Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 23
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23: El Ojo de la Tormenta 23: El Ojo de la Tormenta Las noticias explotaron al mediodía.
“Escándalo Alcázar: Protocolo secreto revelado – Millonario planeaba reemplazar a la madre de su hijo”.
El nombre de Emma Salazar se propagó como un incendio por todos los portales financieros y de entretenimiento.
En menos de dos horas, fotos suyas de la gala, imágenes granuladas de su vientre y fragmentos del protocolo de sustitución invadieron las redes.
En la isla, Emma observaba todo desde la pantalla que Leonardo le permitía ver bajo estricta supervisión.
Cada titular era una cuchillada.
“Emma Salazar, la incubadora millonaria”.
“La secretaria que intentó vender a su hijo al mejor postor”.
Se sentía desnuda.
Convertida en un espectáculo público.
Leonardo entró en la habitación en silencio.
Tenía el teléfono en la mano y la mandíbula tan tensa que las venas del cuello se marcaban.
—Victoria Montenegro filtró la otra mitad —dijo con voz controlada pero letal—.
Está intentando quemarme antes de caer del todo.
Emma no respondió.
Solo se abrazó el vientre, sintiendo otra contracción leve.
El bebé llevaba horas inquieto.
Leonardo se sentó a su lado y le apartó un mechón de cabello con una ternura que ya no la engañaba.
—Ahora todo el mundo sabe quién eres —murmuró—.
La mujer que firmó un contrato de sangre con el diablo.
La que intentó huir con mis enemigos.
Emma levantó la mirada.
Sus ojos estaban cansados, pero aún conservaban fuego.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—preguntó—.
¿Encerrarme para siempre para que nadie más me vea?
Leonardo esbozó una sonrisa amarga.
—Ya estás encerrada.
Lo único que cambió es que ahora el mundo entero sabe exactamente por qué no puedo dejarte ir.
Su teléfono vibró.
Contestó y su expresión se volvió de piedra.
—Dilo.
Escuchó en silencio.
Al colgar, el aire de la habitación se volvió pesado.
—Victoria Montenegro acaba de poner precio a tu cabeza.
Diez millones de dólares a quien te entregue… viva o muerta.
Prefiere lo segundo.
Emma sintió un frío que le recorrió toda la espalda.
—Entonces mátame tú y acaba con esto —susurró con voz rota—.
Porque ya no sé quién es peor: si ellos o tú.
Leonardo la miró fijamente.
Luego hizo algo que ella no esperaba: se inclinó y besó su frente con una lentitud casi reverente.
—No voy a matarte —dijo contra su piel—.
Voy a hacer que nunca más quieras marcharte.
Se levantó y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Esta noche cenaremos juntos en la terraza.
Quiero que te arregles.
Quiero ver a la mujer que casi destruyó mi imperio… y que ahora debe aprender a vivir con las consecuencias.
Cuando se quedó sola, Emma se levantó con dificultad y se miró al espejo.
Su rostro estaba pálido, con ojeras profundas y el labio todavía marcado.
Se tocó el vientre con firmeza.
—Estamos solos tú y yo —susurró—.
Y si queremos sobrevivir, voy a tener que jugar su juego mejor que él.
Esa noche, Emma se preparó con intención.
Se puso un vestido blanco de seda fluida que marcaba suavemente su embarazo, dejó el cabello suelto y se aplicó un rojo intenso en los labios para disimular la herida.
Cuando apareció en la terraza, los ojos de Leonardo se oscurecieron.
—Estás jugando conmigo —dijo él mientras ella se sentaba.
Emma sonrió con suavidad, la primera sonrisa auténtica en mucho tiempo.
—Estoy sobreviviendo, Leonardo.
Tú fuiste mi maestro.
La cena transcurrió bajo una tensión eléctrica.
Emma decidió probar su nueva arma: la manipulación sutil.
—Quiero caminar por la playa —dijo con voz calmada—.
Aunque sea diez minutos al día.
Con toda la vigilancia que quieras.
El doctor dijo que el reposo total absoluto puede ser contraproducente.
Leonardo entrecerró los ojos, evaluándola.
—¿Y por qué debería concedértelo?
—Porque si sigo encerrada como un animal, el bebé nacerá con problemas —respondió ella con frialdad clínica—.
Y tú no quieres eso.
Necesitas un heredero sano.
Para eso me necesitas estable.
Leonardo guardó silencio largo rato, estudiándola como si fuera un adversario digno.
—Estás aprendiendo —murmuró finalmente—.
Eso me excita… y me aterra.
Se levantó, rodeó la mesa y se colocó detrás de ella.
Apoyó las manos en sus hombros y bajó la cabeza hasta rozarle el oído.
—Te daré veinte minutos diarios en la playa —concedió—.
Pero cada segundo estarás vigilada.
Si intentas algo, te encerraré en una habitación sin ventanas hasta el día del parto.
Emma giró el rostro, quedando a centímetros de él.
—Entendido —susurró.
Leonardo la besó.
Fue un beso profundo, posesivo y cargado de desesperación.
Emma se lo devolvió, no por deseo, sino porque sabía que su cuerpo era la única arma que aún podía usar contra él.
Cuando se separaron, Leonardo apoyó la frente contra la de ella.
—Eres peligrosa, Emma Salazar —murmuró—.
Mucho más de lo que creía.
En un piso franco en Miami, Victoria Montenegro recibía la confirmación de que su última cuenta había sido congelada.
—Bien —dijo con una sonrisa torcida llena de odio—.
Si no podemos tenerla… nos aseguraremos de que Leonardo tampoco la tenga por mucho tiempo.
La tormenta no había terminado.
Solo habían entrado en su ojo.
Y el verdadero caos estaba a punto de desatarse.
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