Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 La peor noticia de su vida
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1: La peor noticia de su vida 1: La peor noticia de su vida —Estoy embarazada.
Y es tuyo.
Las palabras salieron de la boca de Emma sin permiso, casi contra su voluntad.
No había planeado decirlo así, de pie frente al escritorio, sin sentarse, sin preparar ninguna frase suave ni estrategia.
Simplemente lo soltó cuando vio a Leonardo Alcázar firmando documentos como si nada en el mundo pudiera tocarlo.
El bolígrafo de Leonardo se detuvo en seco.
Levantó la mirada lentamente, esos ojos negros y fríos que siempre parecían leer dentro de las personas.
Durante tres meses Emma había sido su secretaria ejecutiva y su amante secreta.
Tres meses de encuentros prohibidos: contra el escritorio después de las diez de la noche, en la limusina con los vidrios tintados, en suites de lujo donde él la hacía gritar su nombre y luego le recordaba que solo era placer, nada más.
Ahora todo eso acababa de explotar.
—¿De cuánto?
—preguntó él con voz grave, sorprendentemente controlada.
—Seis semanas.
Lo confirmé con análisis de sangre hace dos días.
Leonardo dejó el bolígrafo con lentitud deliberada, como si ese pequeño gesto fuera más importante que la bomba que acababa de caer sobre su escritorio.
Se recostó en su silla de cuero negro y la observó en silencio durante varios segundos, evaluándola como si fuera un problema financiero que había que resolver de inmediato.
—Mañana irás a abortar —dijo al fin, sin levantar la voz.
Emma sintió que el mundo se tambaleaba.
Un frío le recorrió la espalda y por un instante le faltó el aire.
—¿Qué… dijiste?
—Ya me oíste —continuó Leonardo, sin emoción visible—.
No voy a permitir que un descuido arruine todo lo que he construido.
Te recogerán mañana a las diez.
La mejor clínica privada de Miami.
Nadie se enterará.
Es lo más práctico para todos.
La rabia y el dolor explotaron dentro de Emma como una bomba.
Huérfana desde los quince años, había crecido pasando de hogar en hogar, aprendiendo muy temprano que nadie iba a protegerla.
Había estudiado de noche mientras trabajaba de día, había sacado las mejores calificaciones de su promoción en Administración de Empresas, y todo para terminar siendo la secretaria que se acostaba con el jefe.
Ahora ese mismo hombre quería borrar a su hijo como si fuera un error contable.
—No voy a abortar —dijo ella, con la voz temblorosa pero llena de determinación—.
Este hijo es mío.
Leonardo se levantó despacio.
Medía más de un metro noventa y el traje negro italiano se ajustaba perfectamente a su cuerpo musculoso y entrenado.
Rodeó el escritorio sin prisa y se detuvo frente a ella, invadiendo su espacio personal hasta que Emma quedó con la espalda contra la pared de vidrio que mostraba todo el skyline de Miami.
—Ese niño es mío, Emma —murmuró, sujetándole la barbilla con firmeza—.
Mi sangre.
Mi legado.
Mi futuro.
No voy a arriesgarlo por sentimentalismos ni por tu idea romántica de la maternidad.
Sus dedos presionaron un poco más, obligándola a mirarlo.
—Si crees que puedes huir, esconderte o quedártelo… te encontraré.
Aunque tenga que remover esta ciudad entera.
Y cuando lo haga, las cosas no van a ser fáciles para ti.
Te aseguro que no.
Emma sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero se negó a dejarlas caer.
No frente a él.
—Eres un monstruo —escupió con rabia contenida.
Leonardo soltó una risa corta, seca, sin ninguna calidez.
—Puede ser.
Pero soy el monstruo que ahora decide tu futuro.
Acostúmbrate a esa idea.
La soltó bruscamente y regresó a su asiento como si la conversación ya hubiera terminado.
Tomó otro documento y fingió revisarlo, aunque Emma sabía que estaba completamente concentrado en ella.
—Vete a casa.
Descansa.
Mañana te espero en la clínica —dijo sin mirarla—.
Y Emma… no hagas ninguna tontería.
Sabes perfectamente que no puedes ganarme.
Nunca has podido.
Emma salió del despacho con las piernas débiles y el corazón latiéndole con fuerza.
El ascensor privado tardó treinta y dos pisos en bajar, y en cada uno de ellos ella luchaba por no derrumbarse.
Cuando las puertas se abrieron en la planta baja, cruzó el vestíbulo intentando mantener la cabeza alta, aunque sentía todas las miradas del personal sobre ella.
El calor húmedo de Miami la golpeó en cuanto salió a la calle.
Caminó sin rumbo fijo durante casi cuarenta minutos, con la mente dando vueltas.
Recordó su infancia: las casas de acogida, las promesas rotas, la soledad.
Había jurado que su hijo nunca viviría eso.
Y ahora Leonardo Alcázar quería quitarle esa oportunidad.
Se detuvo en una esquina, mirando el tráfico pasar.
Sacó el teléfono del bolso y miró la pantalla.
Tenía tres llamadas perdidas de Laura.
Dudó un segundo antes de guardarlo de nuevo.
No iba a abortar.
No iba a entregar a su hijo.
No iba a dejar que Leonardo controlara su vida.
Pero mientras caminaba hacia su pequeño apartamento en Little Havana, una verdad fría y pesada se instaló en su pecho: Leonardo Alcázar casi nunca perdía.
Y esta vez parecía más decidido que nunca.
Emma cerró los ojos un momento, respirando el aire cargado de sal y gasolina de la ciudad.
Puso una mano sobre su vientre todavía plano y susurró para sí misma: —Te voy a proteger.
Cueste lo que cueste.
No sabía cómo.
No sabía cuánto le iba a costar.
Pero lo iba a hacer.
Y eso era lo único que importaba en ese momento.
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