu numerito en Romano’s la convirtió en un objetivo.
No pensé que fuera a mejorar en primer lugar.
—Joder.
La he cagado de verdad.
—Sí, joder.
Está lidiando con las consecuencias de tu numerito de cavernícola posesivo, y todos tenemos que verla sufrir por ello.
—No pretendía que esto pasara.
Simplemente no me gusta la idea de que salga con otros tíos.
No son buenos para ella, con nosotros está a salvo.
—Puede que tuvieras las mejores intenciones para ella, pero tus acciones dijeron lo contrario.
Y ahora, a la chica de la que supuestamente todos estamos enamorados la están humillando y tratando de zorra en el instituto porque no pudiste controlarte.
—Lo sé, ¿vale?
Sé que la cagué.
Me importa más cómo arreglar esto, no quiero regodearme en el pasado.
—Tienes que hacer algo rápido.
No sé cuánto tiempo más podrá mantenerlas a raya.
—¿Qué quieres que haga o diga?
¿Que lo siento?
¿Que ojalá pudiera retractarme?
Ha oído eso un millón de veces y no me va a tomar en serio.
—Quizá pueda conseguir que papá la transfiera a otra academia donde nadie la conozca o, mejor aún, que reciba clases en casa.
Dudo que mi padre estuviera de acuerdo e, incluso si lo hiciera, podría enviarla a otro país.
La distancia no era una opción para mí.
Por otro lado, la educación en casa no sería posible porque Cayo se ofrecería voluntario para ayudar y todos sabíamos lo que eso significaba.
—Tienes que proponer algo mejor que eso.
Aislarla no ayudará en absoluto.
Piensa, Zane, piensa.
Después de eso, colgó.
Volví a mirar el teléfono, todas las fotos de Valeria sonriendo y riendo, y sentí náuseas.
En esos momentos había sido feliz.
Estaba relajada.
Y ahora estaba lidiando con acosadores, cotilleos y humillaciones públicas porque yo no había podido soportar verla con otro.
Otra notificación.
Otra chica que me importaba una mierda queriendo una atención que yo no podía darle.
Borré el mensaje sin leerlo, y luego revisé y borré también todos los demás.
Limpié mis mensajes directos, dejé de seguir a la mitad de las chicas en mi Instagram y bloqueé a las que no pillaban la indirecta.
Si iba a arreglar esto, tenía que empezar por arreglarme a mí mismo.
A la mañana siguiente, la estaba esperando junto a su coche cuando llegó al instituto.
Me vio acercarme y observé cómo se le tensaban los hombros, cómo agarraba con más fuerza las correas de su mochila como si se preparara para un impacto.
—Valeria —la llamé.
No redujo el paso.
—Ahora no, Zane.
—Por favor.
Solo dame cinco minutos.
—No tengo cinco minutos.
Tengo que ir a clase y fingir que mi vida no es un completo desastre gracias a tu dramática actuación.
Tragué saliva para deshacer el enorme nudo que tenía en la garganta.
—Lo sé.
Por eso necesito hablar contigo.
—¿Qué queda por decir?
Dejaste tu punto de vista bastante claro en Romano’s.
No fue la primera vez y dudo que sea la última.
Si no puedo estar contigo, no dejarás que nadie más lo esté.
—Me odio por ser tan controlador, Val.
Tienes una vida y el derecho a elegir a quien quieras, y si no eres feliz conmigo, voy a aceptarlo —dije en voz alta.
Eso la hizo detenerse.
Se dio la vuelta y pude ver el cansancio extendiéndose por toda su cara.
—¿Acabo de oírte hablar correctamente?
—Sí, lo has hecho —suspire—.
Fue muy inmaduro por mi parte y solo de pensarlo me da vergüenza ajena.
Lo siento de verdad.
De repente me miró con una expresión de asco.
—¿Que lo sientes?
¡Sinceramente no quiero oírlo, estoy harta!
Siempre, siempre lo sientes, pero nunca cambias.
—Soy tu marioneta, ¿verdad?
A la que puedes lanzarle una disculpa y volverá a tus brazos.
—Se acercó a mí lentamente.
La sujeté con delicadeza, rezando para que no me apartara.
—No, no lo eres y nunca dejaré que lo seas.
En todo caso, eres mi princesa, y las princesas no deberían tener que pasar por estrés, dolor o tormento.
—Por favor, déjame cumplir este castigo en tu nombre.
—¿Y cómo vas a hacer eso?
¿Intercambiarte por mí?
—preguntó con un aura de sarcasmo.
Si era sincero conmigo mismo y con ella, la mejor forma de salir de este lío era dejarla en paz.
Ir a terapia durante un mes o dos, y luego mudarme, pero una parte de mí seguía sintiéndose como un cobarde.
Qué audacia la mía, intentar arreglarme a mí mismo sin que me importara lo suficiente como para arreglar lo que había arruinado en su vida.
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