Condenada a mis 4 hermanastros abusones - Capítulo 73
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73: Capítulo 73 73: Capítulo 73 ~Zane~
Tres semanas.
Ese era el tiempo que llevaba yendo a terapia, dándole el doble de duro en el gimnasio y, básicamente, reconstruyéndome desde cero.
Todo por una chica que me miraba como si fuera un desconocido con el que se estaba mostrando educada.
—No tienes que cambiar por mí —había dicho Valeria cuando le hablé de mis citas con el Dr.
Martínez.
Pero la forma en que lo dijo —plana, distante, como si le estuviera hablando a un tipo cualquiera en vez de a mí— dejaba claro que ya le importaba una mierda lo que yo hiciera.
—Quiero cambiar por mí —había respondido yo, lo cual no era del todo mentira.
Pero sobre todo era por ella.
Ahora todo era por ella.
—Vale —había dicho ella.
Solo «vale».
No un «estoy orgullosa de ti» o un «eso es genial» ni nada que demostrara que le importaba lo más mínimo.
Solo «vale».
Y así eran nuestras conversaciones ahora.
Cortas.
Educadas.
Como si fuéramos compañeros de piso que apenas se conocían.
Me había estado partiendo el lomo para demostrar que podía ser diferente.
Mejor.
La terapia de verdad estaba ayudando: ya no perdía los estribos cada vez que un tipo la miraba.
Había empezado a leer libros sobre control emocional, a hacer boxeo para quemar la rabia, e incluso a hacer esas mierdas de meditación que habrían hecho reír a mi antiguo yo.
Pero nada de eso importaba porque Valeria ya había desconectado.
Estaba en la cocina cuando llegué a casa del gimnasio, preparándose un sándwich.
Llevaba el pelo en un moño desordenado y vestía una de esas sudaderas anchas que, de alguna manera, la hacían parecer aún más guapa.
—Hola —dije, intentando sonar casual.
—Hola —dijo.
No levantó la vista mientras untaba mantequilla de cacahuete en el pan.
—¿Qué tal el instituto?
—Bien.
—¿Y el examen de historia que te preocupaba?
—Saqué un notable.
—Eso es genial, Val.
Entonces por fin me miró y, por un segundo, creí ver un destello en sus ojos.
Pero luego desapareció.
—Gracias.
Quería preguntarle más cosas.
Quería saber si alguien la había estado molestando, si necesitaba ayuda con algo, si había comido suficiente hoy.
Pero el muro invisible entre nosotros era tan grueso que casi podía tocarlo.
—Ahora voy a terapia de control de la ira dos veces por semana —dije, porque no pude evitarlo—.
Estoy aprendiendo algunas técnicas de respiración y cosas así.
—Eso está bien, Zane.
La forma en que pronunció mi nombre —cuidadosa, distante— hizo que me doliera el pecho.
Como si estuviera manejando algo frágil que pudiera romperse si usaba el tono equivocado.
—También me he apuntado a eso del servicio comunitario.
Para ayudar en el refugio de animales.
—Suena bien.
Agradable.
Todo era simplemente agradable o estaba bien.
Nunca genial, nunca increíble, nunca nada que demostrara que estaba remotamente impresionada, orgullosa o interesada.
—Valeria —empecé, y luego me detuve.
Porque, ¿qué se suponía que debía decir?
¿Que la echaba de menos?
¿Que me estaba matando intentando volver a ser digno de ella?
¿Que verla ser educada conmigo era peor que cuando solía gritarme?
—¿Sí?
—Nada.
Solo…
que lo estoy intentando.
Quiero que lo sepas.
Asintió y le dio un bocado a su sándwich.
—Lo sé.
—¿Crees que…
quizá algún día podríamos volver a pasar el rato juntos?
En plan, de verdad, no solo cruzarnos por casa.
Permaneció en silencio tanto tiempo que pensé que no iba a responder.
—Creo que deberíamos limitarnos a las cenas familiares y cosas así —dijo finalmente—.
Mantener las cosas sencillas.
Sencillas.
Claro.
Porque lo que habíamos tenido antes era de todo menos sencillo.
—Lo entiendo —dije, aunque no era verdad.
Aunque sentía que cada día se me escapaba un poco más.
—Espero que te vaya bien con la terapia y todo lo demás —añadió, enjuagando su plato en el fregadero—.
De verdad que lo espero.
Pero, Zane…
necesito que entiendas que no hago esto para castigarte o para hacer que te pongas a prueba.
Simplemente…
no puedo ser lo que quieres que sea.
—No te estoy pidiendo que seas nada.
—¿Ah, no?
Cada vez que me hablas de la terapia, del gimnasio o del voluntariado, siento como si me estuvieras enseñando un currículum.
Como si intentaras convencerme de que vale la pena arriesgarse contigo.
Tenía razón.
Eso era exactamente lo que estaba haciendo.
—Solo quiero que seas feliz —dije.
—Entonces déjame ser tu hermana.
Ser tu hermana de verdad.
No una chica que esperas que algún día cambie de opinión.
¡Joder!
¡Maldita sea toda la gente que trajo a esta chica a mi vida!
¡Y que me jodan a mí por haberme enamorado en primer lugar!
Porque eso era exactamente lo que había estado esperando.
Que si cambiaba lo suficiente, si me volvía lo bastante bueno, ella me miraría como antes.
—¿Puedes hacer eso?
—preguntó—.
¿Puedes de verdad verme como tu hermana y nada más?
Quería mentir.
Quería decirle que sí, por supuesto, lo que fuera que necesitara oír.
Pero ella se merecía algo mejor que eso.
—Lo estoy intentando —dije con sinceridad—.
Es más difícil de lo que pensaba.
Su expresión cambió.
No era calidez, exactamente, pero sí algo más suave que la distancia educada que me había estado mostrando.
—Lo sé —dijo en voz baja—.
Y agradezco que seas sincero al respecto en lugar de fingir.
—Lo que dije antes iba en serio.
Lo de que quiero que seas feliz.
Aunque no sea conmigo.
—Sé que sí.
—Así que si mantener las cosas sencillas te hace feliz, entonces eso es lo que haremos.
—Bien.
—Cogió su sándwich y se dirigió hacia las escaleras—.
Tengo deberes que hacer.
—¿Val?
Se detuvo y se giró para mirarme.
—Por si sirve de algo, no eres solo mi hermana.
Probablemente eres la mejor hermana que podría haber pedido.
Aunque fuera demasiado estúpido para verlo antes.
Una pequeña sonrisa asomó por la comisura de sus labios.
La primera de verdad que me dedicaba en semanas.
—No eres estúpido, Zane.
Solo eres…
intenso.
—También estoy trabajando en eso.
—Lo sé.
Después de que se fuera, me quedé en la cocina un buen rato, pensando en lo mucho que todo había cambiado.
Hace unos meses, la habría seguido escaleras arriba, habría buscado excusas para seguir hablando, habría insistido e insistido hasta que ella cediera o me dijera que la dejara en paz.
Ahora, simplemente la dejaba ir.
Porque quizá eso era lo que significaba de verdad amar a alguien.
Saber cuándo luchar y cuándo dar un paso atrás.
Cuándo presionar y cuándo dar espacio.
Era una mierda.
Una mierda tan grande que algunos días apenas podía respirar.
Pero verla relajarse a mi lado, verla sonreír sin esa mirada precavida en sus ojos…
eso valía más que cualquier oportunidad que yo hubiera desperdiciado.
Mis hermanos estaban pasando por sus propias versiones de esto.
Lisandro también se había echado atrás, centrándose en sus estudios e intentando ser el hermano que apoya en lugar del gilipollas celoso.
Cayo se había volcado en darle clases particulares, manteniendo las cosas estrictamente académicas.
Incluso Alerion parecía menos tenso en las cenas familiares.
Todos estábamos aprendiendo a quererla sin desear poseerla.
Y quizá, solo quizá, nos estábamos convirtiendo en la familia que siempre se había merecido.
Aunque significara que ninguno de nosotros llegaría a ser su todo, al menos podíamos ser sus hermanos.
Al menos, la teníamos.
Eso tenía que ser suficiente.
Iba a tener que ser suficiente.
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