Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 2
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2: No era una amenaza, era una promesa 2: No era una amenaza, era una promesa Emma no volvió a su escritorio.
Salió del edificio Alcázar con la espalda recta y la cabeza alta, aunque por dentro sentía que todo se estaba derrumbando.
Sabía que las cámaras de seguridad lo habían grabado todo.
Mañana el piso 32 sería un hervidero de rumores: “La secretaria se acostó con el jefe y ahora está embarazada”.
Podía imaginar las miradas, los susurros y las sonrisas falsas.
Caminó casi una hora por las calles de Brickell, dejando que el calor húmedo de Miami le pegara en la cara.
El aire olía a sal, gasolina y comida callejera.
Se detuvo en una esquina, mirando los autos pasar, y trató de ordenar sus pensamientos.
—No puede obligarme —murmuró para sí misma—.
No puede… Pero sabía que sí podía.
Leonardo Alcázar no hacía amenazas vacías.
Cuando decía algo, lo cumplía.
Y la forma en que había hablado del bebé, como si fuera una propiedad más, le helaba la sangre.
Llegó a su pequeño apartamento en Little Havana casi al atardecer.
El lugar era modesto: una sola habitación, cocina americana y un sofá que había comprado de segunda mano.
Cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, respirando agitada.
“No voy a permitirlo.” Sacó su teléfono y llamó a Laura, su única amiga de verdad desde la universidad.
—Laura… necesito un favor grande.
¿Puedes prestarme algo de dinero?
No preguntes detalles ahora, por favor.
Laura dudó al otro lado de la línea, pero aceptó.
Emma no le contó todo.
Todavía no.
Sabía que si involucraba a alguien más, Leonardo podría usarlo en su contra.
Después de colgar, apagó su teléfono oficial, salió a una tienda de electrónicos y compró uno barato pagando en efectivo.
Luego pasó por una farmacia y una pequeña tienda de ropa.
Preparó una maleta con lo esencial: ropa cómoda, documentos importantes, el poco dinero que tenía ahorrado (apenas tres mil dólares) y algunos artículos de higiene.
Bajó por las escaleras del edificio en lugar del ascensor.
Salió por la puerta trasera y caminó rápido, mirando constantemente por encima del hombro.
Tres cuadras después pensó, por un segundo, que tal vez lo había logrado.
No lo logró.
Un auto negro se detuvo silenciosamente a su lado.
Dos hombres de traje oscuro bajaron.
Eran altos, profesionales y con esa expresión neutra que daba más miedo que cualquier grito.
—Señorita Salazar, el señor Alcázar quiere verla —dijo uno de ellos con voz calmada.
Emma retrocedió un paso.
—No voy a ir a ninguna parte.
—No es una invitación —respondió el segundo hombre.
Intentó correr, pero uno la sujetó del brazo con firmeza profesional, sin lastimarla pero sin dejarle escapatoria.
Emma forcejeó, gritó que la soltaran, pero en menos de veinte segundos estaba dentro del auto con las puertas bloqueadas.
El olor a cuero caro y colonia masculina le revolvió el estómago.
—Esto es ilegal —dijo con la respiración agitada—.
¡No pueden hacer esto!
Ninguno de los dos respondió.
El auto arrancó suavemente y se incorporó al tráfico como si nada hubiera pasado.
Cuando llegaron al edificio Alcázar, la llevaron directamente al ascensor privado que subía al último piso.
Emma conocía ese ascensor demasiado bien.
Lo había tomado muchas noches, con la ropa desarreglada y los labios hinchados, después de estar con Leonardo.
Las puertas se abrieron directamente al despacho.
Leonardo estaba de pie frente a la ventana, con las manos en los bolsillos del pantalón, mirando la ciudad que parecía pertenecerle.
No se giró inmediatamente.
—Dos horas y cincuenta y siete minutos —dijo con voz baja—.
Eso fue lo que duraste huyendo de mí.
Bastante patético, la verdad.
Emma apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.
—Esto es secuestro.
Leonardo se giró por fin.
Su expresión era oscura, controlada, pero había algo más debajo: una posesión casi hambrienta.
—Es protección —corrigió—.
Protección de ti misma y de mi hijo.
Caminó hasta su escritorio y dejó caer una carpeta gruesa sobre la superficie de madera.
—Firma el contrato.
Emma ni siquiera se acercó.
—No voy a firmar nada.
Leonardo soltó un suspiro largo, como si estuviera cansado de tener que repetir las cosas.
Se movió más rápido de lo que Emma esperaba.
En un segundo la tenía acorralada contra la pared, con una mano a cada lado de su cabeza.
No la tocaba, pero su presencia era abrumadora.
—Vas a firmar, Emma —susurró cerca de su oído—.
Porque si no lo haces, las cosas se van a poner mucho más difíciles.
Puedo encerrarte en una de mis propiedades hasta que des a luz.
Puedo hacer que desaparezcas de todo el sistema.
Y después… puedo quitarte al niño.
No me obligues a llegar a eso.
Su mano bajó lentamente y se posó sobre el vientre de ella, casi con cuidado.
—Ese niño va a llevar mi apellido.
Va a crecer como un Alcázar.
Va a tener todo lo que yo no tuve de pequeño.
Tú decides si quieres estar en su vida… o si solo quieres ser el recuerdo incómodo de una noche.
Emma temblaba, pero no de miedo puro.
También de rabia.
—Te odio —susurró.
Leonardo la miró a los ojos durante varios segundos.
Su mirada era intensa, casi demasiado.
—El odio es mejor que la indiferencia —respondió al fin—.
Al menos sientes algo.
Se apartó lentamente y señaló la carpeta.
—Lee.
Firma.
O mañana todo será mucho más complicado de lo que imaginas.
Emma se quedó allí, respirando con dificultad.
Sabía que no tenía muchas opciones.
Podía seguir resistiendo y terminar encerrada en algún lugar, o podía firmar y buscar grietas desde dentro.
Tomó la carpeta con manos temblorosas y empezó a leer.
Cada cláusula era peor que la anterior: custodia total, residencia obligatoria en la mansión, supervisión médica constante, prohibición de contacto con el exterior sin permiso.
Levantó la vista.
—¿Esto es en serio?
—Muy en serio —respondió Leonardo, sentándose de nuevo—.
Es más generoso de lo que mereces, considerando las circunstancias.
Emma tragó saliva.
Su mente trabajaba rápido.
Sabía que tenía que negociar, aunque fuera poco.
—Firmaré —dijo con voz más firme de lo que se sentía—.
Pero quiero condiciones.
Leonardo levantó una ceja, claramente sorprendido por su cambio de actitud.
—Habla.
—Decisiones médicas compartidas.
Acceso completo a toda la información del embarazo.
Y no me apartes después de que nazca.
Quiero participar en la crianza.
Leonardo se quedó en silencio un largo rato, observándola como si estuviera viendo una versión nueva de ella.
—Puedo darte dos de las tres —dijo finalmente.
—No es suficiente.
—Si sales por esa puerta sin firmar —advirtió él con voz más baja—, mañana firmarás de otra manera.
No me obligues a llegar a eso, Emma.
Por favor.
Ella entendió la amenaza velada.
Tomó la pluma con mano temblorosa y firmó al final del documento.
Leonardo recogió el contrato y lo guardó en un cajón.
—Buena decisión —murmuró—.
Bienvenida a tu nueva vida.
Emma sintió un nudo en la garganta.
No era una victoria.
Solo había ganado un poco de tiempo.
Pero el tiempo era lo único que tenía ahora.
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