Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 37
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Capítulo 37: El Miedo de Leonardo
El miedo de Leonardo se manifestó esa misma noche, en la oscuridad de la suite médica.
Emma estaba recostada en la cama, con el monitor fetal conectado y el brazalete de oro blanco brillando en su muñeca izquierda. El doctor Kline había sido reemplazado por la doctora Varga, una mujer de mirada fría y manos precisas que no hacía preguntas innecesarias.
Las contracciones habían disminuido, pero el bebé seguía inquieto. Emma lo sentía en cada movimiento débil, como si su hijo también estuviera cansado de la guerra que lo rodeaba.
Leonardo no se había movido de la silla junto a la cama. Llevaba horas allí, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en el monitor. No hablaba. Solo observaba los números y las líneas verdes que representaban el latido de su hijo.
Emma lo miró de reojo. La luz tenue de la lámpara le marcaba las ojeras profundas y la tensión permanente en la mandíbula. Por primera vez desde que habían llegado a la isla, parecía… humano. No el magnate intocable, ni el monstruo posesivo, sino un hombre agotado que tenía miedo de perder lo único que realmente le importaba en este mundo.
—¿Cuánto tiempo más vas a quedarte aquí sentado? —preguntó ella en voz baja, rompiendo el silencio pesado.
Leonardo no apartó la vista del monitor.
—Hasta que me asegure de que está bien.
Emma soltó un suspiro cansado y se acomodó mejor contra las almohadas.
—Está bien. El doctor lo dijo. Solo necesita que yo descanse.
Él giró la cabeza lentamente y la miró. Sus ojos oscuros estaban llenos de algo que ella no había visto antes: una vulnerabilidad cruda, casi dolorosa, que contrastaba con la armadura de acero que siempre llevaba puesta.
—No confío en que descanses si no estoy aquí —admitió con voz ronca—. No después de lo que hiciste.”
Emma sintió una punzada en el pecho. No era miedo. Era algo más complicado. Culpa mezclada con rabia y una extraña comprensión que empezaba a abrirse paso dentro de ella.
—Leonardo… —empezó, pero él la interrumpió con un gesto de la mano.
—No —dijo él, levantándose de la silla con movimientos rígidos—. No quiero oírlo. No quiero oír que lo sientes, ni que estabas desesperada, ni que lo hiciste por el bebé. Porque sé que es verdad. Y también sé que volverías a hacerlo si tuvieras la oportunidad.”
Se acercó a la ventana blindada y apoyó la frente contra el vidrio frío. El mar negro se extendía hasta el horizonte, invisible en la noche cerrada.
—Cuando te vi subir a ese auto… —continuó, con la voz más baja— sentí que algo se rompía dentro de mí. No era solo rabia. Era miedo. Miedo real. El mismo miedo que sentí cuando perdí a Diego.”
Emma se incorporó un poco en la cama, ignorando el tirón de los cables del monitor.
—Nunca me hablaste de tu hermano —dijo suavemente, casi con cautela.
Leonardo soltó una risa corta y amarga, sin humor.
—¿Para qué? ¿Para que usaras esa información en mi contra también?”
Se giró hacia ella. Su expresión era una mezcla de agotamiento profundo y una determinación que parecía tallada en piedra.
—Diego tenía ocho años. Lo mataron para llegar a mí. Un “accidente” de auto orquestado. Yo estaba en Nueva York cerrando un trato de miles de millones. Llegué tarde al hospital. Solo alcancé a verlo morir en esa cama fría.”
Hizo una pausa larga. Su mano se cerró en un puño tan fuerte que los nudillos se pusieron blancos.
“Desde ese día juré que nunca volvería a perder a alguien por descuido. Por eso el protocolo existe. Por eso te traje aquí. Por eso no puedo dejarte ir, aunque me odies con todo tu ser.”
Emma sintió que algo se movía dentro de ella. No era compasión exactamente. Era la primera grieta real en el muro que había construido contra él durante semanas.
—Entonces déjame ayudarte —dijo en voz baja, midiendo cada palabra—. No como tu prisionera. Como alguien que entiende lo que es perderlo todo. Dame algo de control. Déjame caminar más tiempo. Déjame leer, trabajar en algo útil. Si me tratas como una persona, tal vez yo deje de actuar como tu enemiga.”
Leonardo la miró durante un largo rato. El monitor seguía pitando en el silencio de la habitación.
Finalmente, se acercó a la cama y se sentó en el borde. Tomó su mano con cuidado, como si temiera romperla.
—Te daré treinta minutos mañana en la playa —dijo—. Y te dejaré leer los informes de la fundación, pero supervisados. Nada más.”
Emma apretó su mano ligeramente. No fue un gesto de cariño. Fue una prueba. Una pequeña victoria en un juego muy largo.
—Gracias —susurró.
Leonardo se inclinó y besó su frente. Esta vez el beso duró más de lo necesario. Cuando se apartó, sus ojos estaban oscuros y cargados de emociones contradictorias.
—No me des las gracias todavía —murmuró—. Porque si descubro que estás usando esto para traicionarme de nuevo… no habrá más grietas, Emma. Solo habrá muros más altos.”
Se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un segundo.
—Duerme. Mañana quiero que estés fuerte.”
Cuando la puerta se cerró con llave, Emma se quedó mirando el techo blanco de la habitación.
Por primera vez desde que había firmado el contrato, sintió que tenía una pequeña ventaja. No era libertad. Era solo una grieta. Pero una grieta era mejor que nada.
Se tocó el vientre con ambas manos y cerró los ojos.
—Vamos a ser pacientes —susurró para su hijo—. Vamos a ser más listos que él.”
Fuera, en la oscuridad de la isla, Leonardo se apoyó contra la pared del pasillo y cerró los ojos.
Sabía que Emma estaba empezando a jugar un juego diferente.
Y por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de querer ganar.
Se pasó una mano por la cara, sintiendo el peso de los últimos días. La destrucción de los Montenegro avanzaba según lo planeado, pero el precio era más alto de lo que había imaginado. Cada vez que cerraba los ojos veía a Emma subiendo a ese auto negro, eligiendo a sus enemigos antes que a él. Ese recuerdo le quemaba por dentro como ácido.
Regresó a la habitación sin hacer ruido. Emma parecía dormida, pero él sabía que no lo estaba. Se sentó de nuevo en la silla y la observó en silencio. Su mano descansaba protectora sobre su vientre, incluso en sueños.
“¿Qué estoy haciendo?” pensó. “La estoy destruyendo para salvarla.”
La contradicción lo golpeó con fuerza. Quería proteger a su hijo, pero cada día que pasaba encerrándola, sentía que también la estaba destruyendo a ella. Y si la destruía a ella, destruía una parte de sí mismo que no sabía cómo reparar.
Se levantó, se acercó a la cama y, con mucho cuidado, colocó su mano sobre la de ella, encima del vientre. El bebé se movió ligeramente bajo sus palmas unidas.
Por un instante, Leonardo permitió que la máscara cayera.
—Perdóname —susurró tan bajo que ni siquiera el aire lo oyó—. Pero no sé cómo amarte sin tenerte encerrada.”
Emma no abrió los ojos, pero sus dedos se movieron ligeramente, rozando los de él.
Ninguno de los dos habló.
La grieta en el muro seguía allí, pequeña, frágil, pero real.
Y por primera vez, ambos sabían que existía.
La grieta no desapareció al amanecer.
Se volvió más peligrosa.
Emma lo sintió incluso antes de abrir los ojos, en esa franja difusa entre el sueño y la conciencia donde el cuerpo aún no responde, pero la mente ya entiende que algo ha cambiado. El monitor fetal seguía marcando un ritmo constante, ese sonido mecánico que se había convertido en el único indicador fiable de que su hijo seguía resistiendo dentro de ella, pero el aire en la habitación era distinto, más denso, como si la noche no se hubiera ido del todo.
No se movió de inmediato. Permaneció inmóvil, con la respiración controlada, sintiendo el peso leve de la mano de Leonardo aún sobre la suya. Él seguía ahí. No se había ido.
Eso, por sí solo, era una anomalía.
Leonardo no dormía. No descansaba. Se apagaba por momentos y volvía a encenderse como una máquina que no podía permitirse fallar. Pero ahora estaba quieto, inclinado ligeramente hacia adelante en la silla, con la cabeza baja, como si el peso de todo lo que había dicho la noche anterior finalmente lo hubiera alcanzado.
Emma abrió los ojos despacio.
Lo observó.
Las ojeras más marcadas. La tensión en la mandíbula incluso dormido. La mano firme, todavía apoyada sobre la de ella, sobre el vientre, como si incluso inconsciente necesitara asegurarse de que aquello seguía allí.
“Perdóname… pero no sé cómo amarte sin tenerte encerrada.”
Las palabras seguían en su cabeza, claras, intactas, como si no hubieran sido susurradas, sino grabadas.
Emma tragó saliva lentamente.
No era compasión lo que sentía.
Tampoco era perdón.
Era algo más peligroso.
Comprensión.
Y la comprensión, en su situación, era un arma.
Se movió con cuidado, apenas lo suficiente para retirar su mano sin despertarlo. Leonardo reaccionó de inmediato. Sus ojos se abrieron como si nunca hubiera estado dormido, y en menos de un segundo su postura cambió, la tensión regresando a cada músculo de su cuerpo.
—¿Qué pasa? —preguntó, la voz aún baja pero alerta.
Emma negó con la cabeza.
—Nada. Solo… necesitaba acomodarme.
Él la observó durante unos segundos más, como si evaluara si creerle o no. Finalmente, se recostó de nuevo en la silla, pero no volvió a cerrar los ojos.
Ya no confiaba ni en el descanso.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Cargado de todo lo que no habían dicho y de todo lo que ambos sabían que vendría después.
Emma fue la primera en romperlo.
—¿Qué cambió?
Leonardo no respondió de inmediato.
—Nada —dijo finalmente.
Ella soltó una respiración corta, casi irónica.
—Eso es mentira.
Él la miró de nuevo, esta vez sin ocultar la dureza.
—¿Desde cuándo te interesa la verdad?
Emma sostuvo su mirada.
—Desde que dejé de ser solo tu prisionera.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Leonardo no reaccionó con ira.
Eso fue lo que más le inquietó.
Se levantó lentamente, estirando los músculos como si cada movimiento le costara más de lo normal, y caminó hacia la ventana blindada. El mar seguía oscuro, pero el cielo comenzaba a aclararse apenas en el horizonte.
—Hoy vas a salir —dijo, sin mirarla.
Emma parpadeó.
—¿Qué?
—Treinta minutos. Como te prometí.
No era una concesión.
Era una prueba.
Ella lo entendió al instante.
—¿Y qué esperas ver? —preguntó.
Leonardo apoyó una mano en el vidrio.
—Si realmente quieres ayudar… o si solo estás esperando el momento para volver a traicionarme.
Emma sintió el golpe de la palabra.
No respondió.
No porque no tuviera algo que decir.
Sino porque cualquier respuesta en ese momento sería inútil.
Leonardo ya había decidido desconfiar.
Y ella… había decidido jugar.
—
La playa estaba igual que siempre.
Pero no lo estaba.
Emma lo percibió en cuanto el aire salino tocó su piel. No era el paisaje. Era la tensión. Había más hombres. Más distancia entre ellos. Más vigilancia en los puntos ciegos. El sistema se había ajustado.
Leonardo también lo sabía.
Caminaba a su lado, más atento que nunca, su mirada recorriendo cada rincón como si esperara que algo emergiera del suelo en cualquier momento.
—Algo pasó —dijo Emma finalmente.
Él no la miró.
—Siempre pasa algo.
—No así.
Silencio.
Emma dejó que el sonido del mar llenara el espacio entre ellos antes de continuar.
—El ataque de ayer no fue improvisado.
Leonardo giró apenas la cabeza.
—No necesito que me expliques lo obvio.
—No fue para matarme —añadió ella.
Eso sí lo hizo detenerse.
Se giró completamente hacia ella.
—¿Qué dijiste?
Emma sostuvo su mirada sin vacilar.
—Fue una prueba.
El viento levantó su cabello, pero no apartó la vista.
—Midieron tiempos de respuesta, rutas, número de hombres, posiciones… —continuó—. No vinieron a ganar. Vinieron a aprender.
Leonardo no habló.
Pero algo en su expresión cambió.
—Te están estudiando —concluyó ella.
Un segundo.
Dos.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Emma no sonrió.
—Porque es exactamente lo que yo haría.
Esa respuesta no le gustó.
Pero la respetó.
Antes de que pudiera decir algo más, un sonido seco cortó el aire.
Un disparo.
Uno de los guardias cayó de rodillas, la sangre brotando de su cuello en un flujo oscuro que contrastaba con la arena.
Leonardo reaccionó de inmediato, empujando a Emma contra su cuerpo y cubriéndola.
—¡POSICIONES!
Otro disparo.
Otro hombre cayó.
Pero no venía del acantilado.
Emma lo sintió antes de entenderlo.
—No están afuera —susurró.
Leonardo ya lo sabía.
Su mirada se desplazó hacia la mansión.
—Están dentro.
El silencio que siguió fue peor que los disparos.
Porque confirmaba algo que ninguno de los dos quería admitir.
La jaula… ya no era segura.
—
—Nos vamos —ordenó Leonardo.
Emma no se movió.
—No.
Él la miró, incrédulo.
—No es una opción.
—Sí lo es.
Su voz fue firme. Controlada.
—Si reaccionas ahora, pierdes.
Eso lo detuvo.
No por las palabras.
Por la convicción.
—Explícate.
Emma respiró hondo.
—Quieren que entres en caos. Que muevas todo. Que expongas tus protocolos reales.
Señaló la mansión a lo lejos.
—Si corremos, les damos exactamente lo que necesitan.
Leonardo la observó durante un largo segundo.
Evaluando.
Midiendo.
Confiar en ella era un riesgo.
Pero ignorarla… podía ser peor.
—Entonces, ¿qué propones?
Emma dio un paso hacia él.
—Nada.
El viento se volvió más fuerte, como si la isla misma reaccionara a esa palabra.
—Deja que se muevan —añadió—. Deja que crean que están ganando.
Otro disparo, más lejano ahora.
—Y entonces los encuentras.
Silencio.
Puro.
Cortante.
—Confía en mí —dijo finalmente.
Leonardo cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, la decisión ya estaba tomada.
—Retirada parcial —ordenó por radio—. Nadie entra ni sale. Activen vigilancia total.
Los guardias dudaron.
—¡Ahora!
Se movieron.
Emma lo observó.
—Acabas de apostar.
Leonardo la miró.
—No.
Pausa.
—Acabo de confiar.
Y eso…
eso lo cambió todo.
—
El regreso a la mansión fue distinto.
No había caos.
No había gritos.
Había silencio.
Un silencio que Emma reconoció de inmediato.
Era el tipo de silencio que precedía a una trampa.
Se detuvo en seco en el pasillo principal.
—Aquí.
Leonardo tensó el cuerpo.
—¿Por qué?
—Porque quieren que sigamos.
Un sonido.
Leve.
Metálico.
Un guardia avanzó.
Un paso.
Dos.
Tres.
El clic fue casi imperceptible.
La explosión no.
El cuerpo salió despedido contra la pared. Sangre, fragmentos, el olor inmediato a pólvora y carne quemada llenando el espacio.
Emma no gritó.
Leonardo tampoco.
Pero ahora lo sabía.
—Tenías razón —dijo él.
Emma tragó saliva.
—Esto apenas empieza.
—
Esa noche, nada volvió a ser igual.
Emma no regresó a la suite.
Leonardo no la obligó.
Por primera vez, estaban en el mismo lugar por decisión compartida.
La sala de control.
Pantallas mostrando cada rincón de la mansión.
Cada pasillo.
Cada sombra.
—¿Cuántos crees que hay? —preguntó Leonardo.
Emma no apartó la vista de las cámaras.
—No importa.
Pausa.
—Importa quién los dejó entrar.
Leonardo giró la cabeza lentamente hacia ella.
—Eso es lo que vamos a descubrir.
Silencio.
—Juntos.
Emma no respondió.
Pero tampoco se movió.
Y eso…
eso fue la grieta real.
La primera.
La que no se podía cerrar.
Porque ya no era solo una prisionera.
Y él ya no era solo su captor.
Ahora eran dos enemigos…
obligados a confiar.
Y en un juego como el suyo…
eso era lo más peligroso de todo.
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