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Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 29

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Capítulo 29: La Publicación

Las noticias explotaron al mediodía como una bomba de fragmentación digital.

“Escándalo Alcázar: Protocolo secreto revelado – Millonario planeaba reemplazar a la madre de su hijo”.

El nombre de Emma Salazar se propagó como un incendio descontrolado por todos los portales financieros, de entretenimiento y redes sociales en menos de dos horas. Fotos suyas de la gala benéfica, imágenes granuladas de su vientre redondeado y fragmentos filtrados del protocolo de sustitución invadieron las pantallas de medio mundo. Los titulares eran despiadados y sensacionalistas.

“Emma Salazar, la incubadora millonaria”. “La secretaria que intentó vender a su hijo al mejor postor”. “Contrato de Sangre: El oscuro acuerdo que expone la cara más cruel de Leonardo Alcázar”.

En la isla privada, Emma observaba la debacle desde la tablet supervisada que Leonardo le había permitido usar bajo estricta vigilancia. Cada titular era una cuchillada directa a su dignidad. Cada comentario en redes sociales era una humillación pública. Algunos la llamaban víctima. La mayoría la llamaban oportunista, puta calculadora o peor.

Se sentía completamente desnuda. Expuesta. Convertida en un espectáculo grotesco para el morbo colectivo.

Leonardo entró en la habitación en silencio. Tenía el teléfono en la mano y la mandíbula tan tensa que las venas del cuello se marcaban con claridad. Su presencia llenaba el espacio como una tormenta contenida.

—Victoria Montenegro filtró la otra mitad —dijo con voz controlada pero letal—. Está intentando quemarme antes de caer del todo. Quiere que el mundo me vea como un monstruo antes de que yo termine de destruirla.

Emma no respondió de inmediato. Solo se abrazó el vientre con ambas manos, sintiendo otra contracción leve pero persistente. El bebé llevaba horas inquieto, como si percibiera la vibración de odio y caos que rodeaba la isla.

Leonardo se sentó a su lado en la cama y le apartó un mechón de cabello con una ternura que ya no lograba engañarla del todo. Sin embargo, Emma notó que sus dedos temblaban ligeramente. Era la primera vez que veía un signo de debilidad real en él.

—Ahora todo el mundo sabe quién eres —murmuró él, mirando la pantalla junto a ella—. La mujer que firmó un contrato de sangre con el diablo. La que intentó huir con mis enemigos mientras llevaba a mi heredero.

Emma levantó la mirada. Sus ojos estaban cansados, con ojeras marcadas, pero aún conservaban un resto de fuego.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó con voz ronca—. ¿Encerrarme para siempre para que nadie más me vea? ¿Convertirme en un fantasma que solo tú puedas tocar?

Leonardo esbozó una sonrisa amarga, casi dolorosa.

—Ya estás encerrada, Emma. Lo único que ha cambiado es que ahora el mundo entero sabe exactamente por qué no puedo dejarte ir. Por qué nunca te dejaré ir.

Su teléfono vibró con insistencia. Leonardo contestó y su expresión se volvió de piedra absoluta.

—Dilo.

Escuchó en silencio durante casi un minuto. Cuando colgó, el aire de la habitación se volvió pesado, casi irrespirable.

—Victoria Montenegro acaba de poner precio a tu cabeza —dijo con voz gélida—. Diez millones de dólares a quien te entregue… viva o muerta. Pero prefiere lo segundo. Quiere que te eliminen antes de que yo pueda usarte como prueba contra ella.

Emma sintió un frío ártico recorriéndole toda la columna vertebral. Se llevó una mano al vientre de forma protectora.

—Entonces mátame tú y acaba con este juego —susurró con voz rota—. Porque ya no sé quién es peor: si ellos o tú.

Leonardo la miró fijamente durante un tiempo que pareció eterno. Luego hizo algo que ella no esperaba: se inclinó y besó su frente con una lentitud casi reverente, como si estuviera sellando un voto silencioso.

—No voy a matarte —dijo contra su piel—. Voy a hacer que nunca más quieras marcharte de mi lado.

Se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un segundo sin girarse del todo.

—Esta noche cenaremos juntos en la terraza. Quiero que te arregles. Quiero ver a la mujer que casi destruyó mi imperio… y que ahora debe aprender a vivir con las consecuencias de sus decisiones.

Cuando se quedó sola, Emma se levantó con dificultad y se enfrentó al espejo de cuerpo entero. Su rostro estaba pálido, las ojeras marcaban su agotamiento y su labio aún mostraba la huella del dominio de Leonardo. Se tocó el vientre con firmeza, sintiendo una contracción leve pero constante.

—Estamos solos tú y yo —susurró para su hijo—. Y si queremos sobrevivir a esto, voy a tener que jugar su juego mejor que él. Voy a tener que convertirme en lo que él más teme y más desea al mismo tiempo.

Esa noche, Emma se preparó con una intención letal y calculada.

Se puso un vestido blanco de seda fluida que marcaba suavemente su embarazo, dejó su cabello caer en ondas naturales y se aplicó un rojo intenso en los labios para disimular la cicatriz y resaltar su desafío. Cuando apareció en la terraza, los ojos de Leonardo se oscurecieron con una mezcla de deseo, desconfianza y algo más profundo que ella no pudo identificar.

—Estás jugando conmigo —dijo él mientras ella se sentaba frente a él con elegancia.

Emma sonrió con suavidad, la primera sonrisa auténtica y peligrosa en mucho tiempo.

—Estoy sobreviviendo, Leonardo. Tú fuiste mi maestro en esto.

La cena transcurrió bajo una tensión eléctrica casi palpable. Emma decidió probar su nueva arma: la manipulación sutil y paciente.

—Quiero caminar por la playa —dijo con voz calmada, cortando el pescado con movimientos elegantes—. Aunque sea diez minutos al día. Con toda la vigilancia que quieras. El doctor dijo que el reposo total absoluto puede ser contraproducente si es demasiado prolongado.

Leonardo entrecerró los ojos, evaluándola como si fuera un adversario digno de su nivel.

—¿Y por qué debería concedértelo?

—Porque si sigo encerrada como un animal, el bebé nacerá con problemas —respondió ella con frialdad clínica—. Y tú no quieres eso. Necesitas un heredero sano. Para lograrlo, me necesitas estable, no rota.

Leonardo guardó silencio durante un largo rato, estudiándola como si estuviera calculando riesgos y beneficios. Finalmente, asintió.

—Te daré veinte minutos diarios en la playa —concedió—. Pero cada segundo estarás vigilada. Si intentas algo, te encerraré en una habitación sin ventanas hasta el día del parto.

Emma giró el rostro, quedando a centímetros de él.

—Entendido —susurró.

Leonardo la besó. Fue un beso profundo, posesivo y cargado de desesperación. Emma se lo devolvió, no por deseo puro, sino porque sabía que su cuerpo era la única arma que aún podía usar contra él.

Cuando se separaron, Leonardo apoyó la frente contra la de ella.

—Eres peligrosa, Emma Salazar —murmuró—. Mucho más de lo que creía.

En un piso franco en Miami, Victoria Montenegro recibía la confirmación de que su última cuenta offshore había sido congelada.

—Bien —dijo con una sonrisa torcida llena de odio puro—. Si no podemos tenerla… nos aseguraremos de que Leonardo tampoco la tenga por mucho tiempo.

La tormenta no había terminado.

Solo habían entrado en su ojo.

Y el verdadero caos estaba a punto de desatarse con toda su furia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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