condenado al final - Capítulo 14
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14: CAPÍTULO 14: EL PESO DEL ACERO 14: CAPÍTULO 14: EL PESO DEL ACERO El patio de armas dejó de ser un lugar.
Se volvió rutina.
Golpes.
Órdenes.
Respiración.
Día tras día.
Año tras año.
Kallen aprendió rápido.
Demasiado rápido.
Su cuerpo se adaptaba como si ya hubiera estado ahí antes.
Cada movimiento era preciso.
Cada error… corregido antes de repetirse.
Los instructores dejaron de gritarle.
Los soldados dejaron de mirarlo como a un niño.
Y su padre… empezó a mirarlo como un arma.
… Kail dejó de ir.
Al principio fueron días sueltos.
Luego semanas.
Después… nadie volvió a esperarlo.
—El otro príncipe se rindió —decían algunos.
—Nunca sirvió —decían otros.
Kallen no preguntó.
No le interesaba.
O eso se dijo.
… Pero en las noches— ahí estaba.
Kail.
Siempre en el mismo lugar.
En el suelo.
Apoyado contra la pared.
Un libro entre las manos.
—Llegaste tarde —decía sin levantar la mirada.
Kallen dejaba la espada a un lado.
Se sentaba.
Silencio.
… —Hoy duré más —decía Kallen a veces.
No sabía por qué lo decía.
Kail sonreía.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Se nota.
Pequeña risa.
Suave.
Familiar.
… —Vas a ser muy fuerte —añadía—.
—Ridículamente fuerte.
Kallen no respondía.
Pero se quedaba.
… —¿Y tú?
—preguntó una noche.
Kail pasó la página.
—Yo… estoy ocupado.
—¿En qué?
Kail levantó el libro un poco.
—En no morir aburrido.
… Silencio.
Kallen frunció el ceño.
—Eso no te va a salvar.
Kail lo miró.
Sonrió.
—Tampoco la espada.
… No discutieron.
Nunca lo hacían.
… Kail se acostó en el suelo.
Manos detrás de la cabeza.
—Deberías dormir más —dijo—.
—Te ves cansado.
—No importa.
—Sí importa.
Pausa.
—Pero igual no me vas a hacer caso.
Pequeña risa.
Cerró los ojos.
Como si todo estuviera bien.
Como si ese mundo no estuviera contado en días.
… Kallen lo miró.
Un segundo más de lo necesario.
Luego desvió la vista.
… Así fue durante años.
Entrenar.
Comer.
Dormir.
Y en la noche— Kail.
Siempre Kail.
Con un libro distinto.
Con la misma sonrisa.
… A los trece— Kallen ya no fallaba.
A los catorce— nadie podía tocarlo.
A los quince— nadie quería intentarlo.
… —El prodigio de Eurodia —murmuraban.
—El heredero perfecto.
—El arma del reino.
… Kallen escuchaba.
No respondía.
No importaba.
Nada importaba.
… Hasta que una noche— —¿Te estás divirtiendo?
La pregunta lo detuvo.
Kail no lo miraba.
Seguía leyendo.
Como si nada.
… —No —respondió Kallen.
Automático.
Seguro.
… Kail pasó la página.
—Mentira.
… Silencio.
Kallen frunció el ceño.
—¿Qué?
Kail levantó la vista.
Lo miró directo.
Sin sonrisa.
Por un segundo.
—Hoy… eres diferente.
… Kallen no entendió.
—¿Diferente cómo?
Kail sonrió otra vez.
—Más ligero.
—Menos… vacío.
… Silencio.
… —Eso no significa nada —dijo Kallen.
—Sí significa.
Pausa.
—Solo que todavía no sabes qué.
… Kallen apretó la mandíbula.
Iba a responder.
No lo hizo.
… Kail cerró el libro.
Se estiró un poco.
—Oye.
Kallen lo miró.
—¿Qué?
Kail sonrió.
De verdad.
No como siempre.
Más suave.
—Me alegra que no seas un robot.
… Kallen se quedó quieto.
No supo qué decir.
… Kail se acostó.
—Buenas noches.
… Silencio.
… Kallen no se levantó de inmediato.
Se quedó ahí.
Mirándolo.
Pensando.
Sintiendo algo raro.
Algo que no venía del sistema.
Ni del entrenamiento.
… No tenía nombre.
Pero estaba ahí
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