Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 28

  1. Inicio
  2. Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate
  3. Capítulo 28 - Capítulo 28: Contracciones
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 28: Contracciones

Las contracciones reales llegaron dos días después, como un recordatorio cruel y doloroso de que el cuerpo no perdona los juegos de poder, las manipulaciones ni las jaulas de oro.

Era poco después de la medianoche cuando Emma despertó con un dolor agudo y bajo en el vientre, mucho más intenso que las molestias leves que había sentido antes. No era una punzada pasajera. Era una contracción verdadera, que le cortaba la respiración, le tensaba los músculos y le hacía apretar las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

El monitor fetal empezó a pitar con más insistencia. El latido del bebé se aceleró de forma irregular, como si también estuviera protestando contra el estrés constante que lo rodeaba.

Leonardo, que dormía a su lado con un brazo posesivo alrededor de su cintura, se despertó al instante. Su cuerpo se tensó como un resorte.

—¿Qué pasa? —preguntó, incorporándose de golpe y encendiendo la luz de la mesita.

Emma apretó los dientes, respirando a través del dolor con dificultad.

—Duele… más fuerte que antes —logró decir entre jadeos cortos—. Es diferente.

Leonardo no perdió ni un segundo. Llamó al doctor Kline por el intercomunicador interno con voz urgente y fría. En menos de tres minutos, el médico entró en la habitación con el rostro serio y el maletín preparado.

Después de una revisión rápida, otra ecografía de emergencia y varios minutos de monitoreo, el diagnóstico fue claro y preocupante.

—Las contracciones son regulares y están aumentando de intensidad —dijo el doctor Kline con voz profesional pero tensa—. El bebé muestra signos de distress moderado. La frecuencia cardíaca es elevada y hay indicios de restricción de crecimiento leve. Recomiendo hospitalización inmediata o, al menos, un monitoreo mucho más estricto aquí mismo. Si continúan así, corremos el riesgo real de un parto prematuro.

Leonardo se quedó de pie junto a la cama, con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse. Su mano nunca abandonó el hombro de Emma, sujetándola con una fuerza que era a la vez protectora y posesiva.

—¿Qué necesita exactamente? —preguntó con voz grave, casi amenazante.

—Reposo absoluto total. Medicación intravenosa para detener las contracciones. Sedación suave si es necesario. Y cero estrés emocional. Cualquier alteración puede empeorar la situación drásticamente.

Cuando el médico salió para preparar la medicación y el suero, Leonardo se sentó en el borde de la cama y tomó el rostro de Emma entre sus manos. Sus pulgares le limpiaron las lágrimas que ella no había podido contener.

—Mírame —ordenó suavemente pero con autoridad—. No vas a perderlo. No lo voy a permitir. Ni tú ni yo vamos a perderlo.

Emma tenía lágrimas en los ojos, no solo de dolor físico, sino de agotamiento emocional y miedo real.

—Esto es por ti —susurró con voz rota—. Por todo lo que me has hecho. Por el encierro. Por el miedo constante. Mi cuerpo lo está pagando. Nuestro hijo lo está pagando.

Leonardo se quedó en silencio. Por primera vez en muchos días, no respondió con amenazas ni con posesión ciega. Solo la miró con una mezcla de culpa profunda y determinación feroz.

—Entonces voy a cambiarlo —dijo finalmente, con la voz más baja—. Mañana tendrás más tiempo fuera de la habitación. Podrás caminar por la casa, siempre que yo esté presente o los guardias. Pero no voy a arriesgarte. No voy a arriesgarlo a él.

Emma cerró los ojos cuando llegó otra contracción, más fuerte que la anterior. Leonardo la sostuvo, frotando su espalda con movimientos torpes pero sinceros, susurrándole al oído que respirara con él.

—Respira —murmuró contra su cabello—. Respira conmigo. No estás sola en esto.

Por primera vez, Emma sintió que la manipulación mutua tenía un costo real y tangible. No solo para Leonardo. También para ella. El bebé estaba sufriendo por la guerra que ambos estaban librando dentro de esa jaula de lujo.

Cuando la contracción pasó, Leonardo la abrazó con más fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer si la soltaba.

—No quiero perderte —confesó en voz baja, casi contra su voluntad—. Ni a ti ni a él. Así que voy a darte más libertad… pero a mi manera. Nada de riesgos. Nada de escapatorias. Solo lo necesario para que estés bien.

Al día siguiente, cumplió su palabra.

Emma pudo caminar por el ala este de la mansión durante cuarenta minutos, acompañada siempre por Leonardo y dos guardias. El brazalete en su muñeca seguía allí, recordándole que cada paso estaba controlado y registrado.

Mientras caminaban, Emma probó los límites con más audacia, pero con cuidado.

—Quiero leer los informes financieros completos de la fundación —dijo con voz suave y calculada—. Quiero entender el legado que vas a dejarle a nuestro hijo.

Leonardo la miró de reojo, con una sonrisa peligrosa pero cansada en los labios.

—Estás pidiendo mucho.

—Estoy pidiendo conocer la vida de mi hijo —corrigió ella con frialdad clínica—. Si voy a ser su madre, quiero saber en qué mundo lo estoy trayendo. Quiero ser útil, no solo un vientre que respira.

Él se detuvo. El viento del mar le revolvió el cabello oscuro. Por un momento, Emma pensó que iba a negarse rotundamente.

—Te daré acceso a los informes generales —concedió finalmente—. Pero todo lo que leas será registrado. Si intentas enviar algo o acceder a información restringida, lo sabré al instante y perderás todo.

Emma se acercó y lo besó en la mejilla, un beso lento y deliberado, dejando que sus labios se demoraran.

—Gracias —susurró.

Leonardo la sujetó por la cintura y la atrajo hacia él con fuerza, casi con violencia contenida.

—Estás jugando un juego peligroso, Emma —murmuró contra sus labios—. Y yo estoy empezando a disfrutarlo demasiado.

Esa noche, el precio se hizo más evidente y más carnal.

Después de la cena en la terraza, Leonardo la llevó a la cama y la tomó con una intensidad diferente. No fue solo posesión brutal. Fue una afirmación profunda y desesperada. Cada embestida era un recordatorio de que él seguía teniendo el control absoluto. Cada gemido que arrancaba de ella era una victoria silenciosa para él. Cada vez que ella susurraba su nombre, él respondía con más fuerza, como si quisiera grabarse en su cuerpo para siempre.

Cuando terminaron, la abrazó contra su pecho y le besó el brazalete en la muñeca con devoción enfermiza.

—Este es el precio —susurró en la oscuridad de la habitación—. Obediencia. Lealtad. Y poco a poco… rendición total.

Emma se quedó en silencio, sintiendo el peso del brazalete, el calor de su cuerpo y el movimiento inquieto de su hijo dentro de ella.

Estaba pagando el precio.

Pero también estaba cobrando.

Porque cada pequeña concesión que ganaba era un ladrillo menos en el muro que la mantenía prisionera.

Y algún día, cuando el muro fuera lo suficientemente frágil, ella lo derribaría.

O eso esperaba con todas sus fuerzas.

Las noticias explotaron al mediodía como una bomba de fragmentación digital.

“Escándalo Alcázar: Protocolo secreto revelado – Millonario planeaba reemplazar a la madre de su hijo”.

El nombre de Emma Salazar se propagó como un incendio descontrolado por todos los portales financieros, de entretenimiento y redes sociales en menos de dos horas. Fotos suyas de la gala benéfica, imágenes granuladas de su vientre redondeado y fragmentos filtrados del protocolo de sustitución invadieron las pantallas de medio mundo. Los titulares eran despiadados y sensacionalistas.

“Emma Salazar, la incubadora millonaria”. “La secretaria que intentó vender a su hijo al mejor postor”. “Contrato de Sangre: El oscuro acuerdo que expone la cara más cruel de Leonardo Alcázar”.

En la isla privada, Emma observaba la debacle desde la tablet supervisada que Leonardo le había permitido usar bajo estricta vigilancia. Cada titular era una cuchillada directa a su dignidad. Cada comentario en redes sociales era una humillación pública. Algunos la llamaban víctima. La mayoría la llamaban oportunista, puta calculadora o peor.

Se sentía completamente desnuda. Expuesta. Convertida en un espectáculo grotesco para el morbo colectivo.

Leonardo entró en la habitación en silencio. Tenía el teléfono en la mano y la mandíbula tan tensa que las venas del cuello se marcaban con claridad. Su presencia llenaba el espacio como una tormenta contenida.

—Victoria Montenegro filtró la otra mitad —dijo con voz controlada pero letal—. Está intentando quemarme antes de caer del todo. Quiere que el mundo me vea como un monstruo antes de que yo termine de destruirla.

Emma no respondió de inmediato. Solo se abrazó el vientre con ambas manos, sintiendo otra contracción leve pero persistente. El bebé llevaba horas inquieto, como si percibiera la vibración de odio y caos que rodeaba la isla.

Leonardo se sentó a su lado en la cama y le apartó un mechón de cabello con una ternura que ya no lograba engañarla del todo. Sin embargo, Emma notó que sus dedos temblaban ligeramente. Era la primera vez que veía un signo de debilidad real en él.

—Ahora todo el mundo sabe quién eres —murmuró él, mirando la pantalla junto a ella—. La mujer que firmó un contrato de sangre con el diablo. La que intentó huir con mis enemigos mientras llevaba a mi heredero.

Emma levantó la mirada. Sus ojos estaban cansados, con ojeras marcadas, pero aún conservaban un resto de fuego.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó con voz ronca—. ¿Encerrarme para siempre para que nadie más me vea? ¿Convertirme en un fantasma que solo tú puedas tocar?

Leonardo esbozó una sonrisa amarga, casi dolorosa.

—Ya estás encerrada, Emma. Lo único que ha cambiado es que ahora el mundo entero sabe exactamente por qué no puedo dejarte ir. Por qué nunca te dejaré ir.

Su teléfono vibró con insistencia. Leonardo contestó y su expresión se volvió de piedra absoluta.

—Dilo.

Escuchó en silencio durante casi un minuto. Cuando colgó, el aire de la habitación se volvió pesado, casi irrespirable.

—Victoria Montenegro acaba de poner precio a tu cabeza —dijo con voz gélida—. Diez millones de dólares a quien te entregue… viva o muerta. Pero prefiere lo segundo. Quiere que te eliminen antes de que yo pueda usarte como prueba contra ella.

Emma sintió un frío ártico recorriéndole toda la columna vertebral. Se llevó una mano al vientre de forma protectora.

—Entonces mátame tú y acaba con este juego —susurró con voz rota—. Porque ya no sé quién es peor: si ellos o tú.

Leonardo la miró fijamente durante un tiempo que pareció eterno. Luego hizo algo que ella no esperaba: se inclinó y besó su frente con una lentitud casi reverente, como si estuviera sellando un voto silencioso.

—No voy a matarte —dijo contra su piel—. Voy a hacer que nunca más quieras marcharte de mi lado.

Se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un segundo sin girarse del todo.

—Esta noche cenaremos juntos en la terraza. Quiero que te arregles. Quiero ver a la mujer que casi destruyó mi imperio… y que ahora debe aprender a vivir con las consecuencias de sus decisiones.

Cuando se quedó sola, Emma se levantó con dificultad y se enfrentó al espejo de cuerpo entero. Su rostro estaba pálido, las ojeras marcaban su agotamiento y su labio aún mostraba la huella del dominio de Leonardo. Se tocó el vientre con firmeza, sintiendo una contracción leve pero constante.

—Estamos solos tú y yo —susurró para su hijo—. Y si queremos sobrevivir a esto, voy a tener que jugar su juego mejor que él. Voy a tener que convertirme en lo que él más teme y más desea al mismo tiempo.

Esa noche, Emma se preparó con una intención letal y calculada.

Se puso un vestido blanco de seda fluida que marcaba suavemente su embarazo, dejó su cabello caer en ondas naturales y se aplicó un rojo intenso en los labios para disimular la cicatriz y resaltar su desafío. Cuando apareció en la terraza, los ojos de Leonardo se oscurecieron con una mezcla de deseo, desconfianza y algo más profundo que ella no pudo identificar.

—Estás jugando conmigo —dijo él mientras ella se sentaba frente a él con elegancia.

Emma sonrió con suavidad, la primera sonrisa auténtica y peligrosa en mucho tiempo.

—Estoy sobreviviendo, Leonardo. Tú fuiste mi maestro en esto.

La cena transcurrió bajo una tensión eléctrica casi palpable. Emma decidió probar su nueva arma: la manipulación sutil y paciente.

—Quiero caminar por la playa —dijo con voz calmada, cortando el pescado con movimientos elegantes—. Aunque sea diez minutos al día. Con toda la vigilancia que quieras. El doctor dijo que el reposo total absoluto puede ser contraproducente si es demasiado prolongado.

Leonardo entrecerró los ojos, evaluándola como si fuera un adversario digno de su nivel.

—¿Y por qué debería concedértelo?

—Porque si sigo encerrada como un animal, el bebé nacerá con problemas —respondió ella con frialdad clínica—. Y tú no quieres eso. Necesitas un heredero sano. Para lograrlo, me necesitas estable, no rota.

Leonardo guardó silencio durante un largo rato, estudiándola como si estuviera calculando riesgos y beneficios. Finalmente, asintió.

—Te daré veinte minutos diarios en la playa —concedió—. Pero cada segundo estarás vigilada. Si intentas algo, te encerraré en una habitación sin ventanas hasta el día del parto.

Emma giró el rostro, quedando a centímetros de él.

—Entendido —susurró.

Leonardo la besó. Fue un beso profundo, posesivo y cargado de desesperación. Emma se lo devolvió, no por deseo puro, sino porque sabía que su cuerpo era la única arma que aún podía usar contra él.

Cuando se separaron, Leonardo apoyó la frente contra la de ella.

—Eres peligrosa, Emma Salazar —murmuró—. Mucho más de lo que creía.

En un piso franco en Miami, Victoria Montenegro recibía la confirmación de que su última cuenta offshore había sido congelada.

—Bien —dijo con una sonrisa torcida llena de odio puro—. Si no podemos tenerla… nos aseguraremos de que Leonardo tampoco la tenga por mucho tiempo.

La tormenta no había terminado.

Solo habían entrado en su ojo.

Y el verdadero caos estaba a punto de desatarse con toda su furia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo