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Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 24

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Capítulo 24: Veinte Minutos de Arena

El viento del mar golpeaba la terraza blindada con fuerza constante, como si intentara recordarle a Emma que, aunque estuviera rodeada de agua por todos lados, seguía siendo una prisionera.

Era el tercer día consecutivo que Leonardo le concedía los veinte minutos prometidos en la playa. Veinte minutos exactos, cronometrados al segundo, vigilados por dos francotiradores apostados en las rocas altas y cuatro guardias armados que mantenían una distancia precisa de quince metros.

Emma caminaba descalza sobre la arena negra y gruesa. Cada paso era un pequeño triunfo y, al mismo tiempo, una humillación profunda. El vestido blanco de lino ondeaba alrededor de sus piernas, marcando suavemente la curva de su vientre de ocho semanas y media. El bebé se movía poco hoy. El doctor Kline había dicho que el estrés seguía afectándolo.

Leonardo caminaba a su lado, sin tocarla, pero lo suficientemente cerca como para que ella sintiera su presencia en cada respiración. Vestía camisa negra y pantalones oscuros, con las mangas arremangadas. Parecía un hombre de negocios disfrutando de unas vacaciones forzadas, pero sus ojos no descansaban ni un instante. Escaneaban el horizonte, las rocas, el mar, y volvían constantemente a ella, como si temiera que pudiera desvanecerse en el aire.

—Estás más pálida que ayer —dijo de repente, rompiendo el silencio que llevaban ocho minutos manteniendo—. El doctor Kline quiere hacerte otra ecografía esta tarde.

Emma no lo miró. Siguió caminando, dejando que las olas mojaran sus pies y enfriaran su piel.

—Tal vez sea porque me tienes encerrada como a un animal —respondió con voz baja pero clara—. El reposo absoluto no es vida, Leonardo. Es solo una espera más larga hacia nada.

Él soltó un suspiro pesado y se detuvo. Emma también se detuvo, porque sabía que si seguía caminando sola, él la sujetaría del brazo.

—No es una espera —corrigió él con voz ronca—. Es protección. Victoria Montenegro sigue viva. Tiene gente dispuesta a morir por ella. Y tú… tú eres el objetivo más fácil para lastimarme de verdad.

Emma se giró hacia él. El viento le revolvió el cabello oscuro. Por primera vez en días, lo miró directamente a los ojos sin disimular el cansancio ni el desafío.

—Entonces dime la verdad —dijo—. ¿Cuánto tiempo más piensas tenerme aquí? ¿Hasta que nazca el bebé? ¿Hasta que cumpla un año? ¿Hasta que yo deje de respirar?

Leonardo dio un paso hacia ella. La distancia entre ellos se redujo a menos de medio metro. El sol del mediodía le iluminaba el rostro, marcando las ojeras profundas que ya no intentaba ocultar.

—No lo sé —admitió con una honestidad cruda que sorprendió a ambos—. Solo sé que cada vez que cierro los ojos te veo subiendo a ese auto negro con ellos. Te veo eligiendo a mis enemigos antes que a mí. Y cada vez que lo veo, quiero encerrarte en una habitación sin ventanas para que nunca más puedas irte.

Emma sintió una punzada más fuerte en el vientre. Otra contracción leve, pero constante. Se llevó la mano al abdomen instintivamente, respirando con cuidado.

Leonardo lo notó al instante. Su expresión cambió de golpe. La furia dio paso a una preocupación casi desesperada.

—¿Estás bien?

—Estoy cansada —respondió ella con sinceridad—. Cansada de tener miedo todo el tiempo. Cansada de que mi hijo sienta este miedo a través de mí. Cansada de ti, Leonardo.

Él se quedó callado. Por un momento pareció que iba a explotar, a sujetarla con fuerza, a besarla con violencia como siempre. Pero no lo hizo. Solo extendió la mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto extrañamente suave y casi vulnerable.

—Veinte minutos se acaban en seis —dijo en voz baja—. Usa el tiempo que te queda.

Emma cerró los ojos y respiró el aire salado profundamente. Dejó que el viento le secara las lágrimas que no quería derramar frente a él. Cuando volvió a abrirlos, Leonardo seguía mirándola con esa intensidad que la desarmaba.

—Quiero más tiempo —dijo ella de repente—. Quiero quince minutos más mañana. Y quiero caminar sola, aunque sea con los guardias a distancia.

Leonardo arqueó una ceja, analizándola como si fuera un nuevo y peligroso adversario.

—Estás negociando.

—Estoy sobreviviendo —corrigió ella con calma—. Y tú necesitas que sobreviva. Necesitas que este bebé nazca sano. Así que dame algo a cambio de mi obediencia.

El silencio entre ellos se extendió. Las olas rompían contra las rocas con fuerza. Uno de los guardias cambió de posición en las alturas.

Finalmente, Leonardo asintió lentamente.

—Quince minutos más mañana —concedió—. Pero con una condición.

—¿Cuál?”

—Que esta noche cenes conmigo sin fingir. Sin manipularme. Sin juegos. Solo tú y yo. Sin máscaras.

Emma lo miró. Por un segundo vio al hombre detrás del monstruo: cansado, obsesionado, roto. Y por un segundo, ella también se sintió cansada de fingir.

—Está bien —aceptó en voz baja—. Sin máscaras.

Los veinte minutos terminaron.

Leonardo le ofreció la mano. Emma la tomó. No porque quisiera, sino porque sabía que era parte del juego que acababa de comenzar entre ellos.

Mientras caminaban de regreso a la mansión, Emma sintió otra contracción, más fuerte que las anteriores. Se llevó la mano al vientre y respiró con dificultad.

Leonardo se detuvo de inmediato, sujetándola por la cintura con firmeza.

—¿Otra vez? —preguntó, con la voz teñida de preocupación real.

Emma asintió, sin fuerzas para mentir.

—Duele un poco más hoy.

Él no dijo nada más. La levantó en brazos sin pedir permiso y la llevó de vuelta a la mansión. Sus pasos eran rápidos pero cuidadosos, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera dañar al bebé.

Cuando llegaron a la habitación, la depositó con cuidado sobre la cama y llamó al doctor Kline de inmediato.

Mientras esperaba, se sentó a su lado y colocó una mano sobre su vientre, sintiendo las contracciones leves bajo su palma.

—Esto tiene que parar —murmuró, más para sí mismo que para ella—. No voy a perderlo por tu culpa, Emma. Ni por la mía.

Emma cerró los ojos, exhausta.

El bebé se movió débilmente, como si también estuviera cansado de la guerra que lo rodeaba.

Y en ese momento, mientras Leonardo la vigilaba con obsesión y miedo, Emma entendió algo claro y aterrador:

Los veinte minutos de arena no eran un regalo.

Eran solo otra forma de recordarle que, incluso cuando le permitía tocar la libertad, seguía completamente encadenada a él.

La grieta apareció esa misma noche, silenciosa y profunda, como una fisura invisible en el hormigón armado de la isla.

Emma estaba recostada en la cama, conectada al monitor fetal que emitía un pitido constante y monótono, como un reloj que marcaba el paso del tiempo hacia lo desconocido. El doctor Kline acababa de salir después de administrarle un medicamento para relajar el útero. Las contracciones se habían calmado un poco, pero el cansancio seguía clavado en sus huesos como una espina que no podía arrancar.

Leonardo no se había movido de la silla junto a la cama. Llevaba horas allí, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en el monitor. No hablaba. Solo observaba los números y las líneas verdes que representaban el latido de su hijo, como si pudiera protegerlo con la fuerza de su voluntad.

Emma lo miró de reojo. La luz tenue de la lámpara le marcaba las ojeras profundas y la tensión permanente en la mandíbula. Por primera vez desde que habían llegado a la isla, parecía… humano. No el magnate intocable, ni el monstruo posesivo, sino un hombre agotado que tenía miedo de perder lo único que realmente le importaba en este mundo.

—¿Cuánto tiempo más vas a quedarte aquí sentado? —preguntó ella en voz baja, rompiendo el silencio pesado.

Leonardo no apartó la vista del monitor.

—Hasta que me asegure de que está bien.

Emma soltó un suspiro cansado y se acomodó mejor contra las almohadas.

—Está bien. El doctor lo dijo. Solo necesita que yo descanse.

Él giró la cabeza lentamente y la miró. Sus ojos oscuros estaban llenos de algo que ella no había visto antes: una vulnerabilidad cruda, casi dolorosa, que contrastaba con la armadura de acero que siempre llevaba puesta.

—No confío en que descanses si no estoy aquí —admitió con voz ronca—. No después de lo que hiciste.”

Emma sintió una punzada en el pecho. No era miedo. Era algo más complicado. Culpa mezclada con rabia y una extraña comprensión que empezaba a abrirse paso dentro de ella.

—Leonardo… —empezó, pero él la interrumpió con un gesto de la mano.

—No —dijo él, levantándose de la silla con movimientos rígidos—. No quiero oírlo. No quiero oír que lo sientes, ni que estabas desesperada, ni que lo hiciste por el bebé. Porque sé que es verdad. Y también sé que volverías a hacerlo si tuvieras la oportunidad.”

Se acercó a la ventana blindada y apoyó la frente contra el vidrio frío. El mar negro se extendía hasta el horizonte, invisible en la noche cerrada.

—Cuando te vi subir a ese auto… —continuó, con la voz más baja— sentí que algo se rompía dentro de mí. No era solo rabia. Era miedo. Miedo real. El mismo miedo que sentí cuando perdí a Diego.”

Emma se incorporó un poco en la cama, ignorando el tirón de los cables del monitor.

—Nunca me hablaste de tu hermano —dijo suavemente, casi con cautela.

Leonardo soltó una risa corta y amarga, sin humor.

—¿Para qué? ¿Para que usaras esa información en mi contra también?”

Se giró hacia ella. Su expresión era una mezcla de agotamiento profundo y una determinación que parecía tallada en piedra.

—Diego tenía ocho años. Lo mataron para llegar a mí. Un “accidente” de auto orquestado. Yo estaba en Nueva York cerrando un trato de miles de millones. Llegué tarde al hospital. Solo alcancé a verlo morir en esa cama fría.”

Hizo una pausa larga. Su mano se cerró en un puño tan fuerte que los nudillos se pusieron blancos.

“Desde ese día juré que nunca volvería a perder a alguien por descuido. Por eso el protocolo existe. Por eso te traje aquí. Por eso no puedo dejarte ir, aunque me odies con todo tu ser.”

Emma sintió que algo se movía dentro de ella. No era compasión exactamente. Era la primera grieta real en el muro que había construido contra él durante semanas.

—Entonces déjame ayudarte —dijo en voz baja, midiendo cada palabra—. No como tu prisionera. Como alguien que entiende lo que es perderlo todo. Dame algo de control. Déjame caminar más tiempo. Déjame leer, trabajar en algo útil. Si me tratas como una persona, tal vez yo deje de actuar como tu enemiga.”

Leonardo la miró durante un largo rato. El monitor seguía pitando en el silencio de la habitación.

Finalmente, se acercó a la cama y se sentó en el borde. Tomó su mano con cuidado, como si temiera romperla.

—Te daré treinta minutos mañana en la playa —dijo—. Y te dejaré leer los informes de la fundación, pero supervisados. Nada más.”

Emma apretó su mano ligeramente. No fue un gesto de cariño. Fue una prueba. Una pequeña victoria en un juego muy largo.

—Gracias —susurró.

Leonardo se inclinó y besó su frente. Esta vez el beso duró más de lo necesario. Cuando se apartó, sus ojos estaban oscuros y cargados de emociones contradictorias.

—No me des las gracias todavía —murmuró—. Porque si descubro que estás usando esto para traicionarme de nuevo… no habrá más grietas, Emma. Solo habrá muros más altos.”

Se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un segundo.

—Duerme. Mañana quiero que estés fuerte.”

Cuando la puerta se cerró con llave, Emma se quedó mirando el techo blanco de la habitación.

Por primera vez desde que había firmado el contrato, sintió que tenía una pequeña ventaja. No era libertad. Era solo una grieta. Pero una grieta era mejor que nada.

Se tocó el vientre con ambas manos y cerró los ojos.

—Vamos a ser pacientes —susurró para su hijo—. Vamos a ser más listos que él.”

Fuera, en la oscuridad de la isla, Leonardo se apoyó contra la pared del pasillo y cerró los ojos.

Sabía que Emma estaba empezando a jugar un juego diferente.

Y por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de querer ganar.

Se pasó una mano por la cara, sintiendo el peso de los últimos días. La destrucción de los Montenegro avanzaba según lo planeado, pero el precio era más alto de lo que había imaginado. Cada vez que cerraba los ojos veía a Emma subiendo a ese auto negro, eligiendo a sus enemigos antes que a él. Ese recuerdo le quemaba por dentro como ácido.

Regresó a la habitación sin hacer ruido. Emma parecía dormida, pero él sabía que no lo estaba. Se sentó de nuevo en la silla y la observó en silencio. Su mano descansaba protectora sobre su vientre, incluso en sueños.

“¿Qué estoy haciendo?” pensó. “La estoy destruyendo para salvarla.”

La contradicción lo golpeó con fuerza. Quería proteger a su hijo, pero cada día que pasaba encerrándola, sentía que también la estaba destruyendo a ella. Y si la destruía a ella, destruía una parte de sí mismo que no sabía cómo reparar.

Se levantó, se acercó a la cama y, con mucho cuidado, colocó su mano sobre la de ella, encima del vientre. El bebé se movió ligeramente bajo sus palmas unidas.

Por un instante, Leonardo permitió que la máscara cayera.

—Perdóname —susurró tan bajo que ni siquiera el aire lo oyó—. Pero no sé cómo amarte sin tenerte encerrada.”

Emma no abrió los ojos, pero sus dedos se movieron ligeramente, rozando los de él.

Ninguno de los dos habló.

La grieta en el muro seguía allí, pequeña, frágil, pero real.

Y por primera vez, ambos sabían que existía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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