Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 38
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Capítulo 38: La Primera Grieta
La grieta no desapareció al amanecer.
Se volvió más peligrosa.
Emma lo sintió incluso antes de abrir los ojos, en esa franja difusa entre el sueño y la conciencia donde el cuerpo aún no responde, pero la mente ya entiende que algo ha cambiado. El monitor fetal seguía marcando un ritmo constante, ese sonido mecánico que se había convertido en el único indicador fiable de que su hijo seguía resistiendo dentro de ella, pero el aire en la habitación era distinto, más denso, como si la noche no se hubiera ido del todo.
No se movió de inmediato. Permaneció inmóvil, con la respiración controlada, sintiendo el peso leve de la mano de Leonardo aún sobre la suya. Él seguía ahí. No se había ido.
Eso, por sí solo, era una anomalía.
Leonardo no dormía. No descansaba. Se apagaba por momentos y volvía a encenderse como una máquina que no podía permitirse fallar. Pero ahora estaba quieto, inclinado ligeramente hacia adelante en la silla, con la cabeza baja, como si el peso de todo lo que había dicho la noche anterior finalmente lo hubiera alcanzado.
Emma abrió los ojos despacio.
Lo observó.
Las ojeras más marcadas. La tensión en la mandíbula incluso dormido. La mano firme, todavía apoyada sobre la de ella, sobre el vientre, como si incluso inconsciente necesitara asegurarse de que aquello seguía allí.
“Perdóname… pero no sé cómo amarte sin tenerte encerrada.”
Las palabras seguían en su cabeza, claras, intactas, como si no hubieran sido susurradas, sino grabadas.
Emma tragó saliva lentamente.
No era compasión lo que sentía.
Tampoco era perdón.
Era algo más peligroso.
Comprensión.
Y la comprensión, en su situación, era un arma.
Se movió con cuidado, apenas lo suficiente para retirar su mano sin despertarlo. Leonardo reaccionó de inmediato. Sus ojos se abrieron como si nunca hubiera estado dormido, y en menos de un segundo su postura cambió, la tensión regresando a cada músculo de su cuerpo.
—¿Qué pasa? —preguntó, la voz aún baja pero alerta.
Emma negó con la cabeza.
—Nada. Solo… necesitaba acomodarme.
Él la observó durante unos segundos más, como si evaluara si creerle o no. Finalmente, se recostó de nuevo en la silla, pero no volvió a cerrar los ojos.
Ya no confiaba ni en el descanso.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Cargado de todo lo que no habían dicho y de todo lo que ambos sabían que vendría después.
Emma fue la primera en romperlo.
—¿Qué cambió?
Leonardo no respondió de inmediato.
—Nada —dijo finalmente.
Ella soltó una respiración corta, casi irónica.
—Eso es mentira.
Él la miró de nuevo, esta vez sin ocultar la dureza.
—¿Desde cuándo te interesa la verdad?
Emma sostuvo su mirada.
—Desde que dejé de ser solo tu prisionera.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Leonardo no reaccionó con ira.
Eso fue lo que más le inquietó.
Se levantó lentamente, estirando los músculos como si cada movimiento le costara más de lo normal, y caminó hacia la ventana blindada. El mar seguía oscuro, pero el cielo comenzaba a aclararse apenas en el horizonte.
—Hoy vas a salir —dijo, sin mirarla.
Emma parpadeó.
—¿Qué?
—Treinta minutos. Como te prometí.
No era una concesión.
Era una prueba.
Ella lo entendió al instante.
—¿Y qué esperas ver? —preguntó.
Leonardo apoyó una mano en el vidrio.
—Si realmente quieres ayudar… o si solo estás esperando el momento para volver a traicionarme.
Emma sintió el golpe de la palabra.
No respondió.
No porque no tuviera algo que decir.
Sino porque cualquier respuesta en ese momento sería inútil.
Leonardo ya había decidido desconfiar.
Y ella… había decidido jugar.
—
La playa estaba igual que siempre.
Pero no lo estaba.
Emma lo percibió en cuanto el aire salino tocó su piel. No era el paisaje. Era la tensión. Había más hombres. Más distancia entre ellos. Más vigilancia en los puntos ciegos. El sistema se había ajustado.
Leonardo también lo sabía.
Caminaba a su lado, más atento que nunca, su mirada recorriendo cada rincón como si esperara que algo emergiera del suelo en cualquier momento.
—Algo pasó —dijo Emma finalmente.
Él no la miró.
—Siempre pasa algo.
—No así.
Silencio.
Emma dejó que el sonido del mar llenara el espacio entre ellos antes de continuar.
—El ataque de ayer no fue improvisado.
Leonardo giró apenas la cabeza.
—No necesito que me expliques lo obvio.
—No fue para matarme —añadió ella.
Eso sí lo hizo detenerse.
Se giró completamente hacia ella.
—¿Qué dijiste?
Emma sostuvo su mirada sin vacilar.
—Fue una prueba.
El viento levantó su cabello, pero no apartó la vista.
—Midieron tiempos de respuesta, rutas, número de hombres, posiciones… —continuó—. No vinieron a ganar. Vinieron a aprender.
Leonardo no habló.
Pero algo en su expresión cambió.
—Te están estudiando —concluyó ella.
Un segundo.
Dos.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Emma no sonrió.
—Porque es exactamente lo que yo haría.
Esa respuesta no le gustó.
Pero la respetó.
Antes de que pudiera decir algo más, un sonido seco cortó el aire.
Un disparo.
Uno de los guardias cayó de rodillas, la sangre brotando de su cuello en un flujo oscuro que contrastaba con la arena.
Leonardo reaccionó de inmediato, empujando a Emma contra su cuerpo y cubriéndola.
—¡POSICIONES!
Otro disparo.
Otro hombre cayó.
Pero no venía del acantilado.
Emma lo sintió antes de entenderlo.
—No están afuera —susurró.
Leonardo ya lo sabía.
Su mirada se desplazó hacia la mansión.
—Están dentro.
El silencio que siguió fue peor que los disparos.
Porque confirmaba algo que ninguno de los dos quería admitir.
La jaula… ya no era segura.
—
—Nos vamos —ordenó Leonardo.
Emma no se movió.
—No.
Él la miró, incrédulo.
—No es una opción.
—Sí lo es.
Su voz fue firme. Controlada.
—Si reaccionas ahora, pierdes.
Eso lo detuvo.
No por las palabras.
Por la convicción.
—Explícate.
Emma respiró hondo.
—Quieren que entres en caos. Que muevas todo. Que expongas tus protocolos reales.
Señaló la mansión a lo lejos.
—Si corremos, les damos exactamente lo que necesitan.
Leonardo la observó durante un largo segundo.
Evaluando.
Midiendo.
Confiar en ella era un riesgo.
Pero ignorarla… podía ser peor.
—Entonces, ¿qué propones?
Emma dio un paso hacia él.
—Nada.
El viento se volvió más fuerte, como si la isla misma reaccionara a esa palabra.
—Deja que se muevan —añadió—. Deja que crean que están ganando.
Otro disparo, más lejano ahora.
—Y entonces los encuentras.
Silencio.
Puro.
Cortante.
—Confía en mí —dijo finalmente.
Leonardo cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, la decisión ya estaba tomada.
—Retirada parcial —ordenó por radio—. Nadie entra ni sale. Activen vigilancia total.
Los guardias dudaron.
—¡Ahora!
Se movieron.
Emma lo observó.
—Acabas de apostar.
Leonardo la miró.
—No.
Pausa.
—Acabo de confiar.
Y eso…
eso lo cambió todo.
—
El regreso a la mansión fue distinto.
No había caos.
No había gritos.
Había silencio.
Un silencio que Emma reconoció de inmediato.
Era el tipo de silencio que precedía a una trampa.
Se detuvo en seco en el pasillo principal.
—Aquí.
Leonardo tensó el cuerpo.
—¿Por qué?
—Porque quieren que sigamos.
Un sonido.
Leve.
Metálico.
Un guardia avanzó.
Un paso.
Dos.
Tres.
El clic fue casi imperceptible.
La explosión no.
El cuerpo salió despedido contra la pared. Sangre, fragmentos, el olor inmediato a pólvora y carne quemada llenando el espacio.
Emma no gritó.
Leonardo tampoco.
Pero ahora lo sabía.
—Tenías razón —dijo él.
Emma tragó saliva.
—Esto apenas empieza.
—
Esa noche, nada volvió a ser igual.
Emma no regresó a la suite.
Leonardo no la obligó.
Por primera vez, estaban en el mismo lugar por decisión compartida.
La sala de control.
Pantallas mostrando cada rincón de la mansión.
Cada pasillo.
Cada sombra.
—¿Cuántos crees que hay? —preguntó Leonardo.
Emma no apartó la vista de las cámaras.
—No importa.
Pausa.
—Importa quién los dejó entrar.
Leonardo giró la cabeza lentamente hacia ella.
—Eso es lo que vamos a descubrir.
Silencio.
—Juntos.
Emma no respondió.
Pero tampoco se movió.
Y eso…
eso fue la grieta real.
La primera.
La que no se podía cerrar.
Porque ya no era solo una prisionera.
Y él ya no era solo su captor.
Ahora eran dos enemigos…
obligados a confiar.
Y en un juego como el suyo…
eso era lo más peligroso de todo.
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